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martes, 30 de diciembre de 2008

La caricatura del día


martes, 9 de diciembre de 2008

Orlando Van Bredam



El gato "Hairy Truman" camina por la mesa del estudio
de Ernest Hemingway en Key West. Fotografía de Rob O´Neal.


Fábula de artistas

Lo cierto es que el gato, con mucha paciencia, aprendió a ladrar. Ladraba con fuerza, con eficacia de perro adulto. Tanto ladró que se olvidó de sus maullidos. Entonces, las opiniones se dividieron entre quienes sostenían que se trataba de un gato falso y quienes, por el contrario, aseguraban que era un perro apócrifo. Nadie tenía en cuenta su virtuosismo, el estudiado empeño que exhibía cada vez que quería soltar un ladrido. Lo peor sobrevino cuando los demás gatos lo tildaron de traidor, cobarde, obsecuente, cipayo, etc. El mismo rechazo obtuvo de los perros, para quienes era un vulgar imitador, un alcahuete, un arribista, un desarraigado, etc.

Con pesadumbre de artista postergado y vagando sin sentido, el gato llegó un día hasta mi casa. Poco nos bastó para comprendernos. Y decidimos vivir juntos, aunque ustedes no lo crean. Le conté mi drama: nadie quiere saber nada con un perro fino, delicado, que sólo emite maullidos de gato.



Orlando Van Bredam (1952) es argentino.


miércoles, 3 de diciembre de 2008

Una canción para dormir

«En el viejo bosque hay una casita, si vas allá te has de asomar...»


Por Addy Góngora Basterra.

Mi abuela no sabía hablar sin gritar. Su voz era pequeña únicamente cuando rezaba o al cantarnos a mis hermanas y a mí por las noches, cuando íbamos de vacaciones a Veracruz o cuando ella venía a Yucatán. Dormíamos en su cama mientras ella, desde la hamaca, nos arrullaba con una canción de perritos que iban a la escuela, la canción que siempre le pedíamos, la canción que acompasaba con pataditas que le daba a la cama para tomar impulso y arrullarse ella también, meciéndose. Parece que estoy oyendo el ruidito de la ese de la hamaca en la pared...

Hace un mes mi abuela tuvo un infarto cerebral. Según me explicó Eddie, mi primo, como consecuencia se le paralizaron ocho nervios del cuerpo, cuatro de un lado y cuatro del otro. Entre las cosas que no podía hacer era comer. ¡Mi abuela cocinera, mi abuela comelona! Su dolor era mío y me partía el alma, no podía soportar que esa mujer en rol de abuela que nos cantaba en la infancia y que siempre nos consentía, sufriera… ni que tampoco volviese a probar bocado de las delicias que le han llenado la vida de placer.


Era una cocinera de concurso. Una vez en Puebla consiguió unos chiles chipotles enormes y los hizo rellenos. Llegué un día a su casa, la mesa era un banquete mítico y todos nos sentíamos dioses en cada bocado, ¡qué sazón! Había de todo. En una de esas, con la voz megáfono, en paso rápido Mosín se fue a la cocina diciendo ¡los chiiiiiiiles!... y ahí venía de vuelta con la bandeja de chiles chipotles… capeados… cuando ¡ya todos habíamos comido!... milagrosamente a mi tía Leticia y a mí no sé de donde nos brotó otro estómago y nos los comimos t-o-d-o-s.


Creo que de todas las personas que conozco, es a la única que recuerdo diciéndome “Adita”. Mi nombre en diminutivo era una ternura en su voz.


El último día de octubre soñé con ella. El escenario del sueño fue el colegio Teresiano al que asistimos mis hermanas y yo, el lugar al que mi abuela iba a vernos bailar en festivales, disfrazadas de lo que pidiera la ocasión. Llevé en sueños a mi abuela a un lugar que ahora es eso, un sueño, una nostalgia. Llovía. Lichi, mi hermana, también estaba. Caminábamos. De pronto Mosín se detenía. Yo le miraba los pies y los tenía lastimados, en carne viva, ya los zapatos le habían provocado llagas, lo que pudiésemos hacer por ella tendría que ser —más que un reemplazo de zapatos— un proceso de curación. Llovía más fuerte. Estaba cansada de caminar, no podía dar un paso más. Yo no comprendía muy bien por qué habíamos ido ahí si no encontraríamos otros zapatos ni nada que pudiese ayudarla. Mi hermana le decía a Mosín que podíamos llevarla a buscar zapatos nuevos. Yo la miraba con interrogación (a mi hermana) y le decía que de nada serviría, porque lo que Mosín necesitaba era un alivio inmediato. Yo notaba en mi abuela un rictus de dolor que no he podido sacudirme y que me duele concebir como verdadero, es decir, pensar que en vida real sentía lo que su rostro en mi sueño reflejaba. Mi abuela ya no podía caminar, ya no podía seguir acompañándonos.


