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sábado, 22 de agosto de 2009

Instantes

La fotografía es el arte de lo efímero... un segundo en el tiempo que se queda fijo, estático, atrapado. Oprimimos el botón disparador y es como si pulsáramos el botón en un control remoto. Pausa. Pausamos el tiempo. Lo retenemos.

Me gustan los deportes y en combinación con esta pasión por la fotografía, me gustan las fotos deportivas. El instante donde la clavadista, rodando por el aire, es un perfecto caracol, una espiral que se deshace antes de llegar al agua; el basquetbolista, alto y robusto, que lleva la pelota adherida a la palma de la mano como si fuera por magia, y en un brinco que a todos los deja cuasi enanos vuela hacia la canasta.

Fracciones de segundo que busca la mirada del cazador al acecho tras la cámara.

Yahoo! Deportes tiene una sección que se llama Las Diez mejores fotos de la semana. Acabo de verlas. Por eso es que pensé que la fotografía es el arte de lo efímero, un segundo en el tiempo que se queda fijo... y más aún si se trata de movimientos, posturas, flexibilidad del cuerpo, como lo siguiente:

Blanka Vlasic supera el listón en la final de salto de altura femenino en Berlín. 
Foto de Adrian Dennis. AFP. Getty Images.

Moritz Cleve de Alemania participa en la competencia de salto de longitud en Berlín. 
Foto de Adrian Dennis. AFP. Getty Images

Una atleta compite en la prueba de salto de longitud.
Foto de Alexander Hassenstein. Bongarts. Getty Images

jueves, 20 de agosto de 2009

Marco Denevi



Sobre un antiguo conjuro


Ciertas bestias de caza, para despistar a sus perseguidores, hacen un rastro de engaño en figura de ocho. El mismo que repite, frente al hombre, la mujer que baila el tango.

Marco Denevi.

Historia de un tejido





A Víctor Pavón y a mí nos gustaban —y nos sigue gustando— los juegos creativos de palabras. Una tarde de las que compartimos cuando fuimos compañeros en la universidad, implementamos un jueguito para escribir en cinco minutos lo que se nos ocurriera a raíz de una frase. Hacíamos esto entre clase y clase, mientras llegaba, por ejemplo, José Ramón Enríquez al salón a hablarnos de teatro y contagiarnos su pasión... qué prodigio tener a alguien como él como maestro. Víctor detonaba: "Había un no sé qué atorado en la ventana..." y usábamos ese pie de frase para iniciar un relato breve. Lo hicimos varias veces. Nos gustaba. A veces estábamos platicando cualquier cosa, supongamos, me contaba: "Ayer fui al cine y vi a una muchacha a la que me hubiera gustado llamar por su nombre"... a mí me brillaba la mirada y él se daba cuenta, interrumpíamos la conversación y cada quien se iba a su trinchera a escribir algo. Luego nos leíamos, nos reíamos, y continuaba la conversación, como si nada hubiera pasado.

A veces, simplemente, estábamos ahí sentados, viendo que lloviera: en los alrededores de la Universidad Modelo, en Cholul, había entonces mucho monte, no había edificio que detuviera la ventolera ni el agua en bajada, evocándome lluvias y diluvios sólo registrados en La Biblia o en Macondo. Recuerdo, a lo lejos, una veleta de esas que atraen el agua con sus giros, aunque esa veleta era nada más exhibición, porque los únicos aires que tenía era el de ser una flor con pétalos y tallo oxidados. En los días calurosos, esa veleta tenía un brillo diferente, el óxido se acentuaba con ese color nostálgico que tiene, me gustaba mirarla e imaginarla girando sobre su pedestal cuando tenía el privilegio acuático que ahora los años le han frenado.

Un día de esos Víctor sólo dijo: "No pueden tejer". No pueden tejer. ¡No pueden tejer!

Abrí la libreta, él abrió su cuadernito, escribió. Y escribí:

No pueden tejer. Las agujas tienen vida propia y toman rumbos equivocados al mandato de las manos. Imposible enhebrar. El ovillo azul se vuelve agua y no puede atraparse. El rojo se desangra en el sofá. Las agujas están tercas, dislocadas. Hoy no son esa armonía de siempre, no tienen ritmo, una transparente melodía las aloca hasta perder el control. Lo ya tejido emprende reversa y la bufanda se desbarata. Las manos observan atónitas, no pueden creerlo: sobre el regazo van estirándose los hilos que vuelven al ovillo.

