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viernes, 1 de mayo de 2009

Edmundo Paz Soldán



© Nathan Griffith

Amor a la distancia
Anoche, mientras salía de mi apartamento con dos botellas de vino tinto entre las manos, se me ocurrió, Viviana, que tú jamás sabrías de ese pequeño detalle si yo decidiera no contártelo. Las botellas de vino tinto, la sonrisa en los labios, el aire de expectativa ante la inminencia de una fiesta que prometía mucho y efectivamente cumplió: pequeños detalles que tú quizás jamás sepas, así como yo no sé de tantos pequeños detalles tuyos. Dicen que las relaciones son precisamente esas minucias que nos pasan mientras estamos ocupados haciendo o diciendo cosas importantes, y lo nuestro es una ausencia de minucias, nos contamos algunas cosas pero no es suficiente, ésa es la naturaleza de la relación a la distancia, tres o cuatro meses de hablar por teléfono una o dos veces por semana, en general quince minutos y en el mejor de los casos media hora, si tenemos suerte una buena conversación y si no los inevitables malentendidos, las frases a medias, las diferencias de tono (cómo importa el tono de voz en el teléfono, la forma es más importante que el fondo) porque a veces uno se siente muy cerca de la otra persona y la otra no y viceversa, así hasta el reencuentro y el regreso de las minucias al menos por un tiempo, hasta la próxima separación.

En la fiesta conocí a una chica española, Cristina, había llegado a Berkeley por dos semanas a visitar a su hermana. Hubo una conversación trivial, hubo un par de sonrisas sugerentes y vino tinto, y cerveza, hubo el contagioso merengue de Juan Luis Guerra y de pronto, Viviana, me encontré bailando con exaltada pasión. La estaba pasando muy bien y por ese momento pude olvidar el allá y el futuro, los diversos territorios y tiempos en los que uno habita en una relación a la distancia, y concentrarme en el acá, en el ahora. Luego me sentí culpable, como siempre me siento cuando lo paso bien sin ti, cuando me dejo llevar por el ruido del mundo y descubro que también puedo ser feliz en tu ausencia. Para alguien que nunca dudó de ninguno de los mitos que generaciones pasadas nos legaron acerca del amor, esa verdad produce angustia y amargura: porque uno cree literalmente en los mitos y cuando descubre el amor piensa que es cierto, uno no puede vivir sin el ser amado, sin ese ser al lado hay insomnios continuos y una desgarrada, quieta desesperación (lo que tienen que soportar las almohadas) y a veces no tan quieta. Angustia y amargura, porque uno descubre que puede vivir sin el otro ser, la impiadosa vida continúa y hay que sobrevivir, de algún modo hay que ingeniársela para construir un mundo en que la otra persona esté pero no esté, sea imprescindible pero no sea imprescindible. Y así, Viviana, nuestro gran amor se convierte en un amor más, un amor que pudo no haber sucedido aunque nosotros creamos que el destino nos tenía reservados el uno para el otro, un amor lleno de debilidades y olvidos y traiciones como el de tantos otros, un amor que después de todo es lo único que tenemos y es lo único que nos va a redimir de una vida llena de debilidades y olvidos y traiciones.

Cuando te llame el domingo, comenzarás por contarme lo que hiciste esta semana: el lunes a comer salteñas al Prado con tus amigas, el miércoles de compras a las Torres Sofer con tu hermana, el jueves a ayudar a tu papá en su consultorio, pura rutina, amor, por aquí no pasa nada, sabes lo aburrida que es Cochabamba. Luego me dirás que extrañas mucho y me preguntarás qué hice esta semana. Y yo también te diré que te extraño mucho y te narraré la historia de esta semana. Será una narración despreocupada, con un tono casual de voz, acaso palabras diferentes a las del anterior domingo pero siempre el mismo mensaje, por aquí no pasa nada, sin ti no pasa nada, me aburro mucho y me siento solo y no veo la hora de volver a verte. Si tuviéramos una relación libre sería diferente, podríamos contarnos las cosas que hacemos, con quién salimos y etcétera, pero el problema es que ninguno de los dos puede aceptar una relación así, nos creemos modernos pero no tanto, hemos decidido que si hay verdadero amor hay fidelidad y confianza, con nuestras palabras hemos creado un amor en el que no podemos fallarle al otro, en el que ambos valorarnos muchísimo la fidelidad y confiamos muchísimo en el otro.

