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miércoles, 27 de enero de 2010

Greguerías



Traigo un trío de greguerías —y un pilón— que me han caído como la caricia que da la tibieza del té cuando acercamos la taza al rostro y sentimos el vaporcito. Tropecé con Ramón Gómez de la Serna y sus greguerías: una me dio elasticidad para la imaginación, la otra me hizo reír y la tercera me dejó nostálgica. Y a la última la saboreo en la fotografía de arriba y en su metáfora:

  • El acordeonista hace a veces el gesto súbito y arrebatado de aquel a quien se le cae una pila de libros.
  • ¿Y si las hormigas fuesen ya los marcianos establecidos en la Tierra?
  • El sueño es un depósito de objetos extraviados.
  • El agua se suelta el pelo en las cascadas.


Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) es español. 
Recomiendo la lectura de sus Greguerías, un ¿género? literario que él inventó y en el que algunos también se enfilaron. Dando click aquí pueden leer más.

miércoles, 20 de enero de 2010

Emilio Westphalen

En una hoja fotocopiada, página sesenta, página sesenta y uno, versos resaltados, iluminados en naranja hace ¿cuatro? ¿seis años? Tal vez más atrás, posiblemente en el 2001, cuando murió Westphalen, el poeta peruano que escribió Una cabeza humana viene... del que hoy traigo los retazos del hallazgo que tuve hace un rato, en medio de una carpeta que me arrojó secretos y párrafos que me habían escondido los años...


(...)

Yo tengo una guitarra con sueño de varios siglos
dolor de manos
notas truncas que se callaban podían dar al mundo lo que faltaba
mi mano se alza más bajo
coje la última estrella de tu paso y tu silencio
nada igualaba tu presencia con un silencio olvidado en tu cabellera
si hablabas nacía otro silencio
si callabas el cielo contestaba...

(...)

no me dices en cuál cielo tienes tu morada
en cuál olvido tu cabeza humana
en cuál amor mi amor de varios siglos
cuento la noche
esta vez tus labios se iban con la música
otra vez la música olvidó los labios
oye si me esperaras detrás de ese tiempo
cuando no huyen los lirios
ni pesa el cuerpo de una muchacha sobre el relente de las horas
ya me duele tu fatiga de no querer volver
tú sabías que te iba a ocultar el silencio el temor el tiempo tu cuerpo
que te iba a ocultar tu cuerpo
ya no encuentro tu recuerdo
otra noche sube por tu silencio
nada para los ojos
nada para las manos
nada para el dolor
nada para el amor
por qué te había de ocultar el silencio
por qué te habían de perder mis manos y mis ojos
por qué te habían de perder mi amor y mi amor...



*

lunes, 18 de enero de 2010

En la forma de una estrella



© Fotografía de Justin Bailie


Encontré en mi estudio un libro de poesía que fue conmigo a la universidad y a la playa, un libro que anduvo en la cajuela de mi coche, estuvo noches junto a mi cama y también en la mesa donde Anna y yo nos sentábamos, a veces, a leer y analizar autores que teníamos que estudiar, cuando decidíamos hacerlo juntas. La letra manuscrita de Anna está a lápiz. Cuando me da por buscar papeles de la universidad me encuentro con papelitos donde está su caligrafía y siento nostalgia, porque una tarde de mayo, hace tres años, la vi por última vez.

Anna tenía las manos pequeñas, un gato, un peugeot azulito y una casa de dos pisos en Itzimná. Cantaba canciones de su autoría y un bolero de Fernando Espejo que nos gustaba... si te gusta el violín, te lo regalo... esa cántame, le pedía, y ella se ponía a cantarla y así la recuerdo siempre, alegre y con el cabello suelto, cantando mientras le quitaba la envoltura a un pulparindo de esos que siempre me encargaba cuando me veía enfilarme hacia la tiendita de la universidad.

Estoy viendo la letra de Anna. Cuánto valor, cuánta carga emocional puede haber en una letrita, en un objeto: pensar que ella estuvo atrás de este libro como yo lo estoy ahora. Ella y sus senos que sin saberlo tramaban esa enfermedad injusta y dolorosa por la que ahora Anna sólo puede cantarme cuando la sueño despierta y rubia, o como ahora que la recuerdo.

