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sábado, 3 de octubre de 2009

Ipod en la guerra...



Música para matar... ipod en la guerra... jamás se me hubiera ocurrido que el armamento de un soldado incluyera un reproductor de mp3... ¡disparar al ritmo de una canción! ¡o motivado por ella!... ¡como si estos soldados americanos estuvieran en la sala de sus casas jugando X-Box!

Estoy tratando de imaginarme la escena: Irak, Afganistán, tierra, polvareda, ropa militar, ¿qué pasará por la mente de estos muchachos, independientemente de la música que escuchan? ¿a qué sensaciones y sentimientos irá ligada esa música? ¿qué sienten? ¿cómo serán sus recuerdos cuando hayan vuelto a casa -los que vuelven- y un día al jugar boliche o en un bar escuchen esa melodía? ¿qué le dirán a sus amigos? ¿qué se dirán a sí mismos?

Jonathan Pieslak ha trabajado el tema y ha entrevistado a soldados que han tenido esa experiencia. Algo de ello está en este sitio: American Soldiers on Music. También dejo esta nota que me "informó" del asunto.

"No olvides tu ipod si vas a la guerra"

La música, dice un refrán, apacigua a las fieras. Jonathan Pieslak, teórico del City College de Nueva York, puede dar pruebas de lo contrario. Sus entrevistas a la primera generación de soldados que llevó sus reproductores de MP3 a las guerras de Irak y Afganistán son reveladoras. Mucho Metallica y Eminem (rock pesado y rap), además de testimonios como "el Ipod debería ser un elemento estándar del equipo de un soldado", contó a The Guardian. Material humeante para los neurobiólogos que encontrarán nuevas líneas de análisis sobre el acorazado "estrés-música-motivación-gatillo".

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Sin comentarios...

viernes, 2 de octubre de 2009

Cantando al sol como la cigarra...

La Negra está hospitalizada.

Hace rato vino al departamento Lucca, mi amigo brasileño, y hablando de Mercedes Sosa, me dijo algo que yo no había pensado: sus canciones me cambiaron la vida. Es verdad lo que dijo Lucca. A mi también, canciones que ha cantado, me han cambiado y me han marcado. Puedo revivir momentos que no volverán con tan sólo escuchar un estribillo, un arpegio de guitarra, una vidala... He tenido madrugadas, que no olvido, con sus canciones; he hecho amigos gracias a ella, porque compartimos la admiración que le tenemos... no hay fiesta en la que no evoquemos su repertorio.

¡Mercedes, cómo te queremos!

Y a la hora del naufragio
y a la de la oscuridad
alguien te rescatará
para ir cantando...




China, ayer



Ayer China festejó 60 años del triunfo de la República Popular. Y como en muchos otros países en fechas de importancia nacional, hubo un desfile.

Vi estas fotos: qué perfecta sincronización, qué disciplina, qué precisión con la que estos miles de chinos marcharon por las calles.

El año pasado le mostraron a todo el mundo la destreza y habilidades casi robóticas para moverse al unísono. Me refiero al espectáculo de la inauguración de las Olimpíadas. No vi la inauguración ni vi la clausura transmitida por tele, pero sí vi algunas fotografías que, bueno... no tienen descripción: increíbles.

De China, ayer, están aquí las fotografías de Huang Jingwen. Formaditos, enfiladitos y muy en su papel patriótico, parecieran por momentos botellas de refresco perfectamente ordenadas en la reja de Coca-Cola:


























jueves, 1 de octubre de 2009

Voladores de Papantla



La UNESCO le dio a Los Voladores de Papantla el título de Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad. Por qué intangible, se preguntarán algunos... como me pregunté yo. La respuesta es porque este patrimonio es de la mente humana, siendo el cuerpo el instrumento para su ejecución. Además del título que felizmente engalana a Veracruz... pedacito de patria que sabe reír y cantar... en otra latitud también fueron designados como Patrimonio Cultural, el Tango y el Candombe.

Estos hombres de Papantla, ¿por qué vuelan? ¿por qué se cuelgan de cabeza? ¿qué significa, qué es todo este ritual? Siempre me han dado curiosidad las danzas; más allá de lo que vemos hay algo subterráneo, no es el movimiento así porque sí, sobretodo si de bailes de origen prehispánico hablamos. Siempre hay un misterio tras cada movimiento.

