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viernes, 6 de noviembre de 2009

Serenata anónima de un saxofón



Ilustración de Alberto Ruggieri



Anoche fue la entrega de los Grammy Latinos en Las Vegas. En uno de los cortes que hizo la programación de TNT para darle entrada a anuncios comerciales, en ese segundito, se coló en mi espacio el sonido tenue de un saxofón. No me pareció extraño pues Aníbal, el chico que vive “nextdoor” y con el que comparto el séptimo piso de este edificio, es músico. Suele reunirse con amigos a tocar; lo raro fue que nunca había oído saxofón, sí guitarras y teclados. Puse en mute la televisión para escuchar.

Distintos a los aplausos de los Grammys y a los cientos de personas que se ponían de pie cuando algún personaje hacía lo suyo en el escenario, a mí me puso de pie el saxofón y los aplausos que escuché en la calle. La ventana de mi habitación da a la avenida, así que corrí el cristal y me puse de codos para ver qué pasaba: era un muchacho que con sonidos desteñidos por lejanos, musicalizaba con un saxofón nostálgico y sin acústica el trecho de la avenida a cuya vera vivo y a cuyos sonidos motorizados ya estoy acostumbrada.

Saxofón con aires de mitología y encantos de cantos que conducen a la perdición: ¿quien se resiste a su sonido? ¿quién no busca con la mirada el sitio de donde proviene y se detiene a escuchar? Pensé en Ulises y en su tripulación cuando oyeron en su travesía el canto de las sirenas: es difícil resistirse a la seducción de la belleza, al sonido que nos sacude algo interior cuando surge de pronto.

El muchacho estaba en la acera de enfrente, a varios metros de distancia. No podía verlo con claridad porque estaba debajo de unos árboles que frenaban la luz del farol. Cuando el chico se movía, parecía el saxofón un anuncio luminoso de esos que parpadean agonizantes cuando están a punto de fundirse. En la oscuridad el metal resplandecía. Era el saxofón como esos peces cuyas escamas brillan cuando el sol ilumina por un instante ese ágil e inasible nadar. Así, como una enorme lentejuela, brillaba fugaz. Igual de fugaz como su sonido: el muchacho, medio borracho, no podía estar de pie sin tambalearse, y así también era su música, porque tras las notas de una canción iniciaba otra, se tambaleaba en su repertorio, pasaba de un trecho a otro intercalando pedacitos, retazos de canciones.

Lo estuve observando un rato hasta que, como pudo, guardó su saxofón en el estuche. Cada vez que se agachaba perdía el equilibrio. Había junto a él una botella. Y, me parece, una tristeza. No estaba esperando a nadie ni a nada; por un momento pensé que tal vez mientras esperaba un colectivo le había dado rienda suelta a su música… pero después me di cuenta de que no… simplemente había elegido los escaloncitos de un umbral para sentarse a beber… y que movido sabrá dios por qué nostalgia se puso a enhebrar en el saxofón la serenata anónima de una canción hecha con varias.

Cuando le dieron anoche el Grammy Latino a Juan Gabriel como Persona del Año, dijo al estar frente al micrófono: “Quiero dedicarle este premio a todas las personas que están comenzando su carrera, que andan por la calle, que andan por ahí intentando, soñando, buscando una oportunidad”.

Miré a la calle y el chico se había ido con su música a otra parte sin saber que le había dedicado un premio un hombre que, tal vez, hace varios años en una ciudad fronteriza, dando traspiés caminaba tarareando como un loco por la calle canciones que nadie conocía, soñando que un día alguien las cantaría, intentando, buscando una oportunidad…



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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Las netas de Sor Juana


Cuál sea mejor, amar o aborrecer.


Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.

Al que trato de amor, hallo diamante,
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata,
y mato al que me quiere ver triunfante.

Si a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo;
de entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo, por mejor partido, escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que de quien no me quiere, vil despojo.

