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sábado, 5 de septiembre de 2009

Con los hilos de la luna

Cruzando la calle miré la boina de un muchacho y pensé en mi abuelo Luis.

Recordé cuando, apenas iniciada la noche, llegaba mi abuelo a la casa con el periódico Excélsior bajo el brazo. Así lo recuerdo, con la boina calada y volviendo del trabajo.

Por razones de geografía no estuve cerca de él, pero cuando íbamos de vacaciones a Veracrú, me sentaba en el escaloncito de la puerta principal a esperar que llegara a la casa. Cuando el reloj y el ruidito de la reja anunciaban su llegada y nos veíamos, se quitaba la boina para ponérmela al tiempo que doblaba el cuerpo para darme un beso.

Una vez me oyó cantando


Los ojos, ciegos los ojos,
ciegos de tanto mirarte,
sin verte, Asturias
lejana,
hija de mi misma madre.

Se me quedó viendo con asombro, ¿cómo sabes esa canción? me preguntó, y le vi una chispa en la mirada que no voy a olvidar. Algo lo entusiasmó y, cómplice, me pidió que esperara en la sala pues quería mostrarme algo. Por el rumbo que tomó, escaleras arriba, dedujé que iría a su habitación. Y así fue, porque al poco tiempo regresó con algo en la mano. Era una tarjeta postal. Asturias. Amigos suyos le habían mandado ese pedazo de tierra que él siempre llevó en el corazón... Asturias verde de montes y negra de minerales.

En un auditorio pequeño, hace un par de años en Mérida, escuché a Liuba María Hevia con su guitarra en esta canción que, así como hoy cuando vi al muchacho con la boina gris, me trajo a la memoria a mi abuelo con sueños de asturiano:






Liuba María Hevia es cantante y compositora cubana.

*

viernes, 4 de septiembre de 2009

Volúpia



Palabra encontrada al paso, palabra entre palabras, palabra para dejarse llevar.

Volúpia, leí al final de unos versos brasileños. ¿Qué será Volúpia?, me pregunté. Fui al diccionario. Me gustó. Sonreí. Volúpia, repetí, y en voz alta leí: "Grande prazer dos sentidos, sobretudo o prazer sexual".

¡Voluptuosidade!

¡Olha que coisa mais linda
mais cheia de graça
... e fica mais lindo
por causa do amor...!

¡Ai de nós!


*

jueves, 3 de septiembre de 2009

Alessandro Baricco: Un camino de aquí al mar

El mar —vio el barón en los dibujos de los geógrafos— estaba lejos. Pero sobre todo —vio en sus sueños— era terrible, exageradamente hermoso, terriblemente fuerte —inhumano y enemigo— maravilloso. Y además tenía colores distintos, olores jamás sentidos, sonidos desconocidos —era el otro mundo. Miraba a Elisewin [su hija] y no conseguía imaginar cómo podría acercarse a todo aquello sin desaparecer, en la nada, disuelta en el aire por la turbación, y por la sorpresa. Pensaba en el instante en que habría de volverse, de repente, para recibir en los ojos el mar. Pensó en ello durante semanas. Y después lo comprendió. No había sido difícil, en el fondo. Era increíble no haber pensado en ello antes.
—¿Cómo llegaremos al mar? —le preguntó el padre Pluche.
—Será él quien venga a recogeros.

Así partieron, una mañana de abril, atravesaron campos y colinas y al atardecer del quinto día llegaron hasta las orillas de un río. No había ni un pueblo, no había casas, nada. Pero sobre el agua se balanceaba, silencioso, un pequeño navío. Se llamaba “Adel”. Navegaba, por lo general, en las aguas del océano, llevando riquezas y miserias, de ida y de vuelta, entre el continente y las islas. A proa llevaba un mascarón con cabellos que le resbalaban hasta los pies. Las velas tenían en su interior todos los vientos del mundo lejano. La quilla había escrutado, durante años, el vientre del mar. En cada rincón, olores desconocidos relataban historias que las caras de los marineros llevaban transcritas sobre la piel. Tenía dos mástiles. El barón de Carewall quiso que remontase, desde el mar, el curso del río hasta allí.
—Es una locura —le había dicho el capitán.
—Os cubriré de oro —le había contestado el barón.
Y ahora, como un fantasma escapado de cualquier ruta razonable, el navío de dos mástiles llamado “Adel” estaba allí. Sobre el pequeño muelle, en el que por lo general amarraban pequeñas embarcaciones, el barón se abrazó a su hija y le dijo
—Adiós.
Elisewin permaneció callada. Se cubrió el rostro con un velo de seda, deslizó en las manos del padre un papel, doblado y sellado, se dio la vuelta y fue al encuentro de los hombres que habían de llevarla al navío. Era ya casi de noche. De haberlo querido, habría podido parecer un sueño.

