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martes, 26 de mayo de 2009

Vicente Huidobro


Finlandia (1987) del pintor italiano Valerio Adami.

Te amo mujer de mi gran viaje
como el mar ama al agua
que lo hace existir
y le da derecho a llamarse mar
y a reflejar el cielo y la luna y las estrellas.


Vicente Huidobro (1893-1948). Poeta chileno.


Y esto anterior, con música... ¿cómo sonaría?
En una entrevista al compositor chileno Fernando García, cuenta que la obra Retrospecciones -de la cual forma parte éste poema musicalizado- "tiene relación con experiencias personales, específicamente con mi exilio. Podría incluso sostener que la obra es autobiográfica, ya que al leer los textos siempre me evocaban recuerdos de cuando estuve desterrado".

El poema anterior se lo dedica a su mujer y así se escucha, para los que sepan de este otro laberíntico lenguaje:



* Referencia de la entrevista:
SILVA V, Carlos. Conversación con Fernando García. Revista Musical Chilena [online]. 2003, vol. 57, no. 200 [citado 2009-05-26], pp. 41-47. Disponible en: < script="sci_arttext&pid=" lng="es&nrm=">. ISSN 0716-2790

viernes, 22 de mayo de 2009

El prodigioso miligramo


Ilustración de Venki Talath

Del libro Confabulario de Juan José Arreola.

Una hormiga censurada por la sutileza de sus cargas y por sus frecuentes distracciones, encontró una mañana, al desviarse nuevamente del camino, un prodigioso miligramo.

Sin detenerse a meditar en las consecuencias del hallazgo, cogió el miligramo y se lo puso en la espalda. Comprobó con alegría una carga justa para ella. El peso ideal de aquel objeto daba a su cuerpo extraña energía: como el peso de las alas en el cuerpo de los pájaros.

lunes, 18 de mayo de 2009

Amor de tarde

Mario Benedetti:
De Mario Benedetti. 
Poeta uruguayo.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha como ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme "¿Qué tal?" y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios
tú con el tizne azul de mi carbónico.

domingo, 17 de mayo de 2009

Mario Benedetti


Mario Benedetti en un café de Montevideo
Fotografía de Eduardo Longoni

Qué jugadas da la vida.

Pensaba que desde el viernes 8 no había subido nada a Letranías.

Hace un rato releí un libro en el que siempre descubro cosas nuevas (como suele pasar) y estuve metida en éste autor que ha sido etiquetado por algunos como comercial y cursi. A mi me gusta y me basta el gusto para admirar su escritura, conmoverme y sentirme ––muchas veces–– identificada.

Ahora que venía a compartir algo suyo, me di una vuelta por google para buscar una fotografía y así tener, además de sus letras, su sonrisa. Y cual sería mi sorpresa que tras escribir Mario Benedetti en el buscador me tropiezo con la noticia de que ha muerto…

Algunos sabíamos que andaba enfermo y en parte por eso quería darle un lugar en Letranías, a modo de expresar mi solidaridad con él por la débil salud con la que empezó mayo.

No sé a qué hora murió, he leído algunas notas pero en ninguna se dice la hora; se me pone la piel de gallina nada más de pensar que mientras él dejaba de respirar, yo tropezaba con sus páginas quedándome un buen rato entre sus versos… que juegos del destino… leer esa letra de imprenta que en algún momento fue caligrafía, puño y letra… mientras él iba dejando de existir… destiempos de la creación… pedacitos de eternidad como el poema Asunción de ti, uno de mis favoritos, que ahora con más razón quiero compartir:


1

Quién hubiera creído que se hallaba
sola en el aire, oculta,
tu mirada.
Quién hubiera creído esa terrible
ocasión de nacer puesta al alcance
de mi suerte y mis ojos,
y que tú y yo iríamos, despojados
de todo bien, de todo mal, de todo,
a aherrojarnos en el mismo silencio,
a inclinarnos sobre la misma fuente
para vernos y vernos
mutuamente espiados en el fondo,
temblando desde el agua,
descubriendo, pretendiendo alcanzar
quién eras tú detrás de esa cortina,
quién era yo detrás de mí.
Y todavía no hemos visto nada.
Espero que alguien venga, inexorable,
siempre temo y espero,
y acabe por nombrarnos en un signo,
por situarnos en alguna estación
por dejarnos allí, como dos gritos
de asombro.
Pero nunca será. Tú no eres ésa,
yo no soy ése, ésos, los que fuimos
antes de ser nosotros.
Eras, sí, pero ahora
suenas un poco a mí.
Era, sí, pero ahora
vengo un poco a ti.
No demasiado, solamente un toque,
acaso un leve rasgo familiar,
pero que fuerce a todos a abarcarnos
a ti y a mí cuando nos piensen solos.


