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viernes, 31 de octubre de 2008

Danzón


Danzón de Manuel Zardain, pintor veracruzano.



De Roberto López Moreno.
Poeta chiapaneco.

La amarga mar del Caribe
cruzó con el cuerpo ardiendo.
Su corazón de timbales
alumbró Puerto Progreso
y a Mérida caminó,
lumbre que iba tierra adentro.
Ya le llamaban Danzón
y Danzón nos fue creciendo.

Ay Danzón del corazón,
del salón al arrabal
maestros de la tonada
cúanto regusto me dan,
tumba, tumba
y tumba y son,
bom y bom...
y riacatán.

Pero aún iba a bordear
los litorales del tiempo
y por las costas del Golfo
fue bajando, hondo, lento;
en Campeche, trovador;
en Tabasco, marimbero,
en Veracruz, todo junto
a no caber en el viento.

Y México, capital,
supo de su advenimiento:
fandango de Santa Anita,
Canal de la Viga y, luego
de Ixtacalco al California
fue inventando pasos nuevos
y se subió a los volcanes
para ver bailar al pueblo.

Juarez no debió de morir,
¡Ay! de morir...

¿Qué cómo llegó hasta Chiapas?
Secretos de tiempo y viento,
alas que arden los sonidos,
golondrina en pleno vuelo
que va describiendo su arco
al pentagrama del cielo
para que Esteban Alfonzo
lo haga el eco de su ensueño.

Nos trajo la mar amarga
este modo de sabernos,
zumo endulzado con caña
de amargos blancos y negros
y aquí con amor le hicimos
su más alto monumento.

De la clave a Caridad
en Cuba, con otro texto,
surgió la clave a Martí,
en charangas y troveros.

Un verso de dicha clave
fue sumado al nuevo ingenio
y así adornó sus compases
nuestro danzón más completo
prendiendo desde la espuma
dos historias y un encuentro.

Juarista en verde plumaje,
quetzal de luz chiapaneco,
Danzón que va retumbando
por las veredas del pecho.
Va don Esteban Alfonzo
inventándose en lo eterno.

Ay Danzón del corazón
del salón al arrabal
maestros de la tonada
cúanto regusto me dan...
tumba, tumba
y tumba y son,
bom y bom...
y riacatán.

Y así ha llegado rodando,
desde el mar hasta tu cuerpo,
a tu piel de buganvilias
donde la selva se ha hecho
tecla de piano y marimba,
suspirito comiteco.

Un fragor de flamboyanes
anida lumbre en tus senos,
río nocturno que te lame
con su música de verbos
y el “no debió de morir”,
suave, tibio, hondo, lento,
prende volcán repentino
reventando en lava ardiendo.
“No debió de morir”, cantan
la mar amarga y el cerro.

Retumbar de paila y paila,
timbal y machete arrecho,
golpe de Danzón quemando
los pistilos del deseo,
que sube hasta tu cintura
desde el mar hasta el mareo,
y de esa la mar amarga
muele la sal de los cuerpos.

Arde, Sur de don Esteban,
Danzón que en este momento
nace libertad que danza
con la libertad del fuego.

Juárez no debió de morir,
ay de morir...

Nace libertad del alma
a la libertad del viento.



Roberto López Moreno (1942) es chiapaneco.

jueves, 30 de octubre de 2008

Pablo De Santis

HALLOWEEN

One, two, Freddy's coming for you
Three, four, better lock your door
Five, six, grab your crucifix
Seven, eight, gonna stay up late
Nine, ten, never sleep again...


Freddy Krueger

Freddy es un asesino que camina por los sueños ajenos. Habita las pesadillas de los adolescentes que viven en la calle Elm. Si Freddy puede asesinar a través de estas pesadillas, no es porque convierta los sueños en realidad, sino porque la realidad es sólo un sueño más, apenas un poco más complicado que los otros.

Freddy ahora es un fantasma confinado a ese sótano abarrotado de objetos estrafalarios que son nuestros sueños; pero en vida fue un asesino de niños. Usaba para sus crímenes unos guantes de cuero a los que agregó largas uñas de acero, afiladas como bisturís. Los padres de los niños del barrio donde vivía lo encerraron y lo quemaron vivo. Por eso Freddy regresa con la cara desfigurada para vengarse de quienes lo mataron, asesinando a sus hijos, ahora adolescentes.

