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lunes, 31 de agosto de 2009

Sueños de Cabaret



Bien dicen que las cosas buenas llegan cuando uno no las espera ni las busca. Por eso pienso que andar despistada en una tienda de música o en una librería suele ser el camino al hallazgo. Lo de despistados aplica tanto para la persona que llega sin saber qué busca como para la persona que atiende en el lugar y que da un título similar al que uno solicitó.


A veces los malos entendidos terminan siendo aciertos. Ejemplo de esto me ocurrió en una librería. El muchacho que atendía me preguntó el apellido del autor del libro que buscaba. Montero, dije, hojeando un folletito que tenían ahí. Tenemos uno, respondió. El chico se fue un minuto y cuando regresó me había traído “La última noche que pasé contigo” de Mayra Montero y no “Pasiones” de Rosa Montero, que era el que andaba buscando. El título me llamó la atención, letra de bolero. Vi el índice: los capítulos con letras de canciones. Y la editorial: La sonrisa vertical. Colección de literatura erótica. ¿Cuánto cuesta?, pregunté y pagué. Así descubrí a Mayra Montero.

Algo similar me ocurrió hace unos meses. Andaba buscando la música de Cabaret (Willkommen, bienvenue, welcome!) y se me atravesó el último disco de Daniela Romo "Sueños de Cabaret", que salió a la venta el año pasado.

Una maña que tengo con la música es la de escuchar covers, me gustan. Y debo decir que las once canciones que forman parte de este disco son de diez. Los cincuentas son, para mí, una época en la que musicalmente se vivió un esplendor. Pienso en México en esos años y siento atracción, fueron años en los que me hubiera gustado vivir: el color del cabaret, la ambientación en él, las orquestas, los vestidos y los escotes, la trompeta con sordina, la media luz… éste disco es eso. La interpretación que Daniela Romo le da a cada tema es una delicia, en verdad recomiendo el álbum, más aún porque toma canciones que todos conocemos, temas populares a los que les da la vuelta y los trae renovados, acentuados con este sonido de Cabaret.

Dejo tres canciones del disco para provocar antojos. La primera es “Abuso” de Juan Gabriel, que ya formaba parte del repertorio de Daniela pero que esta vez viene con nuevos bríos. La segunda la hemos escuchado originalmente en voz de Laura Pausini y la tercera “Mi Credo” de K-Paz de la Sierra. ¿Quién se las hubiera imaginado con ambiente cabaretero? Aquí las dejo.


Abuso




Víveme




Mi credo





Canciones que están en el disco:

1. Abuso
2. Mía
3. Intocable
4. Tu de que vas
5. Qué manera de quererte
6. Mi credo
7. No podrás
8. Mujer contra mujer
9. Color esperanza
10. Víveme
11. Pensar en ti



*

sábado, 29 de agosto de 2009

Caribito



La semana que termina fue verano, generoso sol, clima cálido. Las ventanas en mi departamento han estado abiertas trayéndome un aire bondadoso en vez de los ventarrones que ponen a volar los papeles que dejo sobre la mesa (¡benditas sean las hojas numeradas!). Aproveché estos días para ropa ligera y chanclas playeras —“ojotas”, les dicen aquí (¿?)—, y para mejor ambientación, las bocinas retumbaron con El Gran Combo de Puerto Rico… ¡saboooor!

La otra tarde un animalito verde entró por mi ventana con una algarabía inusual, revoloteó con musical destreza aeronáutica, parecía bailar, iba y venía, rumbeaba. Tras un rato de malabares aterrizó en la esquina de la hoja en blanco que tenía frente a mí y ahí se quedó jugando con sus antenas, como los niños que aún no hablan y que, para entretenerse en su mundo privado y misterioso, se engarzan en el dedo índice los chorritos que se les forman en el cabello.

Me le quedé viendo. ¿Qué onda contigo, tú también quieres escribir?, le dije en voz alta. Era lindo éste bicho: cuerpo verde y delgadito, alas transparentes, ojos saltones y chiquitos, cuatro patas, antenas largas y güeras, de actitud alegre, con cierta pinta de bondad, no parecía de invierno, más bien parecía tropical. Ah, pensé, este amiguito es caribeño. Ha de tener un hábitat por aquí, aprovechando el calor salió a pasear, despistado pasó por aquí, oyó la música, vio en la pared fotos del mar, me vio en pareo, “de aquí soy”, habrá dicho, y se instaló.

Lo dejé en la hoja y me puse a trabajar en la compu. Cuando me di cuenta ya se había ido. Poco me duró la compañía. Seguí en lo mío y al cabo de un rato ¡sorpresa!, no salió volando por la ventana, andaba jugando al alpinista entre mis cuadernos.


Dejé que jugara, a lo mejor donde vivía antes se aburría. Pasó otro rato y volví a dejar de verlo. Ora sí se me fue. Hacía rato que se había acabado el ambiente salsero. Seguí trabajando. Cuando me doy cuenta lo tengo juntito a mí, cerca de mi antebrazo derecho, en el espacio que había en la mesa entre mi cuerpo y la computadora. Tuve que reacomodar la hoja donde aterrizó misteriosamente (¿cómo no lo vi?) para sacarlo de peligro porque en una de esas podía aplastarlo.

Creo que se durmió, su cuerpo ya no estaba erguido como un rato atrás. ¿Qué tal si su cuerpito es tan frágil que lo medio aplasté y le hice daño y por eso ahora no puede moverse?, pensé. Moví apenitas la hoja a modo de quien le toca el hombro a su compañero en el juego aquel de las estatuas para “desencantarlo”; mejor dicho, moví la hoja como quien le acomoda la sábana a un niño que duerme, y como un niño que se acomoda en la almohada, Caribito —así lo bauticé— meneó un poco las antenas, movió el cuerpo un poquitín y siguió su sueño.

Este oficio de escribir, que es noble como solitario, me hace detenerme a observar ciertas cosas, percibir, entablar un “diálogo” con acentos que vistos desde fuera parecieran esquizofrénicos. A lo mejor las últimas palabras son para justificar el tuétano loquito que he desarrollado y lo que voy a decir: quiero a Caribito. Sentí ternura por él cuando se acomodó para seguir su ratito de calma.

Pocas veces he visto bichos en el departamento. Con decir que no hay ni hormigas. Tampoco hay moscos. ¿Serán efectos de vivir en un séptimo piso? ¿Son eficientes las fumigadas de Charly “control de plagas” que se hacen cada tanto en el edificio? Parece ser.

Por eso me alegró tanto que llegara Caribito volando verdecito y guaracheando. Se quedó junto a mí hasta que me fui a dormir. Antes de pararme de la silla le agradecí la visita, vuelve cuando quieras, le dije, puedes vivir en Petri o en la planta de albahaca. Abrí completamente la ventana pues tal vez debía volver al lugar del que había venido. Y así fue. Al cabo de un rato regresé para ver si seguía en su camita de papel. Se había ido.

Caribito so long, farewell, auf wiedersehen, adieu.


En días siguientes he abierto desde temprano la ventana, pongo la música que le gusta, los cuadernos uno encima de otro para que sea otra vez el alpinista de libretas, coloco una hoja entre mi cuerpo y la compu, a modo de invocación, para que vuelva el animalito de fábula, mascota inusitada, ratito de compañía, Caribito que quiere sol, calor, música alegre y acomodarse en una hoja en blanco para soñar palabras, versos y abecedario.

Igual que yo.

viernes, 28 de agosto de 2009

Ni los sueños



2
Ni los sueños
Ni lo sueños, donde tu rostro tiene todas las formas de la dicha,
ni el sol que tanto amo sobre mi cuerpo desnudo,
ni la grata canción del antiguo trovero enamorado,
ni el verso de Darío ni el verso de Quevedo,
ni esta luna que brilla con brillo de alcancía,
ni tu nombre por otros pronunciado,
ni el eco de mis pasos en la inmensa catedral solitaria,
ni el rosal que yo siembro con mis manos y me sangra los dedos,
ni las noches insomnes,
ni tu dulce retrato mentiroso,
ni el tiempo —ese falsario de mil rostros—
pueden calmar mi pena de no verte.