2
Hemos llegado al crepúsculo neutro
donde el día y la noche se funden y se igualan.
Nadie podrá olvidar este descanso.
Pasa sobre mis párpados el cielo fácil
a dejarme los ojos vacíos de ciudad.
No pienses ahora en el tiempo de agujas,
en el tiempo de pobres desesperaciones.
Ahora sólo existe el anhelo desnudo,
el sol que se desprende de sus nubes de llanto,
tu rostro que se interna noche adentro
hasta sólo ser voz y rumor de sonrisa.


3
Puedes querer el alba
cuando ames.
Puedes
venir a reclamarte como eras.
He conservado intacto tu paisaje.
Lo dejaré en tus manos
cuando éstas lleguen, como siempre,
anunciándote.
Puedes
venir a reclamarte como eras.
Aunque ya no seas tú.
Aunque mi voz te espere
sola en su azar
quemando
y tu dueño sea eso y mucho más.
Puedes amar el alba
cuando quieras.
Mi soledad ha aprendido a ostentarte.
Esta noche, otra noche
tú estarás
y volverá a gemir el tiempo giratorio
y los labios dirán
esta paz ahora esta paz ahora.
Ahora puedes venir a reclamarte,
penetrar en tus sábanas de alegre angustia,
reconocer tu tibio corazón sin excusas,
los cuadros persuadidos,
saberte aquí.
Habrá para vivir cualquier huida
y el momento de la espuma y el sol
que aquí permanecieron.
Habrá para aprender otra piedad
y el momento del sueño y el amor
que aquí permanecieron.
Esta noche, otra noche
tú estarás,
tibia estarás al alcance de mis ojos,
lejos ya de la ausencia que no nos pertenece.
He conservado intacto tu paisaje
pero no sé hasta dónde está intacto sin ti,
sin que tú le prometas horizontes de niebla,
sin que tú le reclames su ventana de arena.
Puedes querer el alba cuando ames.
Debes venir a reclamarte como eras.
Aunque ya no seas tú,
aunque contigo traigas
dolor y otros milagros.
Aunque seas otro rostro
de tu cielo hacia mí.



1920 - 2009
Uruguay


viernes, 8 de mayo de 2009

La efímera libertad de la danza

Acabo de leer esto y me es irresistible compatirlo. Más aún porque ayer fui a La Viruta, una milonga porteña donde quien no baila hace suyo el gozo mirando a quienes sí lo hacen. Hay danzas, como el tango o la milonga, en las que a veces la música permite escuchar algo que está por debajo de la música misma: los pasos que bailando se arrastran. Quienes tengan oportunidad de acudir a una milonga o algún lugar donde se baile, presten atención a ese otro sonido que está por debajo de la gente, por debajo del sonido que domina... y me cuentan lo que escuchen, a ver si coincidimos...





© James Sparshatt


El amor literaturiza al cuerpo y la danza tiende a liberarlo. Todo ser humano intenta "recordar" con su cuerpo a todos los demás cuerpos con los cuales ha entrado en contacto a través del acto amoroso. Amar es recordar, no poder prescindir de la memoria de... Pero el amor, hasta el amor, es un fenómeno que termina. Uno deja de amar cuando ha olvidado definitivamente. En este sentido el cuerpo tiene una gran memoria... relativa. En nosotros se hallan presentes el cuerpo de la madre, los primeros regodeos sexuales, los cuerpos y las acciones de los seres amados. Pero en nosotros --a diferencia de los animales-- el registro de la figura amada termina por ser una imagen, una descripción literaria. Un recuerdo de palabras. Una especie de "olvido por distinta vía". La danza, gracias a su naturaleza, nos muestra y nos enseña lo efímero, la función y la belleza de lo instantáneo. Es la antítesis de la literatura. Si amáramos como danzamos, seríamos seres más libres. La verdadera danza jamás desea convertirse en registro. Al gran bailarín, a la gran bailarina no le importa "trascender" en la misma forma que interesa al escritor quien, aun sin pensarlo, mantiene consignados sus deseos y sentimientos durante el acto creativo. La danza ocurre en un momento y en seguida se extingue. El film, la videocassette, el texto descriptivo, la foto de danza son sólo fichas para la historia de un instante o una secuencia vertiginosa. La danza es, antes que nada, una muestra de efímera libertad. El cuerpo libre, ciertamente, carece de memoria.