—No se puede continuar así —dicen enojadas las manos.

De veras están muy molestas, ya la bufanda está desvanecida. Azul y rojo no se quieren. No pueden estar entretejidos.

Manos no lo entienden.

Agujas son cómplices y por eso la rebelión: saben que azul flirtea con verde y que amarillo pretende a rojo.

Bufanda tampoco está de acuerdo. Apenas tuvo ojos para darse cuenta de sus hilos, y boca para quejarse, le dijo a las agujas que no soportaría vivir cuadrículada entre azul y rojo.

Entonces ellas, comprensivas y apenadas, se enarbolaron en las manos como espadas que iban de aquí y allá con un aire de espigas de metal, mientras los ovillos giraban y giraban en un baile que los engordaba mareándolos con tanta vuelta.

Manos tamborilea los dedos en la rodilla y no comprende. Toma el par de agujas —están tan cansadas—, y también a rojo y azul que por debajo de los hilos se echan miradas de odio.

Todos vuelven a la canasta.

Chispas amenazantes surgen de rojo y amarillo. Es peligroso, pueden volverse fuego, se dicen al oído azul y verde, haciendo tregua para volverse mar en caso de incendio.

Agujas y alfileres duermen en perfecta simetría, pendientes y vigilantes, con el ojito bien abierto y el aguijón alerta.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Tres como Flans



Por Addy Góngora Basterra.

En mi familia los cinturones no eran para azotes: eran para cantar. Las hebillas la hacían de micrófonos y todo lo demás era el cableado… éramos niñas, éramos tres y éramos Flans… corre corre por el boulevard uuuuuu corre corre corre sin mirar atrás uuuuuu…

Mis hermanas y yo nacimos en los ochenta en una ciudad con mar y con pocos años de diferencia. Y de verdad: éramos flans, con copete y todo. Hay videos nuestros de ese entonces en Chelem —tuvimos una infancia feliz en esa playa— donde improvisamos coreografías desatinadas; era esa edad en la que el cuerpo de las niñas todavía no coordina bien los movimientos; para entonces Tere, mi hermana menor, aún no hablaba aunque ya daba brincos encaminados a la danza.

¿Cuál será mi primer recuerdo? ¿cómo encontrarlo en todo el collage de memorias? ¿a dónde se van todos esos recuerdos que tenemos en la infancia? ¿habrá una caja extraviada en algún lugar, un baulcito mágico que un día nos pueda ser entregado con todas esos momentos? Las fotografías son un mapa que a veces sirve de ayuda para señalarnos la historia de un pasado, sirven de recuerdos. ¿Qué recordaría si no tuviera imágenes de cuando era niña? ¿qué recuerda quien no tiene fotos? Y los relatos que nos hace la familia, ¿ayudan o confunden? ¿qué tanto nos “creamos” recuerdos y que tanto realmente “recordamos”?

En diciembre del dos mil ocho, Tere se embarcó en la tarea de rescatar algunos videos, filmaciones que mi padre hacía cuando éramos niñas, cuando éramos tres, cuando éramos Flans. Los pasó a DVD y verlos fue un desafío al tiempo, a los años, a la memoria. En uno de ellos estaba Mosín, mi abuela, en su hamaca, con su voz megáfono, con casi treinta años menos a la edad que tenía cuando murió en diciembre pasado; la voz la tenía igualita.

Hay un video del 86. Sé que es ese año —o después— porque Lichi, Tere y yo estamos en el camino de arena frente a nuestra casa de playa cantando y bailando Chiquitibum a la bim-bom-bao, a la bio, a la bao, a la bim-bom-bao, México, México, ¡rra, rra, rra!... Éramos niñas, éramos tres y siempre nos ha gustado bailar. Teníamos poca ropa y pocos años en ese video donde salimos bailando chiquitibum… ¿bailando? mas bien nos zangolotéabamos, queríamos mover los hombros pero movíamos todo, como esos títeres llevados por hilos cuya cruceta manda una danza desacompasada. Todo esto tratando de imitar lo que veíamos en la tele ante el furor provocado por el mundial de futbol… ¡México 86, México 86!, cantábamos todos, y ahí estaba la mujer chiquitibum con la playerita de cerveza Carta Blanca, cortada a media panza…

