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miércoles, 30 de junio de 2010

El oculista




Cecilia Eudave*.  
Publicado en el libro Registro de imposibles.

Esta pasión de mirar como te miran comenzó hace años. Yo todavía no trabajaba para el gobierno y era joven, fue cuando llegó a mí un cliente al cual para proteger su identidad llamaré B. B tenía unos ojos muy grandes y claros (también evitaré dar el tono de ellos para que a su vez guarden anonimato).

—Algo me pasa en los ojos... —dijo.

Y calló unos segundos mientras me miraba como si no se atreviera a continuar. Entonces yo me aventuré a sacarlo de ese estado:

—¿Qué le pasa a sus ojos?

—Con el derecho veo una cosa y con el izquierdo otra.

Contestó pesadamente.

—Mmm. Cuénteme más.

—El ojo derecho ve lo que usted hace en este momento: consultándome. Pero el izquierdo está siguiendo la vida de otra persona que se encuentra a muchos kilómetros de aquí.

Yo quedé mudo. ¿Cómo un ojo puede estar persiguiendo la vida de otra persona sin estar físicamente detrás de ella? Mi cliente era un perturbado mental, sin duda. Pero con la mente abierta que da la juventud y la necesidad de conservar a los primeros pacientes, yo intenté no mostrar mi incredulidad y acerté en decirle con una seguridad asombrosa:

—No se preocupe, vamos a dar con el origen de su problema.

Tomé mi lamparita (nervioso, desconcertado) y observé sus ojos detenida e incansablemente. Dentro de los iris de B existían diversos funcionamientos visuales como en cualquiera. Del lado derecho se acumulaban las imágenes certeras cohabitando con las imágenes que B seleccionaba de todo aquel universo de visión. Su ojo derecho veía el presente, las acciones normales y cotidianas. Le permitía desplazarse por el mundo, mirar a los otros como lo miran y lo ignoran, le temen y lo desean, se aproximan y se alejan, lo analizan y lo penetran. Con el ojo derecho B llevaba su vida cotidiana. Podía cerrarlo y atraer contra sí los recuerdos de las imágenes inmediatas, las que su nervio óptico acababa de reciclar en su cerebro.

¡Pero el izquierdo! Ahí se desataron los problemas de la consulta. Ese ojo era un rebelde, un anarquista de la visión. Un desertor de las buenas costumbres, de la normalidad. Ese ojo era un hijo de la locura, en él yo no vi mi figura reflejada, ni la luz de la lámpara, ni el entorno de mi consultorio. Ahí, en ese ojo, había otras imágenes...

—¿Por qué? —le pregunté abatido después de examinarlo incansablemente—. ¿Por qué no mira lo que debe mirar si es un ojo perfecto y funciona como cualquier otro?

—Porque está enamorado.

Si usted esperaba una respuesta menos inquietante o menos ordinaria, más identificada con un proyecto secreto o de guerra... Quizá hasta imaginó una posesión diabólica, o una herencia de hechicería. Tal vez la intervención de un virus nuevo en el ambiente, o el principio de una locura certera. ¿Por qué no una mutación? O un avance genético que a todos nos espera. Pues no, ese ojo izquierdo estaba enamorado, simplemente.

—Cuénteme —le dije tratando de ocultar la voz un tanto trémula.

B comenzó a narrar y yo a registrar en una pequeña grabadora (que saqué hábilmente del cajón de mi escritorio) aquello. Mi inquietud científica había caído fulminada por esa particularidad.

—Yo no debí jamás encontrarla, pero la encontré. Cosas de ese cruel destino que a todos nos ataca. Ella estaba ahí como si fuera su pertenencia, sin saber por qué, usted sabe, la ignorancia sentimental es la peor de las ignorancias. Yo no me di cuenta inmediatamente de esa cadena de afección, fue mi ojo izquierdo el que ya no pudo separarse de ella. Notaba que si yo miraba hacia un lado, él lo hacia opuestamente. Mi ojo era como un girasol que la seguía como a la luz. Así, ella acaparó mi campo visual trastornando mi entorno. Estrabismo, pensé, padezco de estrabismo. Y fui directamente al oculista, al primero, que no encontró nada raro, me recetó unas gotas para la resequedad y me mandó a casa.

Con esa breve tranquilidad me tumbé en la cama. Intenté cerrar los ojos y sólo el derecho obedeció. Por más esfuerzo que hacía para que el párpado izquierdo cayera, no cedió. Fue cuando sentí un golpe en las pupilas y la vi a ella frente a mí. Era tan real, se acercaba amenazadoramente. De pronto entró violenta en mi ojo izquierdo y me distrajo los nervios, la fuerza, la templanza. Después me vino una fiebre dolorosa, una fiebre del pensamiento: sólo pensaba en ella, sólo la veía a ella. Mi ojo izquierdo sufrió una inflamación profunda, se enrojeció en extremo. Comencé a ver borroso, cada vez más. Luego las imágenes se aclararon y el derecho volvió a la normalidad, pero el izquierdo guardaba una imagen: la de esa mujer. Estaba ahí, pálida y desierta como una duna ondulante en la pupila dilatada, calzándose unos zapatos de tacón. Me consulté por segunda vez. El oculista de ese entonces me recomendó no forzar la vista e ignoró por completo la historia de mirar a distancia a otra persona. Sólo prestó atención a mi relato cuando le dije que sentía como sí trajera una piedrita en el lagrimal: "Algo dentro del ojo me lastima". El tomó su lamparita e inició la exploración. "Sí, en efecto veo algo" y buscó unas pequeñas pinzas. Con trabajo comenzó a extraer del lagrimal un diminuto zapato de tacón. Con extrañeza lo examinó bajo su lupa y, guardando su turbación, agregó: "Lo que hacen ahora, puras miniaturas. Cuánto riesgo para los ojos". Le pedí que me diera aquello y salí de ahí consternado...

Detuvo su relato y comenzó a rascarse el ojo izquierdo. Después llevó su pañuelo hasta el lagrimal y lo apretó con fuerza. Lo miró y me mostró el contenido.

—Bueno, esta vez es un cenicero, fuma mucho...

Anonadado miré aquella miniatura y la tomé entre mis manos para examinarla. B continuó el relato sin percatarse que yo casi perdía el aliento.