Alberto Dallal: "Danza como lenguaje, danza como expresión. Algunas consideraciones teóricas", La danza contra la muerte, Instituto de Investigaciones Estéticas, Monografías de Arte 12, UNAM, 1979, pp. 27-40.

*

martes, 5 de mayo de 2009

Cantinflas y Carlinflas


Una delicia nacional...

Yo no sé por qué en las nuevas generaciones mexicanas no se rescata este personaje maravilloso. Dejo aquí un fragmento y una parodia excelente de Carlos Espejel con Aleks Syntek en aquellos tiempos de Chiquilladas.



 
Y ahora Carlinflas... ¡qué genial chiquito!



lunes, 4 de mayo de 2009

Desnudo en sombra


© Paul Edmondson


Almudena Guzmán (1964).
Poeta española.

Volverse a enamorar.
Besar una piel que sabe distinto,
no encontrar puntos de referencia
que indiquen el momento justo,
la caricia perfecta,
la mano compañera.
Retornar a un cuerpo nuevo
sin los huecos del anterior,
no poder palpar una nuca excitada,
una espalda con escalofríos conocidos.
Qué pobre se queda el intento de amar igual a la primera vez.
Cómo pesa una boca tan sabida,
tan llena de humo compartido
ante la desconocida tan poco explorada, tan miedosa.
Cuánto cuesta abandonarte, lavarme de tu olor,
quitarme las huellas de tu peso,
desdoblarme en otra Almudena
y comenzar a hacer mía una figura
de la calle que me asusta y que ¿quiero?
poseer, pero... tú, ahí estás tú,
traspasando con tu desnudo mi sombra,
consolándome pesaroso de mi dolor al terminar,
tu sonrisa y tu cigarrillo,
ese brazo moreno rodeando mi cintura
y llevándome a un lecho desordenado...
y tus manos de violinista
volando y enredándose en mis senos.

viernes, 1 de mayo de 2009

Edmundo Paz Soldán



© Nathan Griffith

Amor a la distancia
Anoche, mientras salía de mi apartamento con dos botellas de vino tinto entre las manos, se me ocurrió, Viviana, que tú jamás sabrías de ese pequeño detalle si yo decidiera no contártelo. Las botellas de vino tinto, la sonrisa en los labios, el aire de expectativa ante la inminencia de una fiesta que prometía mucho y efectivamente cumplió: pequeños detalles que tú quizás jamás sepas, así como yo no sé de tantos pequeños detalles tuyos. Dicen que las relaciones son precisamente esas minucias que nos pasan mientras estamos ocupados haciendo o diciendo cosas importantes, y lo nuestro es una ausencia de minucias, nos contamos algunas cosas pero no es suficiente, ésa es la naturaleza de la relación a la distancia, tres o cuatro meses de hablar por teléfono una o dos veces por semana, en general quince minutos y en el mejor de los casos media hora, si tenemos suerte una buena conversación y si no los inevitables malentendidos, las frases a medias, las diferencias de tono (cómo importa el tono de voz en el teléfono, la forma es más importante que el fondo) porque a veces uno se siente muy cerca de la otra persona y la otra no y viceversa, así hasta el reencuentro y el regreso de las minucias al menos por un tiempo, hasta la próxima separación.