Vivimos unos ochenta felices. Veo fotos de mi padre en ese tiempo y es guapo, está en traje de baño caminando rumbo al mar, esbelto, fuerte, sanísimo, alegre como es desde mi primer recuerdo. Mi madre, mujer bonita de piel clara, ataviada con lentes de armazón enooooorme, ochenteros, el cabello corto como lo ha tenido desde que tengo uso de razón, tiene puestos unos shorts que le dejan libres las rodillas, está sentada en una silla grande de mimbre, el respaldo sobresale por detrás de ella, mueble grande como si fuera un trono (¿o era un trono?) y ella está ahí con las piernas cruzadas, juvenil, todavía sin haber sido madre, con su sonrisa y la mirada diáfana.

Entre los videos que rescató mi hermana hay uno en especial que desde que lo vi se ha convertido para mí en un amuleto familiar. A veces para bien y a veces para mal, cuando uno es niño no ve cosas que ocurren a su alrededor. Lo que vi en éste video prueba lo anterior porque ni mis hermanas ni yo, que aparecemos en el cuadro de la película, nos damos cuenta de lo que pasa. Mientras nosotras fantaseamos en la arquitectura de un país lejano, donde princesas, príncipes y torres de castillos emergen de los cubitos que usamos para moldear la arena, mi papá ha dejado en el tripie la cámara fija… se echa a correr hacia donde está mi madre, sentada en la arena y con traje de baño viéndonos jugar… llega hasta donde ella está y como en las películas —pero de veras, como en las películas— se le tira encima y la besa, se quedan acostados en la arena, con la distancia de la cámara se medio distinguen los besos y risas de ambos… no se oye nada, sólo el sonido del viento registrándose en la grabación, brisa con prisa por el larguísimo y aconchado corredor que era la orilla de ese mar. ¿Cuántos años tendrían entonces mis papás? ¿treinta y tres años? ¿treinta y cinco? ¡Qué juventud! ¡Y la nuestra qué inocencia!

Mientras ellos estaban en lo suyo, felices por su libertad y no creo equivocarme al decir enamorados, mis hermanas y yo estábamos en lo nuestro haciendo túneles de arena hasta llegar al agua —por ahí andaban los cocodrilos que rodeaban las murallas del castillo para protegerlo y al que sólo se podía acceder cuando una puerta se dejaba caer por cadenas, para dejar de ser puerta y convertirse en rampa—. Y ahora, veintitantos años después mis hermanas y yo vimos ese beso…

¿Cómo no haber amado esos ochenta si tuvimos una infancia feliz y llena de besos entre mis padres, besos para nosotros, una década, además, llena de música y canciones, llena de tardes en parques, columpios, balancines y jardines donde correr?

Éramos niñas, éramos tres y éramos Flans… Tíiiimido, ti-tiiiimido

La otra noche vi con esos ojos que da la nostalgia, una foto que tengo pegada en la puerta del clóset, enfrente de mi cama. En la fotografía estoy con mis hermanas sentada sobre un chacmol en Chichén Itzá. La imagen es una ternura. Las tres estamos con el pelito suelto y con el mismo corte, el mismo fleco; Lichi y yo tenemos puesta una blusa igual pero en distinto color —ella amarilla, yo morada— con el dibujito estampado de los pitufos. Tere tiene una blusita blanca de Topogigo. Antes de ver la foto estaba contenta, había concluido un trabajo y me sentía satisfecha. Pero al pasar frente al rectangulito de papel y ver ese instante que mi padre detuvo en el tiempo, sentí una tristeza alegre, una alegría triste, vi a mis hermanas que entonces eran hermanitas, estamos abrazadas, Lichi al medio, nos abraza a las dos por la espalda, su bracito izquierdo sobre el hombro de Tere, su bracito derecho sobre el mío… frágiles, tres, chiquitas, riéndonos, con nuestros padres mirándonos, estamos ahí en ese fragmentito de infancia y fue como si un volquete me echara encima su pesado cargamento, sentí el peso de la geografía y la distancia: extraño a mis papás y a mis hermanas… ¿quién me ofrece una solución, cantaba Flans y cantábamos nosotras cuando éramos niñas, cuando éramos tres… para arreglar mi situación?... y ahora canto yo para alegrarme el corazón, apretando en el puño un cinturón imaginado.


