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miércoles, 28 de diciembre de 2011

Tu nombre



«Trato de escribir en la oscuridad tu nombre. Trato de escribir que te amo. Trato de decir a oscuras todo esto. No quiero que nadie se entere, que nadie me mire a las tres de la mañana paseando de un lado a otro de la estancia, loco, lleno de ti, enamorado. Iluminado, ciego, lleno de ti, derramándote. Digo tu nombre con todo el silencio de la noche, lo grita mi corazón amordazado. Repito tu nombre, vuelvo a decirlo, lo digo incansablemente, y estoy seguro que habrá de amanecer».

Jaime Sabines (1926-1999).
Poeta chiapaneco.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Del oído...

Fotografía de Larry Williams


V - Del oído

Se levanta tu voz, se enrosca y se estremece,
serpiente y remolino, se enzarza en mis cabellos,
sube aún, se engrandece, se enajena en rugido
y pierde la noción del trino o la palabra.
Eres otro en tu voz. No conozco a ese hombre
que grita en el placer, delicioso extranjero
que habla lenguas angélicas en una cama impura.

De "Alcoba del agua", 2002.
Josefa Parra (1965) es española.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Una promesa bajo el árbol




Te daré esta casa que voy configurando entre el vivero, el supermercado, una que otra venta de garage, donaciones de gente que me quiere y descuentos de alguna tienda departamental.

Te daré una ciruela recién lavada, un puñito de alfalfa despeinada, una taza con café de la que beberás.

Te daré una película francesa, un instrumento musical, instrucciones para llegar a la casa de mis padres y una historia que te cuente cómo se llega al mar.

Te daré una canción en portugués, para que ames conmigo en otro idioma y nombremos con otras voces algo que sólo tú y yo podamos entender.

Te daré jabón con mis manos para lavarte con caricias las manos que luego van a acariciar.




Te daré una toalla limpia, mi código postal, papelitos de colores, mi sonrisa plena al verte llegar.

Te daré el camino más corto de tu casa a la mía, la fecha de mi cumpleaños, mi blusa favorita.

Te daré mi calendario, mi número de celular, una noche completa aunque al día siguiente haya que trabajar.

Te daré arándanos, mi algarabía, la sangre de mi cuerpo, mis pupilas, de comer un triangulito de queso brie con la mano.

Te daré una pared, te alcanzaré el martillo y el clavo, para fijar el tiempo redondo en inquietas manecillas.

Te daré todo lo bueno que hay en mí, el mejor de mis amores, todo lo que pueda costear y aún así, un poco más.




Te daré las llaves de mi casa para que puedas entrar sin llamar, aunque sea ocasional.

Te daré una frase de Oscar Wilde, un cepillo de dientes, vino tinto para descorchar, un garrafón de agua Bonafont para ponerlo de cabeza porque yo sola no lo puedo voltear.

Te daré mis calificaciones de la universidad y te reirás por las que reprobé. Me entenderás.

Te daré mi pelo escurrido, uñas cortas, pies limpios, mis ojos sin lentes y sin maquillar.

Te daré la mano sobre un puente donde mucha gente nos pueda ver y yo te vea a ti siendo feliz.

Te daré refranes de mi madre, canciones de mi padre, recetas de mis abuelas, historias de mis abuelos, frases célebres de mis hermanas, la historia de mi familia, te integraré.




Te daré por navidad mi vanidad, el rímel, el delineador, el algodón, mis aretes para que con las yemas me los quites, el collar de botones, mi rostro en el espejo del tocador mirando como me miras sin que te des cuenta que te miro. 

Te daré la correa de la Güera para salir a caminar, la comida de mi tortuga Rita Lim para que se la pongas en la parte seca de su islita artificial.

Te daré una foto de infancia; me reconocerás. Te daré, con años transcurridos, esa sonrisa en original.

Te daré lo que soy, lo que me gusta hacer, amor que vendrás, amor  que aquí leerás que yo te espero cualquier día como regalo de navidad, promesa bajo el árbol como cuando era niña, te doy estas letras mías, promesa decembrina… te ofrezco Letranías, para empezar.

¡Feliz Navidad!  

ü  Ü  =) :)


Addy



sábado, 24 de diciembre de 2011

Navidad a la Prehispánica: cuando Quetzalcóatl fue Santa Claus


“Ayer tuve el honor de comer con el señor Presidente de la República [Pascual Ortiz Rubio]
y durante la comida acordamos la conveniencia de substituir el símbolo de Santa Claus
por el de Quetzalcóatl, divinidad que sí es mexicana”. Pero ––preguntaron los periodistas––
“¿Qué se busca con este cambio?”, a lo que el funcionario contestó:
“engendrar en el corazón del niño amor por nuestra cultura y nuestra raza”.

