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domingo, 23 de agosto de 2009

Antonio Deltoro

Acuarela:

Ballena blanca


Antonio del Toro (1947).
Poeta y ensayista mexicano.

Yo soy un Ahab del lenguaje,
mi Moby Dick nada en el papel blanco,
indistinguible cachalote lo anunciaré desde lo alto,
mi arpón será un lápiz, le daré muerte
o me arrastrará hasta el fondo, quebrando
mi barca de madera.

Gritaré como los marineros de Melville:
«Ojo agudo para el cachalote blanco,
una lanza aguda para Moby Dick».
Descubriré una a una en el océano
las ballenas blancas del poema,
y fijas con mi arpón las dejaré.
En Nantucket, como Moby Dick, las palabras
no darán provecho, no convertiré su furia
en aceite y sí en trozos de vela que iluminen noches de tormenta.

Las palabras del poema están vivas,
aunque con arpón prendidas al papel,
prendidas al papel y nadando en sus aguas:
¡Olas del pensamiento por grandes peces atravesadas!
¿Hay ballena que nade más
por los siete mares del tiempo,
por los otros siete del idioma,
que la ballena blanca de Melville?

Hace más de cien años que navegan Ahab y su ballena,
hace mucho más de cien que el hombre pesca
en el papel las palabras del poema.
El Starbuck que hay en mí se rebela.
No venderé su aceite en Nantucket,
jamás arribaré al puerto,
ese trozo de mar en tierra firme,
ese pálido muelle cercado de poemas.
¿Me volveré loco porque Ahab tiene un mástil en los ojos?

Pero Moby Dick no es una ballena
eso lo sabe Ahab, eso lo sé yo.
Monstruo ubicuo, la palabra, ballena blanca,
en todos los mares ataca y se halla.
No es ella, lleva escondidas en su alma
profundidades demoníacas, aguas revueltas y negras;
en su lomo, conchas, algas, mejillones
milenarios y secretos brillan acerados por la luna
con cósmico misterio.

Todas las pasiones contemporáneas del hombre,
y también las cosmogónicas,
botánicas, minerales, zoológicas,
nadan en la ballena del idioma.
Ay de aquel que hunda su arpón irresponsable,
sentirá una fuerte presión, se le desfondará el tórax.
Pájaros marinos, verdugos de un dios que castiga
para siempre a Prometeo,
los peces nadarán eternamente por su quilla,
indiferentes a su dolor, a su mirar vidrioso.
Pero el esperma vigoroso de la palabra
Surgirá la llama de la vida
Vale pues el riesgo. 

¡Ahab, dame el arpón!
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