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domingo, 26 de septiembre de 2010

Un raro amor de Walter Benjamin


Por Alicia Borinsky. Publicado en ADNCultura.
Para LA NACION - Boston, 2010 
Walter Benjamin nació en Berlín en 1892 y se suicidó el 26 de septiembre de 1940, en Portbou, lugar entonces anónimo entre Francia y España, imantado ahora por su desaparición. La ardua travesía por la montaña, emprendida para escapar del nazismo, resultó demasiado exigente dada la dolencia cardíaca que lo aquejaba, agravada por el peso del maletín con sus manuscritos que se empeñó en llevar consigo. "El contenido de este maletín es más importante que yo", se le atribuye haber dicho, parte ya de la leyenda que lo convirtió en la imagen misma de un escritor más allá de los géneros literarios, totalmente volcado hacia la escritura. Su plan era ir a Portugal a través de España para partir a Estados Unidos con una visa que le había conseguido su gran amigo Horkheimer. Apenas una semana antes otros refugiados, entre quienes se contaban Alma Mahler Werfel, Franz Werfel y Lion y Marta Feutchwanger, habían logrado pasar a Portugal por Cerbère y tomar un barco hacia Estados Unidos, pero en el momento en que Benjamin decidió intentar la huida, los obstáculos se concatenaron. Pasar por Cerbère resultaba demasiado difícil y llegó a Portbou el día en que los franceses suspendieron el visado. Algunos allegados, como Arthur Koestler, testimoniaron que Benjamin se enorgullecía de llevar consigo suficientes pastillas para quitarse la vida.
No fue guiado por pesimismo como arribó a Portbou. Al contrario, creía que, a diferencia de lo que le había pasado en Europa, iba a prosperar en Estados Unidos. En Alemania, a pesar de la admiración que había suscitado en muchos de sus contemporáneos, no había convencido al comité que evaluó su candidatura para la habilitación, con la consiguiente imposibilidad de ganarse la vida allí como académico. Se dedicó al periodismo y a la traducción y se abocó denodadamente a construir redes de relaciones que le facilitaran una existencia intelectual. Una lectura de su abundante correspondencia evidencia la confianza con que defendía su obra y el desprecio que sentía hacia sus detractores, así como la tenacidad con que pedía cartas de recomendación. Sobrevive en el recuerdo el hombre que murió por no poder cruzar una frontera, un individuo con mala suerte que se suicidó por falta de paciencia, ya que la suspensión de los visados fue levantada al día siguiente y podría haberse salvado. En Portbou Benjamin no sólo alcanzó la frontera sino que se enfrentó a un límite.
En 1933, cuando los nazis llegaron al poder, Benjamin había abandonado Alemania ante la imposibilidad de ganarse la vida y después de una breve estadía en Ibiza, se había instalado en París, ciudad plena de significados para él, que operó de registro para la parte más importante de su obra. Subsistió gracias a un estipendio del Frankfurt Institut für Sozialforshung, propiciado por sus amigos Max Horkheimer y Theodor Adorno, nombres asociados posteriormente con la recuperación y difusión de su obra.
En 1939, con la declaración de la guerra, Benjamin fue internado por un tiempo en el campo de concentración de Nevers junto con austríacos, alemanes, checos, eslovacos y húngaros, considerados extranjeros enemigos. Las condiciones del campo de concentración eran muy duras pero, a pesar de todo, Benjamin intentó fundar una revista y dictó un seminario cuyos asistentes pagaban con tres cigarrillos. El crítico Hans Sahl, que compartió la suerte de Benjamin, recuerda la dedicación y seriedad con que, abstrayéndose de las condiciones reinantes, Benjamin condujo las reuniones del comité editorial para una publicación que nunca vería la luz.
Para Benjamin, identificado imaginariamente con Francia, esa experiencia debe de haber tenido un gran peso, aunque no fue lo suficientemente decisiva como para aceptar la visa de emergencia para Estados Unidos que le había tramitado Horkheimer cuando salió de Nevers. Regresó, en lugar de eso, a París para seguir con un proyecto sobre Baudelaire en la Biblioteca Nacional.
Un triángulo amoroso
Entre 1926 y 1927, Walter Benjamin había viajado a Moscú con el propósito de ver la ciudad, interiorizarse de la realidad social que allí existía y renovar su relación con Asja Lacis (1891-1978). El vínculo con esta actriz y directora de teatro letona ilumina la dinámica de los afectos de Benjamin y brinda una clave para entender su capacidad de compromiso. Asja fue su colaboradora en un texto sobre Nápoles y él le había adjudicado un papel importante en la evaluación de su escritura.
Gershom Scholem prologa la edición del Diario de Moscú , publicado por primera vez en 1979, después de la muerte de Asja. Scholem, con quien Benjamin mantuvo una voluminosa correspondencia, critica su decisión de ir a Moscú: estudioso de la Cábala y del misticismo judío, hubiera querido que Benjamin aprendiera hebreo y fuera, como él, a Israel. En una carta a Scholem, Benjamin menciona que opta por ir a Moscú y posponer Israel. Le resulta más importante ver a una amiga y quiere escribir sobre la ciudad. Sólo después podrá considerar ir a Israel y aprender hebreo.
Scholem tenía poco respeto por Asja. La consideraba intelectualmente débil y no compartía su entusiasmo por la revolución rusa. Así como Scholem (que no era ni cabalista ni místico) no tenía duda alguna sobre su pertenencia cultural judía, Asja era una bolchevique de opiniones firmes, cuya militancia impresionó a Benjamin, que se había adentrado en el estudio del marxismo-leninismo y que menciona en su correspondencia la ansiedad con que aguardaba la oportunidad de leer los Cuadernos filosóficos de Lenin.