Mi familia ha empezado diciembre sin ella. Y yo estoy lejos de todos ellos, en otro país, a muchas horas de distancia incluso en avión.


Cuando la muerte nos toca cerca, se engrandece. Se nos forma un abismo. Cuando la muerte se lleva pedazos de infancia, cuando nos deja el humo de las velitas del pastel, la piñata rota… Cuando la muerte nos arrebata la idea siempre segura de ver a ese alguien que amamos… La muerte puntiaguda, ese navajazo al alma que sólo se siente cuando se ama…


Ayer por la noche le envié por celular un mensaje a mi papá diciéndole que lo abrazaba con todo mi amor, que lo acompañaba. Me contestó diciendo que estaba esperando las cenizas.




Cenizas.


Mi abuela. Mi abuela megáfono, mi abuela troglodita.


Cenizas.


Ahora ésta mujer que amé, ésta mujer que era mi abuela, es cenizas. ¿Y su tamaño? ¿Y sus formas? ¿Cenizas? Cenizas las del bolero en la voz de Eugenia León. Cenizas las del Marlboro. Cenizas las del Popocatépetl, ¿pero mi abuela, Mosín, cenizas? ¿Cómo?… si me están bailando en la memoria cha cha chá sus caderas, frondosas y veracruzano-yucatecas, la estoy viendo bailar con sus hermanas al ritmo de la marimba que acompañaba algunas fiestas, estoy viendo a Óscar, mi primo, un niño entonces, aprendiendo a bailar ricachá ricachá ricachá… ahí junto a ellas. Estoy viendo el tamaño de mi abuela en el sofá de la sala en mi casa, en Mérida, mientras yo toco el piano y ella escucha con los ojos cerrados. Estoy viendo el tamaño de mi abuela en la hondonada de la hamaca mientras nos canta En el viejo bosque hay una casita… la estoy viendo caminando en una calle de arena junto a mí en Chelem, yendo a la feria del pueblo, una noche llena de estrellas y de moscos que se nos iban encima como perros. ¿Qué hizo ella? Se alzó el vestido, se sacó el medio fondo, estos moscos van a saber quien es tu abuela, y como quien abre un camino a machetazos, ella con el medio fondo enviaba al más allá a los insectitos del demonio.


Esta mañana le pregunté por el messenger a Tere, mi hermana menor, si recordaba la canción de los perritos que iban a la escuela. Me la cantó toda y me hizo llorar, fue como en esas películas donde empieza alguien relatando un episodio y de pronto se encadena la escena con un flashback… Don Pipirulando les está enseñando, los perritos quieren aprender, paran las orejas y menean los rabos, y se apuran juntos a leer… y mientras leía a mi hermana en la ventana del msn, estaba en una dimensión alterna mi abuela cantándonos, meciéndose en la hamaca.


Ayer por la tarde me encontré a un amigo. Me miró por un momento con atisbo.


—Te veo diferente, como que te veo más chica.

—¿Ah sí? —dije yo. Quien sabe por qué será.

Seguimos platicando de otras cosas, pero el comentario me quedó dando vueltas. Hoy volví a verlo para tomar un café.


—Pienso que ya sé el motivo por el que me dijiste que me veías más chica: tengo la tristeza de una nieta que perdió a su abuela —le dije seria y él se quedó callado un momento; creo que de todas las cosas que pensó, ninguna sería esa.