Piedad Bonnett (1951) es colombiana.
Lo anterior pertenece a "Canciones de ausencia".

jueves, 27 de agosto de 2009

Odette Alonso



Caja de música

Alza la tapa.
Escucha.
La música será como un alivio
como un bálsamo azul
como un portazo y luego este silencio.
Los amigos se fueron
perdieron el camino y los recuerdos.
Sólo queda esa música.
Alza la tapa y oye.
Piensa que ellos han vuelto y empujarán la puerta
que traen los rones viejos y la inconformidad
que bailarán de nuevo aquella melodía
aunque no sea igual
aunque no lleguen nunca
aunque alces la tapa y no suene la música.


Odette Alonso (1964) es cubana.

miércoles, 26 de agosto de 2009

A capela

Un coro esloveno que es una orquesta que es rumor de lluvia que es chapoteo que es tormenta que es África que es Sergio Méndez y Mais que nada, beatboxing, bossa nova, pura garganta y... con ustedes Perpetuum Jazzile:






martes, 25 de agosto de 2009

Extravío



Por Addy Góngora Basterra.

Lucy culpa a la señora de limpieza y a la niña que la visita cada sábado de haber perdido la llavecita del cajón. Desesperada busca en el portalápices, en otros cajones, en el compartimento del librero. Dice en voz baja palabras que sólo ella entiende, al tiempo que enumera la letanía de objetos y papeles que guarda en ese pequeño cajón del escritorio.

Llama a gritos a la niña (es sábado). Lucy le pregunta qué ha hecho con la llavecita y la niña le dice que no la ha visto.

Entonces vuelve a culpar a la señora de limpieza.

Echa una mirada panorámica por el estudio y pone de cabeza todo lo que puede ser volteado, saca todos y cada uno de los objetos que estén dentro de tazas y recipientes, ruedan sobre el escritorio lápices de colores, con sonido metálico cae al suelo un abrecartas, mete los ojos a cada objeto con el fin de ver si no se ha quedado atorada en el fondo.

Quiere hallar una fotografía. Busca el rostro de un hombre que, según ella, la traicionó hace años. Único novio de su juventud.

Lucy pronto cumplirá setenta años y se niega a reconocer que ella misma ha perdido la llave. En ese cajón está lo que nunca tuvo: historias, cartas, la foto de cuerpo entero de un hombre con el que jamás hizo el amor, espíritus que le hablan cada noche en sueños.

En el cajón está el pasado que no puede remediar porque no puede recuperarlo. Por eso no puede abrirlo.

Porque sabe que no hay nada en el cajón.

lunes, 24 de agosto de 2009

Benny Moré: ¡Caballeeeeeeeero!



Oyendo un disco de Benny Moré

Es lo mismo de siempre:
¡Así que este hombre está muerto!
¡Así que esta voz
delgada como el viento, hambrienta y huracanada
como el viento,
es la voz de nadie!
¡Así que esta voz vive más que su hombre,
y que ese hombre es ahora discos, retratos, lágrimas, un sombrero
con alas voladoras enormes
—y un bastón—!
¡Así que esas palabras echadas sobre la costa plateada de Varadero,
hablando del amor largo, de la felicidad, del amor,
y aquellas, únicas, para Santa Isabel de las Lajas,
de tremendo pueblerino en celo,
y las de la vida, con el ojo fosforescente de la fiera ardiendo en la sombra,
y las lágrimas mezcladas con cerveza junto al mar,
y la carcajada que termina en punta, que termina en aullido, que termina
en qué cosa más grande, caballeros...



... escribió Roberto Fernández Retamar en su libro Historia antigua y cae al día de hoy como anillo al dedo porque un 24 de agosto nació Benny Moré: hoy cumpliría 90 años.

"Moré, quien murió a los 44 años, siempre tuvo vocación por la música; lo decía él y lo confirmó su madre, quien contaba que a los seis años Bartolomé sujetó un carrete de hilo a una tabla para simular las cuerdas de una guitarra" —dice la nota que publicó La Jornada hoy.


¡Ñó! Quien le hubiera dicho el destino que tendría esa guitarra improvisada... ¡Así que esta voz vive más que su hombre!, dice Retamar y le hago coro y comparsa. Cierto. Así ha sido y así será, y seguiremos bailando mambo las mexicanas, bonito y sabroso, moviendo la cintura y los hombros, confundiendo a quien nos mire y dude por momentos si somos de La Habana o de algún rincón de México en el trópico.

domingo, 23 de agosto de 2009

Antonio Deltoro

Acuarela:

Ballena blanca


Antonio del Toro (1947).
Poeta y ensayista mexicano.

Yo soy un Ahab del lenguaje,
mi Moby Dick nada en el papel blanco,
indistinguible cachalote lo anunciaré desde lo alto,
mi arpón será un lápiz, le daré muerte
o me arrastrará hasta el fondo, quebrando
mi barca de madera.

Gritaré como los marineros de Melville:
«Ojo agudo para el cachalote blanco,
una lanza aguda para Moby Dick».
Descubriré una a una en el océano
las ballenas blancas del poema,
y fijas con mi arpón las dejaré.
En Nantucket, como Moby Dick, las palabras
no darán provecho, no convertiré su furia
en aceite y sí en trozos de vela que iluminen noches de tormenta.

Las palabras del poema están vivas,
aunque con arpón prendidas al papel,
prendidas al papel y nadando en sus aguas:
¡Olas del pensamiento por grandes peces atravesadas!
¿Hay ballena que nade más
por los siete mares del tiempo,
por los otros siete del idioma,
que la ballena blanca de Melville?

Hace más de cien años que navegan Ahab y su ballena,
hace mucho más de cien que el hombre pesca
en el papel las palabras del poema.
El Starbuck que hay en mí se rebela.
No venderé su aceite en Nantucket,
jamás arribaré al puerto,
ese trozo de mar en tierra firme,
ese pálido muelle cercado de poemas.
¿Me volveré loco porque Ahab tiene un mástil en los ojos?

Pero Moby Dick no es una ballena
eso lo sabe Ahab, eso lo sé yo.
Monstruo ubicuo, la palabra, ballena blanca,
en todos los mares ataca y se halla.
No es ella, lleva escondidas en su alma
profundidades demoníacas, aguas revueltas y negras;
en su lomo, conchas, algas, mejillones
milenarios y secretos brillan acerados por la luna
con cósmico misterio.

Todas las pasiones contemporáneas del hombre,
y también las cosmogónicas,
botánicas, minerales, zoológicas,
nadan en la ballena del idioma.
Ay de aquel que hunda su arpón irresponsable,
sentirá una fuerte presión, se le desfondará el tórax.
Pájaros marinos, verdugos de un dios que castiga
para siempre a Prometeo,
los peces nadarán eternamente por su quilla,
indiferentes a su dolor, a su mirar vidrioso.
Pero el esperma vigoroso de la palabra
Surgirá la llama de la vida
Vale pues el riesgo.

¡Ahab, dame el arpón!

sábado, 22 de agosto de 2009

Instantes

La fotografía es el arte de lo efímero... un segundo en el tiempo que se queda fijo, estático, atrapado. Oprimimos el botón disparador y es como si pulsáramos el botón en un control remoto. Pausa. Pausamos el tiempo. Lo retenemos.

Me gustan los deportes y en combinación con esta pasión por la fotografía, me gustan las fotos deportivas. El instante donde la clavadista, rodando por el aire, es un perfecto caracol, una espiral que se deshace antes de llegar al agua; el basquetbolista, alto y robusto, que lleva la pelota adherida a la palma de la mano como si fuera por magia, y en un brinco que a todos los deja cuasi enanos vuela hacia la canasta.

Fracciones de segundo que busca la mirada del cazador al acecho tras la cámara.

Yahoo! Deportes tiene una sección que se llama Las Diez mejores fotos de la semana. Acabo de verlas. Por eso es que pensé que la fotografía es el arte de lo efímero, un segundo en el tiempo que se queda fijo... y más aún si se trata de movimientos, posturas, flexibilidad del cuerpo, como lo siguiente:

Blanka Vlasic supera el listón en la final de salto de altura femenino en Berlín. 
Foto de Adrian Dennis. AFP. Getty Images.

Moritz Cleve de Alemania participa en la competencia de salto de longitud en Berlín. 
Foto de Adrian Dennis. AFP. Getty Images

Una atleta compite en la prueba de salto de longitud.
Foto de Alexander Hassenstein. Bongarts. Getty Images

jueves, 20 de agosto de 2009

Marco Denevi



Sobre un antiguo conjuro


Ciertas bestias de caza, para despistar a sus perseguidores, hacen un rastro de engaño en figura de ocho. El mismo que repite, frente al hombre, la mujer que baila el tango.