Declaración a la prensa mexicana del entonces Secretario de Educación Pública
Carlos Trejo Lerdo de Tejada, publicada el 27 de noviembre de 1930.



Una de las cosas que más me gusta de la historia, son sus chismes. Y sí de chismes se trata, nuestra historia mexicana tiene uno buenísimo que tiene que ver con lo que celebramos hoy en distintos lugares de nuestro mundo, un mundo muchas veces caótico pero por más de mil razones, encantador. Un mundo que dan ganas de vivirlo, ¿cómo no?

Navidad a la prehispánica. Lean no´mas:

Resulta ser que en 1930, Carlos Trejo Lerdo de Tejada era el Secretario de Educación Pública en los años que la historia de nuestro país tuvo como gobernante a Pascual Ortiz Rubio. Así que Don Carlos Trejo propuso que fuera Quetzalcóatl el nuevo símbolo de la navidad en México porque… ¿qué tenía que ver la imagen de Santa Claus con nuestros niños mexicanos? No, no no, había que darle identidad a nuestra cultura, a nuestra raza, aprovechar la gloria y herencia de nuestro imperio azteca. Esto salió en la prensa y podrán imaginarse la de habladurías que levantó semejante oleada en pro de nuestra identidad. En el periódico salió una caricatura donde dos culebritas salen platicando:

 ––¿No te respondió la serpiente ésa?
––No, mi hermano; ora se ha puesto reteorgullosa con eso de que en la Navidad le van a dar la chamba del “Santa Claus mexicano”.

Por supuesto, Lerdo de Tejada tuvo de su lado a muchas personas que defendieron su idea para sustituir al señor gordito enfundado en traje rojo, con lentes redondos y barba blanca para que Quetzalcóatl, con todas sus virtudes, ocupara su lugar. Para muchos sonaba lógico. Imagínense en México, sobretodo en lugares como Yucatán donde nuestro invierno es el verano para muchos, un trineo por los aires tirado por renitos. ¿A quién se le ocurre? Qué barbaridad.

Entonces la SEP anunció que Quetzalcóatl estaría representado como lo indican los códices antiguos: un hombre rubio, eso sí, con barba, vestido elegante. ¿Y cuál iba a ser la sede del acontecimiento donde éste Santa Mexicano iba a entregar sus regalos? El Estadio Nacional. ¿La fecha? El 23 de diciembre.

Así que ni chimeneas ni trineos. Siguiendo órdenes, se construyó una réplica del templo donde se rendía culto a Quetzalcóatl. Unos 15 mil niños mexicanos estuvieron ahí puntualitos, a las cuatro de la tarde, y tras cantar el Himno Nacional subieron al templo a recibir obsequios, dulces y suéteres rojos.

¿Qué pasó en años posteriores? Se los dejo a la imaginación. O a la realidad. O bueno, qué más da, se los digo: no pasó nada. Seguimos en el imaginario con un Santa Claus guiado por renos, porque ya no hubieron más réplicas del templo ni niños reclutados para ser testigos y beneficiarios de la metamorfosis que volvió a Santa Claus en culebrita prehispánica.

Tras compartir éste breve relato a modo de regalito inusual, deseo a cada una de las personas que de forma fugaz, ocasional o permanente rondan Letranías ––y ¿por qué no? también a los que no–– una feliz mañana-tarde-noche-madrugada navideña, llena de cosas buenas, llena de buenas historias y sobretodo, de ganas de contarlas y mucha vida para renarrarlas. ¿Qué sería de la vida sin las historias? Triste, sin duda, sin color, como un arbolito de navidad con los foquitos fundidos. Dicho en otras palabras, sin chiste (hablando de chistes). Así que a conversar y a brillar. A escuchar y a encenderse con las luces de otros. 

Un abrazo amoroso y bailarín.

Addy Góngora Basterra
¡Jo jo jo!



viernes, 23 de diciembre de 2011

Un libro, una granada y un fragmento.

Fotografía de Nick Daly


¿Te fijas? En una rebanada, sueña con ser caleidoscopio la granada.Yo te regalé un libro y tú me regalaste una granada. Me han regalado muchas historias engrapadas o cosidas por la mitad de la hoja, pero nunca una fruta que se desgrana con las manos para luego dármela a cucharadas, como a un bebé de brazos o un amante que cuida sus pasos. Al poco rato, releí una historia. Y volví a creer en el destino, en la extraña maravilla de abrir al azar, caer en una página y encontrar en ella palabras que son anillos exactos a lo que vivo. Historias que nos atraen, misteriosos magnetos que nos leen a nosotros cuando nosotros las leemos...
–Addy Góngora Basterra.


·:·:·:·:·:·:·:·:·:·

Fragmento de:
Los Jardines secretos de Mogador
del escritor mexicano Alberto Ruy Sánchez.