La revista
México Desconocido (la recomiendo muchísimo) dice lo siguiente al respecto:

Según la leyenda totonaca, los dioses dijeron a los hombres: “Bailen, nosotros observaremos”. Y eso es justamente lo que hacen los hombres-pájaro, o “voladores”, ejecutan una espectacular danza para agradar a los dioses. Un grupo de cinco hombres se suben a un poste de unos 30 metros de alto, cuatro de ellos se atan una cuerda a la cintura y se lanzan de cabeza al vacío con los brazos abiertos, girando alrededor del poste. Mientras tanto, el quinto miembro permanece en la parte superior del poste y toca música indígena con instrumentos de madera hechos a mano. La flauta representa el canto de las aves y el tambor la voz de los dioses. Esta danza es también un símbolo de los cuatro puntos cardinales (la plataforma de cuatro lados y los cuatro voladores). El músico va marcando los cuatro puntos cardinales, comenzando por el oriente, pues es ahí donde se origina la vida. Cada volador gira 13 veces, cifra que multiplicada por los 4 voladores da el número 52, y ya se sabe que según los calendarios prehispánicos, cada 52 años se completa un ciclo solar, después del cual nace un nuevo sol y la vida sigue su curso.

Con la designación que la UNESCO ha hecho como Patrimonio Cultural, los periódicos por estos días hablaran al respecto; va un collage de fragmentos:

. Es un ritual dedicado al dios sol y a los cuatro puntos cardinales que realizaban los Totonacas como modo de agradecimiento y en épocas de sequía para pedirle agua al dios de la lluvia para poder cultivar.

. El origen de este ritual se remonta a la época prehispánica, originalmente el atuendo de quienes los realizaban consistía en trajes confeccionados con auténticas plumas de aves, que representaban águilas, búhos, cuervos, guacamayas, quetzales y calandrias.

. De acuerdo con la tradición, una fuerte sequía en la zona del Totonacapan, en Veracruz, causó graves estragos entre la población, por lo que un grupo de viejos sabios se reunió para encontrar una solución. Entonces encomendó a unos jóvenes castos localizar y cortar el árbol más alto, recio y recto del monte para realizar una ceremonia en la que se pidiera a los dioses que devolvieran la fertilidad a la tierra a través de las lluvias.

. Los ejecutantes suben a la parte más alta del tronco, previamente se colocan sendas cuerdas alrededor de éste, las cuales se atan a los pies y cintura para que desciendan girando en círculos alrededor del tronco mientras suena la música que acompaña el ritual.

Si en alguna ocasión tienen la oportunidad de ver un espectáculo de Astrid Hadad (mexicana de ascendencia libanesa, nacida en Chetumal, Quintana Roo) no se la pierdan. Es un personaje en todo el sentido de la palabra, surrealista, ironista del espectáculo cuyo show es un despliegue de folclor mexicano y mucha creatividad. ¿Se le ocurrirán a ella todas esas cosas que exhibe en su espectáculo? ¿Tendrá un equipo deschavetado? Siempre me he preguntado eso. Como quiera que sea, ¡qué bueno que exista! Visiten su página dando click
aquí. Hablo de ella porque hace unos años vi en su show un número donde salía con un sombrero... ¡y en el sombrero un poste con los voladores de Papantla! ¡Sen-sa-cio-nal! Los activaba con un interruptor y le daban vueltas mientras ella interpretaba, quizá, un Son Jarocho... no recuerdo qué canción era la del número, pero sí lo que no olvido fue la puntada de haber salido con unos voladores a escala en el sombrero: ¡De Diez!

Seguiría hablando del tema... pero tengo que salir. Dejo unas notas relacionadas sobre la designación de la UNESCO, click para ir a la que sea de interés:

1.- Conaculta celebra a tradiciones mexicanas en lista de UNESCO (El Universal)
2.-
Reconoce la UNESCO a los Voladores de Papantla (El Dictamen)
3.-
Papantla vuela directo al catálogo de la UNESCO (Milenio)


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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Viaje de las palabras



Por Eduardo Galeano.