Marco Denevi.

Historia de un tejido





A Víctor Pavón y a mí nos gustaban —y nos sigue gustando— los juegos creativos de palabras. Una tarde de las que compartimos cuando fuimos compañeros en la universidad, implementamos un jueguito para escribir en cinco minutos lo que se nos ocurriera a raíz de una frase. Hacíamos esto entre clase y clase, mientras llegaba, por ejemplo, José Ramón Enríquez al salón a hablarnos de teatro y contagiarnos su pasión... qué prodigio tener a alguien como él como maestro. Víctor detonaba: "Había un no sé qué atorado en la ventana..." y usábamos ese pie de frase para iniciar un relato breve. Lo hicimos varias veces. Nos gustaba. A veces estábamos platicando cualquier cosa, supongamos, me contaba: "Ayer fui al cine y vi a una muchacha a la que me hubiera gustado llamar por su nombre"... a mí me brillaba la mirada y él se daba cuenta, interrumpíamos la conversación y cada quien se iba a su trinchera a escribir algo. Luego nos leíamos, nos reíamos, y continuaba la conversación, como si nada hubiera pasado.

A veces, simplemente, estábamos ahí sentados, viendo que lloviera: en los alrededores de la Universidad Modelo, en Cholul, había entonces mucho monte, no había edificio que detuviera la ventolera ni el agua en bajada, evocándome lluvias y diluvios sólo registrados en La Biblia o en Macondo. Recuerdo, a lo lejos, una veleta de esas que atraen el agua con sus giros, aunque esa veleta era nada más exhibición, porque los únicos aires que tenía era el de ser una flor con pétalos y tallo oxidados. En los días calurosos, esa veleta tenía un brillo diferente, el óxido se acentuaba con ese color nostálgico que tiene, me gustaba mirarla e imaginarla girando sobre su pedestal cuando tenía el privilegio acuático que ahora los años le han frenado.

Un día de esos Víctor sólo dijo: "No pueden tejer". No pueden tejer. ¡No pueden tejer!

Abrí la libreta, él abrió su cuadernito, escribió. Y escribí:

No pueden tejer. Las agujas tienen vida propia y toman rumbos equivocados al mandato de las manos. Imposible enhebrar. El ovillo azul se vuelve agua y no puede atraparse. El rojo se desangra en el sofá. Las agujas están tercas, dislocadas. Hoy no son esa armonía de siempre, no tienen ritmo, una transparente melodía las aloca hasta perder el control. Lo ya tejido emprende reversa y la bufanda se desbarata. Las manos observan atónitas, no pueden creerlo: sobre el regazo van estirándose los hilos que vuelven al ovillo.

—No se puede continuar así —dicen enojadas las manos.

De veras están muy molestas, ya la bufanda está desvanecida. Azul y rojo no se quieren. No pueden estar entretejidos.

Manos no lo entienden.

Agujas son cómplices y por eso la rebelión: saben que azul flirtea con verde y que amarillo pretende a rojo.

Bufanda tampoco está de acuerdo. Apenas tuvo ojos para darse cuenta de sus hilos, y boca para quejarse, le dijo a las agujas que no soportaría vivir cuadrículada entre azul y rojo.

Entonces ellas, comprensivas y apenadas, se enarbolaron en las manos como espadas que iban de aquí y allá con un aire de espigas de metal, mientras los ovillos giraban y giraban en un baile que los engordaba mareándolos con tanta vuelta.

Manos tamborilea los dedos en la rodilla y no comprende. Toma el par de agujas —están tan cansadas—, y también a rojo y azul que por debajo de los hilos se echan miradas de odio.

Todos vuelven a la canasta.

Chispas amenazantes surgen de rojo y amarillo. Es peligroso, pueden volverse fuego, se dicen al oído azul y verde, haciendo tregua para volverse mar en caso de incendio.

Agujas y alfileres duermen en perfecta simetría, pendientes y vigilantes, con el ojito bien abierto y el aguijón alerta.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Tres como Flans



Por Addy Góngora Basterra.

En mi familia los cinturones no eran para azotes: eran para cantar. Las hebillas la hacían de micrófonos y todo lo demás era el cableado… éramos niñas, éramos tres y éramos Flans… corre corre por el boulevard uuuuuu corre corre corre sin mirar atrás uuuuuu…

Mis hermanas y yo nacimos en los ochenta en una ciudad con mar y con pocos años de diferencia. Y de verdad: éramos flans, con copete y todo. Hay videos nuestros de ese entonces en Chelem —tuvimos una infancia feliz en esa playa— donde improvisamos coreografías desatinadas; era esa edad en la que el cuerpo de las niñas todavía no coordina bien los movimientos; para entonces Tere, mi hermana menor, aún no hablaba aunque ya daba brincos encaminados a la danza.

¿Cuál será mi primer recuerdo? ¿cómo encontrarlo en todo el collage de memorias? ¿a dónde se van todos esos recuerdos que tenemos en la infancia? ¿habrá una caja extraviada en algún lugar, un baulcito mágico que un día nos pueda ser entregado con todas esos momentos? Las fotografías son un mapa que a veces sirve de ayuda para señalarnos la historia de un pasado, sirven de recuerdos. ¿Qué recordaría si no tuviera imágenes de cuando era niña? ¿qué recuerda quien no tiene fotos? Y los relatos que nos hace la familia, ¿ayudan o confunden? ¿qué tanto nos “creamos” recuerdos y que tanto realmente “recordamos”?

En diciembre del dos mil ocho, Tere se embarcó en la tarea de rescatar algunos videos, filmaciones que mi padre hacía cuando éramos niñas, cuando éramos tres, cuando éramos Flans. Los pasó a DVD y verlos fue un desafío al tiempo, a los años, a la memoria. En uno de ellos estaba Mosín, mi abuela, en su hamaca, con su voz megáfono, con casi treinta años menos a la edad que tenía cuando murió en diciembre pasado; la voz la tenía igualita.

Hay un video del 86. Sé que es ese año —o después— porque Lichi, Tere y yo estamos en el camino de arena frente a nuestra casa de playa cantando y bailando Chiquitibum a la bim-bom-bao, a la bio, a la bao, a la bim-bom-bao, México, México, ¡rra, rra, rra!... Éramos niñas, éramos tres y siempre nos ha gustado bailar. Teníamos poca ropa y pocos años en ese video donde salimos bailando chiquitibum… ¿bailando? mas bien nos zangolotéabamos, queríamos mover los hombros pero movíamos todo, como esos títeres llevados por hilos cuya cruceta manda una danza desacompasada. Todo esto tratando de imitar lo que veíamos en la tele ante el furor provocado por el mundial de futbol… ¡México 86, México 86!, cantábamos todos, y ahí estaba la mujer chiquitibum con la playerita de cerveza Carta Blanca, cortada a media panza…

Vivimos unos ochenta felices. Veo fotos de mi padre en ese tiempo y es guapo, está en traje de baño caminando rumbo al mar, esbelto, fuerte, sanísimo, alegre como es desde mi primer recuerdo. Mi madre, mujer bonita de piel clara, ataviada con lentes de armazón enooooorme, ochenteros, el cabello corto como lo ha tenido desde que tengo uso de razón, tiene puestos unos shorts que le dejan libres las rodillas, está sentada en una silla grande de mimbre, el respaldo sobresale por detrás de ella, mueble grande como si fuera un trono (¿o era un trono?) y ella está ahí con las piernas cruzadas, juvenil, todavía sin haber sido madre, con su sonrisa y la mirada diáfana.

Entre los videos que rescató mi hermana hay uno en especial que desde que lo vi se ha convertido para mí en un amuleto familiar. A veces para bien y a veces para mal, cuando uno es niño no ve cosas que ocurren a su alrededor. Lo que vi en éste video prueba lo anterior porque ni mis hermanas ni yo, que aparecemos en el cuadro de la película, nos damos cuenta de lo que pasa. Mientras nosotras fantaseamos en la arquitectura de un país lejano, donde princesas, príncipes y torres de castillos emergen de los cubitos que usamos para moldear la arena, mi papá ha dejado en el tripie la cámara fija… se echa a correr hacia donde está mi madre, sentada en la arena y con traje de baño viéndonos jugar… llega hasta donde ella está y como en las películas —pero de veras, como en las películas— se le tira encima y la besa, se quedan acostados en la arena, con la distancia de la cámara se medio distinguen los besos y risas de ambos… no se oye nada, sólo el sonido del viento registrándose en la grabación, brisa con prisa por el larguísimo y aconchado corredor que era la orilla de ese mar. ¿Cuántos años tendrían entonces mis papás? ¿treinta y tres años? ¿treinta y cinco? ¡Qué juventud! ¡Y la nuestra qué inocencia!