Hemos creado una pareja que está muy por encima de nuestra realidad, y ninguno quiere ser el primero en destruir esa imagen. Es verdad que me siento muy solo y no veo la hora de verte, pero no es verdad que no pase nada (siempre pasan cosas). Te diré que el viernes fui a una fiesta, que estuve hasta temprano y pensé mucho en ti, que sentí mi soledad magnificada ante el espectáculo de tantas parejas felices juntas, amor odio la relación a la distancia pero lo hago sólo por ti, tú vales la pena cualquier sacrificio. Y es verdad que tú vales la pena, que no te quiero perder. Pero tampoco te puedo contar muchas cosas porque sin secretos ninguna relación subsistiría: imposible tolerar la verdad y la verdad y nada más que la verdad. Cómo contarte, por ejemplo, que después de la medianoche besé a Cristina en el balcón con un ardor que no sentía hace mucho. Cómo contarte que un par de horas después, en el jardín y protegidos por las sombras, Cristina deslizó su mano derecha entre mis ropas hasta encontrar lo que buscaba, y cuando lo encontró no lo soltó hasta que yo tuve que pedírselo por favor, era tanto el placer y luego el dolor. Cómo contarte, Viviana, que Cristina y yo, ebrios y olvidados de todo excepto de los dos, nos fuimos a mi departamento y allí nos embarcamos en un viaje de jadeos y temblores hasta el fin de la noche.

Pero ¿existieron alguna vez los amores perfectos? Acaso en la relación a la distancia existan personas que actúen a la altura de las circunstancias, que piensen imposible fallarle al otro por diversas razones, acaso por amor, acaso porque no quieren fallarse a sí mismos. Es, después de todo, una prueba de carácter, de fortaleza moral. Pero la mayoría de nosotros somos bajos, no estamos a la altura de las circunstancias, la otra persona no está cerca y uno tiene tanto tiempo libre, las tentaciones acosan sin descanso y una cosa lleva a la otra y la carne es tan, tan débil. El primer paso es muy difícil, las cosas están tan frescas todavía, uno va a una fiesta y el rostro y la piel y las palabras del ser ausente están con uno todavía, por favor, prométeme que jamás me fallarás, te amo tanto tanto. Y uno se siente tan orgulloso de ser fiel, Viviana, de saberse respondiendo a la confianza depositada, seguro que tú algún rato también sentiste lo mismo. Pero después, uno se aburre y hay tanto tiempo libre, uno va cediendo poco a poco, uno llama a esa morena de la linda sonrisa que uno conoció por azar (el azar es culpable de todo, de las pequeñas aventuras, de los grandes amores) mientras aguardaba el bus, la morena de conversación superficial y nombre poético, Soledad, pero uno se olvida poco a poco de la conversación superficial y se acuerda de la linda sonrisa y del nombre poético, y una noche uno está estudiando y el estudio aburre y el teléfono tienta, por qué no, no pasará nada, charlar no es pecado. Así, casi imperceptiblemente, se inicia la cadena de pequeñas traiciones. Con la morena no pasará nada, acaso un café (la conversación superficial) y un par de leves insinuaciones y el miedo inmenso de que esas insinuaciones sean tomadas en serio, no pasará nada pero después uno está más predispuesto para la próxima, ojalá que sea una persona muy interesante, después será el fugaz enigma de Sofía y cuando uno llega a darse cuenta del territorio en que ha ido a parar ya es tarde, ya es muy tarde.

