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viernes, 31 de octubre de 2008

Danzón


Danzón de Manuel Zardain, pintor veracruzano.



De Roberto López Moreno.
Poeta chiapaneco.

La amarga mar del Caribe
cruzó con el cuerpo ardiendo.
Su corazón de timbales
alumbró Puerto Progreso
y a Mérida caminó,
lumbre que iba tierra adentro.
Ya le llamaban Danzón
y Danzón nos fue creciendo.

Ay Danzón del corazón,
del salón al arrabal
maestros de la tonada
cúanto regusto me dan,
tumba, tumba
y tumba y son,
bom y bom...
y riacatán.

Pero aún iba a bordear
los litorales del tiempo
y por las costas del Golfo
fue bajando, hondo, lento;
en Campeche, trovador;
en Tabasco, marimbero,
en Veracruz, todo junto
a no caber en el viento.

Y México, capital,
supo de su advenimiento:
fandango de Santa Anita,
Canal de la Viga y, luego
de Ixtacalco al California
fue inventando pasos nuevos
y se subió a los volcanes
para ver bailar al pueblo.

Juarez no debió de morir,
¡Ay! de morir...

¿Qué cómo llegó hasta Chiapas?
Secretos de tiempo y viento,
alas que arden los sonidos,
golondrina en pleno vuelo
que va describiendo su arco
al pentagrama del cielo
para que Esteban Alfonzo
lo haga el eco de su ensueño.

Nos trajo la mar amarga
este modo de sabernos,
zumo endulzado con caña
de amargos blancos y negros
y aquí con amor le hicimos
su más alto monumento.

De la clave a Caridad
en Cuba, con otro texto,
surgió la clave a Martí,
en charangas y troveros.

Un verso de dicha clave
fue sumado al nuevo ingenio
y así adornó sus compases
nuestro danzón más completo
prendiendo desde la espuma
dos historias y un encuentro.

Juarista en verde plumaje,
quetzal de luz chiapaneco,
Danzón que va retumbando
por las veredas del pecho.
Va don Esteban Alfonzo
inventándose en lo eterno.

Ay Danzón del corazón
del salón al arrabal
maestros de la tonada
cúanto regusto me dan...
tumba, tumba
y tumba y son,
bom y bom...
y riacatán.

Y así ha llegado rodando,
desde el mar hasta tu cuerpo,
a tu piel de buganvilias
donde la selva se ha hecho
tecla de piano y marimba,
suspirito comiteco.

Un fragor de flamboyanes
anida lumbre en tus senos,
río nocturno que te lame
con su música de verbos
y el “no debió de morir”,
suave, tibio, hondo, lento,
prende volcán repentino
reventando en lava ardiendo.
“No debió de morir”, cantan
la mar amarga y el cerro.

Retumbar de paila y paila,
timbal y machete arrecho,
golpe de Danzón quemando
los pistilos del deseo,
que sube hasta tu cintura
desde el mar hasta el mareo,
y de esa la mar amarga
muele la sal de los cuerpos.

Arde, Sur de don Esteban,
Danzón que en este momento
nace libertad que danza
con la libertad del fuego.

Juárez no debió de morir,
ay de morir...

Nace libertad del alma
a la libertad del viento.



Roberto López Moreno (1942) es chiapaneco.

jueves, 30 de octubre de 2008

Pablo De Santis

HALLOWEEN

One, two, Freddy's coming for you
Three, four, better lock your door
Five, six, grab your crucifix
Seven, eight, gonna stay up late
Nine, ten, never sleep again...


Freddy Krueger

Freddy es un asesino que camina por los sueños ajenos. Habita las pesadillas de los adolescentes que viven en la calle Elm. Si Freddy puede asesinar a través de estas pesadillas, no es porque convierta los sueños en realidad, sino porque la realidad es sólo un sueño más, apenas un poco más complicado que los otros.

Freddy ahora es un fantasma confinado a ese sótano abarrotado de objetos estrafalarios que son nuestros sueños; pero en vida fue un asesino de niños. Usaba para sus crímenes unos guantes de cuero a los que agregó largas uñas de acero, afiladas como bisturís. Los padres de los niños del barrio donde vivía lo encerraron y lo quemaron vivo. Por eso Freddy regresa con la cara desfigurada para vengarse de quienes lo mataron, asesinando a sus hijos, ahora adolescentes.

La única manera de no caer en sus garras es permanecer despierto pero eso es imposible. Tarde o temprano los párpados se cierran y entonces aparece esta figura de camisa rayada y estrafalario sombrero para anunciar, una vez más, que el sueño es hermano de la muerte.


Pablo De Santis (1963) es argentino.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Mónica Mansour

© Michael Ochs Archives

Fragmento del libro: "En cuerpo y alma".

