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sábado, 15 de agosto de 2009

Publicidad Creativa

¡Está de diez el cartel para el Festival de Tango que empieza hoy! La publicidad está en los andenes del subte. Qué buen ojo, creatividad y talento del diseñador que vio en la unión que hay, entre vagón y vagón del tren, los pliegues de un bandoneón en reposo.








¡Excelente!
¡Hasta gusto da ver publicidad así!
Ahora habrá que ir a disfrutar el festival...

Océano mar


Ayer compré un libro. Me pasa a veces como a los niños que no han todavía pagado un chocolate y ya se lo están comiendo. Salí de la librería feliz con los primeros párrafos ya saboreaditos y al subirme al subte, cuyos asientos como es lógico un viernes por la tarde-noche en la estación 9 de julio, ya estaban todos ocupados. Me quedé recargada en la pared del vagón, junto a la puerta, y seguí leyendo.

Suelen preguntarme amigos extranjeros que también viven aquí o gente que está en México, por qué me gusta Buenos Aires. A veces no sé qué responder, generalmente respondo "porque es una ciudad caminable". Pero ayer me di cuenta que también me gusta por otra cosa: porque la gente lee.

Ayer, en el trayecto que hice en el subte, cerca de mí estaban varias personas con libros abiertos. Me daba risa porque se las ingeniaban, igual que yo, para acomodarse de tal manera que pudieran seguir leyendo entre el apachurramiento que se provoca en algunas estaciones. Una mujer pelirroja llevaba bajo el brazo los "Cuentos reunidos" de Clarice Lispector, la edición de Alfaguara que está bastante nutridita. Otro señor estaba leyendo a Mario Bellatín... junto a mí había un niño leyendo a Harry Potter y un señor con "Ángeles y demonios"; el niño y el señor eran familia, americanos, ambos leían y se hablaban entre ellos en inglés. Me gustó ver la conjunción de geografías y fantasías que habían ido a dar al mismo vagón... Clarice... Bellatín... J.K. Rowling y Brown... pues confieso: me encanta andar metiendo los ojos en los libros ajenos y ver qué es lo que los demás están leyendo.

El de Ángeles y demonios, Harry Potter y yo íbamos tan metidos en la lectura, que si no hubiera sido por el niño nos seguíamos de largo los tres, pues el Potter le dijo al Brown: ¡Olleros!.

¡Olleros!

También era mi estación, así que nos bajamos los tres; Bellatín y Lispector siguieron de largo.

Hoy identifico que esa es una razón más por la que me gusta Buenos Aires: la gente se acompaña de lectura.

Pero como decía: ayer compré un libro. Me dejé seducir por el título y su autor, Océano mar de Alessandro Baricco. Extraño el mar y todo lo que tenga que ver con él me hace bien, así que caí en la dulce tentación de sus páginas y ahora lo tengo junto a mí. Éste párrafo que transcribiré lo leí ayer, de pie en el subte y recostada en la pared del vagón, entre estación y estación, entre el barullo, la gente que sube y te empuja, entre "Ángeles y demonios" y Harry Potter... olvidándome por momentos de donde estaba y feliz por haberme dejado elegir por páginas como esta que me hacen mejor la vida. Para contextualizar el párrafo, imagínense a un hombre que está en una playa tranquila, con un caballete anclado en la arena:


Sigue mirando fijamente el mar: Silencio. De vez en cuando moja el pincel en una taza de cobre y esboza sobre la tela unos cuantos trazos ligeros. Las cerdas del pincel dejan tras de sí la sombra de una palidísima oscuridad que el viento seca inmediatamente haciendo aflorar el blanco anterior. Agua. En la taza de cobre no hay más que agua. Y en la tela, nada. Nada que se pueda ver.

Sopla como siempre el viento del norte y la mujer se ciñe su chal violeta.

—Plasson, hace días y días que trabajáis aquí abajo. ¿Para que os traéis todos esos colores si no tenéis valor para usarlos?

Eso parece despertarlo. Eso le ha afectado. Se vuelve para observar el rostro de la mujer. Y cuando habla no es para responder.