Mis amigos dicen que en realidad no estoy enamorado, si no no sería capaz de hacer lo que hago. Sin embargo, Viviana, pienso que ya he pasado la etapa de la visión maniquea del mundo, pienso que puedo ser capaz de amarte mucho, y acaso aún más que antes, al mismo tiempo que suceden las cosas que suceden aquí. Sería acaso mucho más fácil para mí que una cosa excluya a la otra, pero no, una cosa es el amor y otra la necesidad, nuestra inherente fragilidad, la hermosa espina de la tentación, el miedo que tenemos a quedarnos solos, lo fácilmente que estamos dispuestos a desprendernos de nuestros principios por unas horas de ternura y placer, un instante de compañía. Una cosa es el amor y otra la distancia, o al menos eso es lo que creo ahora, eso es lo que quiero creer ahora, quizás cuando estemos juntos de una vez por todas y para siempre las cosas sigan así, de vez en cuando la tentación, de vez en cuando la fragilidad, tampoco es una cosa o, la otra, la distancia o la cercanía, las pequeñas traiciones pueden aparecer en ambas situaciones, el amor puede continuar con pequeñas traiciones en ambas situaciones.

Y no soy ingenuo, y sé que lo que hago lo puedes estar haciendo tú también. Acaso tu ida a la discoteca el anterior fin de semana, con tus amigas, haya acabado en una callejuela oscura a las faldas de San Pedro, bajo la silueta recortada del Cristo de la Concordia, con el fondo de la suave música que emanaba de la radio del auto del desconocido de ojos negros y así comenzó todo. No soy ingenuo, y probablemente tú tampoco lo seas, pero lo cierto es que estamos atrapados por nuestras propias imágenes de lo que queremos pero no podemos ser, y no podemos decir ciertas cosas, no podemos confirmar ciertas sospechas, todo está bien entre los dos mientras no digamos en voz alta (o acaso un susurro baste) todas aquellas cosas que sospechamos y preferimos no oír. Para seguir, debemos continuar con nuestro secreto a voces. Apenas alguien abra la boca, se romperá el encantamiento.

Por eso jamás te enviaré esta carta, preferiré publicarla en el suplemento literario de algún periódico, escudado en la ficción. Y cuando alguna de tus amigas que haya leído el cuento te pregunte cómo puedes seguir conmigo después de mis públicas admisiones, tú me defenderás y le dirás que no confunda la realidad con la fantasía, le dirás que ése es el precio de enamorarse de un escritor. Pero acaso algún rato te venga la duda, y me confrontes y me pidas que te diga con toda sinceridad si hay algo autobiográfico en ese cuento. Y yo recordaré el momento en que lo escribí, este momento, las once de la mañana en mi habitación, Cristina todavía durmiendo en mi cama, con la respiración acompasada y lejos de mí y del mundo, el perfecto cuerpo desnudo, la perfumada piel canela, y recordaré haber hecho una pausa antes de terminar de escribir el cuento, una pausa para admirar el hermoso cuerpo desnudo, y te diré sin vacilaciones que no, ese cuento no tiene nada autobiográfico, ese cuento es una ficción más, todo lo que se relaciona conmigo es, de una forma u otra, ficción.

jueves, 30 de abril de 2009

Gloria Stolk


© Jim Frazier


Fragmento del cuento Grillos y Mariposas.
Porque tenía alma de navegante, Enriquillo resultaba un médico genial.
Más allá de la materia dolorida descubría el espíritu acorralado y enfermo que se vengaba en la carne o se escapaba torturándola, por distraer su angustia insoportable. Enriquillo desenmascaraba el mal oculto, a fuerza de inteligencia acuciosa y de sonriente bondad y el paciente sentía sus síntomas disminuir, su cuerpo alegrarse y sanar a medida que se iban desbridando los sufrimientos del espíritu, en lucha con la vida inexorable.

No era psiquiatra, propiamente. Le bastaba con ser un hombre con una insaciable curiosidad humana, un descubridor alegre y callado de esas islas que son los hombres. De sus montañas y sus hontanares. Sus sombríos parajes y sus manantiales cristalinos. Jugaba a hacer el bien como otros juegan al golf, por puro deporte, y con el mismo encarnizamiento incomprensible para los otros.

Así, dejando la bella ciudad farisea, llegó un día a aquella aldea en la montaña. Vino por mar. Lo trajo el mar sobre su lomo de un azul profundo y encrespado. Vino a una de esas cosas científicas ––congreso o conferencia–– y sorprendiendo a todos, aun a sí mismo, decidió quedarse. Arriba, en la montaña, donde confluyen el Yaque y el Jimonea, en un paraje frío de la isla caliente, entre bosques de pinos inesperados, plantó el médico su tienda solitaria.