Mientras ellos estaban en lo suyo, felices por su libertad y no creo equivocarme al decir enamorados, mis hermanas y yo estábamos en lo nuestro haciendo túneles de arena hasta llegar al agua —por ahí andaban los cocodrilos que rodeaban las murallas del castillo para protegerlo y al que sólo se podía acceder cuando una puerta se dejaba caer por cadenas, para dejar de ser puerta y convertirse en rampa—. Y ahora, veintitantos años después mis hermanas y yo vimos ese beso…

¿Cómo no haber amado esos ochenta si tuvimos una infancia feliz y llena de besos entre mis padres, besos para nosotros, una década, además, llena de música y canciones, llena de tardes en parques, columpios, balancines y jardines donde correr?

Éramos niñas, éramos tres y éramos Flans… Tíiiimido, ti-tiiiimido

La otra noche vi con esos ojos que da la nostalgia, una foto que tengo pegada en la puerta del clóset, enfrente de mi cama. En la fotografía estoy con mis hermanas sentada sobre un chacmol en Chichén Itzá. La imagen es una ternura. Las tres estamos con el pelito suelto y con el mismo corte, el mismo fleco; Lichi y yo tenemos puesta una blusa igual pero en distinto color —ella amarilla, yo morada— con el dibujito estampado de los pitufos. Tere tiene una blusita blanca de Topogigo. Antes de ver la foto estaba contenta, había concluido un trabajo y me sentía satisfecha. Pero al pasar frente al rectangulito de papel y ver ese instante que mi padre detuvo en el tiempo, sentí una tristeza alegre, una alegría triste, vi a mis hermanas que entonces eran hermanitas, estamos abrazadas, Lichi al medio, nos abraza a las dos por la espalda, su bracito izquierdo sobre el hombro de Tere, su bracito derecho sobre el mío… frágiles, tres, chiquitas, riéndonos, con nuestros padres mirándonos, estamos ahí en ese fragmentito de infancia y fue como si un volquete me echara encima su pesado cargamento, sentí el peso de la geografía y la distancia: extraño a mis papás y a mis hermanas… ¿quién me ofrece una solución, cantaba Flans y cantábamos nosotras cuando éramos niñas, cuando éramos tres… para arreglar mi situación?... y ahora canto yo para alegrarme el corazón, apretando en el puño un cinturón imaginado.


@letranias

martes, 18 de agosto de 2009

Paulo Leminski


Río de Janeiro de noche. © Fotografía de Jim Zuckerman


Paulo Leminski (1944-1989). 
Poeta brasileño.

  a noite - enorme
tudo dorme
menos teu nome


*

la noche - enorme
todo duerme
menos tu nombre



Paulo Leminski nació y murió en Curitiba.
Amaba la música. Compuso canciones que han cantado Caetano Veloso y Ney Matogrosso, entre otros. Fue también un apasionado por la literatura y cultura japonesa, gran admirador de Matsuô Bashô, de ahí que muchos de sus poemas tengan la arquitectura del haikú.

Descubriendo el País de Nunca Jamás


Fotografía de Clive Coote © Miramax Films. Bureau L.A.


Volví a ver Finding Neverland, la película que cuenta el origen de Peter Pan.

Qué belleza... dan ganas de tenerla siempre a mano como un libro. La vi en el cine cuando se estrenó, en el 2004. La disfruté tanto... lo que reúne en los minutos que tiene por duración es dulce deleite: unos niños divinos con una actuación memorable, la historia que detona en James Barry (Johnny Depp) el relato de Peter Pan y, por lo tanto, el proceso creativo del escritor. Dicen que los niños son los que tienen la imaginación fácil, simple, plena... pero aquí lo maravilloso es que el de la imaginación es Barry, el adulto Barry, que sumergido en éste ambiente infantil se deja llevar por los sueños: los niños que brincan en la cama (... y de pronto salen volando por la ventana)... la abuela que al reprender a los nietos de pronto lo hace con un gancho en la mano (¡Acabaré contiiiiigo Peter Paaan!)... o el comentario de Sylvia Davies --la madre de los niños, papel que interpreta Kate Winslet-- cuando le cuenta a Barry que si el padre de los niños viviera no les permitiría tener al perro adentro de la casa, que viviría atado al jardín (¡Nana!)... lo fascinante es que uno, como espectador, va entendiendo cómo ciertos momentos, comentarios y visiones que presencia Barry terminan convertidos en la historia fascinante de Peter Pan.

La película tuvo siete nominaciones al Oscar: Mejor película, Mejor guión adaptado, Mejor actor, Mejor soundtrack, Mejor diseño de vestuario, Mejor dirección de arte y Mejor vestuario. Sólo ganó uno: Mejor soundtrack. Actúa en ella Freddie Highmore, el niño que años después sería el protagonista de August Rush, otra película que 
destapa los sentidos, en esta ocasión a través de la música... creo que también estuvo nominada al Oscar por, precisamente, el soundtrack.

Ahora que recuerdo, Freddy Highmore y Johnny Deep tras la peli de Peter Pan volvieron a compartir créditos en Willy Wonka y la Fábrica de Chocolate... de esta peli me quedo con la primera versión... aún cuando, no sé si austedes, me provocaban ansiedad y angustia las barbaridades que le pasaban a los dizque "ganadores" del tour por la fábrica de chocolate. Es de miedo esa peli, ¿no?

Pero vuelvo a Finding Neverland. Viéndola recordé uno de los comerciales que más me han gustado: el de American Express donde en un minuto Kate Winslet recorre los últimos años de su vida y sus personajes en películas:


Sencillo, creativo y diferente.

=)

PD. Finding neverland está en youtube, con buena resolución, la primera parte pueden verla dando click aquí luego le dan click a la parte 2 y así sucesivamente.

lunes, 17 de agosto de 2009

Epitafio para un poeta



Quiso cantar, cantar
para olvidar
su vida verdadera de mentiras
y recordar
su mentirosa vida de verdades.

1944
Octavio Paz



domingo, 16 de agosto de 2009

Rubén Blades

Mucho aprieta


Rubén Blades
© Fotografía de Eric Robert
Fernando Figueroa
El Universal
Domingo 16 de agosto de 2009
showbis@eluniversal.com.mx

Inabarcable, a los 61 años Rubén Blades aún pertenece a las grandes ligas de la salsa, género musical en el que alcanzó la cumbre con Willie Colón, al igual que con Fania All Stars y con su grupo Seis del Solar. Con este último se presentará el 10 de septiembre en el Auditorio Nacional y un día después en Guadalajara, como parte del tour Todos vuelven. Además trae el disco Cantares del subdesarrollo, que grabó en el garaje de su casa tocando él mismo varios instrumentos.

El 30 de junio pasado, Blades finalizó su labor como ministro de Turismo de Panamá, luego de cinco años en ese puesto. En 1994 había sido candidato a la presidencia por el Movimiento Papa Egoró (Madre Tierra), que él mismo había fundado, y obtuvo 17.1 % de los votos. También ha participado como actor en el cine y la televisión de Estados Unidos, aunque generalmente “haciendo papeles en los que me terminan matando”.

Estudió Derecho en su país y una maestría en Harvard, pero durante su infancia y adolescencia se nutrió de la cultura popular mexicana.

—Supongo que vio mucho cine mexicano en su juventud, ¿no es así?

—Vi todo lo de Sara García, Andrés Soler, Pedro Armendáriz, María Félix, Pedro Infante. Los cómicos: Cantinflas, Tin Tan, Clavillazo. En la televisión: Los Polivoces, Raúl Astor, Viruta y Capulina. Oíamos mucho a Enrique Guzmán y César Costa: “Me fui de viaje para ver si así…” (canta entre risas).


—¿Le gustaría haber compuesto alguna canción de Manzanero?