—Os lo ruego, no os mováis —dice.

Después acerca el pincel al rostro de la mujer, vacila un instante, lo apoya sobre sus labios y lentamente hace que se deslice de un extremo al otro de la boca. Las cerdas se tiñen de rojo carmín. Él las mira, las sumerge levemente en el agua y levanta de nuevo la mirada hacia el mar. Sobre los labios de la mujer queda la sombra de un sabor que la obliga a pensar "agua de mar, este hombre pinta el mar con el mar"...


Alesandro Baricco (1958) es italiano.
Tres años después a ésta novela publicó "Seda", novela que fue un éxito editorial y que ha tenido lectores por todo el mundo pues ha sido traducida a muchos idiomas.

A propósito de la seda, hay otra parte de la novela que leí en el subte y que también quiero compartir. Es un fragmento del segundo capítulo:


Tampoco hay que olvidar la historia de Edel Trut, que en todo el País no tenía rival en tejer la seda y por ello fue llamado por el barón...

(...)

—¿Qué ves, Edel?

En la habitación de la hija, el barón está de pie frente a la pared larga, sin ventanas, y habla despacio, con una dulzura antigua.

—¿Qué ves?

Tejido de Borgoña, de buena calidad, y paisajes como hay muchos, un trabajo bien hecho.

—No son unos paisajes corrientes, Edel. O por lo menos, no lo son para mi hija.

Su hija.

Es una especie de misterio, pero hay que intentar entenderlo, sirviéndose de la fantasía, y olvidar lo que se sabe, de modo que la imaginación pueda vagabundear en libertad, corriendo lejos por el interior de las cosas hasta ver que el alma no es siempre diamante sino a veces velo de seda —esto puedo entenderlo —imagínate un velo de seda transparente, cualquier cosa podría rasgarlo, incluso una mirada, y piensa en la mano que lo coge —una mano de mujer —sí —se mueve lentamente y lo aprieta entre los dedos, pero apretarlo es ya demasiado, lo levanta como si no fuera una mano, sino un golpe de viento, y lo encierra entre los dedos como si no fuera dedos sino... —como si no fueran dedos sino pensamientos. Así es. Esta habitación es esa mano, y mi hija es un velo de seda.

Sí, lo comprendo.

—No quiero cascadas, Edel, sino la paz de un lago; no quiero encinas sino abedules, y esas montañas del fondo deben convertirse en colinas, y el día, en atardecer; el viento, en brisa; las ciudades, en pueblos; los castillos, en jardines. Y si no queda más remedio que haya halcones, que al menos vuelen, y muy lejos.
Sí, lo comprendo. Sólo una cosa: ¿y los hombres?

El barón permanece callado. Observa a todos los personajes del enorme tapiz, uno a uno, como si estuviera escuchando su opinión. Pasa de una pared a otra, pero ninguno habla. Era de esperar.

—Edel, ¿hay algún modo de conseguir hombres que no hagan daño?

jueves, 13 de agosto de 2009

El asombro, Saturno y sus anillos


El periódico cuenta cosas increíbles y resalto esta palabra porque la digo con todo la significación que tiene. Increíbles. Una vez más se comprueba que la realidad le gana a los inventos literarios, en la cotidianeidad ocurren cosas que se antojan de ficción… o que muchas veces quisiéramos que ocurrieran en una dimensión alterna, en una película o en una novela, pero no en nuestras vidas, no en personas conocidas por nosotros, no en nuestro entorno.

Muchas veces tengo miedo de entrar a portales virtuales de periódicos por temor a las calamidades que siempre encuentro en ellos. Me asusta el contenido de los periódicos y más aún por las fotografías, hay imágenes periodísticas que son verdaderamente fuertes y que de tan sólo mirar me hacen sentir una descarga de electroshocks, me dejan mal en la silla, me han quitado el sueño o, por lo contrario, me hacen tener pesadillas.