Quería escribir, quería reflexionar. Mirar desde lo alto la ruta recorrida por avizorar mejor lo que le faltaba. Pronto fue interrumpido en la absorta contemplación de su paisaje interior.

Su fama había llegado con él y le abordaban, tímidamente, los enfermos. La niña que cantaba ya se había ido para siempre y la madre triste no pudo llevársela para que la sanara. La extranjera que amaba el amor desaforadamente tampoco pudo verlo, por desgracia o por dicha para ambos; pero día tras día le llegaban, humildes, criaturas de Dios que pedían ser aliviadas. Enfermos de hambre a quienes les faltaba más el cariño que el pan, niños sin padre o peor aún, con falsos padres, mujeres de la tierra que parecían hechas de tierra, amasadas con sudor de desesperación ancestral, hombres que volcaban en ciegas cóleras su profunda impotencia ante la vida, borrachos de miseria y drogados del terror de estar vivos... Era una larga romería, una fila inacabable, que desaparecía con la noche para volver a formarse cuando salía el sol. Él a todos atendía y con cortas medicinas y largas pláticas los iba ayudando a vivir, que era tanto como ayudarlos a sanar.


(...)


Gloria Stolk (1918) es venezolana. Durante años escribió una columna para El Nacional de Caracas. Murió en 1979.

* Con respecto al poder curativo de los relatos, se me vino ahora al recuerdo un libro excepcional: la tesis de doctorado de Clarisa Pinkola Estés que editó Grijalbo. Con la pintura de Picasso Dos mujeres corriendo en la playa en la portada, el libro Las mujeres que corren con los lobos es un libro que enmarcado en la psicología tiene mucho que ver con las historias de la tradición oral, mitos y leyendas de todo el mundo con el que Pinkola Estés entreteje su tesis. Dice en la introducción:
... para curar utilizo el ingrediente más sencillo y accesible: los relatos. Examinamos el material de los sueños de la paciente, que contiene muchos argumentos y narraciones. Las sensaciones físicas y los recuerdos corporales de la paciente también son relatos que se pueden leer y llevar a la conciencia.

Enseño además una modalidad de poderoso trance interactivo muy parecido a la imaginación activa de Jung… lo cual da lugar también a unos relatos que contribuyen a aclarar el viaje psíquico de la paciente. Hacemos aflorar a la superficie el Yo salvaje por medio de preguntas concretas y del examen de cuentos, leyendas y mitos. La mayoría de las veces, tras un tiempo, acabamos por encontrar el mito o el cuento de hadas que contiene toda la instrucción que necesita una mujer para su desarrollo psicológico.


Otro día le daré entrada a Las mujeres que corren con los lobos.


martes, 28 de abril de 2009

Lejos de Lisboa


Un fado en voz de Pasión Vega del disco Banderas de nadie.

La melancolía de calles perdidas
que huelen a mares,
gente que camina
y luces de luna
de barcos que parten.
Si cierro los ojos
puedo ver las calles
por donde anduvimos
y escuchar canciones
que hablan del destino
que nunca tuvimos.

Poemas del aire vendran hasta aquí...
lejos de Lisboa y lejos de ti.
Amor recordado, tristeza sin fin...
lejos de Lisboa y lejos de ti.

La ropa tendida
al sol de la tarde,
banderas de nadie.
Las calles en cuesta
que suben a un cielo
de azules que arden.
Plazas con palomas,
puestos de claveles
y de rosas blancas...
la ciudad antigua
guarda la memoria
de un tiempo que escapa.

Poemas del aire vendran hasta aquí,
lejos de Lisboa y lejos de ti.
Amor recordado, tristeza sin fin,
lejos de Lisboa y lejos de ti.

Amor recordado, tristeza sin fin:
Lejos de Lisboa,
y lejos de ti.

De película



Uno de mis momentos favoritos del cine mexicano es aquel de María Félix en La Cucaracha, cuando se sienta frente al Indio Fernández, en el papel de Antonio Zeta, a comerse un raspado. Apasionada, la Cucaracha le habla de amor al Coronel. Habían sobrevivido, victoriosamente, a la batalla de San Blas, donde ambos habían estado al frente. Y también habían pasado juntos la noche anterior.