Pero llorar pequeños objetos no era un problema. Bueno, al principio sí, pues la inflamación me molestaba mucho, pero aprendí a extraerlas a tiempo y el dolor se hacía breve. Lo que realmente me molesta es que mi ojo izquierdo sólo la ve a ella. La sigue por todos lados, como si fuera una cámara secreta la persigue por doquier. De aquí para allá mi ojo la vigila y la conoce. Desde que se levanta hasta que vuelve a la cama. Sabemos sus hábitos, sus recorridos por la ciudad, sus debilidades, sus preferencias, sus aflicciones, sus perversiones, sus odios y sus aprecios. Todo aparece ante mi ojo izquierdo mientras yo fijo sólo la vista en el techo de mi habitación. Soy un voyerista y me avergüenzo de observar la vida de alguien como si estuviese frente a una pantalla. Intenté clausurar mi ojo, parchar esa realidad que no era la mía. Sin embargo, el izquierdo no hace caso a nada y aún así mira. También es fetichista, por eso llora pequeños objetos, los roba. No me mire así, yo creo que los mira tan fijamente que los atrae hasta sí y luego los llora. No sé cómo lo hace, es su secreto. Así nos hicimos de zapatos, anillos, aretes, medias, blusas, plumas, platos, cucharas, sábanas, fotografías, lencería, todo mi ojo izquierdo lo llora para él y para mí. Porque yo también me he enamorado, tanto seguimiento de su vida acabó por conquistarme.

B volvió a resguardarse en el silencio. A perder su vista en un punto lejano de la habitación mientras yo trataba de escrutar aquellos ojos extraños y cristalinos. Suspiró y continuó la historia.

—Reflexioné mucho y decidí tratar de acercarme a ella, pues la locura acabaría por envolver mi cerebro si no la tocaba, sino hacía física todas esas imágenes. Coincidimos en una fiesta. Ahí estaba. Por primera vez mi ojo derecho e izquierdo veían lo mismo, salvo cuando ella desaparecía de mi campo de visión, entonces el izquierdo como un guardaespaldas la monitoreaba. Ella me descubrió entre la gente, me miró y me lanzó una sonrisa de reconocimiento. Me saludó de lejos como si fuera un viejo conocido, alguien con quien se topa todos los días. Sentí la incomodidad de estar tan presente en su vida que ya no le excitaba verme. Sentí que no me añoraba como cuando deseas poderosamente encontrarte con alguien y cuando estás cerca ya no sabes cómo comportarte, ni qué hacer. Me entristecí y me varé en mis conflictuados sentimientos, mientras el maldito ojo izquierdo la perpetuaba por cualquier parte. Después de varias copas me atreví a buscarla. Necesitaba hablar con ella, que me escuchara. Yo conocía su voz, su sonrisa, sus movimientos, pero ella seguro nada de mí...

El ojo derecho de B se enrojeció y se humedeció traicionando la serenidad de su rostro, la entereza de su voluntad, la decisión de continuar su relato. Me pidió que cerrará un poco las persianas pues la luz cada vez le hacía más daño. Tragó un poco de saliva y prosiguió.

—Por fin las circunstancias nos arrojaron a estar juntos y solos. Ella me sonrió con esa sonrisa que yo sabía de memoria. "Te conozco como nadie te conoce", le dije. "Lo sé", y agregó: "Puedes llevarte los objetos que quieras, puedes mirarme cuando quieras, puedes, pero jamás podrás tocarme. Así lo queremos yo y tu ojo izquierdo. Además tú no eres el único." Se dio la vuelta, tomó su bolso y se fue. Mi ojo izquierdo tras ella. Yo me quedé atascado en mi cuerpo con mis sensaciones, con mi ansiedad corporal.

B se incorporó de golpe y me dijo con mucha determinación:

—Quiero que me extirpe el ojo.

Me comentó que no era yo el primer oculista que veía. Recorrió un largo camino antes de llegar a mí y todos se negaron a sacarle el ojo porque estaba completamente sano, aludiendo que B era quien necesitaba un tratamiento de otro tipo.

—Pero usted ha visto cómo lloro objetos, eso es lo único a lo cual tengo acceso en esta relación que me tortura.

Accedí a extirparle el ojo. Debo admitir que quería quedarme con él y diseccionarlo, estudiarlo para dar con el origen del fenómeno. B aceptó donarme el órgano si yo lo operaba inmediatamente. La intervención fue sencilla. El ojo no opuso resistencia. Salió del rostro de B sin ningún conflicto. Yo me quedé con él y lo estudié hasta el cansancio. No descubrí nada, era normal, orgánicamente perfecto. Acepté mi desilusión porque la ciencia es así: fatalmente certera ante los hechos.

Seguí viendo a B hasta que sanó la herida. Mi cliente estaba tranquilo y poco a poco se fortalecía su ánimo. Y antes de marcharse definitivamente -ya se había recuperado por completo de la operación-, me atreví a preguntarle:

—¿Está seguro que extirpar el ojo fue la mejor solución? ¿No extraña a veces esas imágenes? ¿Esa insólita particularidad en su persona?

—Sí, pero la vida es más que una imagen...


* Cecilia Eudave (1968) es mexicana. Nació en Guadalajara, Jalisco. Doctora en Lenguas Romances (Montpellier, Francia). Es autora y editora de los libros: "Hacia un concepto de poesía. Antología de poesía Española contemporánea", "Técnicamente humanos", "Invenciones enfermas", "Registro de Imposibles", "Países Inexistentes", entre otros. Actualmente es profesora e investigadora en la Universidad de Guadalajara. Escribe la columna Coordenada Fantástica en la revista electrónica Literaturas.com

martes, 29 de junio de 2010

Bar Moby´s

La lluvia me trae el recuerdo de la escena de una película con lluvia.

Un hombre corre feliz con su locura y un cigarro apretado entre dientes y labios bajo el aguacero, cuando de pronto, guiado por el sonido de la música --como el hambriento seguiría el olor del pan recién horneado-- descubre tras el ventanal escurridizo del bar, un piano...




De la película "Shine" (Claroscuro, en español) donde Geoffrey Rush protagoniza la vida del pianista David Helfgott, inolvidable en su actuación durante la entrega de los óscares.


lunes, 28 de junio de 2010

Poesía Maya: Otros de Briceida Cuevas Cob

Hace unos días transcribí algunos poemas de Briceida (click aquí para ir al link). Conforme más la leo, más me gusta. El sábado por la noche (¡bendito azar!) conocí a Jonathan Harrington, editor neoyorquino radicado en Yucatán que ha traducido la poesía de Cuevas Cob al inglés. El lugar donde estábamos se llama Café Chocolate y cada sábado por la tarde hay una actividad que se llama "Café Poesía": quien quiera puede llevar algo que haya escrito o sus textos favoritos, escritos por otros, y leerlos. Pues ahí estaba J. Harrington y pasó a leer poemas de Briceida que está traduciendo, entre ellos "Papalote", que a continuación leerán. Además, Harrington trabajó con Carlos Montemayor, el escritor, poeta y ensayista chihuahense que tanto hizo por las lenguas indígenas de México y que también tradujo a Briceida.