—¡Todas! La primera que escuché fue “Esta tarde vi llover” y me pareció fantástica. Antes que él, en Panamá eran una institución personajes como Agustín Lara y Pedro Vargas. Me nutrí de eso pero tenía que hacer algo propio, así que elegí la salsa urbana con mensaje social.


—¿Qué personaje histórico le atrae?

—Zapata es la encarnación del ideal total: el campesino que surge de la masa, que destaca en la lucha contra la opresión y regresa a su tierra a morir en circunstancias especiales. Juárez también es muy atractivo, lo mismo que Cárdenas con su argumento nacionalista.


—¿Fue difícil encarnar a Diego Rivera en la película Cradle Will Rock?

—Leí varios libros que tenían que ver con él porque no quería hacer una bufonada. Siempre es difícil interpretar a un personaje de ese tamaño.


—¿Por qué llega usted a la cartera de Turismo de Panamá y no a otra?

—Así lo decidió el presidente Martín Torrijos. Primero pensé en manejar el asunto de las prisiones. En toda Latinoamérica las cárceles son algo lamentable; no puedes rehabilitar lo que nunca fue habilitado. Trabajé con presos desde el tercer año de mi carrera de Derecho en Panamá y hasta la tesis.


—¿Con usted no aplica “El que mucho abarca, poco aprieta”?

—No, cuando aprieto, aprieto bien.


—¿Era carnada para los “paparazzi”?

—No era nada atractivo, porque saliendo de la oficina me iba a mi casa. No frecuento los bares.


—¿El poder es afrodisíaco?

—Para mí no fue afrodisíaco, sino una responsabilidad abrumadora.


—¿Va a escribir su autobiografía?

—Creo que sí la voy a hacer, sólo necesito tiempo. Espero vivir muchos años, pero es claro que, a los 61 años, tengo más pasado que futuro.


—¿Hace cuánto que no se sube a un Diablo Rojo (microbús panameño con chofer que maneja como demonio)?

—Ja, ja, ja. Hace como un año.


—¿Cuánto cuesta?

—Ahora mismo: 25 centavos.


—¿Trocaría un Grammy por un Oscar?

—No creo, porque entonces no hubiera experimentado el placer de hacer los discos. El álbum de más éxito de Willie Colón y mío fue Siembra y no ganó Grammy.


—¿Se cambiaría por Mariano Rivera (pitcher de los Yanquis)?

—Ja. No me cambiaría por nadie.


—¿El béisbol es su deporte favorito?

—Sí, pero practiqué el basquetbol.


—Platíqueme de la canción “Segunda mitad del noveno”, de su nuevo disco.

—Es una alegoría del juego de pelota cuando la situación se pone difícil. Estamos en la segunda mitad del noveno y nadie sabe qué hacer. También es una alerta para no idealizar los supuestos tiempos dorados. Los años 50 no eran tan bellos para todo mundo, sobre todo si eras indígena, negro, mujer o minoría.


—¿Nadie le ofreció dinero sucio como ministro de Turismo?

—Jamás. Y a la gente que trabajaba conmigo les decía que si alguien les ofrecía una coima me lo reportaran. Solía decirle a los empresarios: “Agradecemos su interés en nuestro país, pero la felicidad suya como inversionista no se va a obtener con la infelicidad de la gente de mi país”.

sábado, 15 de agosto de 2009

Publicidad Creativa

¡Está de diez el cartel para el Festival de Tango que empieza hoy! La publicidad está en los andenes del subte. Qué buen ojo, creatividad y talento del diseñador que vio en la unión que hay, entre vagón y vagón del tren, los pliegues de un bandoneón en reposo.








¡Excelente!
¡Hasta gusto da ver publicidad así!
Ahora habrá que ir a disfrutar el festival...

Océano mar


Ayer compré un libro. Me pasa a veces como a los niños que no han todavía pagado un chocolate y ya se lo están comiendo. Salí de la librería feliz con los primeros párrafos ya saboreaditos y al subirme al subte, cuyos asientos como es lógico un viernes por la tarde-noche en la estación 9 de julio, ya estaban todos ocupados. Me quedé recargada en la pared del vagón, junto a la puerta, y seguí leyendo.

Suelen preguntarme amigos extranjeros que también viven aquí o gente que está en México, por qué me gusta Buenos Aires. A veces no sé qué responder, generalmente respondo "porque es una ciudad caminable". Pero ayer me di cuenta que también me gusta por otra cosa: porque la gente lee.

Ayer, en el trayecto que hice en el subte, cerca de mí estaban varias personas con libros abiertos. Me daba risa porque se las ingeniaban, igual que yo, para acomodarse de tal manera que pudieran seguir leyendo entre el apachurramiento que se provoca en algunas estaciones. Una mujer pelirroja llevaba bajo el brazo los "Cuentos reunidos" de Clarice Lispector, la edición de Alfaguara que está bastante nutridita. Otro señor estaba leyendo a Mario Bellatín... junto a mí había un niño leyendo a Harry Potter y un señor con "Ángeles y demonios"; el niño y el señor eran familia, americanos, ambos leían y se hablaban entre ellos en inglés. Me gustó ver la conjunción de geografías y fantasías que habían ido a dar al mismo vagón... Clarice... Bellatín... J.K. Rowling y Brown... pues confieso: me encanta andar metiendo los ojos en los libros ajenos y ver qué es lo que los demás están leyendo.

El de Ángeles y demonios, Harry Potter y yo íbamos tan metidos en la lectura, que si no hubiera sido por el niño nos seguíamos de largo los tres, pues el Potter le dijo al Brown: ¡Olleros!.

¡Olleros!

También era mi estación, así que nos bajamos los tres; Bellatín y Lispector siguieron de largo.

Hoy identifico que esa es una razón más por la que me gusta Buenos Aires: la gente se acompaña de lectura.

Pero como decía: ayer compré un libro. Me dejé seducir por el título y su autor, Océano mar de Alessandro Baricco. Extraño el mar y todo lo que tenga que ver con él me hace bien, así que caí en la dulce tentación de sus páginas y ahora lo tengo junto a mí. Éste párrafo que transcribiré lo leí ayer, de pie en el subte y recostada en la pared del vagón, entre estación y estación, entre el barullo, la gente que sube y te empuja, entre "Ángeles y demonios" y Harry Potter... olvidándome por momentos de donde estaba y feliz por haberme dejado elegir por páginas como esta que me hacen mejor la vida. Para contextualizar el párrafo, imagínense a un hombre que está en una playa tranquila, con un caballete anclado en la arena:


Sigue mirando fijamente el mar: Silencio. De vez en cuando moja el pincel en una taza de cobre y esboza sobre la tela unos cuantos trazos ligeros. Las cerdas del pincel dejan tras de sí la sombra de una palidísima oscuridad que el viento seca inmediatamente haciendo aflorar el blanco anterior. Agua. En la taza de cobre no hay más que agua. Y en la tela, nada. Nada que se pueda ver.

Sopla como siempre el viento del norte y la mujer se ciñe su chal violeta.

—Plasson, hace días y días que trabajáis aquí abajo. ¿Para que os traéis todos esos colores si no tenéis valor para usarlos?

Eso parece despertarlo. Eso le ha afectado. Se vuelve para observar el rostro de la mujer. Y cuando habla no es para responder.

—Os lo ruego, no os mováis —dice.

Después acerca el pincel al rostro de la mujer, vacila un instante, lo apoya sobre sus labios y lentamente hace que se deslice de un extremo al otro de la boca. Las cerdas se tiñen de rojo carmín. Él las mira, las sumerge levemente en el agua y levanta de nuevo la mirada hacia el mar. Sobre los labios de la mujer queda la sombra de un sabor que la obliga a pensar "agua de mar, este hombre pinta el mar con el mar"...


Alesandro Baricco (1958) es italiano.
Tres años después a ésta novela publicó "Seda", novela que fue un éxito editorial y que ha tenido lectores por todo el mundo pues ha sido traducida a muchos idiomas.

A propósito de la seda, hay otra parte de la novela que leí en el subte y que también quiero compartir. Es un fragmento del segundo capítulo:


Tampoco hay que olvidar la historia de Edel Trut, que en todo el País no tenía rival en tejer la seda y por ello fue llamado por el barón...

(...)

—¿Qué ves, Edel?

