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sábado, 29 de agosto de 2009

Caribito



La semana que termina fue verano, generoso sol, clima cálido. Las ventanas en mi departamento han estado abiertas trayéndome un aire bondadoso en vez de los ventarrones que ponen a volar los papeles que dejo sobre la mesa (¡benditas sean las hojas numeradas!). Aproveché estos días para ropa ligera y chanclas playeras —“ojotas”, les dicen aquí (¿?)—, y para mejor ambientación, las bocinas retumbaron con El Gran Combo de Puerto Rico… ¡saboooor!

La otra tarde un animalito verde entró por mi ventana con una algarabía inusual, revoloteó con musical destreza aeronáutica, parecía bailar, iba y venía, rumbeaba. Tras un rato de malabares aterrizó en la esquina de la hoja en blanco que tenía frente a mí y ahí se quedó jugando con sus antenas, como los niños que aún no hablan y que, para entretenerse en su mundo privado y misterioso, se engarzan en el dedo índice los chorritos que se les forman en el cabello.

Me le quedé viendo. ¿Qué onda contigo, tú también quieres escribir?, le dije en voz alta. Era lindo éste bicho: cuerpo verde y delgadito, alas transparentes, ojos saltones y chiquitos, cuatro patas, antenas largas y güeras, de actitud alegre, con cierta pinta de bondad, no parecía de invierno, más bien parecía tropical. Ah, pensé, este amiguito es caribeño. Ha de tener un hábitat por aquí, aprovechando el calor salió a pasear, despistado pasó por aquí, oyó la música, vio en la pared fotos del mar, me vio en pareo, “de aquí soy”, habrá dicho, y se instaló.

Lo dejé en la hoja y me puse a trabajar en la compu. Cuando me di cuenta ya se había ido. Poco me duró la compañía. Seguí en lo mío y al cabo de un rato ¡sorpresa!, no salió volando por la ventana, andaba jugando al alpinista entre mis cuadernos.


Dejé que jugara, a lo mejor donde vivía antes se aburría. Pasó otro rato y volví a dejar de verlo. Ora sí se me fue. Hacía rato que se había acabado el ambiente salsero. Seguí trabajando. Cuando me doy cuenta lo tengo juntito a mí, cerca de mi antebrazo derecho, en el espacio que había en la mesa entre mi cuerpo y la computadora. Tuve que reacomodar la hoja donde aterrizó misteriosamente (¿cómo no lo vi?) para sacarlo de peligro porque en una de esas podía aplastarlo.

Creo que se durmió, su cuerpo ya no estaba erguido como un rato atrás. ¿Qué tal si su cuerpito es tan frágil que lo medio aplasté y le hice daño y por eso ahora no puede moverse?, pensé. Moví apenitas la hoja a modo de quien le toca el hombro a su compañero en el juego aquel de las estatuas para “desencantarlo”; mejor dicho, moví la hoja como quien le acomoda la sábana a un niño que duerme, y como un niño que se acomoda en la almohada, Caribito —así lo bauticé— meneó un poco las antenas, movió el cuerpo un poquitín y siguió su sueño.

Este oficio de escribir, que es noble como solitario, me hace detenerme a observar ciertas cosas, percibir, entablar un “diálogo” con acentos que vistos desde fuera parecieran esquizofrénicos. A lo mejor las últimas palabras son para justificar el tuétano loquito que he desarrollado y lo que voy a decir: quiero a Caribito. Sentí ternura por él cuando se acomodó para seguir su ratito de calma.

Pocas veces he visto bichos en el departamento. Con decir que no hay ni hormigas. Tampoco hay moscos. ¿Serán efectos de vivir en un séptimo piso? ¿Son eficientes las fumigadas de Charly “control de plagas” que se hacen cada tanto en el edificio? Parece ser.

Por eso me alegró tanto que llegara Caribito volando verdecito y guaracheando. Se quedó junto a mí hasta que me fui a dormir. Antes de pararme de la silla le agradecí la visita, vuelve cuando quieras, le dije, puedes vivir en Petri o en la planta de albahaca. Abrí completamente la ventana pues tal vez debía volver al lugar del que había venido. Y así fue. Al cabo de un rato regresé para ver si seguía en su camita de papel. Se había ido.