Jassiba sacó de una pequeña caja de maderas incrustadas un cuaderno rojo, forrado de tela, donde su abuela anotaba pensamientos, recetas, poemas, cuentos populares: todo lo que tuviera que ver con la granada. Había hecho de esa fruta su emblema personal. Lo título Mis granadas y abajo, con letra más pequeña, escribió El jardín de mis caprichos. Me leyó, al azar, un par de párrafos:

“La granada es antigua como los sueños de las cabras jóvenes y de los poetas viejos. Tiene el color lleno de destellos de las sedas de Samarkanda. Mancha la ropa como los restos de una batalla sobre campo abierto y deja en los ojos de quien la come el brillo de fuego de los enamorados. Es una fruta oasis, jardín cultivado en secreto dentro de una cáscara. Como la intimidad compartida en el cuerpo de quien se ama. Es la fruta de Los Sonámbulos. En ella está la voz de tierra del deseo. Esa voz que sembramos y hacemos crecer en nuestros cuerpos y en aquellos que amamos”.

Le pregunté a qué se refería su abuela cuando hablaba de Los Sonámbulos. Jassiba me habló de personas que, sin saberlo tal vez, tienen en su cuerpo una cualidad extraña que los hace desear con intensidad absoluta a otras personas de su misma condición. Algo así como una Casta Secreta con un apetito sensual desmesurado. No una sociedad secreta sino una manera de ser que se hereda y se cultiva. Gente que comenzó a tener conciencia de su diferencia hace muchos años y cuyos miembros se reconocen, sin haberse visto nunca antes, aunque los demás alrededor de ellos no se den cuenta. Me habló de una condición física que afecta a los sueños y hasta los movimientos. Me describió entonces cada una de las ocasiones en que, casi sin vernos, una atracción descomunal había guiado nuestros cuerpos uno hacia el otro. Como si algo más allá de nuestra conciencia actuara por nosotros.

—Ser Sonámbulo es vivir como tú y como yo bajo la ley del deseo —me dijo Jassiba—, vivir bajo el dominio de lo invisible en el amor. Es escuchar y ver algo en el otro que nadie más puede. Es entender y obedecer, por ejemplo, las órdenes de las magnolias, como acabamos de hacerlo.

Fue hacia un librero que estaba al fondo y sacó un volumen delgado como un libro de poemas. Tenía forros de papel azul agua, lleno de caligrafías por dentro y por fuera. Encontró rápidamente lo que quería leerme. Era evidente que conocía muy bien ese volumen:

“Los Sonámbulos no distinguen entre la realidad y el deseo. Su realidad más amplia, más tangible, más corporal, es el deseo. Me muevo porque deseo. La vida en sociedad es un espejo tejido de deseos. El hogar una casa de deseos. La alcoba y la biblioteca son jardines de deseos. Mi jardín es la trenza de mis deseos con la naturaleza. Pero el Sonámbulo no se confunde completamente y sabe muy bien que desear no es igual a haber alcanzado lo que se desea. Sabe que el deseo es siempre una búsqueda. También sabe que al buscar no siempre encontrará lo mismo que anhela. Más de una vez la vida del Sonámbulo le da peras en vez de manzanas. Pero el Sonámbulo descubre con gran placer que ahora le gustan las peras.”

Interrumpió su lectura para decirme: “Los Sonámbulos son enemigos de las certezas. Saben que todo cambia, como un caleidoscopio, porque el deseo nos moldea.”


martes, 20 de diciembre de 2011

Pasando el tiempo

El árbol de la vida, 1909.
Gustav Klimt. Pintor austríaco.


Estoy en casa de mis padres. Son las cinco de la tarde. En la lavadora giran como peces extraños unas sábanas de color marino. Espero que el tiempo pase en el estudio. A mi derecha, un librero. En él, libros que me acompañaron en la universidad. Elijo un lomo gordo: Darío. Abro al azar y me encuentro subrayado en verde: 


Amor, en fin, que todo diga y cante,
amor que encante y deje sorprendida
a la serpiente de ojos de diamante
que está enroscada al árbol de la vida.


Ámame así, fatal, cosmopolita,
universal, inmensa, única, sola
y todas; misteriosa y erudita;
ámame mar y nube, espuma y ola. 


Sé mi reina de Saba, mi tesoro;
descansa en mis palacios solitarios.
Duerme. Yo encenderé los incensarios. 


Y junto a mi unicornio cuerno de oro,
tendrán rosas y miel tus dromedarios. 




... ay, esas lecturas de salones universitarios. Mañana es 21 de diciembre. Eso significa que Anna cumpliría años, Anna la que leyó esos versos de Darío conmigo y que igual que yo se quedaba fascinada. Anna mi amiga. Mi compañera de clases. Rubia. Bonita. Cantarina. Qué bonita recordarla en estas líneas. 


Mañana es 21 de diciembre...