La Cucaracha, mirando a Antonio Zeta, a quien le ha pedido que le compre un raspado como los que él comía cuando era un chiquillo, dice:

(La Cucaracha lo mira comer el raspado...)

Me gustan tus ojos, Coronel.
Cuando miraste a Zúñiga eran negros,
y cuando le hablaste a Ventura parecían dos perros,
y anoche brillaban y brillaban,
y ahora están echaditos,
se están riendo.

(María Félix deshoja un clavel)

Es la primera vez que me verás los ojos.
Coronel... te voy a querer mucho.
¿Te acuerdas cuando me reí de tí?
¿Y luego me volví a reír?
Pero era pa´ que me vieras...
y tú no me mirabas.

Por eso fui a comprarte la botella,
porque no sabía otra manera de decirte
que ya me dolía no estar contigo.

¿Sabes qué?
Yo hubiera querido que me mataran en la batalla,
pa que sufrieras mirándome muerta por tu culpa.


Qué bueno que no me mataron.

Antonio Zeta.
¡Nadie se llama Zeta!
¡Qué bonito te llamas!.

¿Sabes?

Aunque he estado llena de hombres, ahora voy naciendo.
Te voy a querer mucho, mi Coronel.

[¿Y cual fue la respuesta del Coronel?]

(Sin expresión alguna...)


-Sí, pues. Ahora tómese su nieve de flores.

... la cual había quedado llena de pétalos por la deshojada del clavel...

Filmada en 1958, este drama de la Revolución Mexicana dirigido por Ismael Rodríguez tiene también la actuación de Dolores del Río, Pedro Armendáriz, Antonio Aguilar y un jovencísimo Ignacio López Tarso.

La película puede verse en youtube, está completa. Tiene buen sonido y buena calidad. Dejo aquí la sexta parte, que es cuando ocurre el mónologo de amor de la Cucaracha frente a su Coronel...

¡Sí, pues!


lunes, 27 de abril de 2009

That loving feeling...



Hay alguien a quien recuerdo siempre no como es, sino como me lo he ido construyendo con los años. Sé que he vuelto sus ojos más celestes de lo que son en realidad. Quizá me los invento en una suerte de conjuro haciéndome creer que no los he olvidado.

Nos conocimos en un pueblo con mar una noche que ya se había convertido en madrugada. Vimos desde el muelle, con las piernas colgando, como al amanecer se encendía el turquesa del caribe. Hablamos de lo que él quería hacer en la vida y de lo que yo quería. Él tenía 23 años. Yo 17. Me dijo que quería ser piloto. Yo le dije que quería escribir siempre. Hablamos de cine: Top Gun. Esa le gustaba. Aviones, finalmente. Fuimos por el muelle hasta la arena. Would you dance with me?, le dije cuando caminábamos por la orilla. I don´t like to dance... me dijo serio... without music... y sonrió, acercándose más a mí de lo que ya estaba. Y entonces se puso a cantar, en voz muy baja, cerca de mi oído, una canción que si bien es triste en ese momento parecía un prodigio:

You never close your eyes
any more when I kiss your lips...

Uh baby baby
I get down on my knees for you
If you would only love me
like you used to do.

Teníamos el oleaje en los tobillos.

Fuimos felices en ese amor breve, la única noche que tuvimos.
Lo único que tengo de él es su nombre completo y una sonrisa cuando lo recuerdo.

Las veces que he vuelto a ese puerto con mar miro el árbol bajo el cual estuvimos sentados, miro el muelle, voy a la orilla donde bailamos y me acuerdo de sus manos y de esos ojos, de su voz cantando, de sus sueños de aviación y de lo que me dijo al despedirse de mí cuando se subió al taxi que lo llevaría a su hotel. Lo vi irse, enmarcado en el cristal de atrás del coche, diciéndome adiós con la mano... haciéndose pequeño... hasta doblar la esquina en la cual lo perdí para siempre.

Esta mañana tropecé sin querer con un poema de José Emilio Pacheco del libro La arena errante.

FOTOS
No hay una sola foto de entonces.
Mejor así: para verte
necesito inventar tu rostro
.


...

Y me acordé de esa cara que yo también me invento...
y por un instante volví a ese mar...
oh... oh... that loving feeling...