Hay otras ocasiones en que el silencio se convierte en espejo. Hubo una vez una niña, por ejemplo, vestida con un brillante y limpio espejo. Cualquiera que la mirara encontraba en ella lo que quería ver. Lo único raro que observaban en ella era que al tacto se sentía un poco fría y dura. A medida que fue creciendo, sus padres le compraron ropa nueva y más grande, siempre de espejos. Era una niña muy querida, porque cada uno que la miraba reconocía de inmediato el reflejo deseado y amado. Todos estaban felices. Menos la niña, claro. Ella, en realidad, se sentía rígida y apretada dentro de esa ropa. Nadie entendía bien por qué se encerraba con tanta frecuencia en su cuarto, por qué invariablemente prefería la soledad, por qué cuando tuvo la edad suficiente quiso vivir sola en un pequeño departamento. Nadie sabía que la niña buscaba cualquier oportunidad para desnudarse de esa ropa rígida y fría y sentir su cuerpo.
No se dude de que en varias ocasiones, tal vez cada tantos meses al principio y después más espaciadamente, esa niña intentó decir que la ropa le molestaba, que no le quedaba bien y no era su estilo, que no le gustaba. Peo sus interlocutores sólo veían sus propios movimientos de labios en los espejos y, con eso, siempre estaban de acuerdo. Al darse cuenta de que la gente no la oía, la niña decidió no hablar. Cuando lloraba, la gente oía risas o bien creían que se había lastimado; entonces le reacomodaban los vestidos y otra vez veían la sonrisa cuando sonreían satisfechos. Así la niña aprendió el silencio.

Hay que tener cuidado, porque hay varios tipos de silencio. Está el maravilloso, está el reflejante, está el terrible como muralla y también hay uno muy peligroso. Por eso hay que conocer y amar el silencio, pero también hay que conocer y amar las palabras, las de viva voz, no las del cuerpo, sino esas con letras y sonidos que hay que atreverse a pronunciar con los labios y el paladar y la lengua para que se salgan del cuerpo y no se enquisten y se infecten y se pudran y supuren lo suficiente para invadir ese cuerpo milímetro a milímetro.
Mi hermana tenía cáncer y nadie se lo quiso decir. Porque en realidad le tenían miedo a esa palabra tabú, esa palabra que no debe pronunciarse porque su sonido hace daño, puede volverse realidad, puede volverse maldición, afecta el pudor de oídos propios y ajenos, puede ser contagiosa, está contra la moral pública. Sólo está permitida en contextos limitados, como congresos o documentos médicos, la caja de limosna en los bancos o el anuncio periodístico de progresos en su curación. Pero nunca en un contexto más específico, nunca cuando sea posible identificar al agraviado. Es una palabra parecida a la lepra, sífilis, manicomio, prostituta, terrorista, sida y otras. Es decir, palabras mágicas cuya sola enunciación produce consecuencias activas.

(...)

Una noche, como a medianoche, tocó a la puerta de mi departamento. Cuando abrí, antes de saludarme (o en lugar de), hizo una pregunta que más bien parecía afirmación: "tengo la enfermedad Hodgkins, ¿verdad". Sí, le contesté, ¿cómo lo sabes? "Vengo ahora de un curso sobre control mental y hoy lo dedicaron a la descripción de distintas enfermedades. Cuando describieron el cáncer tipo Hodgkins, me di cuenta enseguida de que eso es lo que yo tengo. Dime, ¿es cierto?" Sí. y hasta la madrugada, tomando té y café, estuvimos tratando de reordenar su mundo de acuerdo con la nueva información: ella preguntaba sobre las incoherencias de la gente que la rodeaba, yo trataba de justificar a partir de la angustia y la mentira, porque eso había sido su punto de partida. Esa noche fue una bisagra en su vida. Su cuerpo respondió mejor a los tratamientos, tomaba conciencia de sus relaciones con la familia y con los amigos. Y comenzó a tomar decisiones. Una de ellas fue divorciarse, otra fue estudiar una nueva carrera y hacerse más cargo de su hijo.
Asumir sus derechos sobre su propia vida fue su salvación, su curación.
Por eso no hay que olvidar ciertas palabras, no hay que olvidar pronunciarlas aunque den miedo, invadirlas y habitarlas. Ella se metió dentro de la palabra cáncer y la palabra tuvo que salir de su cuerpo.

(...)