En la habitación de la hija, el barón está de pie frente a la pared larga, sin ventanas, y habla despacio, con una dulzura antigua.

—¿Qué ves?

Tejido de Borgoña, de buena calidad, y paisajes como hay muchos, un trabajo bien hecho.

—No son unos paisajes corrientes, Edel. O por lo menos, no lo son para mi hija.

Su hija.

Es una especie de misterio, pero hay que intentar entenderlo, sirviéndose de la fantasía, y olvidar lo que se sabe, de modo que la imaginación pueda vagabundear en libertad, corriendo lejos por el interior de las cosas hasta ver que el alma no es siempre diamante sino a veces velo de seda —esto puedo entenderlo —imagínate un velo de seda transparente, cualquier cosa podría rasgarlo, incluso una mirada, y piensa en la mano que lo coge —una mano de mujer —sí —se mueve lentamente y lo aprieta entre los dedos, pero apretarlo es ya demasiado, lo levanta como si no fuera una mano, sino un golpe de viento, y lo encierra entre los dedos como si no fuera dedos sino... —como si no fueran dedos sino pensamientos. Así es. Esta habitación es esa mano, y mi hija es un velo de seda.

Sí, lo comprendo.

—No quiero cascadas, Edel, sino la paz de un lago; no quiero encinas sino abedules, y esas montañas del fondo deben convertirse en colinas, y el día, en atardecer; el viento, en brisa; las ciudades, en pueblos; los castillos, en jardines. Y si no queda más remedio que haya halcones, que al menos vuelen, y muy lejos.
Sí, lo comprendo. Sólo una cosa: ¿y los hombres?

El barón permanece callado. Observa a todos los personajes del enorme tapiz, uno a uno, como si estuviera escuchando su opinión. Pasa de una pared a otra, pero ninguno habla. Era de esperar.

—Edel, ¿hay algún modo de conseguir hombres que no hagan daño?

jueves, 13 de agosto de 2009

El asombro, Saturno y sus anillos


El periódico cuenta cosas increíbles y resalto esta palabra porque la digo con todo la significación que tiene. Increíbles. Una vez más se comprueba que la realidad le gana a los inventos literarios, en la cotidianeidad ocurren cosas que se antojan de ficción… o que muchas veces quisiéramos que ocurrieran en una dimensión alterna, en una película o en una novela, pero no en nuestras vidas, no en personas conocidas por nosotros, no en nuestro entorno.

Muchas veces tengo miedo de entrar a portales virtuales de periódicos por temor a las calamidades que siempre encuentro en ellos. Me asusta el contenido de los periódicos y más aún por las fotografías, hay imágenes periodísticas que son verdaderamente fuertes y que de tan sólo mirar me hacen sentir una descarga de electroshocks, me dejan mal en la silla, me han quitado el sueño o, por lo contrario, me hacen tener pesadillas.

Sin embargo no quiero dejar de saber qué es lo que pasa en México, qué es lo que pasa en Mérida, qué es lo que pasa en el mundo. Cada mañana hago un recorrido por la prensa, el primer periódico que visito es uno de Yucatán, mi nostalgia meridana reclama saber qué es lo que pasa donde está la gente que quiero y su periódico es mi pista de despegue. Así empiezo la peregrinación por los periódicos en la que, a decir verdad, si bien algunas veces termino adolorida, también aprendo mucho. Sabemos bien que los periódicos están llenos de mentiras, hechos feos y contrariedades, pero también tienen cosas buenas y están llenos de sorpresas.

Desde hace unas semanas decidí crearme accesos directos a las páginas de Cultura que tienen los periódicos que me gusta leer. Estos enlaces directos son con el mismo propósito de las “ojeras” (¿o cómo se llamarán esas cositas que le ponen a los caballos que andan, por ejemplo, en Paseo de Montejo, para que puedan andar por la avenida viendo de frente únicamente y no asustarse de lo que pasa al lado de ellos?) Bueno, pues así con mis enlaces, siento que puedo transitar tranquilamente sin caer en pánico, según yo “me protejo”, me mantengo a salvo de sustos y dolores que me dan cuando emprendo la ronda por periódicos virtuales.

¿A ustedes no les duele el alma cuando leen cosas malas que ocurren en el mundo?

Siiiiiiin embargo, irremediablemente ese remolino de calamidades me termina absorbiendo. De forma inevitable se me atraviesa un título temible… ni siquiera tengo que leer la nota —a veces los títulos son peores que la nota— o al menos para mí que me lo imagino todo y, repito, es como si me dieran electroshocks.

Hay notas que me dejan triste y con la sensación que nos queda cuando por descuido atravesamos una telaraña que no sabemos como quitarnos del cuerpo y de la cara, damos manotazos sin ton ni son ante esa sensación de tener algo en la piel, algo que no podemos ver… aún cuando ya nos hemos quitado de encima el misterioso telar. Así me pasa con algunas noticias, no sé cómo quitármelas de encima, quisiera olvidarlas pero no puedo.

Pero no todo es tragedia en un periódico. También está la contraparte, hay notas que me llenan de aprendizaje y alegría. Siempre le agradeceré a la prensa el poner a prueba diariamente mi capacidad de asombro. ¿A ustedes no les pasa? Asombro. A veces me río porque me veo a mí misma haciendo exclamaciones de sorpresa. Esa capacidad de asombro no es solamente por cosas que no puedo creer, sino muchas veces por cosas que no sabía y que de pronto me transforman la vida, notas a veces muy breves que me develan detalles, hechos, personajes, momentos o realidades que para mí era inimaginables, cosas que no sabía que podían existir, acontecimientos que me dejan con la boca abierta o que me hacen querer levantar el teléfono para compartir esa chispa… ¿cuántas veces una nota de periódico no ha sido detonador de fantasías, de historias, de películas?

Esta mañana me ha dejado fascinada leer sobre Saturno y sus anillos. ¿Quién me iba a decir que hoy, con la nariz metida en la taza de café y mirando por encima de su borde el periódico en la compu, todavía en pijama, iba a enterarme que los anillos de Saturno se vuelven invisibles cada quince años por un fenómeno producido por el sol? No sé para ustedes, pero para mí es una aventura cotidiana leer el periódico, un placercito personal y esto es porque me gusta la vida, me sorprende y también estoy media loca porque quizá a nadie más le importen los anillos de Saturno, pero a mi me fascina saber de él, más aún porque últimamente he estado pensando en anillos: los anillos de compromiso que han recibido mis amigas y lo que ese circulito en la mano izquierda implica; he estado pensando también en una tarde de marzo cuando María, mi amiga francesa, le dio vuelta a mi mano y se puso a leerla sin que yo se lo pidiera (yo no sabía que sabía de las líneas y del destino trazado en ellas) y recuerdo su sentencia con acento de española: “Pero si tienes el Anillo de Salomón”… y recordé eso porque en estos días he estado pensando en, según la leyenda, el verdadero Anillo de Salomón y en su sabia inscripción Esto también pasará, frase válida tanto en infortunios como en alegrías... Esto también pasará, frase que he hecho mía, que me repito y me hace bien. Esto también pasará.

Todo este asunto es porque al caer a un sitio de Cultura me llamó la atención el título de una nota: “Desaparecen” anillos de Saturno. Ya sabemos: la curiosidad mató al gato y ái me fui a ver qué le había pasado a los anillos… ¿a dónde se fueron?, me gustó pensar, ¿habrá también ladrones, piratas galácticos saltando de planeta en planeta buscando tesoros y arrasando con ellos? Así que empecé a leer la nota para saber un poco del planeta y su misterio lejano, y, ahora entiendo, no fue cuestión de piratas ni ladrones: fue el sol. Que no desaparecieron; que lo que pasó fue que por un efecto del sol dejaron de verse. Ahhhh, cambia la cosa... “fenómeno que ocurre cada quince años”, dice la nota. Los anillos, cuyo espesor es de diez metros, dicen los que saben, al recibir directamente la luz del sol por una perfecta alineación hace que dejemos de verlos.


Dicho de otro modo: ilusión óptica: el David Copperfield de los anillos de Saturno es el sol.

(Aplausos)

Lección del día: Ojo con el ancho de tus bordes y del alineamiento que tengas con el sol, mejor es vivir iluminado y no invisible. Búscate el ángulo correcto.