En la fiesta conocí a una chica española, Cristina, había llegado a Berkeley por dos semanas a visitar a su hermana. Hubo una conversación trivial, hubo un par de sonrisas sugerentes y vino tinto, y cerveza, hubo el contagioso merengue de Juan Luis Guerra y de pronto, Viviana, me encontré bailando con exaltada pasión. La estaba pasando muy bien y por ese momento pude olvidar el allá y el futuro, los diversos territorios y tiempos en los que uno habita en una relación a la distancia, y concentrarme en el acá, en el ahora. Luego me sentí culpable, como siempre me siento cuando lo paso bien sin ti, cuando me dejo llevar por el ruido del mundo y descubro que también puedo ser feliz en tu ausencia. Para alguien que nunca dudó de ninguno de los mitos que generaciones pasadas nos legaron acerca del amor, esa verdad produce angustia y amargura: porque uno cree literalmente en los mitos y cuando descubre el amor piensa que es cierto, uno no puede vivir sin el ser amado, sin ese ser al lado hay insomnios continuos y una desgarrada, quieta desesperación (lo que tienen que soportar las almohadas) y a veces no tan quieta. Angustia y amargura, porque uno descubre que puede vivir sin el otro ser, la impiadosa vida continúa y hay que sobrevivir, de algún modo hay que ingeniársela para construir un mundo en que la otra persona esté pero no esté, sea imprescindible pero no sea imprescindible. Y así, Viviana, nuestro gran amor se convierte en un amor más, un amor que pudo no haber sucedido aunque nosotros creamos que el destino nos tenía reservados el uno para el otro, un amor lleno de debilidades y olvidos y traiciones como el de tantos otros, un amor que después de todo es lo único que tenemos y es lo único que nos va a redimir de una vida llena de debilidades y olvidos y traiciones.

Cuando te llame el domingo, comenzarás por contarme lo que hiciste esta semana: el lunes a comer salteñas al Prado con tus amigas, el miércoles de compras a las Torres Sofer con tu hermana, el jueves a ayudar a tu papá en su consultorio, pura rutina, amor, por aquí no pasa nada, sabes lo aburrida que es Cochabamba. Luego me dirás que extrañas mucho y me preguntarás qué hice esta semana. Y yo también te diré que te extraño mucho y te narraré la historia de esta semana. Será una narración despreocupada, con un tono casual de voz, acaso palabras diferentes a las del anterior domingo pero siempre el mismo mensaje, por aquí no pasa nada, sin ti no pasa nada, me aburro mucho y me siento solo y no veo la hora de volver a verte. Si tuviéramos una relación libre sería diferente, podríamos contarnos las cosas que hacemos, con quién salimos y etcétera, pero el problema es que ninguno de los dos puede aceptar una relación así, nos creemos modernos pero no tanto, hemos decidido que si hay verdadero amor hay fidelidad y confianza, con nuestras palabras hemos creado un amor en el que no podemos fallarle al otro, en el que ambos valorarnos muchísimo la fidelidad y confiamos muchísimo en el otro.

Hemos creado una pareja que está muy por encima de nuestra realidad, y ninguno quiere ser el primero en destruir esa imagen. Es verdad que me siento muy solo y no veo la hora de verte, pero no es verdad que no pase nada (siempre pasan cosas). Te diré que el viernes fui a una fiesta, que estuve hasta temprano y pensé mucho en ti, que sentí mi soledad magnificada ante el espectáculo de tantas parejas felices juntas, amor odio la relación a la distancia pero lo hago sólo por ti, tú vales la pena cualquier sacrificio. Y es verdad que tú vales la pena, que no te quiero perder. Pero tampoco te puedo contar muchas cosas porque sin secretos ninguna relación subsistiría: imposible tolerar la verdad y la verdad y nada más que la verdad. Cómo contarte, por ejemplo, que después de la medianoche besé a Cristina en el balcón con un ardor que no sentía hace mucho. Cómo contarte que un par de horas después, en el jardín y protegidos por las sombras, Cristina deslizó su mano derecha entre mis ropas hasta encontrar lo que buscaba, y cuando lo encontró no lo soltó hasta que yo tuve que pedírselo por favor, era tanto el placer y luego el dolor. Cómo contarte, Viviana, que Cristina y yo, ebrios y olvidados de todo excepto de los dos, nos fuimos a mi departamento y allí nos embarcamos en un viaje de jadeos y temblores hasta el fin de la noche.

