MAS RECIENTE

jueves, 17 de septiembre de 2009

Literatura Siempre Alerta


¡Alto! Detente y lee
© Fotografía de Ewing Galloway

Por Paco Ignacio Taibo II

Al inicio de 2005 Paloma, mi eterna compañera, y yo, nos reunimos con el presidente municipal de Nezahualcóyotl, Luis Sánchez, para conversar sobre la posibilidad de iniciar un programa de promoción de la lectura entre los policías. Dándole vueltas al asunto, surgieron las ideas básicas de Literatura Siempre Alerta, que habría de precisar y poner en marcha muy pronto el escritor Juan Hernández Luna.

Las ideas que se convirtieron en las piezas claves del programa eran muy simples: utilizar la literatura para sensibilizar a los policías, abrirles espacio para visiones del mundo más ricas, enfrentarlos al sentido social de su tarea, enriquecerlos con el hábito de la lectura.

A lo largo de cuatro años los resultados fueron más que sorprendentes: mil 300 policías y bomberos del municipio participaron en talleres, sesiones de lectura, reuniones con monitores en las que se discutían los textos, uso de bibliotecas en sus instalaciones. Estos policías recibieron 22 mil libros de antologías, preparadas por el equipo que dirigía el programa, que incluían cuentos de autores mexicanos, novelas de Phillip K. Dick, Rafael Bernal y García Márquez. Leyeron El periquillo sarniento, una biografía de Benito Juárez y una antología de cuentos sobre el futbol.

Algunas iniciativas de Juan tuvieron un éxito internacional, como cuando los policías pasaron de leer y comentar a escribir e hicieron una versión del capítulo uno del Quijote en lenguaje de clave policiaca, o comenzaron a escribir cuentos sobre sus experiencias que luego fueron editados en dos volúmenes con el título de Parte de novedades. No sólo se crearon bibliotecas, pronto el grupo tuvo un cineclub, con todo y sus debates.

Asistí varias veces a las sesiones de Literatura Siempre Alerta, participé en lecturas de sus cuentos, en discusiones sobre la novela policial y en conferencias de historia de México. En una de ellas me enfrenté sorprendido a un auditorio de 300 personas, la mitad policías, la mitad estudiantes universitarios.

Para un veterano del 68, la imagen no podía ser más inusitada. Los policías volvían a ser ciudadanos a mis prejuiciados ojos. Y a la hora del debate, las preguntas más inteligentes venían de policías, hombres y mujeres que habían leído el libro antes de la presentación.

No fui el único escritor que colaboró con este singular proyecto; por allí pasaron Felipe Garrido, Alí Chumacero, Juan Villoro, Humberto Musacchio, Rolo Díez, Jorge Belarmino, Víctor Ronquillo, Bernardo Fernández, Miryam Laurini, Eduardo Monteverde, Carlos Montemayor, Agustín Sánchez y Benito Taibo, entre otros.

No fue la única acción que se tomó con la policía de Neza: se subieron los salarios, se facilitó que los policías pudieran terminar estudios de primaria, secundaria y preparatoria inconclusos y se les premió por ello, y se dieron abundantes cursos profesionales.

¿Hubo resultados más allá de la promoción cultural?

Sin duda. Pero nadie esperaba que fueran tan importantes. Quizá lo más interesante es que se redujo sensiblemente el número de quejas por mal comportamiento o abusos de los policías; aumentó sensiblemente la colaboración ciudadana, y esto se reflejó en las encuestas de opinión.

¿Era Neza una Jauja culta de policías lectores que no aceptaban mordidas? No, y sin duda lograr una necesidad como esa tomará mucho tiempo, pero sin duda los avances eran notables, y sin duda también el programa Literatura Siempre Alerta había sido importante en estos logros.

Y los efectos se notaron también en el ámbito de la eficacia. Neza pasó de ser el segundo municipio de la República en número de autos robados al duodécimo, con 50 por ciento menos, y descendieron notablemente los robos en casas habitación, y los asaltos a comercios y a transeúntes.

El programa fue tan importante que una redición de él se está produciendo en la ciudad de México, con el nombre Letras en Guardia.

Pues bien, todo el mundo debería pensar, todo el mundo en su sano juicio, que esta experiencia debería tener continuidad, pero estamos en México, amigos y amigas, y me acaba de llegar la noticia de que los nuevos gobernantes priístas de Neza decidieron suspender el programa Literatura Siempre Alerta.

Supongo que entra en la cuota de normalidad asquerosa que nos toca a los mexicanos. El priísmo de Neza supongo que tiene fuertes intereses de volver a tener la policía que tenía. Que esa es la policía que les gusta y les sirve.

Afortunadamente la reacción entre los nuevos policías se está produciendo. y esperamos que también entre los ciudadanos.

Al grito de “Regresa, Cortázar, los polis te necesitamos”, estaremos alerta.


Fuente: La Jornada, Jueves 17 de septiembre de 2009.

martes, 15 de septiembre de 2009

Independencia de México


Zócalo de la ciudad de México el 15 de septiembre de 2007
Fotografía de David de la Paz


Fragmento de Tres héroes de José Martí

México tenía mujeres y hombres valerosos que no eran muchos: pero valían por muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de hacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de una mujer liberal, y un cura de pueblo que quería mucho a los indios, un cura de sesenta años. Desde niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber.

Los que no quieren saber son de la raza mala. Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa de mérito, porque lo sabían pocos. Leyó los libros de los filósofos del siglo dieciocho, que explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se llenó de horror. Vio maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre ellos como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el indio aprende bien: la música, que consuela; la cría del gusano, que da la seda; la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego en sí, y le gustaba fabricar: creó hornos para cocer los ladrillos. Le veían lucir mucho de cuando en cuando los ojos verdes. Todos decían que hablaba muy bien, que sabía mucho nuevo, que daba muchas limosnas el señor cura del pueblo de Dolores. Decían que iba a la ciudad de Querétaro una que otra vez, a hablar con unos cuantos valientes y con el marido de una buena señora. Un traidor le dijo a un comandante español que los amigos de Querétaro trataban de hacer a México libre. El cura montó a caballo, con todo su pueblo, que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando los caporales y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; los indios iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas. Se le unió un regimiento y tomó un convoy de pólvora que iba para los españoles. Entró triunfante en Celaya, con música y vivas. Al otro día juntó el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empezó un pueblo a nacer. Él fabricó lanzas y granadas de mano. Él dijo discursos que dan calor y echan chispas, como decía un caporal de las haciendas. Él declaró libres a los negros. Él les devolvió sus tierras a los indios. Él publicó un periódico que llamó El Despertador Americano . Ganó y perdió batallas. Un día se le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro día lo dejaban solo. La mala gente quería ir con él para robar en los pueblos y para vengarse de los españoles. Él les avisaba a los jefes españoles que si los vencía en la batalla que iba a darles los recibiría en su casa como amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo, sin miedo a que lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese cruel. Su compañero Allende tuvo celos de él, y él le cedió el mando a Allende. Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando los españoles les cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a uno, como para ofenderlo, los vestidos de sacerdote. Lo sacaron detrás de una tapia, y le dispararon los tiros de muerte en la cabeza. Cayó vivo, revuelto en la sangre, y en el suelo lo acabaron de matar. Le cortaron la cabeza y la colgaron en una jaula, en la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo su gobierno. Enterraron los cadáveres descabezados. Pero México es libre.


Tomado de: José Martí, Obras Escogidas en Tres Tomos, Tomo II, Editora Política, La Habana, 1980.





Mural pintado por Orozco
Fotografía de Margery H. Freeman


*