@letranias

martes, 18 de agosto de 2009

Paulo Leminski


Río de Janeiro de noche. © Fotografía de Jim Zuckerman


Paulo Leminski (1944-1989). 
Poeta brasileño.

  a noite - enorme
tudo dorme
menos teu nome


*

la noche - enorme
todo duerme
menos tu nombre



Paulo Leminski nació y murió en Curitiba.
Amaba la música. Compuso canciones que han cantado Caetano Veloso y Ney Matogrosso, entre otros. Fue también un apasionado por la literatura y cultura japonesa, gran admirador de Matsuô Bashô, de ahí que muchos de sus poemas tengan la arquitectura del haikú.

Descubriendo el País de Nunca Jamás


Fotografía de Clive Coote © Miramax Films. Bureau L.A.


Volví a ver Finding Neverland, la película que cuenta el origen de Peter Pan.

Qué belleza... dan ganas de tenerla siempre a mano como un libro. La vi en el cine cuando se estrenó, en el 2004. La disfruté tanto... lo que reúne en los minutos que tiene por duración es dulce deleite: unos niños divinos con una actuación memorable, la historia que detona en James Barry (Johnny Depp) el relato de Peter Pan y, por lo tanto, el proceso creativo del escritor. Dicen que los niños son los que tienen la imaginación fácil, simple, plena... pero aquí lo maravilloso es que el de la imaginación es Barry, el adulto Barry, que sumergido en éste ambiente infantil se deja llevar por los sueños: los niños que brincan en la cama (... y de pronto salen volando por la ventana)... la abuela que al reprender a los nietos de pronto lo hace con un gancho en la mano (¡Acabaré contiiiiigo Peter Paaan!)... o el comentario de Sylvia Davies --la madre de los niños, papel que interpreta Kate Winslet-- cuando le cuenta a Barry que si el padre de los niños viviera no les permitiría tener al perro adentro de la casa, que viviría atado al jardín (¡Nana!)... lo fascinante es que uno, como espectador, va entendiendo cómo ciertos momentos, comentarios y visiones que presencia Barry terminan convertidos en la historia fascinante de Peter Pan.

La película tuvo siete nominaciones al Oscar: Mejor película, Mejor guión adaptado, Mejor actor, Mejor soundtrack, Mejor diseño de vestuario, Mejor dirección de arte y Mejor vestuario. Sólo ganó uno: Mejor soundtrack. Actúa en ella Freddie Highmore, el niño que años después sería el protagonista de August Rush, otra película que 
destapa los sentidos, en esta ocasión a través de la música... creo que también estuvo nominada al Oscar por, precisamente, el soundtrack.

Ahora que recuerdo, Freddy Highmore y Johnny Deep tras la peli de Peter Pan volvieron a compartir créditos en Willy Wonka y la Fábrica de Chocolate... de esta peli me quedo con la primera versión... aún cuando, no sé si austedes, me provocaban ansiedad y angustia las barbaridades que le pasaban a los dizque "ganadores" del tour por la fábrica de chocolate. Es de miedo esa peli, ¿no?

Pero vuelvo a Finding Neverland. Viéndola recordé uno de los comerciales que más me han gustado: el de American Express donde en un minuto Kate Winslet recorre los últimos años de su vida y sus personajes en películas:


Sencillo, creativo y diferente.

=)

PD. Finding neverland está en youtube, con buena resolución, la primera parte pueden verla dando click aquí luego le dan click a la parte 2 y así sucesivamente.

lunes, 17 de agosto de 2009

Epitafio para un poeta



Quiso cantar, cantar
para olvidar
su vida verdadera de mentiras
y recordar
su mentirosa vida de verdades.

1944
Octavio Paz



domingo, 16 de agosto de 2009

Rubén Blades

Mucho aprieta


Rubén Blades
© Fotografía de Eric Robert
Fernando Figueroa
El Universal
Domingo 16 de agosto de 2009
showbis@eluniversal.com.mx

Inabarcable, a los 61 años Rubén Blades aún pertenece a las grandes ligas de la salsa, género musical en el que alcanzó la cumbre con Willie Colón, al igual que con Fania All Stars y con su grupo Seis del Solar. Con este último se presentará el 10 de septiembre en el Auditorio Nacional y un día después en Guadalajara, como parte del tour Todos vuelven. Además trae el disco Cantares del subdesarrollo, que grabó en el garaje de su casa tocando él mismo varios instrumentos.