Pero ¿existieron alguna vez los amores perfectos? Acaso en la relación a la distancia existan personas que actúen a la altura de las circunstancias, que piensen imposible fallarle al otro por diversas razones, acaso por amor, acaso porque no quieren fallarse a sí mismos. Es, después de todo, una prueba de carácter, de fortaleza moral. Pero la mayoría de nosotros somos bajos, no estamos a la altura de las circunstancias, la otra persona no está cerca y uno tiene tanto tiempo libre, las tentaciones acosan sin descanso y una cosa lleva a la otra y la carne es tan, tan débil. El primer paso es muy difícil, las cosas están tan frescas todavía, uno va a una fiesta y el rostro y la piel y las palabras del ser ausente están con uno todavía, por favor, prométeme que jamás me fallarás, te amo tanto tanto. Y uno se siente tan orgulloso de ser fiel, Viviana, de saberse respondiendo a la confianza depositada, seguro que tú algún rato también sentiste lo mismo. Pero después, uno se aburre y hay tanto tiempo libre, uno va cediendo poco a poco, uno llama a esa morena de la linda sonrisa que uno conoció por azar (el azar es culpable de todo, de las pequeñas aventuras, de los grandes amores) mientras aguardaba el bus, la morena de conversación superficial y nombre poético, Soledad, pero uno se olvida poco a poco de la conversación superficial y se acuerda de la linda sonrisa y del nombre poético, y una noche uno está estudiando y el estudio aburre y el teléfono tienta, por qué no, no pasará nada, charlar no es pecado. Así, casi imperceptiblemente, se inicia la cadena de pequeñas traiciones. Con la morena no pasará nada, acaso un café (la conversación superficial) y un par de leves insinuaciones y el miedo inmenso de que esas insinuaciones sean tomadas en serio, no pasará nada pero después uno está más predispuesto para la próxima, ojalá que sea una persona muy interesante, después será el fugaz enigma de Sofía y cuando uno llega a darse cuenta del territorio en que ha ido a parar ya es tarde, ya es muy tarde.

Mis amigos dicen que en realidad no estoy enamorado, si no no sería capaz de hacer lo que hago. Sin embargo, Viviana, pienso que ya he pasado la etapa de la visión maniquea del mundo, pienso que puedo ser capaz de amarte mucho, y acaso aún más que antes, al mismo tiempo que suceden las cosas que suceden aquí. Sería acaso mucho más fácil para mí que una cosa excluya a la otra, pero no, una cosa es el amor y otra la necesidad, nuestra inherente fragilidad, la hermosa espina de la tentación, el miedo que tenemos a quedarnos solos, lo fácilmente que estamos dispuestos a desprendernos de nuestros principios por unas horas de ternura y placer, un instante de compañía. Una cosa es el amor y otra la distancia, o al menos eso es lo que creo ahora, eso es lo que quiero creer ahora, quizás cuando estemos juntos de una vez por todas y para siempre las cosas sigan así, de vez en cuando la tentación, de vez en cuando la fragilidad, tampoco es una cosa o, la otra, la distancia o la cercanía, las pequeñas traiciones pueden aparecer en ambas situaciones, el amor puede continuar con pequeñas traiciones en ambas situaciones.

Y no soy ingenuo, y sé que lo que hago lo puedes estar haciendo tú también. Acaso tu ida a la discoteca el anterior fin de semana, con tus amigas, haya acabado en una callejuela oscura a las faldas de San Pedro, bajo la silueta recortada del Cristo de la Concordia, con el fondo de la suave música que emanaba de la radio del auto del desconocido de ojos negros y así comenzó todo. No soy ingenuo, y probablemente tú tampoco lo seas, pero lo cierto es que estamos atrapados por nuestras propias imágenes de lo que queremos pero no podemos ser, y no podemos decir ciertas cosas, no podemos confirmar ciertas sospechas, todo está bien entre los dos mientras no digamos en voz alta (o acaso un susurro baste) todas aquellas cosas que sospechamos y preferimos no oír. Para seguir, debemos continuar con nuestro secreto a voces. Apenas alguien abra la boca, se romperá el encantamiento.

Por eso jamás te enviaré esta carta, preferiré publicarla en el suplemento literario de algún periódico, escudado en la ficción. Y cuando alguna de tus amigas que haya leído el cuento te pregunte cómo puedes seguir conmigo después de mis públicas admisiones, tú me defenderás y le dirás que no confunda la realidad con la fantasía, le dirás que ése es el precio de enamorarse de un escritor. Pero acaso algún rato te venga la duda, y me confrontes y me pidas que te diga con toda sinceridad si hay algo autobiográfico en ese cuento. Y yo recordaré el momento en que lo escribí, este momento, las once de la mañana en mi habitación, Cristina todavía durmiendo en mi cama, con la respiración acompasada y lejos de mí y del mundo, el perfecto cuerpo desnudo, la perfumada piel canela, y recordaré haber hecho una pausa antes de terminar de escribir el cuento, una pausa para admirar el hermoso cuerpo desnudo, y te diré sin vacilaciones que no, ese cuento no tiene nada autobiográfico, ese cuento es una ficción más, todo lo que se relaciona conmigo es, de una forma u otra, ficción.