Sor Juana Inés de la Cruz
(12 de noviembre de 1651 - 17 de abril de 1695).


Si a alguien le hiciera corto circuito la palabra "neta" junto a Sor Juana, aquí va la definición que da la RAE y que subraya la verdad. Es decir –y valga la redundancia– la neta:

neta, to.
(Del cat. o fr. net o del it. netto).
Adjetivo: Limpio, puro, claro y bien definido.



Acuérdense de vez en cuando de las netas del soneto. 
Cuando los consuma el ardor de una pasión que no sepan (o no quieran) controlar, echen mano al botiquín de primeros auxilios para el corazón y lean el soneto de una monja o una santa.
Amén.

domingo, 1 de noviembre de 2009

¡Vivan los Muertos!



Por Addy Góngora Basterra.

La Catrina entonando las coplas de La Llorona en la voz de Eugenia León, a capela… y luego acompañada por una guitarra en el cabaret al que acuden las calaveras de José Guadalupe Posada, calacas adelitas, calacas de machos mexicanos con bigote y sombrero, emborrachándose, con pistola en mano lanzando balazos, llevándose tequila y mezcal a la garganta a cada tanto… mientras, desde el escenario, una orquesta llena de música el ambiente en el que parejas de calacas bailan danzón.

Todo lo anterior tiene lugar en el cortometraje Hasta los huesos de René Castillo, animación hecha con plastilina que en menos de diez minutos representa el culto a la muerte a través de íconos de la cultura popular mexicana. Imperdible: no dejen de verlo y menos hoy, Día de Muertos. Para ver el corto, click aquí

La famosa creación de Posada, La Calavera Garbancera ha trascendido a nuestros días con el nombre de La Catrina pues Diego Rivera así la renombró, pintándola con ropa en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. La Catrina es una representación festiva y alegre, una muerte viva y, como podemos ver en la animación de René Castillo, seductora hasta el delirio.


Posada, a través de sus calaveras y esqueletos, retrató al pueblo mexicano: calaveras en fiestas populares, calaveras de clase alta, calaveras con bigotes y sombreros revolucionarios. Se sabe —y me parece simbólico—, que al morir Posada nadie reclamó su cuerpo, por lo que años después sus restos fueron echados a una fosa común… en compañía de anónimas calaveras… cómo es de paradójica la vida… sitiado en su muerte por lo que dibujaba en vida. ¿Poético? destino.






El Día de Muertos (o Hanal Pixán, como llamamos a esta fiesta en Yucatán) es una celebración en la que convergen todos los sentidos: el colorido en el papel picado, el olor del chocolate batido, del mole con ajonjolí, el pib en Yucatán (¡congélenme un pedazo por favor!), el pan de muerto, las frutas, la música... ¡un derroche de vida para recordar a los que se nos fueron, viviéndolo con alegría y hasta los huesos!

¡Vivan los muertos!

Hasta los huesos

Animación de René Castillo hecha con plastilina




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Calaveritas




A Gabriel García Márquez

Quiso esconderse en Macondo,
la muerte fue tras él.
Ella se puso sus moños
y lo tiró a un hoyo hondo.
¿De qué se murió Gabriel?
De amor y otros demonios.








Esta calaverita —ignoro quien la haya escrito— es una manera de empezar los posts que iré subiendo en relación al Día de Muertos o Hanal Pixán, como le llamamos en Yucatán, que traducido del maya al español quiere decir "Comida de las ánimas".

Las calaveritas literarias son pequeñas composiciones, a modo de epitafio, que se le hacen a personas tanto vivas como muertas, donde encontramos referencias a características de la persona sobre la cual se escribe; las calaveritas son una burla a la muerte, un juego con versos ingeniosos, cómicos en ocasiones e irreverentes otras tantas:


A Diego Rivera

Este pintor eminente
cultivador del feísmo
se murió instantáneamente
cuando se pintó a sí mismo.




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