Alma Mía

Alma mía, perdura en tu idea divina;
todo está bajo el signo de un destino supremo;
sigue en tu rumbo, sigue hasta el ocaso extremo
por el camino que hacia la Esfinge te encamina. 

Corta la flor al paso, deja la dura espina;
en el río de oro lleva a compás el remo;
saluda el rudo arado del rudo Triptolemo,
y sigue como un dios que sus sueños destina...

Y sigue como un dios que la dicha estimula,
y mientras la retórica del pájaro te adula
y los astros del cielo te acompañen, y los

ramos de la Esperanza surgen primaverales,
atraviesa impertérrita por el bosque de males
sin temer las serpientes; y sigue, como un dios...


Rubén Darío


... sigue como una diosa...



lunes, 19 de diciembre de 2011

Una rosa es una rosa es una rosa


Una rosa que es tu rosa que es mi rosa nuestra rosa
y que en esta foto nunca se va a marchitar
mas si lo hará entre algún libro o tu diario.

 AGB. 19|12|11

Veo una flor que tengo en la entrada de mi casa y pienso: Una rosa es una rosa es una rosa. Luego me pongo a cantar... ♫ que una rosa es una rosa es una rosa ♫  (Y con tonito aflamencao: ¡pero que ponte los zapatos de tacón y taconea!


Gertrude Stein y Mecano caminan conmigo de la puerta principal a la reja de la terraza. Salimos a la calle. Mientras giro la llave en la cerradura miro la rosa rosa que sobre el tallo saca la cabeza del cuerpo de una botella de vino tinto. La botella está puesta sobre una silla pequeña; silla en la que hoy soy una versión de Gulliver si me siento en ella; silla que ha estado conmigo desde que llegué a vivir a Mérida a los tres años de edad. 


Veo la rosa y entonces recuerdo a mi hermana menor. Tere, un domingo por la mañana de hace cinco años, me leyó el final de un libro que tenía en el buró que separaba nuestras camas y que había terminado de leer la noche anterior: "De la rosa nos queda únicamente el nombre". Umberto Eco. ¿El libro? El nombre de la rosa. Yo no había leído libro. Todavía no lo he hecho. Pero recuerdo esas palabras de Tere porque las usó para consolarme y fueron muy acertadas. No sé si alguna vez se lo agradecí. 


La rosa de Umberto Eco a la que mi hermana le quitó un pétalo para darme ( ♫ que no te vendan amor sin espinas ♫, canta Sabina) es una rosa que de significar tantas cosas ha perdido todo significado, y no es más que eso: una rosa. La rosa de Gertrude Stein tiene que ver con aquello que se nombra para imaginarlo. Para darle realidad: yo nombro, tú imaginas: algo existe. Tal vez también tenga que ver con identidad. Y como soy cursi y estoy hablando de rosas, estoy pensando en otra. En la rosa que aprende a amar un niño rubio, una flor tan parecida a otras y al mismo tiempo, única en el mundo, una rosa por la cual morir. Eterno Principito. Y pienso también en otro tipo de rosa, la de los vientos, esa que usan en la navegación y en las estrellas para marcar el rumbo, algo mucho más que puntos cardinales, algo para tener en el horizonte, Rosa dos Ventos en la voz de nuestra Diosa Bethânia ♫ E do amor gritou-se o escândalo... ♫... pero mejor nos quedamos con la canción que empecé a cantar cuando salía de mi casa, una rumba flamenca pa palmear, porque además, cualquier parecido con la realidad...




jueves, 15 de diciembre de 2011

Entonces

Fotografía de Carolyn Cochrane.


María Elena Walsh.
Argentina, 1930 - 2010.

Cuando yo no te amaba todavía
—oh verdad del amor, quien lo creyera—
para mi sed no había
ninguna preferencia verdadera.

Ya no recuerdo el tiempo de la espera
con esa niebla en la memoria mía:
¿El mundo cómo era
cuando yo no te amaba todavía?

Total belleza que el amor inventa
ahora que es tan pura
su navidad, para que yo la sienta.

Y sé que no era cierta la dulzura,
que nunca amanecía
cuando yo no te amaba todavía.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Tus pies


Fotografía de Bryan Mullenix
Pablo Neruda, poeta chileno.
Los versos del Capitán.

Cuando no puedo mirar tu cara
miro tus pies.

Tus pies de hueso arqueado,
tus pequeños pies duros.
Yo sé que te sostienen,
y que tu dulce peso
sobre ellos se levanta.
(...)
Pero no amo tus pies
sino porque anduvieron
sobre la tierra y sobre
el viento y sobre el agua,
hasta que me encontraron.