El 30 de junio pasado, Blades finalizó su labor como ministro de Turismo de Panamá, luego de cinco años en ese puesto. En 1994 había sido candidato a la presidencia por el Movimiento Papa Egoró (Madre Tierra), que él mismo había fundado, y obtuvo 17.1 % de los votos. También ha participado como actor en el cine y la televisión de Estados Unidos, aunque generalmente “haciendo papeles en los que me terminan matando”.

Estudió Derecho en su país y una maestría en Harvard, pero durante su infancia y adolescencia se nutrió de la cultura popular mexicana.

—Supongo que vio mucho cine mexicano en su juventud, ¿no es así?

—Vi todo lo de Sara García, Andrés Soler, Pedro Armendáriz, María Félix, Pedro Infante. Los cómicos: Cantinflas, Tin Tan, Clavillazo. En la televisión: Los Polivoces, Raúl Astor, Viruta y Capulina. Oíamos mucho a Enrique Guzmán y César Costa: “Me fui de viaje para ver si así…” (canta entre risas).


—¿Le gustaría haber compuesto alguna canción de Manzanero?

—¡Todas! La primera que escuché fue “Esta tarde vi llover” y me pareció fantástica. Antes que él, en Panamá eran una institución personajes como Agustín Lara y Pedro Vargas. Me nutrí de eso pero tenía que hacer algo propio, así que elegí la salsa urbana con mensaje social.


—¿Qué personaje histórico le atrae?

—Zapata es la encarnación del ideal total: el campesino que surge de la masa, que destaca en la lucha contra la opresión y regresa a su tierra a morir en circunstancias especiales. Juárez también es muy atractivo, lo mismo que Cárdenas con su argumento nacionalista.


—¿Fue difícil encarnar a Diego Rivera en la película Cradle Will Rock?

—Leí varios libros que tenían que ver con él porque no quería hacer una bufonada. Siempre es difícil interpretar a un personaje de ese tamaño.


—¿Por qué llega usted a la cartera de Turismo de Panamá y no a otra?

—Así lo decidió el presidente Martín Torrijos. Primero pensé en manejar el asunto de las prisiones. En toda Latinoamérica las cárceles son algo lamentable; no puedes rehabilitar lo que nunca fue habilitado. Trabajé con presos desde el tercer año de mi carrera de Derecho en Panamá y hasta la tesis.


—¿Con usted no aplica “El que mucho abarca, poco aprieta”?

—No, cuando aprieto, aprieto bien.


—¿Era carnada para los “paparazzi”?

—No era nada atractivo, porque saliendo de la oficina me iba a mi casa. No frecuento los bares.


—¿El poder es afrodisíaco?

—Para mí no fue afrodisíaco, sino una responsabilidad abrumadora.


—¿Va a escribir su autobiografía?

—Creo que sí la voy a hacer, sólo necesito tiempo. Espero vivir muchos años, pero es claro que, a los 61 años, tengo más pasado que futuro.


—¿Hace cuánto que no se sube a un Diablo Rojo (microbús panameño con chofer que maneja como demonio)?

—Ja, ja, ja. Hace como un año.


—¿Cuánto cuesta?

—Ahora mismo: 25 centavos.


—¿Trocaría un Grammy por un Oscar?

—No creo, porque entonces no hubiera experimentado el placer de hacer los discos. El álbum de más éxito de Willie Colón y mío fue Siembra y no ganó Grammy.


—¿Se cambiaría por Mariano Rivera (pitcher de los Yanquis)?

—Ja. No me cambiaría por nadie.


—¿El béisbol es su deporte favorito?

—Sí, pero practiqué el basquetbol.


—Platíqueme de la canción “Segunda mitad del noveno”, de su nuevo disco.

—Es una alegoría del juego de pelota cuando la situación se pone difícil. Estamos en la segunda mitad del noveno y nadie sabe qué hacer. También es una alerta para no idealizar los supuestos tiempos dorados. Los años 50 no eran tan bellos para todo mundo, sobre todo si eras indígena, negro, mujer o minoría.


—¿Nadie le ofreció dinero sucio como ministro de Turismo?

—Jamás. Y a la gente que trabajaba conmigo les decía que si alguien les ofrecía una coima me lo reportaran. Solía decirle a los empresarios: “Agradecemos su interés en nuestro país, pero la felicidad suya como inversionista no se va a obtener con la infelicidad de la gente de mi país”.