Sin embargo no quiero dejar de saber qué es lo que pasa en México, qué es lo que pasa en Mérida, qué es lo que pasa en el mundo. Cada mañana hago un recorrido por la prensa, el primer periódico que visito es uno de Yucatán, mi nostalgia meridana reclama saber qué es lo que pasa donde está la gente que quiero y su periódico es mi pista de despegue. Así empiezo la peregrinación por los periódicos en la que, a decir verdad, si bien algunas veces termino adolorida, también aprendo mucho. Sabemos bien que los periódicos están llenos de mentiras, hechos feos y contrariedades, pero también tienen cosas buenas y están llenos de sorpresas.

Desde hace unas semanas decidí crearme accesos directos a las páginas de Cultura que tienen los periódicos que me gusta leer. Estos enlaces directos son con el mismo propósito de las “ojeras” (¿o cómo se llamarán esas cositas que le ponen a los caballos que andan, por ejemplo, en Paseo de Montejo, para que puedan andar por la avenida viendo de frente únicamente y no asustarse de lo que pasa al lado de ellos?) Bueno, pues así con mis enlaces, siento que puedo transitar tranquilamente sin caer en pánico, según yo “me protejo”, me mantengo a salvo de sustos y dolores que me dan cuando emprendo la ronda por periódicos virtuales.

¿A ustedes no les duele el alma cuando leen cosas malas que ocurren en el mundo?

Siiiiiiin embargo, irremediablemente ese remolino de calamidades me termina absorbiendo. De forma inevitable se me atraviesa un título temible… ni siquiera tengo que leer la nota —a veces los títulos son peores que la nota— o al menos para mí que me lo imagino todo y, repito, es como si me dieran electroshocks.

Hay notas que me dejan triste y con la sensación que nos queda cuando por descuido atravesamos una telaraña que no sabemos como quitarnos del cuerpo y de la cara, damos manotazos sin ton ni son ante esa sensación de tener algo en la piel, algo que no podemos ver… aún cuando ya nos hemos quitado de encima el misterioso telar. Así me pasa con algunas noticias, no sé cómo quitármelas de encima, quisiera olvidarlas pero no puedo.

Pero no todo es tragedia en un periódico. También está la contraparte, hay notas que me llenan de aprendizaje y alegría. Siempre le agradeceré a la prensa el poner a prueba diariamente mi capacidad de asombro. ¿A ustedes no les pasa? Asombro. A veces me río porque me veo a mí misma haciendo exclamaciones de sorpresa. Esa capacidad de asombro no es solamente por cosas que no puedo creer, sino muchas veces por cosas que no sabía y que de pronto me transforman la vida, notas a veces muy breves que me develan detalles, hechos, personajes, momentos o realidades que para mí era inimaginables, cosas que no sabía que podían existir, acontecimientos que me dejan con la boca abierta o que me hacen querer levantar el teléfono para compartir esa chispa… ¿cuántas veces una nota de periódico no ha sido detonador de fantasías, de historias, de películas?

Esta mañana me ha dejado fascinada leer sobre Saturno y sus anillos. ¿Quién me iba a decir que hoy, con la nariz metida en la taza de café y mirando por encima de su borde el periódico en la compu, todavía en pijama, iba a enterarme que los anillos de Saturno se vuelven invisibles cada quince años por un fenómeno producido por el sol? No sé para ustedes, pero para mí es una aventura cotidiana leer el periódico, un placercito personal y esto es porque me gusta la vida, me sorprende y también estoy media loca porque quizá a nadie más le importen los anillos de Saturno, pero a mi me fascina saber de él, más aún porque últimamente he estado pensando en anillos: los anillos de compromiso que han recibido mis amigas y lo que ese circulito en la mano izquierda implica; he estado pensando también en una tarde de marzo cuando María, mi amiga francesa, le dio vuelta a mi mano y se puso a leerla sin que yo se lo pidiera (yo no sabía que sabía de las líneas y del destino trazado en ellas) y recuerdo su sentencia con acento de española: “Pero si tienes el Anillo de Salomón”… y recordé eso porque en estos días he estado pensando en, según la leyenda, el verdadero Anillo de Salomón y en su sabia inscripción Esto también pasará, frase válida tanto en infortunios como en alegrías... Esto también pasará, frase que he hecho mía, que me repito y me hace bien. Esto también pasará.