La virtud del arte

Como Letranías y como Addy, quiero agradecerle a todos aquellos con quienes tuve la oportunidad de compartir Arte durante los últimos meses y las últimas semanas. Yo también he aprendido mucho con todos ustedes. Ha sido una experiencia lindísima conocer un poco de sus vidas y ver su asombro y fascinación ante las obras que les gustaron y que los conmovieron. Llevar el timón de una materia como Historia del Arte es un regalo y lo que realmente es la paga, es haberlos conocido y compartir con ustedes cosas, momentos y piezas bellas de la vida. 

Por el muslo de Proserpina y el rostro de Marat apuñalado. Por las estrellas de Van Gogh, la danza de Matisse y la estatura de Tolouse. Por la poca luz del salón con las diapositivas reflejadas. Por Nerón, Marduk y Nefertiti. Por la lluvia de Turner, las mujeres de Gauguin y el beso cobijado de Maggrite. Por las cúpulas de Brunelleschi, el impresionismo en el piano de Debussy y las cataratas en la mirada de Monet. Por la ventana de Pisarro, el puntillismo de Seurat y los relojes escurridos de Dalí. Por La Quinta del Sordo, Las señoritas de Avigon y El Poder del Arte. Por los murales egipcios, las alas del Lamassu, las puertas de Babilonia, la monumentalidad de Fidias y el pliegue en los dedos de los pies del Discóbolo. Por la Puerta de Alcalá (Mírala, mírala, mírala mírala), por la Catedral de San Basilio y porque Napoleón no se la pudo llevar, por la cúpula de Santa Sofía en Estambul, por las torres góticas y por Churriguera. Por la tristeza de Millet y los tutús de Degas. Por todo lo que ustedes podrían agregar. Por todo lo que me han hecho aprender. Por darme fragmentos de sus vidas entre clase y clase... y porque nos volveremos a ver... 

¡Feliz Navidad! :)

lunes, 12 de diciembre de 2011

Y entonces tú...

Fotografía tomada de Ojo Digital


Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de ti.
Perdóname el dolor alguna vez.
Es que quiero sacar
de ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo
y tenerlo yo en lo alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú
en su busca vendrías, a lo alto.
Para llegar a él
subida sobre ti, como te quiero,
tocando ya tan sólo a tu pasado
con las puntas rosadas de tus pies,
en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo
de ti a ti misma.
Y que a mi amor entonces le conteste
la nueva criatura que tú eres.


Pedro Salinas.
Nació en Madrid en 1891 y murió en Boston en 1951.

domingo, 11 de diciembre de 2011

El camino de la sed


El camino de la sed / The path of thirst

Encuentro

Ahora la soledad no está sola.
Tú hablas como la noche.
Te anuncias como la sed.


De: Los trabajos y las noches I. 1965.






Cuarto solo


... seguramente vendrá
una presencia para tu sed,
probablemente partirá
esta ausencia que te bebe.


De: Los trabajos y las noches II. 1965.


Poemas de Alejandra Pizarnik, (Argentina, 1936 - 1972).

viernes, 9 de diciembre de 2011

La moneda que te entrego

Crédito de la fotografía:  Aagamia


La moneda que te entrego

... y con caricias las caricias paga...
Rubén Darío

Cuerpo... anverso y reverso de moneda, 
enamorado cuerpo, una espalda y su reflejo frontal en el espejo,
un volado, un destino, un peso para morir bajo su entierro,
moneda que rueda de un bolsillo y es isla en la sabana de la cama... pago improvisado
que naufraga entre las sábanas. Cómo pesa el destiempo... pero qué a tiempo llega a mi orilla
el reverso, el anverso de tu cuerpo, moneda con la que pagas en justa correspondencia 
la moneda que te entrego.

AGB.13:03. Diciembre 9. 2011.  



Balcón al mar
De Odette Alonso


Llego a tus costas
como al reverso menos cruel de la moneda
y tengo todo el tiempo para amarte
aunque el amor no sea más que alguna carta
a veces una espera.
Me desvisto en el muelle
me deslumbro
tiendo mi mano para hallar otra respuesta
y allí estás tú
allí vuelvo a encontrarte
toda tu firme voluntad sobre mis huesos.
La Habana
al otro lado
es una mancha
una extensa muchacha de luces en la espalda
siempre llena de veredas y centauros.
Porque no soy igual a los demás es que te amo
cuando la muerte es una rosa de los vientos
un golpe de suerte
una limpia palmada sobre el hombro.
Porque no soy igual a los demás es que te canto
que asciende mi canción buscando un puerto
un balcón frente al mar
donde dejar mi mano
donde dejar toda mi voz a buen recaudo
sobre el reverso menos cruel de la moneda.



Poeta cubana, 1964. 

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Al pie de la letra...

La Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo 

I N V I T A 

a la presentación no. 14 de la revista

En portada: la actriz yucateca Elena Larrea Peón en años universitarios.