Paréntesis: A propósito del sol y los efectos que provoca, todos los días en un rincón de mi departamento —cuando no está nublado— la ventana me regala un showcito multicolor que me llena de alegría: los vitrales de una lámpara hacen un carnaval en la pared que se desplaza según el movimiento del sol. Para lograr el jueguito de luces cambié de lugar la lámpara, es decir, tuve que alinearla con el sol y así me creé algo similar a una mini aurora boreal que me hace alegre. De otro modo, no existiría. Fin de paréntesis.

Volviendo al tema del periódico y a Saturno, lo fascinante fue aprender de que están integrados esos aros que la ciencia ha llamado “anillos”. Están conformados por barro, rocas, hielo y lunas pequeñitas… ¡ustedes se imaginan! ¡un telescopio por favooooooor! Saturno un arrecife y en torno a él peces lunares, peces de barro, peces de roca, peces de hielo… aros que además cada quince años se vuelven invisibles, capa mágica el sol cuando su luz le da directo… ahh… qué masajito para la imaginación y para el deleite ha sido esta nota…

¿Estoy loca?



Han pasado unos minutos… leí el principio de éste texto… ¿saben de qué me di cuenta? quería contar otra cosa, una nota que leí en La Jornada y que me llenó de asombro, pero por lo visto los anillos ejercieron su fascinación, todas esas lunitas ejercieron su atracción como a las mareas y vine a dar a Saturno cuando en realidad quería expresar por qué pienso que la realidad supera a la ficción, todo esto por lo siguiente, vean no´mas:



“Conductor de TV mandaba asesinar para subir rating de su programa”Presunto líder de una banda criminal divulgaba los homicidios para Canal libre, de Amazonas, cuyos reporteros llegaban antes que la policía al lugar de los hechos…


... pero mejor vayan a ustedes a leer la nota, aquí les dejo el link dando click aquí:



¡y acuérdense de andar bien alineados con el sol!


*

miércoles, 12 de agosto de 2009

Juana de Ibarbourou

La mancha de humedad




Hace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes. Era éste un lujo reservado apenas para alguna casa importante, como el despacho del Jefe de Policía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el empapelado, pero si la humedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo. Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a Desdichado de Brabante y montañas echando humo de las pipas de cristal que fuman sus gigantes o sus enanos. Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas las mañanas generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas brillantes, tomándole las manos:

—Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuantos árboles en sus orillas! Tal vez sea el Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos.

Ella me miraba espantada:

—¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mío, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.

Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora:

—No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.

Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos.

Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de biscochos y lápices despuntados.
De pie en el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que para mí tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del trópico. Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una O de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin lleno de asombro:

—¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?

Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados:

—¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y de animales. ¡Te odio, te odio; los odios a todos!

El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas. Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como sólo he llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente. Porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece... ¡Ay, yo lo sé bien!

Juana de Ibarbourou (1892-1979) es uruguaya. 
El relato anterior pertenece al libro “Chico Carlo”, escrito en 1949.

lunes, 10 de agosto de 2009

Releyendo a Clarice Lispector

La fiesta del termómetro roto

© Fotografía de Kulka

Clarice Lispector. Escritora brasileña.
Tomado del libro "Revelación de un mundo".

30 de septiembre de 1971

Siempre fue y será una fiesta para mí cuando se rompe en casa un termómetro y se libera la gota gorda y contenida de mercurio plateado, allí en el piso, dando una pequeña carrera y luego inmovilizándose, inmune. Intento tomarla con cuidado, auxiliada con el ángulo de una hoja de papel que pasa deslizándose por debajo de ella. O de él, el mercurio. Que no se puede atrapar: en el momento en que pienso que lo tengo se astilla mudo entre mis dedos como mudos fuegos de artificio, como lo que dicen que nos sucede después de la muerte —el espíritu vivo se dispersa en energía suelta, por el aire, por el cosmos. Qué imposibilidad de capturar la gota sensible. Ella simplemente no lo permite y resguarda su integridad, incluso cuando se reparte en innumerables pelotitas dispersas: pero cada pelotita es un ser aparte, íntegro, separado. Basta sin embargo que yo alcance ligeramente a una y ésta es atraída velozmente por la que está cercana y forma un conjunto más lleno, más redondo. Sueño tanto hoy que rompí un termómetro como cuando niña, sueño millares de termómetros rotos y en mucho mercurio denso y lunar y frío y desparramándose. Y yo jugando, toda seria y concentrada en alto grado, jugando con la materia viva de una enorme cantidad del metal de plata. Me imagino sumergiéndome como en un baño en este vasto mercurio que imagina salido de los termómetros: al sumergirme millares de pelotas se soltarían, cada una por sí, gruesas, impasibles. El mercurio es una sustancia exenta. ¿Exenta de qué? Nada explico, me rehuso a explicar, me rehuso a ser discursiva: está exento y basta. Parece poseer un frío cerebro que comanda sus reacciones. Me siento en relación a él como si yo lo amara y él nada sintiera por mí, ni siquiera una obediencia de objeto. El mercurio es un objeto que tiene vida propia. Lidiar con él es una experiencia no sustituible por otra. Él no cede ante nadie. Y nadie consigue atraparlo. El espíritu, a través del cuerpo como medio, no se deja contaminar por la vida, y ese pequeño y resplandeciente núcleo es el último reducto del ser humano. Las fieras también poseen ese núcleo irradiante, tanto que ellas se conservan íntegras, indomesticables y vitales.

Noto que pasé del mercurio al misterio de las fieras. Es que el mercurio —que constituye la materia de la luna— hace meditar, me lleva, de una verdad a otra, hasta el núcleo de pureza e integridad que está en cada uno de nosotros.

¿Quién? ¿Quién no jugó con el termómetro roto?


domingo, 9 de agosto de 2009

Te duermes


© Brent T. Madison


Gioconda Belli (1948). 

Poeta nicaragüense.

Te duermes a mi lado.
Caes silenciosamente en ese mundo
donde yo puedo ser alguna remota conocida,
una compañera de banca de parque o la amante
que acabas de dejar para evadirte a esa región donde, mutuamente,
nos privamos de la palabra.

Me conmueve verte dormido, hundido en las sábanas
con el abandono del sueño, enigmáticamente
encerrado en tu cuerpo.

También yo me dormiré y entonces quizás te despiertes
y pienses esto que yo estoy pensando, tal vez
me imaginarás enredada en algún árbol enmarañado
de los que sabes que me encantan y me quieras alcanzar tocándome,
sacándome del mutismo de estación
de radio apagada, volviéndome a traer hacia tu lado,
hacia el amor que nos dio el sueño.


martes, 4 de agosto de 2009

El Coleccionista


Ahora colecciono miradas
Alfonso Reyes
Poeta y ensayista mexicano



© Fotografía de Andy Rouse

Ahora colecciono miradas. Los ojos son unas ventanas por donde entra y sale la conciencia a toda hora. Hay conciencias de gusto amargo, y otras de gusto dulce. Las hay cálidas, las hay gélidas. Las hay que tienen el frío cariñoso de la primavera, o el calor discreto del nido. Todo eso se gusta por los ojos. Ese abandono de los ojos ese "impudor", exageraba Longino nos cura un poco, nos revive un poco a los que estamos hastiados de descifrar sonrisas. Esa tremenda confesión de los ojos ha logrado al fin devolverme las emociones que me embotó el abuso de las sonrisas. Una mirada me sumerge en suaves delirios: "siembra mi corazón de estrellas". Y, a poco de interrogarlas, no hay mirada que no responda: todas se entregan.

Y voy, bajo los árboles de la primavera, como un Don Juan de las miradas, sorprendido, robando fuegos rojos, azules, fuegos castaños, fuegos grises. Las hay que convidan con la serenidad zarca de Atenea, y las hay que arrastran a la negra meditación del búho. Y éstas y las otras se me antojan: se me antojan imperiosamente como al sediento el vino.

Cuando veo venir unos ojos abiertos (no todos los ojos abiertos están abiertos), de esos que van 
sin saberlo derramando el contenido secreto, hay algo que se estremece en mí: algo como un escozor de quemadura que quiere ser quemada otra vez. En este delicioso rebusco del dolor, "¡Quiero que me quemen esos ojos!", digo al pasar. Y soy tan desdichado cuando pasan de largo, como Dante con su Beatriz, junto al puente aquel donde ella no quiso devolverle el saludo.