Dejo aquí dos poemas suyos en maya y en español:

Pelota de voz
Wolis t’an

Al pozo no le gusta que le tires piedras.         Ch’eene’ ma’ utz tu t’an a pulik tunich ti’i.
Lastimas su quietud.                                          Ka ch’amik u ch’eeneknakil.
Ese juego no le agrada.                                     Jumpulí ma’ utz tu t’ane’ báaxal beyo’.
Si quieres jugar con él,                                      Wa taak a báaxal tu yéetele’
haz de tu voz una pelota,                                   woliskut a t’ane
arrójala,                                                                 ka jalk’esti’,
Verás que te la devuelve.                                  bin a wil bix ken u ka’ sutil ti’ teech.



Papalote
Baaxal tuuch’bil ju’un


El recuerdo                                            K’aasaje’
es un papalote.                                     báaxal tuuch’bil ju’un ku xik’nal.
Poco a poco le sueltas,                       Teech choolik junjunp’iti,
disfrutas su vuelo.                               kíimak a wol tu xik’nal.
En lo más alto                                        Ken jach kanchake
se rompe el hilo de tu memoria           ku téep’el u súumil a k’ajlaye
y te sientas a presenciar                      ka kutal a chant u payk’abtal tumen náachil.
cómo lo posee la distancia.


Briceida Cuevas Cob (1969) es Campechana.

domingo, 27 de junio de 2010

Palabras para adoptar

Aquí van algunas palabras para nombrar lo que en español no tiene definición:


Mamihlapinatapai: Según el libro de los Récord Guiness, ésta es la palabra más concisa del mundo (¿o sugieren alguna otra? ¿cuál? ). 


Mamihlapinatapai pertenece al idioma de los indios Yámanas, de la Tierra del Fuego, y significa una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambos desean pero que ninguno se anima a iniciar...


¿Cuántos momentos "Mamihlapinatapai" conformarán nuestra vida? Linda definición... pero prefiero la lindura de cuando uno de los dos se anima y la palabra desaparece para convertirse en otra.


Aquí van más palabras(*) que tampoco existen en español pero que estaría muy bien incluir en nuestro vocabulario.




Mokita (Nueva Guinea): "Verdad que todo el mundo conoce pero nadie se atreve a pronunciar".


Razbliuto (Rusia): "Sentimiento de cariño que se tiene por una persona a la que un día amamos".


Ah-un (Japón): "Comunicación tácita entre viejos amigos o amantes".


Shibui (Japón) "La apariencia amarga de lo que es positivamente hermoso".


Treppenwitz (Alemania) "Respuesta bien dada que se nos ocurre dos horas después".


Torschlüsspanik (Alemania) "Miedo que las personas solteras sienten ante la idea de casarse".




¡Qué buenas palabras!


Si conoces alguna del español o de otro idioma que quieras compartir, ¡adelante! colabora ayudándonos a nombrar "eso" para que no lo sabemos que hay definición...


Como anfitriona, lanzo la primera palabra. Es una de mis favoritas y corresponde a la lengua portuguesa. Me refiero a la palabra Volúpia que significa: "Gran placer de los sentidos, sobretodo el placer sexual".


Leyendo a Cassiano Nunez la descubrí: "Outras bocas te revelarão volúpia mais fina" (poema Blue).


¿Cuál es tu palabra favorita?
Venga, ¡compártela!


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*Palabras tomadas de Postdata

viernes, 25 de junio de 2010

♫ No te metas a mi Facebook ♫

♫ De 620 amigos te relacionas con 10
90 desconocidos más 60 friend requests...
200 eventos, a los que debes ir
Aceptas a todos aunque no quieras ir
Tu vida es difícil, tienes que decidir
Aplica la regla, ponle a todos maybe ♫


El Facebook ya tiene su canción. Esteman, el cantante y compositor colombiano, aprovechando el "Faceboom" de las redes sociales, compuso ésta canción que es la meritita realidad. Tal vez las primeras líneas no les resulten entendibles pero conforme avance la canción...




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martes, 22 de junio de 2010

A ciegas

Un poco de flamenquito pa acompañar la tarde, porque sí y porque está lloviendo.

El cantaor Miguel Poveda en "Ratones Coloraos", interpreta "A ciegas", tema que forma parte de su último disco "Coplas del querer" y con el que cierra la película de Pedro Almodóvar "Los abrazos rotos".






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sábado, 19 de junio de 2010

Cumpleaños y Boleros pensando, cómo no, en Carlos Monsiváis


Por Sandra Lorenzano.
Tomado de la Revista Nexos.

La autora revisa el legado de un escritor que inventó una forma de mirar la cultura popular, la vida urbana, la sociedad de masas.


Despierta, dulce amor de mi vida

Hace un par de años, el mero 4 de mayo, un grupo de amigas le llevamos “mañanitas” a Monsi por su cumpleaños. Entre la desmañanada y los abrazos sonaban las canciones sobre las que él tantas veces ha escrito: “Amor perdido”, “Cenizas”, “Fallaste corazón”… Cantamos temas de Agustín Lara, de José Alfredo, de María Grever… Allí estaban todos, con nosotras, con el maestro Monsiváis asomado a su ventana, y con la mariachi femenina Xóchitl: todo un hallazgo.