Así fue como Elisewin descendió hacia el mar del modo más dulce del mundo —sólo la mente de un padre podía imaginarlo—, llevada por la corriente, a lo largo de la danza hecha de curvas, pausas y titubeos que el río había aprendido en siglos de viajes, él, el gran sabio, el único que sabía el camino más hermoso y dulce y apacible para llegar al mar sin hacerse daño. Descendieron, con esa lentitud decidida al milímetro por la sabiduría materna de la naturaleza, introduciéndose poco a poco en un mundo de olores de cosas de colores que día tras día desvelaba, lentísimamente, la presencia lejana, y después cada vez más próxima, del enorme regazo que los esperaba. Cambiaba el aire, cambiaban las auroras, y los cielos, y las formas de las casas, y los pájaros, y los sonidos, y las caras de la gente en las orillas, y las palabras de la gente en sus bocas. Agua que se deslizaba hacia el agua, galanteo delicadísimo, los meandros del río como una cantilena del alma. Un viaje imperceptible. En la mente de Elisewin, sensaciones a millares, pero ligeras como plumas en vuelo.

Todavía hoy, en las tierras de Carewall, relatan todos aquel viaje. Cada uno a su manera. Todos sin haberlo visto nunca. Pero no importa. No dejarán nunca de relatarlo. Para que nadie pueda olvidar lo hermoso que sería si, para cada mar que nos espera, hubiera un río para nosotros. Y alguien —un padre, un amor, alguien— capaz de cogernos de la mano y de encontrar ese río —imaginarlo, inventarlo— y de depositarnos sobre su corriente, con la ligereza de una sola palabra, adiós. Eso, en verdad, sería maravilloso. Sería “dulce” la vida, cualquier vida. Y las cosas no nos harían daño, sino que se acercarían traídas por la corriente, primero podríamos rozarlas y después tocarlas y sólo al final dejar que nos tocaran. Dejar que nos “hirieran”, incluso. “Morir por ellas”. No importa. Pero todo sería, por fin, “humano”. Bastaría la fantasía de alguien —un padre, un amor, alguien. Él sabría inventar un camino, aquí, en medio de este silencio, en esta tierra que no quiere hablar. Camino clemente, y hermoso. Un camino de aquí al mar.


Fragmento del libro "Océano mar" de Alessandro Baricco.

lunes, 31 de agosto de 2009

Sueños de Cabaret



Bien dicen que las cosas buenas llegan cuando uno no las espera ni las busca. Por eso pienso que andar despistada en una tienda de música o en una librería suele ser el camino al hallazgo. Lo de despistados aplica tanto para la persona que llega sin saber qué busca como para la persona que atiende en el lugar y que da un título similar al que uno solicitó.


A veces los malos entendidos terminan siendo aciertos. Ejemplo de esto me ocurrió en una librería. El muchacho que atendía me preguntó el apellido del autor del libro que buscaba. Montero, dije, hojeando un folletito que tenían ahí. Tenemos uno, respondió. El chico se fue un minuto y cuando regresó me había traído “La última noche que pasé contigo” de Mayra Montero y no “Pasiones” de Rosa Montero, que era el que andaba buscando. El título me llamó la atención, letra de bolero. Vi el índice: los capítulos con letras de canciones. Y la editorial: La sonrisa vertical. Colección de literatura erótica. ¿Cuánto cuesta?, pregunté y pagué. Así descubrí a Mayra Montero.

Algo similar me ocurrió hace unos meses. Andaba buscando la música de Cabaret (Willkommen, bienvenue, welcome!) y se me atravesó el último disco de Daniela Romo "Sueños de Cabaret", que salió a la venta el año pasado.

Una maña que tengo con la música es la de escuchar covers, me gustan. Y debo decir que las once canciones que forman parte de este disco son de diez. Los cincuentas son, para mí, una época en la que musicalmente se vivió un esplendor. Pienso en México en esos años y siento atracción, fueron años en los que me hubiera gustado vivir: el color del cabaret, la ambientación en él, las orquestas, los vestidos y los escotes, la trompeta con sordina, la media luz… éste disco es eso. La interpretación que Daniela Romo le da a cada tema es una delicia, en verdad recomiendo el álbum, más aún porque toma canciones que todos conocemos, temas populares a los que les da la vuelta y los trae renovados, acentuados con este sonido de Cabaret.

Dejo tres canciones del disco para provocar antojos. La primera es “Abuso” de Juan Gabriel, que ya formaba parte del repertorio de Daniela pero que esta vez viene con nuevos bríos. La segunda la hemos escuchado originalmente en voz de Laura Pausini y la tercera “Mi Credo” de K-Paz de la Sierra. ¿Quién se las hubiera imaginado con ambiente cabaretero? Aquí las dejo.


Abuso




Víveme




Mi credo





Canciones que están en el disco:

1. Abuso
2. Mía
3. Intocable
4. Tu de que vas
5. Qué manera de quererte
6. Mi credo
7. No podrás
8. Mujer contra mujer
9. Color esperanza
10. Víveme
11. Pensar en ti



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