Hojeaba el libro de poesía y me encontré, además de la caligrafía de Anna, subrayados unos versos del poema Nocturno y Elegía de Emilio Ballagas. Tristemente bellos, unos subrayados con una línea delgada de lápiz, otros con un plumón verde que ha perdido su intensidad con el tiempo. Tengo ganas de transcribirlos y acordarme de una noche en la que se los leí en voz alta a Anna:

Si pregunta por mí dale estos ojos,
estas grises palabras, estos dedos;
y la gota de sangre en el pañuelo.
Dile que me he perdido, que me he vuelto
una oscura perdiz, un falso anillo
a una orilla de juncos olvidados:
dile que voy del azafrán al lirio.

Dile que quise perpetuar sus labios,
habitar el palacio de su frente.
Navegar una noche en sus cabellos.
Aprender el color de sus pupilas
y apagarme en su pecho suavemente,
nocturnamente hundido, aletargado
en un rumor de venas y sordina.

Ahora no puedo ver aunque suplique
el cuerpo que vestí de mi cariño.
Me he vuelto una rosada caracola,
me quedé fijo, roto, desprendido.
Y, si dudáis de mí, creed al viento,
mirad al norte, preguntad al cielo.
Y os dirán si aún espero o si anochezco.

¡Ah! Si pregunta dile lo que sabes.
De mí hablarán un día los olivos
cuando yo sea el ojo de la luna,
impar sobre la frente de la noche,
adivinando conchas de la arena,
el ruiseñor suspenso de un lucero
y el hipnótico amor de las mareas.

(...)

Soy lo que me destines, lo que inventes
para enterrar mi llanto en la neblina.

Si pregunta por mí, dile que habito
en la hoja del acanto y de la acacia.
o dile, si prefieres, que me he muerto.
Dale el suspiro mío, mi pañuelo;
mi fantasma en la nave del espejo.
Tal vez me llore en el laurel o busque
mi recuerdo en la forma de una estrella.


Fragmento de Nocturno y Elegía del poeta cubano Emilio Ballagas. Más de él dando click aquí



*

viernes, 15 de enero de 2010

Uno busca lleno de esperanza...

Imagino que varios periódicos del mundo desplegaron hoy las fotografías que están debajo de estas líneas, imágenes que en vez de quitar el sueño nos muestran la felicidad de un niño haitiano de dos años que regresa a los brazos de su madre tras haber estado dos días entre escombros sepultado:










Bendita elocuencia la de esa mirada. La gente del fondo, en medio de la catástrofe y del olor a muerte, sonríe al ver la escena. Y la madre… esa mujer que no vemos pero que está ahí, según indica la prensa y la mirada del pequeño, ¿cómo tendrá la cara? ¿qué expresión puede tenerse en un reencuentro como éste?

No conozco a nadie en Haití. No tengo familiares, amigos ni conocidos que hayan sido víctimas del terremoto y aún así siento una angustia tal que pareciera que tengo gente querida y entrañable padeciendo las consecuencias del martes pasado. Cuando hechos como este pasan me duele la humanidad. Por eso me conmovieron tanto estas imágenes: la sonrisa del rescatista español en la primera foto; en la segunda, la forma en la cual el niño lo abraza, atemorizado y desconsolado antes de haber visto la cara que le hizo cambiar la expresión, esa cara que lo esperaba con amor, con el regocijo de saberlo vivo, entero, esa cara a la que el niño mira con gesto feliz haciéndonos sonreír a todos los que traemos el alma adolorida por lo que ha pasado en su país, ahí donde el pueblo entero busca sobrevivientes, ahí donde —como en el tango de Enrique Santos Discépolo—, uno
busca lleno de esperanza...



*

jueves, 14 de enero de 2010

Martha Cerda



© Fotografía de Michael Kloth


INVENTARIO

Mi vecino tenía un gato imaginario. Todas las mañanas lo sacaba a la calle, abría la puerta y le gritaba: “Anda, ve a hacer tus necesidades”. El gato se paseaba imaginariamente por el jardín y al cabo de un rato regresaba a la casa, donde le esperaba un tazón de leche. Bebía imaginariamente el líquido, se lamía los bigotes, se relamía una mano y luego otra y se echaba a dormir en el tapete de la entrada. De vez en cuando perseguía un ratón o se subía a lo alto de un árbol. Mi vecino se iba todo el día, pero cuando volvía a casa el gato ronroneaba y se le pegaba a las piernas imaginariamente. Mi vecino le acariciaba la cabeza y sonreía. El gato lo miraba con cierta ternura imaginaria y mi vecino se sentía acompañado. Me imagino que es negro (el gato), porque algunas personas se asustan cuando imaginan que lo ven pasar.