Hace mucho ya, desde sus primeras obras, Carlos Monsiváis nos enseñó que la separación entre la llamada “alta cultura” y la “cultura popular”, para usar la clasificación de Adorno y la Escuela de Fráncfort, hacía poco viable el análisis de la cultura latinoamericana. Los llamados “Estudios culturales” institucionalizaron aquello que en América Latina trabajamos desde hace décadas, quizás por vivirlo en carne propia. ¿Cómo dar cuenta si no de lo mejor de nuestra literatura —pienso en Cabrera Infante, en Carpentier, en Cortázar—? ¿O de la música, de la pintura, donde lo “popular” se cuela en las formas tradicionales? ¿O a la inversa? ¿Quién no ha visto los telares oaxaqueños con diseños de Miró? ¿O no han escuchado acaso las letras de los raperos con referencias a Nietzsche, por ejemplo? (les recomiendo que se acerquen al trabajo de algunos de los colectivos de chavos artistas vinculados al Faro de Oriente, entre otros, para entender qué es hoy la cultura urbana). ¿Quién se atreve a decir que en nuestro continente la frontera que divide lo “culto” de lo “popular” (todo entre comillas) no es porosa, laxa, veleidosa, caprichosa, ella misma, como letra de bolero? Monsi nos enseñó a pensar América Latina a partir de esta complejidad, nos dio permiso para que la crítica, la reflexión, el análisis, cruzaran esa frontera una y otra vez para tratar de entender quiénes somos. Nos dio permiso para hundirnos en nuestro sillón favorito y ver —ahora en DVD— a Pedro Infante con su camiseta rayada y silbando “Amorcito corazón, yo tengo tentación…”; para dejarnos caer por Garibaldi cualquier viernes en la noche para cantar con José Alfredo, “Estoy pidiendo ya la del estribo…”, o para ir —y dejarnos aplastar, devotamente, eso sí— un 12 de diciembre a la Villa y aprender en carne propia lo que es la religión popular.

Si no podemos ver con él y con sus numerosísimos textos, intervenciones, entrevistas, participaciones, que nuestra cultura pasa también por todo esto, difícilmente podremos entender de qué se trata. Con Monsi aprendimos —“Contigo aprendí…”— que el humor, la inteligencia y la ironía son las mejores armas para sobrevivir en el mundo corrupto de políticos y funcionarios; aprendimos a mirar de otra manera la historia patria, a ser irreverentes pero comprometidos; a escuchar a los excluidos de siempre: indígenas, chavos banda, homosexuales, migrantes, mujeres…; a percibir las voces de la ciudad (de las ciudades), a recorrerla con mirada de flâneur (iba a agregar “posmoderno”, pero recordé inmediatamente la voz del propio Monsiváis diciendo “pos qué”; flâneur entonces, a secas), mirador, caminador, deambulador gozoso y agudo, elurofílico apasionado (es decir fanático de los gatos), memorioso e irredento lector de la Biblia (en la edición de Casiodoro de Reina).

Con sus libros, con sus artículos, con sus rápidas y agudísimas respuestas hemos aprendido a pensar que las sociedades, que nuestra sociedad, es cambiante, múltiple, heterogénea; a mirar el ejercicio periodístico como espacio de libertad, a la palabra como responsabilidad ética y medida de profundidad (en Shalalá, el programa de entrevistas que tienen por televisión Sabina Berman y Katia D’Artigues, esta última le preguntó: “Carlos, ¿cuál es para ti la prueba de la existencia de Dios?”. “El lenguaje, la palabra”, les respondió Monsi sin dudarlo). Nuestra libertad es, entonces, el privilegio que tenemos todos nosotros, de poder ver el mundo que Monsiváis nos descubre.

De entre todo aquello —casi infinito, o sin el casi— de lo que ha hablado, elijo hacer, como homenaje a “Las mañanitas” cantadas el domingo pasado, algunas referencias a nuestra “educación sentimental”.


Soy ridículamente cursi y me encanta serlo, Agustín Lara

La reivindicación de los sentimientos, del sueño, de las pasiones, de todo aquello que había sido dejado de lado por el culto a la razón, caracteriza al romanticismo y reaparece en la cultura popular latinoamericana a través de múltiples expresiones, todas ellas intensas, “azotadas”, melodramáticas; entre ellas, el bolero que resulta, a decir de Monsiváis, “sobredeterminado por los arquetipos y estereotipos de la pasión amorosa” (Bolero. Clave del corazón). Quizás nunca más volvió a haber una relación tan directa entre un movimiento artístico y literario y su apropiación y transformación por parte de la cultura popular.

En México, una de las figuras principales del romanticismo fue Manuel Acuña y, por supuesto, su célebre “Nocturno”, convertido en “Nocturno a Rosario” por la fuerza de la costumbre, se vuelve un referente ineludible si de antecedentes de nuestra “canción romántica” se trata. Sus versos son “la tierra firme del temperamento bolerístico de los inicios”:

Pues bien yo necesito decirte que te adoro, / Decirte que te quiero con todo el corazón, / Que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, / Que ya no puedo tanto y al grito que te imploro, / Te imploro y hablo en nombre de mi última ilusión.

Al romanticismo lo continúa el modernismo como alimento de la sensibilidad latinoamericana de fines del siglo XIX y principios del XX. Los letristas de boleros leen por supuesto también a Rubén Darío y a Gutiérrez Nájera. Carlos Monsiváis propone que frente a la ideología dominante de “orden y progreso”, los poetas románticos y sus continuadores por la vía de la canción reivindican las grandes pasiones. “Palabra y seducción”, dice para definir al bolero la crítica literaria Iris Zavala. Lenguaje del cuerpo que recuerda a la poesía del amor cortés medieval, aunque es en la modernidad que recrea y transforma el erotismo, que tiene verdadero lugar su nacimiento. “Si en los últimos veinte años del siglo XIX se inicia el género musical propiamente dicho en la Cuba martiana (según los expertos), ésta lo lanza en las olas del mar a México, Centroamérica. A las otras islas. En viajes de ida y vuelta, como todo viaje de bienes culturales, el bolero va y vuelve lleno de palabras y verdades; siempre en movimiento con cada nueva lectura del cuerpo” (Iris Zavala, El bolero. Historia de un amor, p. 20).

Así pasa de la hermana república de Yucatán, cuya trova lo enriquece, transforma y “mexicaniza” (Ricardo Palmerín, Guty Cárdenas, Pastor Cervera, entre otros), pasa —decía— a la modernidad galopante de nuestras ciudades de la mano de Agustín Lara. Mientras la Iglesia lo condena, él hace del amor su obsesión y construye el personaje del artista bohemio, inspirado y amado por las mujeres. “…le prohíben una canción por sus líneas ‘terribles’: ‘Aunque no quieras tú, no quiera yo, ni quiera Dios’. Imposible admitir el reto a la divinidad. Hay protestas de los sectores católicos (¡cuándo no!) y la canción queda así: ‘…aunque no quieras tú / ni quiera yo, / lo quiere Dios, / hasta la eternidad / te seguirá mi amor” (C. M., Bolero, p. 16). También la Secretaría de Educación Pública decide “desterrar de las escuelas la música de Lara por ‘inmoral y degenerada’ y, sobre todo, por su(s) letra(s) obscena(s) que pervierte(n) a los niños” (Amor perdido, p. 79). Como se ve, era una educación muy progresista la de la época. Por supuesto, cualquier semejanza con nuestra propia realidad es mera coincidencia. Y, a pesar de todo, no había mexicano ni latinoamericano que se preciara que no siguiera enriqueciendo su educación sentimental con aquello que las “buenas conciencias” pretendían acallar.