¿Cuando?
Jueves 1 de diciembre de 2011

¿Dónde? 
En El Bistro Bohemio
(Frente a Plaza Fiesta)

¿Hora?
8:30 pm

¿Con quién?
Los presentadores invitados son...

Paco Marín. Director, actor y dramaturgo.

Ana Cruces. Ex Alumna Modelista



Además, la actriz Ariadna Medina estará con nosotros 
en la lectura de algunos fragmentos de éste número. 

Ariadna Medina con Elena Larrea en:
"Narcisa Garay, Corazón de Tango".

Para esa noche, El Bistro Bohemio tendrá promociones especiales 
y a precios accesibles en bebidas y cenas: pastas, baguettes, cappuccinos.

Al finalizar la presentación de la revista, tendremos ¡música en vivo! con Luis Andrade,
NO cover para un buen rato de back in time bohemio de canciones en inglés y español.

¡Ahí nos vemos! 


Fragmento de la contraportada de la revista.
Un agradecimiento especial a Tomás Pellicer Larrea por haber
compartido el archivo fotográfico donde está a blanco y negro Elena,
bella como siempre la recordaremos.


Agradecemos igualmente a El Bistro Bohemio por ser nuestro anfitrión
y a la Universidad Modelo por hacer posible, una vez más, la edición de ésta revista. 







miércoles, 16 de noviembre de 2011

El ensayista que no quería citar y otras historias

Por Eduardo Huchín Sosa
Tomado del blog Tediósfera
Revista Letras Libres


"Me siento como los bajistas de las bandas de rock escribió aquel autor de ensayos 
que transitan de disco en disco y de grupo en grupo, mientras son los otros quienes se vuelven solistas".


1


Aquel ensayista siempre criticó el exceso de citas textuales. Decía que si los escritores cobraran por las citas no se preocuparían por vender libros. También decía que apenas era necesario que un libro o un ensayo empezaran por un epígrafe para que él le negara incluso una lectura superficial. Por ello repudiaba las tesis universitarias, ese estero para las transcripciones, para la letra pequeña que siempre desembocaba en una referencia al pie de página. Eso pensaba este ensayista, antes de que un autoritario gobierno de derecha ordenara quemar todas las novelas, libros de cuentos, poesía y teatro de este país. Antes de que en ese mundo devastado, la literatura sólo pudiera reconstruirse a través de las citas textuales de las tesis universitarias.


2


Fue durante la fiesta de un Congreso de Letras cuando un ensayista tuvo la revelación que le hizo cambiar su vida. Entre el humo de cigarrillos, discusiones semióticas y una mujer ebria que a lo lejos bailaba concluyó que de no ser por el ansia de sexo ocasional y por Juan Rulfo, no tendría nada en común con esas personas. El súbito ruido de conversaciones inconexas le hizo cuestionarse si en verdad tenía algo que platicar con ellos. La chica más atractiva de la fiesta casi lo abofeteó cuando confundió a Subirats con Saborit, pero eso no los hizo siquiera un poco enemigos. Entonces pensó que Jonathan Franzen tenía razón cuando dijo: “La primera lección que enseña la lectura es a estar solo”. 


¿Cómo diablos hablar de literatura en estas circunstancias?, pensó, ¿qué hacer cuando de las 40 ponencias de un Congreso, 39 habían hablado de libros que él nunca había leído? Mientras recordaba los extensos títulos con que los estudiantes apelaban a la objetividad, pensó que después de todo ellos sí tenían un territorio en común: la teoría literaria. Ante el universo en expansión de autores y obras, de libros imprescindibles que se publicaban cada hora, siempre estaban Genette y aquel muchacho Bajtin para rescatarlos.


3


Los textos de cierto ensayista, divertidos análisis de la realidad inmediata, le habían asegurado una singular fama de peatón inteligente. Llenos de descripciones irónicas y precisas, sus artículos conformaban una suerte de guía para perderse en la ciudad, ésa a la que él llamó “la urbe perfecta para resignarse a vivir”. Sus lectores pensaban en él como el paseante sagaz, que escudriñaba las esquinas en busca de un portento. Nada más alejado de la realidad. El flâneur es un fingidor, pensó alguna vez este ensayista que nunca supo dar instrucciones a los transeúntes perdidos y que en realidad vagaba sólo porque pasear daba el suficiente tiempo para ensimismarse.


4


¿Qué decir de un libro?, se preguntó un joven ensayista que se había titulado en Letras, sin hacer tesis. ¿Por qué la gente siempre espera que podamos decir algo después del punto final de una obra?, ¿por qué nadie acepta que a veces te quedas sin palabras, saboreando ese silencio de la última página, como si terminara un concierto y fuera tuya la única butaca? ¿Siempre habrá la necesidad de matizar la opinión, ordenar argumentos, fijar desaciertos y no simplemente disfrutar el estupor, el desgano, acumulando el necesario impulso para regresar al mundo? Qué difícil disertar sobre un libro, decía. Desde pequeños aprendimos las obligaciones de no quedarnos callados, como al final de la clase donde todos los alumnos nos golpeábamos con el codo para ver quién era el primer idiota que le preguntaba al maestro. Los libros merecen a veces tan pocos comentarios como el mundo donde es posible leerlos.