Caribito so long, farewell, auf wiedersehen, adieu.


En días siguientes he abierto desde temprano la ventana, pongo la música que le gusta, los cuadernos uno encima de otro para que sea otra vez el alpinista de libretas, coloco una hoja entre mi cuerpo y la compu, a modo de invocación, para que vuelva el animalito de fábula, mascota inusitada, ratito de compañía, Caribito que quiere sol, calor, música alegre y acomodarse en una hoja en blanco para soñar palabras, versos y abecedario.

Igual que yo.

viernes, 28 de agosto de 2009

Ni los sueños



2
Ni los sueños
Ni lo sueños, donde tu rostro tiene todas las formas de la dicha,
ni el sol que tanto amo sobre mi cuerpo desnudo,
ni la grata canción del antiguo trovero enamorado,
ni el verso de Darío ni el verso de Quevedo,
ni esta luna que brilla con brillo de alcancía,
ni tu nombre por otros pronunciado,
ni el eco de mis pasos en la inmensa catedral solitaria,
ni el rosal que yo siembro con mis manos y me sangra los dedos,
ni las noches insomnes,
ni tu dulce retrato mentiroso,
ni el tiempo —ese falsario de mil rostros—
pueden calmar mi pena de no verte.

Piedad Bonnett (1951) es colombiana.
Lo anterior pertenece a "Canciones de ausencia".

jueves, 27 de agosto de 2009

Odette Alonso



Caja de música

Alza la tapa.
Escucha.
La música será como un alivio
como un bálsamo azul
como un portazo y luego este silencio.
Los amigos se fueron
perdieron el camino y los recuerdos.
Sólo queda esa música.
Alza la tapa y oye.
Piensa que ellos han vuelto y empujarán la puerta
que traen los rones viejos y la inconformidad
que bailarán de nuevo aquella melodía
aunque no sea igual
aunque no lleguen nunca
aunque alces la tapa y no suene la música.


Odette Alonso (1964) es cubana.

miércoles, 26 de agosto de 2009

A capela

Un coro esloveno que es una orquesta que es rumor de lluvia que es chapoteo que es tormenta que es África que es Sergio Méndez y Mais que nada, beatboxing, bossa nova, pura garganta y... con ustedes Perpetuum Jazzile:






martes, 25 de agosto de 2009

Extravío



Por Addy Góngora Basterra.

Lucy culpa a la señora de limpieza y a la niña que la visita cada sábado de haber perdido la llavecita del cajón. Desesperada busca en el portalápices, en otros cajones, en el compartimento del librero. Dice en voz baja palabras que sólo ella entiende, al tiempo que enumera la letanía de objetos y papeles que guarda en ese pequeño cajón del escritorio.

Llama a gritos a la niña (es sábado). Lucy le pregunta qué ha hecho con la llavecita y la niña le dice que no la ha visto.

Entonces vuelve a culpar a la señora de limpieza.

Echa una mirada panorámica por el estudio y pone de cabeza todo lo que puede ser volteado, saca todos y cada uno de los objetos que estén dentro de tazas y recipientes, ruedan sobre el escritorio lápices de colores, con sonido metálico cae al suelo un abrecartas, mete los ojos a cada objeto con el fin de ver si no se ha quedado atorada en el fondo.

Quiere hallar una fotografía. Busca el rostro de un hombre que, según ella, la traicionó hace años. Único novio de su juventud.

Lucy pronto cumplirá setenta años y se niega a reconocer que ella misma ha perdido la llave. En ese cajón está lo que nunca tuvo: historias, cartas, la foto de cuerpo entero de un hombre con el que jamás hizo el amor, espíritus que le hablan cada noche en sueños.

En el cajón está el pasado que no puede remediar porque no puede recuperarlo. Por eso no puede abrirlo.

Porque sabe que no hay nada en el cajón.

lunes, 24 de agosto de 2009

Benny Moré: ¡Caballeeeeeeeero!