Estamos en los años treinta y, como subraya Monsi, conviven ¿curiosamente? una etapa de fuerte compromiso social y la canción romántica que aleja a quienes la escuchan de la politizada realidad en que están inmersos. ¿Será este rasgo semiesquizoide una de las marcas del tan llevado y traído (y hoy casi olvidado) “ser latinoamericano”?


¿Por qué te hizo el destino pecadora / si no sabes vender tu corazón?

El culto a la vida nocturna es una de las claves de los boleros y, con ello, lo que ésta implica: bohemia, cabarets y, por supuesto, prostitutas; eso sí: como imágenes enaltecidas. “Ya que la infamia de tu ruin destino / marchitó tu admirable primavera, / haz menos escabroso tu camino, / vende caro tu amor, aventurera”.

En este homenaje a la mujer que ha caído en el pecado, no nos olvidemos del gran Flaco de Oro que, en el papel de Hipólito, le canta a la joven que habiendo sido alguna vez una inocente campesina de Chimalistac, es hoy la estrella del prostíbulo de la prostibularia ciudad. “Santa, Santa mía…”, y es su voz aguardentosa el espejo en que quisieran verse tantas y tantas mujeres; el espejo en que se buscarán durante los muchos años en que Agustín Lara musicalice al país y a sus mitos. “Santa, Santa mía...” y la protagonista de Gamboa no será redimida por el escultor Jesús F. Contreras, al que ofrece su vida como maleable barro, sino por las metáforas rimadas de uno de nuestros mayores ídolos populares. Santa y Agustín Lara comparten la devoción del público; los dos juntos, convertidos en película, son la apoteosis del gusto popular. La novela es nuestro primer best-seller y, como dice José Emilio Pacheco, será nuestro más consolidado long-seller. Fue llevada a la pantalla primero en 1918 en una versión muda; luego en 1931 se convertirá en el primer éxito de taquilla de nuestra filmografía, y fijará el modelo de uno de los mayores sucesos del cine nacional: las películas de rumberas. Aventurera, Sensualidad, Cortesana, Víctimas del pecado. Hasta Orson Welles escribió un guión basándose en la novela de Gamboa, como modo de expresarle su amor a Dolores del Río. El propósito moralizador del libro, teñido de la misoginia y moralina de su época, se vuelve imagen idealizada en las letras de los cantantes. “Virgen de medianoche / cubre tu desnudez / bajaré las estrellas / para alumbrar tus pies”, canta Daniel Santos.* Daniel Santos vuelto personaje de novela por Luis Rafael Sánchez, en un libro cuyo título —además— parodia el famosísimo de Oscar Wilde; me refiero, por supuesto, a La importancia de llamarse Daniel Santos, donde, una vez más, no hay frontera posible entre lo “culto” (¿con K?) y lo popular.

¿En qué radica el éxito de estas “mujeres de la vida”? Santa les presenta a las mujeres, que constituyen la mayor parte del público lector, “un personaje con quien se pueden identificar a distancia y con la impunidad del espectador: miren de lo que se salvaron, esto hubiera podido pasarles en caso de nacer pobres y dejarse seducir. [...] El relato ofrece a sus lectoras la experiencia que de otro modo no hubieran tenido: sepan, gracias al narrador intermediario, lo que se siente ser prostituta”. “...previene a las muchachas contra la seducción y a los jóvenes contra la prostitución” (José Emilio Pacheco, p. XIX). Durante el porfiriato, dice Carlos Monsiváis, “Los sueños de la hipocresía engendran prostitutas ideales y desvanecen la sordidez de la explotación abyecta de miles de mujeres en cuartuchos insalubres” (C. M., Amor perdido, p. 73).

De Agustín Lara a José Alfredo Jiménez la “sinceridad del mexicano” se coloca por encima de la poesía. “Que nadie se meta entre los sentimientos y su consignación sinfonólica”, escribe Monsi (Amor perdido, p. 87). José Alfredo (así, sin apellido, porque “es de todos”, “es del pueblo”) “Vocifera su amor (a quien quiera oírlo y a quien se haga disimulado), vitorea su desgracia y le echa porras al deseo de redimir, en puro olvido alcohólico, la mala suerte de esta pasión” (p. 88). La identificación entre la gente y este “bello sufriente del bosque” (de cemento) es completa: “¿Quién no sabe en esta vida la traición tan conocida que nos deja un mal amor?”. “A las líneas las afina su intuición descriptiva —explica Monsiváis—: carentes de metas políticas y de recursos económicos, las clases populares necesitan poseer sentimientos, hacerse del catálogo de confusiones indecibles a las que ordenan nombres preestablecidos: pasión, corazón, amor, borrachera y un volátil y níveo ser amado…” (Amor perdido, p. 89). Cuando quedan sólo las tristezas, hay que ensayar nuevos caminos desde la barra del Tenampa y con las masas coreando a voz en cuello: “Es preciso decir otra mentira / les diré que llegué de un mundo raro, / que no sé del dolor, que triunfé en el amor / y que nunca he llorado”. ¿Las mil y un máscaras del mexicano?

Por supuesto, el nacimiento de las industrias culturales propicia el enraizamiento de los boleros. Se estrenan en los teatros de revista, la gente los escucha una y otra vez en la radio, los canta junto con sus ídolos en las salas de cine, y ya no se sabe si les “llega” la canción porque les cuenta lo que sienten, o sienten lo que sienten porque lo han aprendido en las canciones (¡Ah Segismundo! El de Viena, por supuesto, no el español). He aquí nuestra educación sentimental, la de los radioteatros, los melodramas, las fascinantes imágenes que nos mandaba Hollywood; esa educación sentimental que formó a generaciones completas de latinoamericanos; ésa a la que Manuel Puig le rindió homenaje en La traición de Rita Hayworth, o Cabrera Infante convirtió en catedral de la lengua en Tres tristes tigres. La que nació con nuestros pálidos románticos vernáculos —epígonos melancólicos de Verlaine pasados por la exuberancia del trópico—. ¿Alguien pronunció la palabra kitsch? Cuando muere Agustín Lara, en noviembre de 1970, las masas se abalanzan a “darle el último adiós”. Las muchedumbres rodeando el cuerpo de su ídolo sólo tienen un antecedente en nuestro país, el entierro de Amado Nervo. El poeta romántico murió en Montevideo en 1919. En el barco que lo trae a México, su féretro está cubierto por las banderas de todos los países latinoamericanos, y las “escalas” permiten un “panamericanismo” luctuoso y fanático. Cuando finalmente llega a nuestro país, más de 300 mil personas lo estaban esperando y acompañaron su cuerpo hasta la ciudad de México. Nunca más un poeta —hasta Agustín Lara— fue recibido con el fervor y la desolación popular que de ahí en adelante estaría sólo reservada para las “estrellas” del show business. La poesía vuelta —más que espectáculo— pasión compartida. Kitsch nada me debes, kitsch estamos en paz.