5


Alguna vez oí la historia de un ensayista que no mencionaba autores. Le parecía obsceno hacer libros sobre Mann, Rulfo o Turgueniev, antecediendo fórmulas como “Una lectura de” o “Un acercamiento crítico a”. Le parecía deshonesto aprovechar esos nombres célebres para hacer un poco más visible el nombre propio en el estante. Siempre habrá algún tipo, decía, que buscando a Lowry nos encuentre a nosotros. Y eso le repugnaba. Le parecía todavía más obsceno que los malditos libros de análisis fueran más costosos que los libros que les habían dado origen y por mucho tiempo recomendó a sus discípulos no cometer esas indecencias. Pasaron los años y este agudo ensayista alcanzó la fama y la notoriedad en el único género donde pudo prescindir de todos los nombres: el aforismo. No ganó premio alguno, pero sí algo mucho más valioso: los elogios de sus contemporáneos, quienes hablaron maravillas de su obra dispersa pero nunca se animaron a organizarla, quizás demasiado preocupados por sus propios libros. En la agonía proclamó unas célebres palabras: “luz, más luz”, pero la muerte le impidió completar la frase: “más luz sobre mis obras”.   


6


Cierto ensayista pensaba que en un futuro no muy lejano, las editoriales sólo publicarían antologías, ese territorio natural para un género tan poco popular como el ensayo.  Después de recibir sus tres ejemplares por concepto de derechos de autor, el ensayista dijo: “El futuro está en las compilaciones; es una de esas cosas que presintieron quienes más saben de negocios: los piratas y los pornógrafos”. La falta de un libro que pudiera llamar auténticamente suyo, le incomodaba, pero no había hallado otra forma de supervivencia que aceptar cualquier invitación a ser antologado. “Antes mis estados de ánimo dependían de las mujeres; ahora dependen de los antologadores”, afirmaba en sus horas románticas. Las respuestas siempre se demoraban y las publicaciones también; de tal manera que al ensayista se le veía ansioso todo el tiempo. Incluso, cuando recibía el libro se decepcionaba de sobremanera: tanto si los demás escritores eran mejores que él, como si no lo eran. “Pertenecer a una compilación es como ser invitado a una orgía”, decía; “: no sabes quién demonios estará tu lado”. Cada antología lo ubicaba en alguna parcela de la literatura mexicana; para algunos críticos era parte de la “Generación Poetas del Psicotrópico” y para otros de los “Novísimos escritores de la República Mexicana”. Ser antologado era recibir una etiqueta; “quizás mucho mejor que andar desetiquetado por la vida”, comentó.  Pasaron los años y el ensayista nunca publicó un libro individual. “Me siento como los bajistas de las bandas de rock que transitan de disco en disco y de grupo en grupo, mientras son los otros quienes se vuelven solistas”, escribió en su diario (cuyos fragmentos aparecieron de manera póstuma en el libro Desconocidos diaristas del sur de México).


7


Ya se sabe que después de leer un libro, el ensayista tiene deseos incontrolables por escribir. Así lo hizo cierto ensayista, quien pensó que sería bueno enunciar los “derechos del autor de ensayos”, del mismo modo que Daniel Pennac había expuesto los del “lector común” en su libro Como una novela. Después de pensarlo un poco, enumeró unos cuantos: el derecho a tener grupies (al principio sólo permisible para los poetas); el derecho a no explicar sus propios escritos (sobre todo en los debates que seguían a las lecturas públicas, porque ¡diablos, era discípulo de Montaigne, no de Cicerón!); el derecho a no escribir sobre pedido (ese vicio que emparentaba al ensayo con las tareas escolares, algo que no sucedía con tanta frecuencia con los poemas y las narraciones); el derecho a escribir solamente ensayos (y no hacer del ensayo la actividad ancilar del poeta o del narrador); el derecho a que el ensayo sea considerado literatura incluso cuando no trate sobre literatura (un error común en las convocatorias); el derecho a hablar de un autor también en los términos de la propia ignorancia; el derecho a escribir cosas inútiles (expropiar esa potestad a la poesía y la novela) y por último, el derecho a estar equivocado. Eso había pensado este ensayista, hasta que otro ensayista (más preparado y con más libros en su haber) lo detuvo en la puerta de cierta fundación de letras. “Si quieres tener todos esos derechos, olvídate del ensayo y dedícate a los blogs”, le dijo en un tono más o menos admonitorio.        