Una vez el gato se perdió y mi vecino estuvo una semana buscándolo; cuanto gato atropellado veía se imaginaba que era el suyo, hasta que imaginó que lo encontraba y todo volvió a ser como antes, por un tiempo, el suficiente para que mi vecino se imaginara que el gato lo había arañado. Lo castigó dejándolo sin leche. Yo me imaginaba al gato maullando de hambre. Entonces lo llamé: “minino, minino”, y me imaginé que vino corriendo a mi casa. Desde ese día mi vecino no me habla, porque se imagina que yo me robé a su gato.

Martha Cerda (1945) es Mexicana.




*

miércoles, 13 de enero de 2010

Sin nadie la mirada

De Dora Castellanos (1924)
Poeta Colombiana.

Lo que cambia es el rostro,
la hondura de unos ojos,
la luz de una mirada;
la penumbra indiscreta
de confidencias íntimas,
la ternura, los besos,
los cuerpos y las almas.

El amor es el mismo;
busca formas distintas:
a veces una frente
de curvas sosegadas,
otras la boca roja,
quizá una boca pálida;
unos brazos ardientes
de tibias manos largas;
el instante amoroso,
la amorosa distancia.

Cambian tan sólo el rostro,
los luceros, el alba;
el palor de la luna
detrás de una ventana;
la lluvia que solloza
con sus gotas que cantan;
el fulgor que nos junta
la luz que nos separa,
las llamas que calientan
los muros de la casa,
las cortinas de sombra,
el temblor de una lámpara.

El amor es el mismo,
no declina, no cambia;
existe en nuestro pecho
desde lejana infancia;
nos saca de la cuna,
nos hiere con su espada,
nos da siempre el veneno
que vivifica y mata;
zumo que nos agobia,
licor que nos exalta;
el ardor que consume,
la ceniza que apaga.
El amor es el mismo,
sólo busca una cara.
siempre es lo mismo
lo que esperas;
siempre es lo mismo
lo que amas.

Tú estás en ti y eres el mismo,
es lo de fuera lo que cambia.
Tu amor existe
y busca siempre
un pretexto para sus ansias.
Primero un nombre: Luz, Elvira,
Diego, Alejandro,
Helena, Clara;
después del nombre algo infinito
que en nuestros brazos se quedara
y un rostro, un rostro,
cualquier rostro
que no nos deje ningún día
llevar sin nadie la mirada.

sábado, 9 de enero de 2010

Luis Humberto Crosthwaite

Cada mujer: Un museo


Cada mujer es un museo, le dije mientras ella abría sus puertas y yo buscaba la obra perfecta en su interior. Nada encontré, sólo recorrí pasillos y pasillos de arte inútil y superficial.

Cada mujer es un tiovivo, le dije, mientras dábamos vueltas y vueltas, ambos sonriendo para los fotógrafos. Flash-flash. Sólo eran apariencias que los retratos ayudaban a esconder.

Cada mujer es un mapa, le dije, mientras yo intentaba trazar cartografías, nuevos caminos. Aunque todo está recorrido, uno pretende ser descubridor.

Cada mujer es un punto fijo, insistí, mientras ella hacía maletas, guardaba su vida y se marchaba.

—¿Estás seguro? —cuestionó
—Cada mujer —le aseguré
—Nada de eso —corrigió.

Cada mujer se aleja tarde o temprano, terminé por decirle, mirándola irse, dejándola ir.

Luis Humberto Crosthwaite (1962) es mexicano.

Más de él en la revista Letras Libres:
- Instrucciones para cruzar
- Estrella de la calle, de Luis Humberto Crothwaite por Juan Villoro



*

jueves, 7 de enero de 2010

Historias de reportero

Por Carlos Loret de Mola


Homofobia

Publicado hoy en el periódico El Universal

Seis de cada 10 mexicanos están en contra de que se casen los homosexuales y siete de cada 10 de que adopten hijos. Las convenciones internacionales sobre derechos humanos, la Organización Mundial de la Salud y casi la totalidad de los pensadores más respetados de la humanidad forman, frente a esa encuesta de Mitofsky, una minoría a la que este reportero se ha sumado hace tiempo.

Hurgar en los fundamentos ideológicos de quienes se oponen a otorgar mayores derechos a la comunidad gay termina aterrizando en algunos de estos conceptos muchas veces heredados y pocas procesados: ser homosexual no es normal, es antinatural, es una enfermedad.