Amor es el pan de la vida, amor es la copa divina, amor es un algo sin nombre que obsesiona al hombre por una mujer…

Pero hablemos del amor que eso es lo maravilloso de escribir sobre boleros: “Oh, qué será, qué será que no tiene decencia, ni nunca tendrá, que no tiene censura, ni nunca tendrá, que no tiene sentido...”, canta Chico Buarque y con él canta toda nuestra cultura desde hace milenios. Oh, qué será, qué será... y ahí están Eros y Psique, Penélope y Ulises, Troilo y Crécida, Romeo y Julieta…

Y como el día invita a confesiones, aquí van estas líneas; sepan ustedes disculpar:
“Acuérdate de Acapulco, María bonita, María del alma”, canta, entornando los ojos, ese nuestro último poeta modernista. Y que me digan si no es el sueño de todos/de todas, provocar una pasión semejante; al escucharlo todos/todas somos por un instante la Doña (con perdón de usted, Doña). ¿O a poco no nos sentimos todos un poco Blanca Estela Pavón, cuando oímos a Pedro Infante en el radio: “Amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso...”? Ah.... el amor.... Imposible pensar en el amor y no acordarse de algún bolero. Qué generación de estos países nuestros no se ha enamorado alguna vez siguiendo su cadencia (“Amanecí otra vez entre tus brazos...”). Incluso quienes descubrimos las bondades del bolero ya mayorcitos y que ya mayorcitos nos convertimos en fanáticos, en nuestra adolescencia teníamos sustitutos bastante similares: “All you need is love” cantaba Paul McCartney entornando los ojos igualito que Agustín Lara.

Para nuestros padres, como para nosotros mismos, el momento crucial de la fiesta era aquel en que empezaban las “lentas” —díganme si miento—; entonces sí: las palmas de las manos sudaban, la piel se estremecía y fluía el deseo por los cuerpos que se deslizaban compartiendo el ritmo y el aliento. Pocas cosas más eróticas, más cachondas —que es la veta tropical del erotismo— que un buen baile. Pero claro, ya a nosotros nos tocaron épocas más, no sé si llamarlas difíciles, pero por lo menos un poquito reprimidas, ambiguas, a pesar de la liberación sexual y todas esas cosas, porque no queríamos dejar de ser románticos pero mucho menos queríamos que nos tomaran por cursis. Nunca hubiéramos perdonado a quien se hubiera atrevido a comprarnos una postal con un atardecer —justamente de postal— que dijera: “Amor es nunca tener que pedir perdón”. Preferíamos ese amor más “igualitario”, más de peñas folklóricas mientras se hacía la hora del infaltable reventón de los viernes, más de camisa de manta y descubrimiento del jazz, ese amor de “Si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice y todo...”. Pero incluso a ese amor “revolucionario” que nos tocó le sudaban las manos cuando llegaban las lentas. No “Only you” qué horror, pensábamos entonces; pero sí Leonard Cohen, por ejemplo, cantando “Suzanne”, porque creíamos que amor y azote se llevaban bastante bien.

Como dice Monsi que dice Umberto Eco, ya no se puede decir “Te amo” porque la otra persona sabe, y una sabe que la otra persona sabe que eso ya lo dijo Corín Tellado. Lo que se puede decir es: “como dice Corín Tellado: te amo”.

Sin embargo, a pesar de la pérdida de la inocencia seguimos enamorándonos como locos, seguimos cayendo en la cursilería de estar locamente enamorados. Por supuesto, aún hoy me sudan las manos y se me acelera el pulso cuando estoy cerca de la persona que amo (y no creo ser la única a la que le pasa eso, ¿o me equivoco?). Se han escrito y se escribirán sesudos trabajos sobre el amor. El amor seguirá siendo, a pesar de todo, cantado y contado por cuentos y poemas, por películas y novelas, por melodías y danzas. Posmodernos y todo, globalizados y todo, intelectuales y todo, seguimos enamorándonos. Pero ahora los años nos han dado las mañas para combinar a Armando Manzanero con Lope de Vega, a Gardel (ese francés o uruguayo que nunca podrá ser igualado por Luis Miguel) cantando “El día que me quieras”, con las palabras del Dr. Freud, a Toña la Negra con Julio Cortázar (¿quién de nuestra generación no quiso ser la Maga?).
Valdría la pena citar una vez más a Monsiváis: “¿Y quién que es, no dedica un tiempo de su agenda a ser romántico?” (Bolero, p. 21).

O lo que es lo mismo: señoras y señores, el que esté libre de cursilería que tire el primer soneto.

Gracias Maestro Monsi, feliz cumpleaños hoy y siempre, y ¡que siga la música!


Sandra Lorenzano. Escritora, ensayista. Vicerrectora de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus libros más recientes son Saudades y Vestigios.

Algunos fragmentos de este texto fueron presentados
en el Homenaje a Carlos Monsiváis organizado por la UACM.

Al Pie de la Letra Nº 12


La lengua maya es tan importante como la inglesa, la francesa, la alemana, la hebrea o la española; como el náhuatl, el purépecha, el otomí, porque todas son iguales. Y una de nuestras grandes riquezas son los idiomas. Una riqueza que debemos defender porque son el alma de todos los pueblos que viven en México. Es necesario cantar en esos idiomas, escribir en ellos, pensar en ellos, recordar las historias que en ellos nacen, que en ellos se conservan. Recordar que México es también el alma de esos idiomas.- Carlos Montemayor.

La Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo, 
invita a la presentación del nº 12 de la revista 

Al Pie de la Letra 


Presenta: 
Eugenia Montalván

Coordenadas: 
Sábado 26 de junio a las 19:00 horas en Café chocolate. 
La presentación formará parte del programa de "Café Poesía".