Para expresar mi gratitud a esta alegría inmensa que me han regalado no encuentro mejor manera que contar tres historias. No son inventadas por mí, sino que son por mí vividas.

La primera es sobre mi aprendizaje. Yo no tuve la suerte de conocer a Sherezade. No aprendí el arte de narrar en los palacios de Bagdad. Mis universidades fueron los viejos cafés de Montevideo. Los cuentacuentos anónimos me enseñaron. En la poca enseñanza formal que tuve —porque no pasé de primero de Liceo— fui un pésimo estudiante de historia. Y en los cafés descubrí que el pasado era presente. Y que la memoria podía ser contada de tal manera que dejara de ser eterna para convertirse en ahora.

No recuerdo la cara ni el nombre de mi primer profesor. Pero él contó una historia de 1904 —por la edad se veía que él no había nacido en aquel entonces—, pero la contaba como si hubiera estado ahí. Fue mi primera lección: el arte es una mentira que dice la verdad. Y escuchando aprendí que se puede contar lo que pasó de tal manera que vuelva a ocurrir cuando uno lo cuenta. Que pueda uno escuchar ese remoto trueno de los cascos de los caballos. Y que pueda uno ver las huellas de arena aunque el suelo sea de baldosa o de madera.

Y aquel hombre para decir la verdad mintió que él había recorrido las praderas ensangrentadas después de la batalla y había visto los muertos. Y uno de los muertos dijo —era un ángel, un muchacho bellísimo con la hincha blanca, roja de sangre—: Por la patria y por ella más.

Un segundo relato sobre mi primer desafío en el arte de narrar. En un pueblo boliviano, un día de laguna —Laguna devoraba a sus hijos metidos en los socavones de las tripas del estaño—, los mineros perseguían las betas de estaño y en esa cacería perdían en pocos años los pulmones y la vida. Yo había pasado un tiempo ahí, me había hecho algunos amigos y había llegado la hora de departir. Estuvimos toda la noche leyendo, los mineros y yo, cantando y contando chistes, a cual más malo. Cuando ya estábamos cerca del amanecer, cuando poco faltaba para que el chillido de la sirena los llamara al trabajo, mis amigos callaron todos a la vez y alguno preguntó, pidió, mandó: Y ahora hermanito, dinos cómo es la mar. Yo me quedé mudo, pero insistían, cuéntanos, cuéntanos cómo es la mar. Ninguno de ellos iba a verla nunca. Todos iban a morir temprano. Y yo no tenía más remedio que traerles la mar. La mar estaba lejísimos y yo tenía que encontrar palabras que fueran capaces de mojarlos.
Y la tercera historia sobre los extraños viajes de las palabras. Hace pocos meses, ante los estudiantes mexicanos leí algunos relatos. Uno de ellos, de mi libro «Bocas del tiempo», contaba que el poeta español Federico García Lorca (ver el relato dando click aquí) había sido fusilado y prohibido durante la larga dictadura de Franco. Y que un grupo de teatreros del Uruguay había estrenado una obra suya en un teatro de Madrid, al cabo de tantos años de obligado silencio. Y al fin de la obra esos teatreros no habían recibido los aplausos esperados; el público español había aplaudido con los pies pateando el piso. Y ellos se habían quedado estupefactos. No entendían nada. Tan mal habían actuado —pensaban—. Cuando me lo contaron pensé que quizás el trueno sobre la tierra había sido para el autor fusilado por rojo, por marica, por raro… Una manera de decirle: Para que sepas Federico lo vivo que estás. Y cuando lo conté en la Universidad de México me ocurrió lo que nunca me había ocurrido en las otras ocasiones en que había contado esa historia. Los estudiantes aplaudieron con los pies. Miles de pies pateando el piso con alma y vida. Y así continuaron mi relato y continuaron lo que mi relato contaba como si eso estuviera ocurriendo en un teatro de Madrid unos cuantos años antes. Ese segundo trueno sobre la tierra estaba también dirigido al poeta fusilado y era también una manera de decirle: Para que sepas, Federico, lo vivo que estás.

Fuente: La Jornada

lunes, 28 de septiembre de 2009

Oración



«Líbranos, Señor,
de encontrarnos
años después,
con nuestros grandes amores».

—Cristina Peri Rossi. 
Poeta uruguaya.