Cuando yo me muera y los médicos me abran el cuerpo para sacarme el alma, la van a encontrar llena de quemaduras del color de todos los ojos de las mujeres; si ya no es que encuentran un miserable puñado de cenizas: ¡toda se me habrá consumido en esta posesión imposible de las miradas, tonel sin fondo a los deseos! ¡Oh, dádme, dádme la mirada que fija y clava, la mirada que sacia como el vaso plenamente apurado!".

domingo, 2 de agosto de 2009

Fela Kuti

CRÍTICA: MÚSICA - DiscosApóstoles de Fela Kuti
Fela Kuti en Fete de l'Humanite en La Courneuve, Francia.
© Fotografía de Bernard Bisson/Sygma/Corbis



Nota de JAUME R. SALAS
Publicada en
Babelia.com

Algunos le conocen como el James Brown africano. Muchos, como el héroe de todo un continente. Algo más justo, esto último, cuando uno bucea en la agitada biografía de Fela Anikulapo Kuti: hijo de una familia de clase media de Nigeria, lo mandaron a estudiar a Londres a finales de los cincuenta. Lo que ahí aprendió, sin plan previo, fue a mezclar su carrera musical con las ideas de Malcolm X y Martin Luther King para erigirse en el azote de un gobierno, el de su país, que lo acosó hasta el límite. Pero sólo el sida, año 1997, pudo con él.

Desde entonces, muchos devotos de su figura y del afrobeat, estilo que el propio Kuti alumbró hermanando jazz y funk con la tradición africana, tratan de mantener viva la llama. Uno de ellos es Dj Floro, el álter ego en cabinas y estudios de Floren Cuadrado (Palencia, 1953) y, entre otros, uno de los presentadores del programa Sonideros de Radio 3. "Fue un visionario, un revolucionario, una rock star, alguien que dirigió su voz por y para los sin voz, capaz de consagrar su vida a la lucha por la unión de todos los pueblos africanos, enfrentándose al colonialismo y a la corrupción política nigeriana. No conozco a ningún otro músico africano que haya hecho esta cruzada". Palabra de Dj Floro, el mismo que desde 2002 codirige los destinos de la Asociación Cultural AfrobeatProject. De entre sus acciones, la publicación de Republicafrobeat, una serie que rastrea el mapamundi en busca de grupos que reinterpretan los postulados del maestro nigeriano.

Ahora, en su tercer volumen, otra buena muestra de la salud que dicho estilo goza en medio planeta. Al sur de Europa, propuestas como la francesa Fanga o la de Afro Soul Toasting All Stars, afincada en España. Al norte, el finlandés Jimi Tenor, los holandeses AIFF o la saxofonista sueca Sofi Hellborg. Y cruzando el charco, los neoyorquinos Kokolo o Sandra Izsadore Smith, veterana activista de los sesenta y ex miembro de las mismísimas Black Panthers. Pero no son estos los únicos nombres que han tomado el testigo en esta carrera de fondo. Más allá de Femi Kuti y Seun Kuti, dos de los hijos de Fela, y de la más que activa trayectoria de su inseparable batería Tony Allen, son muchos los músicos de Occidente que han absorbido parte de su legado. A la cabeza podríamos situar a David Byrne, explorando sus ritmos a principios de los ochenta en aquel Remain in Light con su banda Talking Heads. Y en África también han puesto sus ojos grupos actuales como los sorprendentes Vampire Weekend o celebridades de nuestro pop como Paul Simon o el cantante de los británicos Blur, Damon Albarn, en álbumes como Graceland y Mali Music, respectivamente. ¿Otra forma, si cabe más sutil, del imperialismo? "En el acercamiento de muchos occidentales a las diferentes músicas de África ha habido de todo", contesta Dj Floro. "Desde apropiaciones de samplers y canciones a la utilización partidista de músicos africanos, pero también respeto y colaboración entre diferentes culturas".

Más de una década después de su muerte, la sombra de Fela Kuti sigue siendo alargada. Y su papel, según reincide el propio entrevistado, único e irremplazable en el intento de cohesionar la diáspora del continente negro. "La influencia del reggae y de Bob Marley en África es muy extensa y se debe a varias causas. Una de ellas es el mayor apoyo de la industria discográfica. El reggae y el afrobeat comparten en muchos casos la denuncia de las condiciones de vida de sus habitantes. De todas formas, creo que Bob Marley ha unido a los africanos más musicalmente que políticamente". Si es que en cualquiera de ambos casos puede hablarse de unión. Porque a pesar de los pequeños granos de arena que Dj Floro lleva colocando desde hace tiempo, sus ojos no ven la actualidad con demasiado optimismo: "Hasta hace dos años el presidente de Nigeria era Olusegun Obasanjo. El mismo que en 1977 arrasó a sangre y fuego la Kalakuta Republic, la comuna que creó Fela en Lagos. Sigue existiendo una corrupción generalizada y los mismos problemas que él denunció, no sólo en su país sino en muchos otros de ese enorme continente".

sábado, 1 de agosto de 2009

Escrito sobre una mesa de Montparnasse




Raúl González Tuñón.

Una tarde por el ancho rumor de Montparnasse
por ese aire de provincia tan confianzudo y claro
—cada ventana paga su pedazo de sol con una canción—
anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como una canción,
rojo y alegre como una revolución.

Y entonces, pensé: ¿qué haré ahora de mi vida?
Tengo dos amigos, un saxofonista y un vendedor de globos.

Ellos me han dicho: viene el invierno y eso es terrible.

Los gatos se calientan al sol pero un hombre necesita
de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer
siquiera dos veces a la semana.

Algunas mujeres me han detenido en Montmartre
pero me piden cigarrillos y cien francos
y yo sólo puedo darles ágiles besos casi inéditos
y hablarles de mi país sin que ellas me comprendan
y decirles que Blanca Luz está en Méjico
sin que ellas me pregunten quién es Blanca Luz.

Una noche bajo la vieja luna de París degollada en los techos
—la luna que alumbra a los enamorados y a los cobardes—
yo vi cómo en un alto balcón
se amaban un muchacho y una muchacha.

Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos,
de Buenos Aires que es tres veces más grande que París
y tres veces más pequeña.

Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla
sean productos perfectamente europeos
soy triste y cordial como un legítimo argentino.

Diría: soy un pobre muchacho abandonado aquí
como una valija rotulada en todas las aduanas del mundo
y quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra
y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán.

Pero si yo pudiera llevar a la práctica algo que hace días reflexiono:
¡Ponerme a gritar sobre la Torre Eiffel con afilados gritos
para que venga una mujer y me ame!

¿Conocen ustedes el Neuquén?
Allí hay cabañas de troncos de árboles
y pulperías en donde venden conejillos y libros de Maurice Dekobra.

¿Y Tucumán? En Tucumán solo puede buscarse la noche en los ojos de sus mujeres
y las guitarras de sonoras y floridas parecen patios.

¿Y Mendoza? En Mendoza los niños saben cantar
porque han nacido al borde de las acequias.

¿Y La Rioja? Yo anduve por ahí adolescente y barbudo como un gitano
y gané una elección con cincuenta pesos y una vaca,
absorto, como Buster Keaton.

¿Y Santa Fe? En Santa Fe viví treinta días en un convento
con ocho frailes franciscanos que iban doblándose hacia el suelo.
Los duendes venían hasta mi cuarto trayéndome briznas de sol
y por la noche se ocultaban en las hornacinas
para hacerles señas a los perros sin dueño y a los viajeros extraviados.

Nosotros tenemos además estaciones abandonadas,
pozos de petróleo y escuelas rurales, como en los cuentos de Bret Harte.
Pero lo que no tenemos es la alegría verdaderamente constante,
la risa verdaderamente pura,
el corazón verdaderamente libre.
Y no se hable de mi corazón.

Yo quisiera anunciar la función de los circos
dando puñetazos a las estrellas rojas.

Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo
para que rabien los millonarios.

Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí
y abrir toda la correspondencia del mundo por ver si alguien
una sola persona tiene un recuerdo, un solo recuerdo para mí.

Yo quisiera explotar una bomba, derrocar un gobierno,
hacer una revolución con mis manos amigas del cristal, de la luz, de la caricia
—destruir todas la tiendas de los burgueses
y todas la academias del mundo—
y hacerme un cinturón bravío de rutas inverosímiles como Alain Gerbault
para que venga Blanca Luz y me ame.