La muerte de mi abuela me ha vuelto frágil y me ha empequeñecido un poco, en el sentido de que una parte de mí se pierde para siempre al irse ella y a cambio se me ha encendido de pronto esa parte niña por todos los recuerdos que se me han desbocado. Y él se dio cuenta al mirarme. Intuyó mi fragilidad —me había enterado de la muerte de mi abuela la noche anterior— y algo en mí denotaba esa fractura irreparable.


Yo no quería —ni nadie, como es lógico— que mi abuela viviera con sufrimiento. Entre otras cosas, para ella no volver a comer sería terrible. Su muerte es lo mejor que podía pasarle porque la vida que le esperaba ya no sería lo que ella conocía. Pero aún sabiendo que era lo mejor, no deja de ser doloroso. Cuando alguien que amamos muere, es cierto que lloramos esa ausencia, pero más que nada lloramos por nosotros mismos, por lo que perdemos de esa persona, por ese destierro, por ese sin retorno, por eso nuestro que se nos va, lloramos por eso que nos muere.


Sin embargo también lloro por los otros y no solamente por mí. Lloro por mi abuelo que perdió a su amor, a la mujer con la que convivió, durmió, viajó y rió los últimos sesenta años de su vida; lloro por mi padre, que perdió a su madre, consentidora hasta el delirio; lloro por mis tías que ahora sienten media orfandad y un dolor sin antecedente; lloro por mis primos que vivían en Veracruz y que la tenían cerca siempre; lloro por mi madre que compartió con ella los últimos días, cuidándola con más amor de hija que de nuera; lloro por mis hermanas que quisieran estar en Veracruz y que no pueden, lloro por todo lo que recuerdan. Lloro por mí y por el mundo que ahora acaba con mi abuela.


Se llamaba Sara. Nunca conocí a nadie que la nombrara así. Para todos era Mosa o Mosín. Y a pesar de tener megáfono incluido, con su canción de los perritos nos hacía dormir como benditas.


Y así deseo su sueño ahora.


Abue: hoy yo canto para ti.


@letranias

martes, 2 de diciembre de 2008

Pedro Lemebel



LOS DIAMANTES SON ETERNOS
(Frívolas, cadavéricas y ambulantes)


(Fragmento)


En uno de estos lugares, al calor delirante de la farra marucha, es fácil encontrar una loca positiva que acceda a contestar algunas preguntas sobre el tema, sin la mascarada cristiana de la entrevista televisiva, sin ese tono masculino que adoptan los enfermos frente a las cámaras, para no ser segregados doblemente. Más bien jugando un poco con el aura star de la epidemia, así, revertir el testimonio, el indigno interrogatorio que siempre coloca en el banquillo de los acusados al homosexual portador.
-¿Por qué portador?
-Tiene que ver con puerta.
-¿Cómo es eso?
-La mía es una reja, pero no de cárcel ni de encierro. Es una reja de jardín llena de florcitas y pájaros.
-¿Barroca?
-No sé lo que es eso, puede ser, una verja llena de cardenales.
-¿Y adónde conduce?
-Al jardín del amor.
-¿Se abre?
-Siempre está abierta de par en par.
-¿Y qué hay en el jardín?
-Un asiento también de fierro, igual que la reja llena de...
-Pájaros y florcitas.
-Y también corazones.
-¿Partidos?
-Bueno un poquito, alguna trizadura por aquí, otra por acá, pero sin flechas. Eso del angelito cupido es cuento hétero, en vez de flechas, jeringas.
-¡Uy qué heavy!
-¿Qué tanto? Si los pinchazos ahora me excitan.
-Bueno, estábamos en el amor. El jardín portador del amor. ¿No crees que te corres del tema?
-Siempre, nunca tienen que saber lo que estás pensando.
-¿En qué estás pensando?
-Yo no pienso, soy una muñeca parlante. Como esas Barbys que dicen I love you.
-¿Hablas inglés?
-El sida habla inglés.
-¿Cómo es eso?
-Tú dices Darling, I must die, y no lo sientes, no sientes lo que dices, no te duele, repites la propaganda gringa. A ellos les duele.
-¿Y a ti?
-Casi nada, hay muchas cosas por las que vivir. El mismo sida es una razón para vivir. Yo tengo sida y eso es una razón para amar la vida. La gente sana no tiene por qué amar la vida, y cada minuto se les escapa como una cañería rota.
-¿Es un privilegio?
-Completamente, me hace especial, seductoramente especial. Además tengo todas las garantías.
-¿Cómo así?
-Mira, como portador, tengo médico, sicólogo, dentista, gratis. Estudio gratis. A quien le cuento el drama se compadece y me dice al tiro que sí a lo que pido.
-Menos al amor.
-Bueno, a la gente le gusta que tú te mueras, se sienten más vivos, más seguros. Pero los portadores estamos más allá del amor. Sabemos más de la vida, pero por descuentos. Este mismo minuto yo soy más feliz porque no habrá otro.
-Nunca hay otro para nadie.
-Pero no es lo mismo; tú verás nevar alguna vez si vas a Farellones o a otra parte donde van los ricos. Pero yo nunca, porque puede que ya no esté. Y esa nieve se derrite siempre antes que yo llegue. Es un sueño que siempre tengo. Pongo la mano para recibir un copo y me cae agua. ¿Te fijas? Algo siempre está partiendo.
-¿Cómo una carrera contra el tiempo?
-Se me evapora el alma antes de llegar.
-¿Cómo la canción?
-Claro, pero sin música. Los deseos, las ganas. Ahí estamos tratando de agarrarlos.
-¿Y ser viejo?
-Bueno, ahí tienes otra garantía. Nunca seré vieja, como las estrellas. Me recordarán siempre joven.
-¿Y si encuentran el remedio?
-Me muero igual, porque de aquí a que llegue a Latinoamérica, y a qué precio. ¿Te imaginas lo que va a costar? Como siempre, se salvan las ricas primero.