Todo este asunto es porque al caer a un sitio de Cultura me llamó la atención el título de una nota: “Desaparecen” anillos de Saturno. Ya sabemos: la curiosidad mató al gato y ái me fui a ver qué le había pasado a los anillos… ¿a dónde se fueron?, me gustó pensar, ¿habrá también ladrones, piratas galácticos saltando de planeta en planeta buscando tesoros y arrasando con ellos? Así que empecé a leer la nota para saber un poco del planeta y su misterio lejano, y, ahora entiendo, no fue cuestión de piratas ni ladrones: fue el sol. Que no desaparecieron; que lo que pasó fue que por un efecto del sol dejaron de verse. Ahhhh, cambia la cosa... “fenómeno que ocurre cada quince años”, dice la nota. Los anillos, cuyo espesor es de diez metros, dicen los que saben, al recibir directamente la luz del sol por una perfecta alineación hace que dejemos de verlos.


Dicho de otro modo: ilusión óptica: el David Copperfield de los anillos de Saturno es el sol.

(Aplausos)

Lección del día: Ojo con el ancho de tus bordes y del alineamiento que tengas con el sol, mejor es vivir iluminado y no invisible. Búscate el ángulo correcto.

Paréntesis: A propósito del sol y los efectos que provoca, todos los días en un rincón de mi departamento —cuando no está nublado— la ventana me regala un showcito multicolor que me llena de alegría: los vitrales de una lámpara hacen un carnaval en la pared que se desplaza según el movimiento del sol. Para lograr el jueguito de luces cambié de lugar la lámpara, es decir, tuve que alinearla con el sol y así me creé algo similar a una mini aurora boreal que me hace alegre. De otro modo, no existiría. Fin de paréntesis.

Volviendo al tema del periódico y a Saturno, lo fascinante fue aprender de que están integrados esos aros que la ciencia ha llamado “anillos”. Están conformados por barro, rocas, hielo y lunas pequeñitas… ¡ustedes se imaginan! ¡un telescopio por favooooooor! Saturno un arrecife y en torno a él peces lunares, peces de barro, peces de roca, peces de hielo… aros que además cada quince años se vuelven invisibles, capa mágica el sol cuando su luz le da directo… ahh… qué masajito para la imaginación y para el deleite ha sido esta nota…

¿Estoy loca?



Han pasado unos minutos… leí el principio de éste texto… ¿saben de qué me di cuenta? quería contar otra cosa, una nota que leí en La Jornada y que me llenó de asombro, pero por lo visto los anillos ejercieron su fascinación, todas esas lunitas ejercieron su atracción como a las mareas y vine a dar a Saturno cuando en realidad quería expresar por qué pienso que la realidad supera a la ficción, todo esto por lo siguiente, vean no´mas:



“Conductor de TV mandaba asesinar para subir rating de su programa”Presunto líder de una banda criminal divulgaba los homicidios para Canal libre, de Amazonas, cuyos reporteros llegaban antes que la policía al lugar de los hechos…


... pero mejor vayan a ustedes a leer la nota, aquí les dejo el link dando click aquí:



¡y acuérdense de andar bien alineados con el sol!


*

miércoles, 12 de agosto de 2009

Juana de Ibarbourou

La mancha de humedad




Hace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes. Era éste un lujo reservado apenas para alguna casa importante, como el despacho del Jefe de Policía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el empapelado, pero si la humedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo. Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a Desdichado de Brabante y montañas echando humo de las pipas de cristal que fuman sus gigantes o sus enanos. Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas las mañanas generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas brillantes, tomándole las manos:

—Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuantos árboles en sus orillas! Tal vez sea el Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos.

Ella me miraba espantada:

—¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mío, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.

Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora:

—No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.

Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos.

Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de biscochos y lápices despuntados.
De pie en el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que para mí tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del trópico. Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una O de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin lleno de asombro:

—¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?

Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados:

—¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y de animales. ¡Te odio, te odio; los odios a todos!

El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas. Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como sólo he llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente. Porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece... ¡Ay, yo lo sé bien!

Juana de Ibarbourou (1892-1979) es uruguaya. 
El relato anterior pertenece al libro “Chico Carlo”, escrito en 1949.

lunes, 10 de agosto de 2009

Releyendo a Clarice Lispector

La fiesta del termómetro roto

© Fotografía de Kulka

Clarice Lispector. Escritora brasileña.
Tomado del libro "Revelación de un mundo".

30 de septiembre de 1971

Siempre fue y será una fiesta para mí cuando se rompe en casa un termómetro y se libera la gota gorda y contenida de mercurio plateado, allí en el piso, dando una pequeña carrera y luego inmovilizándose, inmune. Intento tomarla con cuidado, auxiliada con el ángulo de una hoja de papel que pasa deslizándose por debajo de ella. O de él, el mercurio. Que no se puede atrapar: en el momento en que pienso que lo tengo se astilla mudo entre mis dedos como mudos fuegos de artificio, como lo que dicen que nos sucede después de la muerte —el espíritu vivo se dispersa en energía suelta, por el aire, por el cosmos. Qué imposibilidad de capturar la gota sensible. Ella simplemente no lo permite y resguarda su integridad, incluso cuando se reparte en innumerables pelotitas dispersas: pero cada pelotita es un ser aparte, íntegro, separado. Basta sin embargo que yo alcance ligeramente a una y ésta es atraída velozmente por la que está cercana y forma un conjunto más lleno, más redondo. Sueño tanto hoy que rompí un termómetro como cuando niña, sueño millares de termómetros rotos y en mucho mercurio denso y lunar y frío y desparramándose. Y yo jugando, toda seria y concentrada en alto grado, jugando con la materia viva de una enorme cantidad del metal de plata. Me imagino sumergiéndome como en un baño en este vasto mercurio que imagina salido de los termómetros: al sumergirme millares de pelotas se soltarían, cada una por sí, gruesas, impasibles. El mercurio es una sustancia exenta. ¿Exenta de qué? Nada explico, me rehuso a explicar, me rehuso a ser discursiva: está exento y basta. Parece poseer un frío cerebro que comanda sus reacciones. Me siento en relación a él como si yo lo amara y él nada sintiera por mí, ni siquiera una obediencia de objeto. El mercurio es un objeto que tiene vida propia. Lidiar con él es una experiencia no sustituible por otra. Él no cede ante nadie. Y nadie consigue atraparlo. El espíritu, a través del cuerpo como medio, no se deja contaminar por la vida, y ese pequeño y resplandeciente núcleo es el último reducto del ser humano. Las fieras también poseen ese núcleo irradiante, tanto que ellas se conservan íntegras, indomesticables y vitales.

Noto que pasé del mercurio al misterio de las fieras. Es que el mercurio —que constituye la materia de la luna— hace meditar, me lleva, de una verdad a otra, hasta el núcleo de pureza e integridad que está en cada uno de nosotros.

¿Quién? ¿Quién no jugó con el termómetro roto?


domingo, 9 de agosto de 2009

Te duermes


© Brent T. Madison


Gioconda Belli (1948). 

Poeta nicaragüense.

Te duermes a mi lado.
Caes silenciosamente en ese mundo
donde yo puedo ser alguna remota conocida,
una compañera de banca de parque o la amante
que acabas de dejar para evadirte a esa región donde, mutuamente,
nos privamos de la palabra.

Me conmueve verte dormido, hundido en las sábanas
con el abandono del sueño, enigmáticamente
encerrado en tu cuerpo.

También yo me dormiré y entonces quizás te despiertes
y pienses esto que yo estoy pensando, tal vez
me imaginarás enredada en algún árbol enmarañado
de los que sabes que me encantan y me quieras alcanzar tocándome,
sacándome del mutismo de estación
de radio apagada, volviéndome a traer hacia tu lado,
hacia el amor que nos dio el sueño.