¿Son “normales” los homosexuales? El calificativo “normal” ha sido sepultado por la democracia, la tolerancia y la inclusión que son signos-anhelos de nuestros tiempos. La ecuación papá-mamá-hijos es, en uno de cada tres casos, escenario de violencia intrafamiliar. Eso bajo ningún concepto puede ser considerado normal. La familia tradicional como estructura básica de la sociedad se ha convertido en un cuerpo con osteoporosis: por fuera se sostiene, pero por dentro está desgastado, fracturado, desbaratándose.

¿Es “natural” que un hombre golpee a una mujer? ¿Que se calle y esté sometida “por el bien de sus hijos”? ¿Que ella aguante todo lo que el hombre haga con la mira puesta en la unión familiar? Porque ésas son las ideas que permean cómodamente en amplios sectores sociales y se antoja que palidecen en la categoría de “naturales” frente a una pareja del mismo género.

¿Están enfermos los homosexuales? El 17 de mayo de 1990 la Organización Mundial de la Salud, perteneciente a la ONU, retiró la homosexualidad de la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y otros Problemas de Salud. Desde hace casi 20 años, la homosexualidad no es enfermedad para ningún doctor serio.

Con estos antecedentes, quienes hemos conformado la manera habitual de vivir alrededor de nuestra preferencia heterosexual no tenemos autoridad moral para reprimir, mucho menos suprimir, el ejercicio de otras formas de convivencia social y, ultimadamente —y aunque suene cursi—, de amor.

Me atrevería respetuosísimamente a pedir a quienes están en contra de la plenitud de derechos y deberes para la comunidad gay que tomen en cuenta en su análisis moral —incidido por la fe y por tanto, de toda consideración— estos datos que exhiben el fracaso de los modelos vigentes, no para rendirse y abandonar a la familia tradicional como modelo ideal, sino para intentar reforzarla sin hipocresías y al mismo tiempo tolerar otras maneras de fundar comunidad (no confundir: nadie se ha vuelto gay por la crisis de la pareja tradicional; aceptar los matrimonios homosexuales es un tema de universalidad, no un plan B).

Lo principal es romper el estereotipo: la familia de papá-mamá-hijos no es una familia feliz en automático y las parejas homosexuales no son drogadictas, proxenetas entregadas a la lujuria. Hay parejas hombre-hombre y mujer-mujer que son modelo de felicidad, y hay hogares tradicionales a los que los hijos no quieren volver después de la escuela porque es como regresar al infierno.

En Tercer Grado, Denise Maerker aportó un argumento incontrovertible a ese otro tema que es la facultad de adoptar niños a parejas homosexuales: que si bien lo ideal para un menor es contar con las figuras paterna y materna, los infantes sujetos a adopción no tienen ni uno ni otro, viven muchas veces en el abandono de guarderías tutelados por un par de buenas personas que hacen sus mejores esfuerzos para encauzarlos pero que muchas veces no pueden construirles un blindaje que los libere de estar a merced de traficantes de órganos y niños. Los casos concretos se agolpan en denuncias de medios de comunicación semana a semana.

Son pequeños sin hogar, sin padre, sin madre, sin perspectiva, sin futuro, quienes a través de un riguroso procedimiento son asignados a personas que les puedan dar un horizonte. Que en este grupo de personas sujetas a adoptar figuren homosexuales que garanticen una oferta de porvenir digna para los niños me parece hasta un gesto.

Hasta ahí los argumentos. Pido ahora permiso para una nota personal: no soy capaz de concebir una sensación de responsabilidad mayor a la que se tiene para con los hijos; entre mis personas más queridas y admiradas hay tres homosexuales. No dudaría un instante en encomendarle a mis hijos a alguno de ellos. Tampoco a un par de entrañables amigos solteros, amigas solteras, y más matrimonios heterosexuales con quienes me unen lazos que se antojan indisolubles. Pienso que cuando se escoge tener un amigo, que sea abogado o doctor es una característica colateral, pues hay abogados delincuentes y doctores asesinos, pero no son a ellos a los que nos estamos refiriendo.

SACIAMORBOS

Con el mismo respeto, considero que un debate que tiene que ver con la moral pública no puede aspirar a la unanimidad, pero tampoco puede llevarse a cabo —mucho menos conducirse— entre descalificaciones, discriminaciones, insultos y rabia. No en lo privado, mucho menos en lo público como lo hizo Esteban Arce.