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viernes, 15 de enero de 2010

Uno busca lleno de esperanza...

Imagino que varios periódicos del mundo desplegaron hoy las fotografías que están debajo de estas líneas, imágenes que en vez de quitar el sueño nos muestran la felicidad de un niño haitiano de dos años que regresa a los brazos de su madre tras haber estado dos días entre escombros sepultado:










Bendita elocuencia la de esa mirada. La gente del fondo, en medio de la catástrofe y del olor a muerte, sonríe al ver la escena. Y la madre… esa mujer que no vemos pero que está ahí, según indica la prensa y la mirada del pequeño, ¿cómo tendrá la cara? ¿qué expresión puede tenerse en un reencuentro como éste?

No conozco a nadie en Haití. No tengo familiares, amigos ni conocidos que hayan sido víctimas del terremoto y aún así siento una angustia tal que pareciera que tengo gente querida y entrañable padeciendo las consecuencias del martes pasado. Cuando hechos como este pasan me duele la humanidad. Por eso me conmovieron tanto estas imágenes: la sonrisa del rescatista español en la primera foto; en la segunda, la forma en la cual el niño lo abraza, atemorizado y desconsolado antes de haber visto la cara que le hizo cambiar la expresión, esa cara que lo esperaba con amor, con el regocijo de saberlo vivo, entero, esa cara a la que el niño mira con gesto feliz haciéndonos sonreír a todos los que traemos el alma adolorida por lo que ha pasado en su país, ahí donde el pueblo entero busca sobrevivientes, ahí donde —como en el tango de Enrique Santos Discépolo—, uno
busca lleno de esperanza...



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jueves, 14 de enero de 2010

Martha Cerda



© Fotografía de Michael Kloth


INVENTARIO

Mi vecino tenía un gato imaginario. Todas las mañanas lo sacaba a la calle, abría la puerta y le gritaba: “Anda, ve a hacer tus necesidades”. El gato se paseaba imaginariamente por el jardín y al cabo de un rato regresaba a la casa, donde le esperaba un tazón de leche. Bebía imaginariamente el líquido, se lamía los bigotes, se relamía una mano y luego otra y se echaba a dormir en el tapete de la entrada. De vez en cuando perseguía un ratón o se subía a lo alto de un árbol. Mi vecino se iba todo el día, pero cuando volvía a casa el gato ronroneaba y se le pegaba a las piernas imaginariamente. Mi vecino le acariciaba la cabeza y sonreía. El gato lo miraba con cierta ternura imaginaria y mi vecino se sentía acompañado. Me imagino que es negro (el gato), porque algunas personas se asustan cuando imaginan que lo ven pasar.

Una vez el gato se perdió y mi vecino estuvo una semana buscándolo; cuanto gato atropellado veía se imaginaba que era el suyo, hasta que imaginó que lo encontraba y todo volvió a ser como antes, por un tiempo, el suficiente para que mi vecino se imaginara que el gato lo había arañado. Lo castigó dejándolo sin leche. Yo me imaginaba al gato maullando de hambre. Entonces lo llamé: “minino, minino”, y me imaginé que vino corriendo a mi casa. Desde ese día mi vecino no me habla, porque se imagina que yo me robé a su gato.

Martha Cerda (1945) es Mexicana.




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miércoles, 13 de enero de 2010

Sin nadie la mirada

De Dora Castellanos (1924)
Poeta Colombiana.

Lo que cambia es el rostro,
la hondura de unos ojos,
la luz de una mirada;
la penumbra indiscreta
de confidencias íntimas,
la ternura, los besos,
los cuerpos y las almas.

El amor es el mismo;
busca formas distintas:
a veces una frente
de curvas sosegadas,
otras la boca roja,
quizá una boca pálida;
unos brazos ardientes
de tibias manos largas;
el instante amoroso,
la amorosa distancia.

Cambian tan sólo el rostro,
los luceros, el alba;
el palor de la luna
detrás de una ventana;
la lluvia que solloza
con sus gotas que cantan;
el fulgor que nos junta
la luz que nos separa,
las llamas que calientan
los muros de la casa,
las cortinas de sombra,
el temblor de una lámpara.

El amor es el mismo,
no declina, no cambia;
existe en nuestro pecho
desde lejana infancia;
nos saca de la cuna,
nos hiere con su espada,
nos da siempre el veneno
que vivifica y mata;
zumo que nos agobia,
licor que nos exalta;
el ardor que consume,
la ceniza que apaga.
El amor es el mismo,
sólo busca una cara.
siempre es lo mismo
lo que esperas;
siempre es lo mismo
lo que amas.

Tú estás en ti y eres el mismo,
es lo de fuera lo que cambia.
Tu amor existe
y busca siempre
un pretexto para sus ansias.
Primero un nombre: Luz, Elvira,
Diego, Alejandro,
Helena, Clara;
después del nombre algo infinito
que en nuestros brazos se quedara
y un rostro, un rostro,
cualquier rostro
que no nos deje ningún día
llevar sin nadie la mirada.