Dirección: 
Calle 60 por 49. Centro de la ciudad de Mérida, la de Yucatán.
(Estacionamiento en la calle 60 por 47 y 49 frente al ISSTEY)


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viernes, 18 de junio de 2010

Ay de mi Primavera

Pónganse audífonos o súbanle el volúmen y a gozar a estos músicos de primera... ¡Bendita sea la música, sus buenos intérpretes, sus ejecutantes! Éste video es un placer que debe compartirse: Iván "Melón" Lewis al piano, Buika cantando, Alain Pérez en el bajo, Dani de Morón en la guitarra flamenca, Quiqui en la batería y Ramón Porrinas dándole al cajón peruano.


¡Ay de mi Primavera!




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El que sembró palabras



A flor mais grande do mundo es un cortometraje basado en el relato infantil de José Saramago. La animación está hecha por Juan Pablo Echeverry y uno de los personajes es el mismo autor. Suya es la voz que escuchamos al inicio, en ese español destilando portugués. A flor mais grande do mundo es una metáfora del trabajo de Saramago, el que sembró  palabras, el que cobijó a generaciones, el que no se irá aunque hoy todos los periódicos y noticieros digan que se fue.


José Saramago



"Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio. Que es bueno para mi salud. Pero nunca he escuchado a nadie que le diga a un deportista: tienes que leer".


José Saramago
Premio Nobel de Literatura en 1998
(1922 - 2010)

jueves, 17 de junio de 2010

Oración para la Selección Mexicana *



Padre Cuauhtémoc que estás en Sudáfrica, bien acertados sean tus pases, abre la cancha tanto a Torrado como a Guardado. Vengan tus centros a Giovanni como al Venado, hágase tu Cuauhtemiña en el área como en el centro, perdona al Guille como nosotros también perdonamos a Aguirre, no te dejes caer en la provocación y líbranos del cero a cero. ¡Amén! 


México 2 - Francia 0


*  Recibido en mi teléfono celular 5 MINUTOS DESPUÉS del pitazo del árbitro anunciando la victoria de México sobre Francia, ignoro la procedencia y la autoría, pues no tengo registrado el número y no sé a quien habrá tenido la puntada de la oración... 


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miércoles, 16 de junio de 2010

Identidades





Cuando se separaron, se dieron cuenta de que ninguno era el que el otro creía que era.

—Eduardo Casanova.

lunes, 14 de junio de 2010

Briceida Cuevas Cob: Poesía Maya

Briceida Cuevas Cob. Poeta campechana.
Fotografía de Israel Gutiérrez
La lengua maya es una lengua poética, una lengua riquísima en todo la extensión de la palabra. Supe reconocerlo en una comunidad indígena de Yucatán cuando escuché que lo que para nosotros es el "pulso" —ese latir que nos sentimos si ponemos el dedo gordo sobre la vena, abrazándonos la muñeca— para los mayas es "el corazón de la mano". No se me hubiera ocurrido. Los mayas, con su cultura ancestral, con su visión tan particular de la vida, tienen una manera de nombrar verdaderamente hermosa. Su literatura es, por lo tanto, la conjugación de esta tradición milenaria con su idioma metafórico; la combinación de mitos y leyendas que acompañan su cotidianeidad con la realidad actual. Es reconfortante saber que hoy, en pleno siglo XXI, mientras a unos les da por no creer en nada, otros siguen creyendo en todo aquello que los precede por centurias: eso es tener raíces.

Y raíces tiene Briceida Cuevas Cob, escritora en lengua indígena que nació en Tepakán, Campeche, en 1969. Me gusta su poesía porque en ella está presente lo que mencioné en el párrafo anterior, la vida cotidiana con la leyenda, lo común con la tradición. Los poemas que a continuación transcribo tienen su original en maya; son una traducción al español que acompañan notas que también transcribí al final de los poemas. En ellas puede verse lo que aparece simbolizado en algunos versos. No dejen de leerlas, son para saborear, bien pudo el realismo mágico haber nacido en un pueblo de Yucatán.



COMO EL CARBÓN
JE BIX CHUUK (1)

Y entonces naciste,
niña de ojos muy negros. (2)
Tan negros como el carbón que hace tu padre,
como la olla de tu madre,
como el reverso de su comal. (3)

Como el ojo del pozo cuando lo asaetea la oscuridad.




TU PRIMER ARETE
A YÁAX TUP


Porque naciste hembra
tu madre jaló un hilo de su corazón
y te lo enhebró en la oreja como tu primer arete. (3)



IRÁS A LA ESCUELA
YAN A BIN XOOK


Y aquellas hormigas que reían, cantaban, bailaban y jugaban a la ronda, comenzaron a llorar. Había nacido una hembra, quien les echaría agua hirviendo cuando aparecieran en la cocina. (4)


Tú irás a la escuela.
No serás cabeza hueca.
Traspasarás el umbral de tu imaginación
hasta adentrarte en tu propia casa
sin tener que tocar la puerta.
Y contemplándote en el rostro de tu semejante
descubrirás que desde tus pestañas,
flechas nocturnas prendidas en el corazón de la tierra, (5)
desciende tu sencillez
y asciende la grandeza de tu abolengo.
Tú irás a la escuela
y en el cuenco de las manos de tu entendimiento
contendrás el escurrir del vientre de la mujer de tu raza.
De su calcañal
descifrarás los jeroglíficos escritos por el polvo,
el viento y el sol.
Grandes los ojos de tu admiración
contemplarán sus senos desfallecientes
después de haber derramado vida sobre la tierra.
Irás a la escuela
pero volverás a tu casa,
a tu cocina,
a pintar con achiote (6) el vientre del metate,
a que lama la lengua del tizne tu albo fustán,
a inflar con tus pulmones el globo-flama,
a que hurguen tus ojos los delgados dedos del humo,
a leer el chisporroteo en el revés del comal,
a leer el crepitar del fuego. (7)
Volverás a tu cocina
porque la banqueta (8) te espera.
Porque el fogón guarda en sus entrañas un espejo.
Un espejo en el que estampada se halla tu alma. (9)
Un espejo que te invoca con la voz de su resplandor.


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Notas


1.- Este poema supone que la madre se rascó las pupilas para que su hija tuviera profundos ojos negros.


2.- En maya xaamach, del náhuatl comalli, de comcomitl, `olla´: disco plano de barro cocido o metal que colocado sobre el fuego sirve para cocer y calentar diversos alimentos, particularmente las tortillas de maíz.


3.- Se refiere a la práctica de atar un hilito rojo en el lóbulo de una recién nacida. En la fotografía puede verse perfectamente un hilo de color verde.