Oyendo un disco de Benny Moré

Es lo mismo de siempre:
¡Así que este hombre está muerto!
¡Así que esta voz
delgada como el viento, hambrienta y huracanada
como el viento,
es la voz de nadie!
¡Así que esta voz vive más que su hombre,
y que ese hombre es ahora discos, retratos, lágrimas, un sombrero
con alas voladoras enormes
—y un bastón—!
¡Así que esas palabras echadas sobre la costa plateada de Varadero,
hablando del amor largo, de la felicidad, del amor,
y aquellas, únicas, para Santa Isabel de las Lajas,
de tremendo pueblerino en celo,
y las de la vida, con el ojo fosforescente de la fiera ardiendo en la sombra,
y las lágrimas mezcladas con cerveza junto al mar,
y la carcajada que termina en punta, que termina en aullido, que termina
en qué cosa más grande, caballeros...



... escribió Roberto Fernández Retamar en su libro Historia antigua y cae al día de hoy como anillo al dedo porque un 24 de agosto nació Benny Moré: hoy cumpliría 90 años.

"Moré, quien murió a los 44 años, siempre tuvo vocación por la música; lo decía él y lo confirmó su madre, quien contaba que a los seis años Bartolomé sujetó un carrete de hilo a una tabla para simular las cuerdas de una guitarra" —dice la nota que publicó La Jornada hoy.


¡Ñó! Quien le hubiera dicho el destino que tendría esa guitarra improvisada... ¡Así que esta voz vive más que su hombre!, dice Retamar y le hago coro y comparsa. Cierto. Así ha sido y así será, y seguiremos bailando mambo las mexicanas, bonito y sabroso, moviendo la cintura y los hombros, confundiendo a quien nos mire y dude por momentos si somos de La Habana o de algún rincón de México en el trópico.

domingo, 23 de agosto de 2009

Antonio Deltoro

Acuarela:

Ballena blanca


Antonio del Toro (1947).
Poeta y ensayista mexicano.

Yo soy un Ahab del lenguaje,
mi Moby Dick nada en el papel blanco,
indistinguible cachalote lo anunciaré desde lo alto,
mi arpón será un lápiz, le daré muerte
o me arrastrará hasta el fondo, quebrando
mi barca de madera.

Gritaré como los marineros de Melville:
«Ojo agudo para el cachalote blanco,
una lanza aguda para Moby Dick».
Descubriré una a una en el océano
las ballenas blancas del poema,
y fijas con mi arpón las dejaré.
En Nantucket, como Moby Dick, las palabras
no darán provecho, no convertiré su furia
en aceite y sí en trozos de vela que iluminen noches de tormenta.

Las palabras del poema están vivas,
aunque con arpón prendidas al papel,
prendidas al papel y nadando en sus aguas:
¡Olas del pensamiento por grandes peces atravesadas!
¿Hay ballena que nade más
por los siete mares del tiempo,
por los otros siete del idioma,
que la ballena blanca de Melville?

Hace más de cien años que navegan Ahab y su ballena,
hace mucho más de cien que el hombre pesca
en el papel las palabras del poema.
El Starbuck que hay en mí se rebela.
No venderé su aceite en Nantucket,
jamás arribaré al puerto,
ese trozo de mar en tierra firme,
ese pálido muelle cercado de poemas.
¿Me volveré loco porque Ahab tiene un mástil en los ojos?

Pero Moby Dick no es una ballena
eso lo sabe Ahab, eso lo sé yo.
Monstruo ubicuo, la palabra, ballena blanca,
en todos los mares ataca y se halla.
No es ella, lleva escondidas en su alma
profundidades demoníacas, aguas revueltas y negras;
en su lomo, conchas, algas, mejillones
milenarios y secretos brillan acerados por la luna
con cósmico misterio.

Todas las pasiones contemporáneas del hombre,
y también las cosmogónicas,
botánicas, minerales, zoológicas,
nadan en la ballena del idioma.
Ay de aquel que hunda su arpón irresponsable,
sentirá una fuerte presión, se le desfondará el tórax.
Pájaros marinos, verdugos de un dios que castiga
para siempre a Prometeo,
los peces nadarán eternamente por su quilla,
indiferentes a su dolor, a su mirar vidrioso.
Pero el esperma vigoroso de la palabra
Surgirá la llama de la vida
Vale pues el riesgo.

¡Ahab, dame el arpón!