(…)

-¿Te fijas que algo se va cuando dejas de mirarme? Algo se rompe. Mírame
-Te estoy mirando.
-No, no me estás mirando a mí, estás mirando mi muerte. La muerte tomó vacaciones en mis ojos.
-¿Por qué tanta poesía? ¿Te ablanda el drama? ¿Es más soportable?
-Mira, yo no hablo de poesía, más bien de poseída.
-¿Y escribes?
-A veces, en esos días abochornados cuando está a punto de llover. Me gustaría que estuviera lloviendo cuando... Cuando me llegue la hora pues, las flores duran más tiempo con el agua.






John Leguizamo, Wesley Snipes y Patrick Swayze
en la película To Wong Foo, Thanks for Everything, Julie Newmar! (1995)
MANIFIESTO
(Hablo por mi diferencia)


NOTA:
Este texto fue leído como intervención en un acto político de la izquierda en septiembre de 1986, en Santiago de Chile.


(Fragmento)

No soy Pasolini pidiendo explicaciones
No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro

(…)

Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice:
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Súper-buena-onda
Yo no soy buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda

(…)

No sabe que la hombría
Nunca la aprendí en los cuarteles
Mi hombría me la enseñó la noche
Detrás de un poste
Esa hombría de la que usted se jacta
Se la metieron en el regimiento
Un milico asesino
De esos que aún están en el poder
Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro

(…)

En Nueva York los maricas se besan en la calle
Pero esa parte se la dejo a usted
Que tanto le interesa
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alíta rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.

Textos tomados del libro Loco Afán. Crónicas de sidario. Editorial Anagrama, 2000.

Pedro Lemebel nació en Santiago de Chile en los cincuentas.

Va el inicio de la comedia To Wong Foo, Thanks for Everything, Julie Newmar!, las actuaciones son excepcionales y la película recomendable:





lunes, 1 de diciembre de 2008

El prodigio de cantar y bailar...

La música une y da felicidad.

Va hoy un despligue de alegría, gente que siente y vive la vida entre baile y canciones. Comparto dos videos maravillosos, el primero pertenece a la serie Playing for change: Peace trough Music, donde músicos callejeros de distintas partes del mundo se unen en una suerte de in crescendo conforme la famosa canción de Ben E. King "Stand by me"(When the night has come...) transcurre.






Y el segundo... quizá hayan escuchado algo sobre Matth Harding, o hayan visto ya alguno de los videos donde sale bailando por todo el mundo. Es mágico el contagio de alegría que Matt provoca con ese pasito de baile, basta ver el derroche de felicidad y vitalidad cuando la gente se le une...






¡Feliz diciembre!