Asja tenía una hija, Daga, de un primer matrimonio, y en el momento en que Benjamin la visitó en Moscú, ya era pareja de quien sería su compañero, con algunas intermitencias, casi a lo largo de toda su vida: el dramaturgo y crítico teatral Bernhard Reich (1880-1972). Su vida estaba estructurada. En el Diario de Moscú , Benjamin presta poco interés a las opiniones de Asja y -como había hecho en Nevers- abstrae obstáculos y cree que el futuro con Asja sólo depende de su propia decisión.
Asja estaba enferma e internada cuando Benjamin llegó a Moscú. Entre los amigos de él había algunos detractores de la relación que, como Gershom Scholem, sugirieron que el motivo de la internación era de índole psicológica, dando lugar a la idea de que Benjamin estaba sometido a los caprichos de una desequilibrada. Pero una lectura de las memorias de Asja en ruso, como señala Susan Ingram, revela un padecimiento de orden neurológico. Benjamin era consciente de eso e incluso facilitó la relación con un neurólogo para el tratamiento.
Benjamin estaba incómodo en Moscú. El frío, su exiguo cuarto y la dolencia de Reich, que lo acompañaba en muchos de sus recorridos pero que no podía salir con asiduidad, instituyeron una trabajosa dinámica. Asja se quejaba de que Benjamin descuidaba a Reich y lo exponía demasiado a los rigores del clima, pero Benjamin lo necesitaba a su lado para orientarse en una ciudad desconocida. A pesar del triángulo sentimental que formaron, no hay una manifestación de celos en el Diario... por parte de Benjamin, quien estaba frustrado, sin embargo, por los vaivenes de salud de Asja, a quien hubiera querido ver más a menudo. La preocupación de Asja por la salud de Reich debe de haber sido exagerada ya que él tuvo una larga vida y falleció en 1972.
El Moscú del Diario... se refracta en el cristal de severas condiciones físicas. Un ritmo de espera gobernaba los recorridos de Benjamin que quería, sobre todo, ver a Asja. Ella salía y entraba del sanatorio, a veces dormía allí, otras disponía de más tiempo. La incertidumbre gobernó sus encuentros durante toda la estadía de Benjamin, que buscaba estar a solas con ella, casi como un adolescente, pero apenas lo logró.
Cuando salían juntos, desarrollaban actividades superfluas, en momentos claramente atesorados por Benjamin, que trataba de prolongar cada instante para favorecer la intimidad. Acompaña a Asja, por ejemplo, a ver a una modista para que se probara un vestido que se estaba haciendo hacer a medida y describe el atuendo en todo detalle, porque la ropa es también parte de los atributos de Asja y la ciudad. El vestido y el cuerpo de Asja son detalles de Moscú, que se entremezclan con la visión de las calles, parte de su fulgor y carácter fragmentario. Asja, mujer de teatro, poseedora de una gran capacidad dramática de autopresentación, como se evidencia en las fotos que nos han quedado de su juventud, anhelaba un abrigo muy caro que le mostró a Benjamin y que él planeaba regalarle algún día. Solicitados por la sensibilidad comunista y una preocupación burguesa por su bienestar personal, Benjamin y Asja tejieron una relación que no llegaría a prosperar y que acaso tuvo más peso para él que para ella.
No es fácil ver qué es lo que atraía a Benjamin de Asja, porque la describe con la actitud de un observador desinteresado. Cuenta cómo se le hinchaba la cara, probablemente por los sedantes que le daban en el sanatorio, y cuando, ya menos medicada, tenía un semblante más atractivo, lo atribuye también a un cambio químico.
Asja quisiera ocuparse de Daga, su hija pero, con visos que recuerdan a la Maga de Rayuela , no parece tener la capacidad para hacerlo. Era caprichosa pero coherente en lo que respecta a la relación con su hija, ya que siempre manifiestaba un gran deseo de protegerla, aunque no veamos en el Diario... ningún indicio de abnegación, excepto el remiendo de los gastados zapatos de la niña para protegerla del frío. Asja hacía esto durante el mismo período en que iba de compras y a visitar la modista con Benjamin. A ninguno de los dos se les ocurría que podrían comprarle un par nuevo. Fascinado por el detalle de los pies en el frío y la textura de los zapatos, Benjamin retrata y documenta sin intervenir en la situación.
Al comienzo del Diario... , Benjamin dice que no quiere hacer la teoría de Moscú y que para eso es mejor no saber ruso. Su narración adquiere la elocuencia visual de una película muda. Cuando analiza los movimientos de Asja y el efecto que tienen sobre él los roces, el amago de un beso, la calidad de una mirada, abre un vacío entre ambos. Allí también, pero en otro nivel, falta una lengua común. La relación no fluye en el nivel físico, los contactos entre los cuerpos son casi robóticos o imperceptibles. Benjamin no piensa en darle un par de zapatos nuevos a Daga porque, en lugar de internarse en las vidas que describe, las ronda dejándolas abiertas y desconocidas.
La falta de manejo del ruso para Benjamin -flâneur en Moscú- es lo opuesto de lo que buscaba en París. En Moscú quiere permanecer extranjero, entenderlo sin involucrarse.
Así tiene la libertad de combinar elementos dispares, como las fiestas navideñas y una percepción de las nuevas prácticas habitacionales bajo el comunismo, cuando nota que en los edificios habitados a pleno, las luces que inusitadamente iluminan cada una de las numerosas habitaciones por la noche los asemejan a gigantescas decoraciones para las fiestas. Moscú -como Asja- le parece:
[una] fortaleza; el duro clima, que, por muy sano que me resulte, me afecta también mucho, el desconocimiento de la lengua, la presencia de Reich y la forma tan limitada de vida de Asja son otros tantos bastiones, y...
© LA NACION
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