8


Después de escribir más de cien ensayos, alguien le preguntó a un ensayista cuál era la condición actual del ensayo. No supo qué responder. Escribía ensayos precisamente porque no sabía qué contestar en las entrevistas o en las pláticas de sobremesa; era su manera de construir una plática que no había tenido lugar. Por otra parte, no poseía la espontaneidad de los comentadores o, quizás, era que ambicionaba decir cosas para la posteridad y no sólo para la sección cultural de los periódicos. Tartamudeó una disculpa, pero ni siquiera eso satisfizo el ansia del reportero. A manera de compensación, prometió escribir un ensayo sobre el tema, pero nada salió en las dos semanas que se dio de plazo. Entonces pensó: hablar sobre el ensayo en un ensayo es como hablar sobre el amor mientras se está enamorado: quedas al final como un idiota. “Practicar el ensayo te impide definirlo”, concluyó y fue lo único que mandó a aquel diario.


9


Imaginen una sociedad donde todos fuesen ensayistas. Aldea Montaigne podría llamarse este poblado utópico. Cualquiera que llegara al pueblo se sorprendería de la calidez de sus ciudadanos: allá en la tortillería alguien piensa en la pintura moderna; acá en los silos de trigo, uno más se pregunta sobre Luis Cardoza y Aragón. El extranjero se maravillaría de la rapidez con que los pobladores hacen su trabajo y después se encierran a sus casas a escribir. “Adiós, pues”, dirían todos antes de enclaustrarse en sus cuartos y el visitante se quedaría con la mano oscilante, como quien ha sido parte de una broma que no logra entender. Los primeros meses serían de paz absoluta, en tanto los ensayistas habrían conformado una sociedad basada en la tolerancia. “Detesto tus ideas, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a que las publiques” era su mandamiento más importante, grabado en letras de oro en el centro de la plaza. No obstante, como la esencia misma del ensayo es la persuasión, todos empezaron a tramar estrategias para convencer a su vecino de que estaba equivocado. En cada vivienda de la Aldea Montaigne, en cada cuarto iluminado por la luz de una computadora, alguien buscaba argumentos para demostrar que tenía la razón. En consecuencia, todos acordaron organizar una feria para escucharse unos a otros. Desafortunadamente, eran pocos quienes en realidad prestaban atención al ensayista que en esos momentos hablaba porque en el fondo sólo creían en sus propios ensayos. La gente se fue volviendo más huraña, es decir más humana, y desconfiaron finalmente de sus colegas escritores. Una noche, en un acto pleno de vandalismo, no se sabe si estrictamente literario, el primer mandamiento de la aldea fue reducido a “Detesto tus ideas”.


10


“No necesitamos ensayistas sino críticos literarios”, le había dicho el editor de una revista al joven que pedía ser publicado. “¿Dónde termina el crítico literario y comienza el ensayista?”, le preguntó el muchacho que no resolvía aún llamarse de uno u otro modo. “Todo mundo odia al crítico y halaga al ensayista”, le contestó el editor. “Al crítico se le puede denostar; en cambio, al ensayista hay que tratarlo con cortesía.  El crítico practica el deporte extremo de tratar el presente; el ensayista trota sobre las planicies tranquilas de los autores ya consagrados, aunque regularmente desconocidos. El crítico destroza (incluso con sus elogios) a los autores actuales; el ensayista traza un panorama más claro, sobre los vestigios que dejó el crítico. El crítico siempre se equivoca; el ensayista subraya —una vez pasado el tiempo— sus equivocaciones. El crítico comienza siendo escritor y luego se frustra; el ensayista es un tipo que se vuelve escritor porque está frustrado. Por eso necesitamos más críticos, muchachos valientes, decididos y sin futuro, gente que no tenga miedo a caminar en torno al vacío”.


11


Aquel célebre y sexagenario ensayista, invitado a un congreso de ensayistas, había tenido diversos altercados con los jóvenes ensayistas que ya lo consideraban obsoleto. En su mesa de trabajo, después de soportar las miradas de desaprobación y los groseros bostezos de la concurrencia, sentenció: “El escritor lucha contra el tiempo”. Inexplicablemente todos los asistentes estuvieron de acuerdo en ese momento. Uno en la primera fila pensaba que la fecha caducidad del escritor provenía del último mes de su beca; otro, que el escritor siempre vive entre cierres de convocatorias; uno más pensaba que el peor plazo de un autor es la hipoteca a punto de vencer. Aquel chico recluido en el rincón fue más certero: pensó que el tiempo contra el que lucha un escritor son los ocho minutos de intervención en los congresos.







Eduardo Huchín Sosa (Campeche, 1979) es músico del dueto Doble Vida, autor del libro ¿Escribes o trabajas? (FETA, 2004) y, hasta donde se sabe, un horror de ser humano.