4.- Forma parte de un cuento tradicional maya. Cuando nace un niño, las hormigas se alegran, pues cuando él se convierta en campesino dejará caer pedacitos de su bastimento de maíz que ellas comerán con gusto. Cuando nace una niña, lloran porque cuando ella crezca y cuide la cocina las alejará arrojándoles agua hirviendo.


5.- Se refiere a las pestañas sin rizar, naturales.


6.- En maya K´uxub: se trata de las semillas o granos con que se hace el "achiote" o "axiote", Bixa orellana. Se emplea como colorante y como condimento.


7.- Entre los mayas, como en muchos pueblos mesoamericanos, se afirma que el fuego de la cocina, del "fogón", transmite noticias. En los casos mencionados aquí, habla el fuego debajo del comal (p´iilis) o desde su crepitar (u waak´).


8.- Banco alargado, generalmente de tres patas, donde los mayas actuales preparan la masa de distinto maíz y distintos alimentos.


9.- En maya, pixan: literalmente es `alma´ y se aplica también a las apariciones de las almas y espíritus de los muertos. En este caso se alude a una costumbre maya (también muy extendida en otras zonas indígenas) de enterrar el ombligo del niño en la milpa, donde trabajará cuando crezca, y enterrar el de la niña debajo del fogón, donde laborará cuando sea mujer.

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Los poemas de Briceida Cuevas Cob, son extraídos del libro "Los nuevos cantos de la ceiba", Antología de escritores mayas contemporáneos de la península de Yucatán. Edición trinlingüe Maya-Español-Inglés, publicada por el Instituto de Cultura de Yucatán, teniendo como editores a Carlos Montemayor y Donald H. Frischmann. Año 2009.

domingo, 13 de junio de 2010

Dos delicias interpretando otra

¡Pero qué placer! ¡Que diría nuestra yucateca Rosario Sansores Pren, autora de los versos que estas dos mujeres interpretan, si pudiera escucharlas! ¡Qué arreglazo! Con ustedes, Luz Casal y Concha Buika interpretando ♫ Sombras ♫






*

miércoles, 9 de junio de 2010

¿Qué de ti vas dejando a tu paso?


La avenida por donde vi pasar, en Buenos Aires, la vida por mi calle.




Cuántas vidas transcurren por las avenidas a diario. Si algo nuestro fuera quedando como marca indeleble por las calles que andamos, ¿qué de otros nos encontraríamos a nuestro paso? Seguramente cenizas de cigarro, un papel hecho pelota, la publicidad de un nuevo antro. Pero más allá de eso, ¿qué dejas de ti que nadie más ve por las calles donde transcurre tu vida, todos los días? Quizá el recuerdo del beso que robaste al estar en rojo el semáforo. Quizá el nombre inolvidable que, de mil veces pronunciado, se quedó atorado en las ramas un árbol. Tal vez, del ipod que acompaña tus horas o de las canciones que te sabes de memoria, si éstas fueran cayendo al acabarse —como las flores del flamboyán que mayo a mayo vuelve a encandilarse— ¿de qué color alfombrarías las avenidas con las notas musicales que caen de ti a las calles?


¿Qué de ti vas dejando a tu paso?


¿Qué de ti hay por donde transitas a diario?


Cuéntame... 


Addy




*

lunes, 7 de junio de 2010

Elegía lamentable

José Ángel Buesa (1910-1982).
Poeta cubano.

Desde este mismo instante seremos dos extraños
por estos pocos días, quien sabe cuántos años...
yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido
uno de esos que nadie confiesa haber leído.

Y así mañana, al vernos en la calle, al ocaso,
tú bajaras los ojos y apretarás el paso,
y yo, discretamente, me cambiaré de acera,
o encenderé un cigarro, como si no te viera...

Seremos dos extraños desde este mismo instante
y pasarán los meses, y tendrás otro amante:
y como eres bonita, sentimental y fiel,
quizás, andando el tiempo, te casarás con él.

Y ya, más que un esposo será como un amigo,
aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo,
y aunque, tras tu sonrisa, de mujer satisfecha,
se te empañen los ojos, al llegar una fecha.

Acaso, cuando llueva, recordarás un día
en que estuvimos juntos y en que también llovía.
Y quizás nunca más te coloques aquel traje
de terciopelo verde, con adornos de encaje.

O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta,
cuando dobles tu almohada con mano soñolienta.
Y domingo a domingo, cuando vayas a misa,
de tu casa a la iglesia, perderás tu sonrisa.

¿Qué más puedo decirte? Serás la esposa honesta
que abanica al marido cuando ronca la siesta:
y tras fregar los platos y tras tender las camas,
te pasarás las noches sacando crucigramas.

Y así, años y años, hasta que, finalmente,
te morirás un día, como toda la gente.
Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre,
y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre.

domingo, 6 de junio de 2010

King Kong my love!


La primera vez que oí esta música, pensé que King Kong era posible.
Era la década de los ochenta y yo una niña. Me acompañó por mucho tiempo esta melodía, ¿cuántas veces habré visto la película?
Poco más de un año atrás reencontré la música, la escucho siempre y hoy se vuelve parte de mi soundtrack dominical. Mmm... me corrijo: sí es posible King Kong. Pasan los años y todavía me acompaña; y gracias a youtube, a la ciudad cosmopolita del facebook y a la vitrina que es éste blog, puedo compatirla, por si a alguien más le pasara lo que a mí y recordara con nostalgia lo que genera esta canción.

La Orquesta Sinfónica de Praga interpreta el tema inolvidable de John Barry para la producción de 1976.

viernes, 4 de junio de 2010

Peter Callesen: Escultor de Papel

Esculpiendo papel tamaño A4, Peter Callesen (Dinamarca, 1967) extrae del papel figuras que a su vez forman figuras en el espacio recortado. El sueño de la hoja en blanco. Papel para admirar. Papel para enmarcar:


My God, My God, 2009

Acid-free A4 120 gsm paper, acrylic paint, and oak frame
53 x 41 x 7 cm

The Curtain, 2009

Acid-free  A4 120 gsm paper, glue, acrylic paint and oak frame.
47,5 x 37 x 7 cm



Bound To Be Free2008
37 x 47,5 x 7 cm.
Acid Free A4 115 gsm paper, glue, acrylic paint and oak frame





Why2006
52,7 x 40,5 cm
Acid free A4 80 gms paper, glue, acrylic paint and oak frame





Holding on to Myself2006
47,5 x 37 x 7 cm
Acid free A4 80 gms paper, glue, acrylic paint and oak frame





Fall, 2006
47,5 x 37 x 7 cm
Acid free A4 80 gms paper, glue, acrylic paint and oak frame