Hay silencios de todo tipo, y también hay lenguajes, sonrisas, gritos, murmullos de todo tipo. En el cuerpo. Entonces, como decía, hay que saber leer, pero también hay que saber escribir. Con el cuerpo. Por eso la danza, el baile, el sueño, el sexo. Por eso moverse y sentir cada pedacito de cuerpo, pero no en la piel, sino dentro de ella, cada paso de la sangre, cada actitud del músculo, cada órgano que encuentra su lugar, cada principio, trayecto y fin del enredo nervioso. Saber que uno es uno y es todo. "El ritmo es su norma, el solo paso, la sola marcha en círculo, sin ojos... irresponsable, eterno". Así, así, exactamente así, en la danza, en el baile, en el sexo, con otros cuerpos también únicos y unidos todos en el mismo ritmo irresponsable, eterno. No estoy tergiversando a Gorostiza: sus palabras sirven para Dios y para el sueño de la creación y también para los cuerpos en conjución con el ritmo. Si Gorostiza no hubiera intuido los cuerpos y su amor por la música y el ritmo, nunca podría haber escrito versos como éstos: "Después, en un crescendo insostenible, mirad cómo dispara cielo arriba, desde el mar, el tiro prodigioso de la carne que aún a la alta nube menoscaba con el vuelo del pájaro, estalla en él como un cohete herido y en sonoras estrellas precipita su desbandada pólvora de plumas". Y es que así son los cuerpos y por eso necesitan la danza, el ritmo, la música.

martes, 28 de octubre de 2008

Discurso del oso


© Bettmann


Julio Cortázar
Tomado de "Material plástico" del libro 
Historias de cronopios y de famas.

Soy el oso de los caños de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por los caños.

Creo que me estiman porque mi pelo mantiene limpios los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños. A veces saco una pata por la canilla y la muchacha del tercero grita que se ha quemado, o gruño a la altura del horno del segundo y la cocinera Guillermina se queja de que el aire tira mal. De noche ando callado, y es cuando más ligero ando, me asomo al techo por la chimenea para ver si la luna baila arriba, y me dejo resbalar como el viento hasta las calderas del sótano. Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano, después con la otra, después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría.

Entonces resbalo por todos los caños de la casa, gruñendo contento, y los matrimonios se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías. Algunos encienden la luz y escriben un papelito para acordarse de protestar cuando vean al portero. Yo busco la canilla que siempre queda abierta en algún piso; por allí saco la nariz y miro la oscuridad de las habitaciones donde viven esos seres que no pueden andar por los caños, y les tengo algo de lástima al verlos tan torpes y grandes, al oír como roncan y sueñan en voz alta, y están tan solos. Cuando de mañana se lavan la cara, les acaricio las mejillas, les lamo la nariz y me voy, vagamente seguro de haber hecho bien.

lunes, 27 de octubre de 2008

Renato Leduc


Foto: © Roberto Escobar

INVOCACIÓN A LA VIRGEN DE GUADALUPE
Y A UNA SEÑORITA DEL MISMO NOMBRE:
GUADALUPE...



Renato Leduc (1897-1986).
Poeta mexicano.

Hay gente mala en el país,
hay gente
que no teme al señor omnipotente,
ni a la beata, ni al ínclito palurdo
que da en diezmos la hermana y el maíz.

Adorable candor el de la joven
que un pintor holandés puso en el burdo
ayate de Juan Diego.
El sex-appeal hará que se la roben
en plena misa y a la voz de fuego.

Tórrido amor,
amor no franciscano el que le brinda
año por año turbulenta plebe
mientras pulque y fervor,
en frescos jarros de Oaxaca, bebe.

Una reminiscencia: Guadalupe
era tibia y redonda, suave y linda.
Otra reminiscencia:
a ella fui como el toro a la querencia
por ella supe todo cuanto supe.

Negra su cabellera, negra, negra,
negros sus ojos,
negros como la fama de una suegra,
tan lúcidos provocan y tan propios
el guiño adusto de los telescopios.

Vestida de verde toda
iba —excepto los labios rojos
y los dientes— vestida de verde-oruga,
verde-esperanza o lechuga,
verde-moda.

El indio grave que a brazadas llega,
mar cruzando, picada de aspereza,
a su santuario;
y la mujer infame que navega
con virtuosa bandera de corsario...

Ojos dieran, los ojos de la cara
sólo porque a la vuelta de una esquina
la pequeña sonrisa que ilumina
de luz ultraterrestre su cabeza,
les bañara...

La flapper y el atleta
piernas dieran —milagros de oro y plata—
si la clara
ternura de esta Virgen les bañara
al llegar a la cama o a la meta.

Manos de oro colgara
manos, el acreedor hipotecario
colgara, y el ladrón y el funcionario
si sus ojos veteados de escarlata
esta risa una vez iluminara.

Amapolas
que en suspiro se deshojan solas;
testimonios fehacientes de mi fe;
rosas inmarcesibles... por un día
opio de teponaxtle y chirimía.

Anhelantes de sed y de impotencia
en turbias fuentes beberemos ciencia...
¿para qué...?
Si el caramelo que mi boca chupe
será siempre tu nombre: Guadalupe...

Tomado del libro "Breve glosa al Libro de Buen Amor".