La única manera de no caer en sus garras es permanecer despierto pero eso es imposible. Tarde o temprano los párpados se cierran y entonces aparece esta figura de camisa rayada y estrafalario sombrero para anunciar, una vez más, que el sueño es hermano de la muerte.


Pablo De Santis (1963) es argentino.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Mónica Mansour

© Michael Ochs Archives

Fragmento del libro: "En cuerpo y alma".

Hay otras ocasiones en que el silencio se convierte en espejo. Hubo una vez una niña, por ejemplo, vestida con un brillante y limpio espejo. Cualquiera que la mirara encontraba en ella lo que quería ver. Lo único raro que observaban en ella era que al tacto se sentía un poco fría y dura. A medida que fue creciendo, sus padres le compraron ropa nueva y más grande, siempre de espejos. Era una niña muy querida, porque cada uno que la miraba reconocía de inmediato el reflejo deseado y amado. Todos estaban felices. Menos la niña, claro. Ella, en realidad, se sentía rígida y apretada dentro de esa ropa. Nadie entendía bien por qué se encerraba con tanta frecuencia en su cuarto, por qué invariablemente prefería la soledad, por qué cuando tuvo la edad suficiente quiso vivir sola en un pequeño departamento. Nadie sabía que la niña buscaba cualquier oportunidad para desnudarse de esa ropa rígida y fría y sentir su cuerpo.
No se dude de que en varias ocasiones, tal vez cada tantos meses al principio y después más espaciadamente, esa niña intentó decir que la ropa le molestaba, que no le quedaba bien y no era su estilo, que no le gustaba. Peo sus interlocutores sólo veían sus propios movimientos de labios en los espejos y, con eso, siempre estaban de acuerdo. Al darse cuenta de que la gente no la oía, la niña decidió no hablar. Cuando lloraba, la gente oía risas o bien creían que se había lastimado; entonces le reacomodaban los vestidos y otra vez veían la sonrisa cuando sonreían satisfechos. Así la niña aprendió el silencio.

Hay que tener cuidado, porque hay varios tipos de silencio. Está el maravilloso, está el reflejante, está el terrible como muralla y también hay uno muy peligroso. Por eso hay que conocer y amar el silencio, pero también hay que conocer y amar las palabras, las de viva voz, no las del cuerpo, sino esas con letras y sonidos que hay que atreverse a pronunciar con los labios y el paladar y la lengua para que se salgan del cuerpo y no se enquisten y se infecten y se pudran y supuren lo suficiente para invadir ese cuerpo milímetro a milímetro.
Mi hermana tenía cáncer y nadie se lo quiso decir. Porque en realidad le tenían miedo a esa palabra tabú, esa palabra que no debe pronunciarse porque su sonido hace daño, puede volverse realidad, puede volverse maldición, afecta el pudor de oídos propios y ajenos, puede ser contagiosa, está contra la moral pública. Sólo está permitida en contextos limitados, como congresos o documentos médicos, la caja de limosna en los bancos o el anuncio periodístico de progresos en su curación. Pero nunca en un contexto más específico, nunca cuando sea posible identificar al agraviado. Es una palabra parecida a la lepra, sífilis, manicomio, prostituta, terrorista, sida y otras. Es decir, palabras mágicas cuya sola enunciación produce consecuencias activas.

(...)

Una noche, como a medianoche, tocó a la puerta de mi departamento. Cuando abrí, antes de saludarme (o en lugar de), hizo una pregunta que más bien parecía afirmación: "tengo la enfermedad Hodgkins, ¿verdad". Sí, le contesté, ¿cómo lo sabes? "Vengo ahora de un curso sobre control mental y hoy lo dedicaron a la descripción de distintas enfermedades. Cuando describieron el cáncer tipo Hodgkins, me di cuenta enseguida de que eso es lo que yo tengo. Dime, ¿es cierto?" Sí. y hasta la madrugada, tomando té y café, estuvimos tratando de reordenar su mundo de acuerdo con la nueva información: ella preguntaba sobre las incoherencias de la gente que la rodeaba, yo trataba de justificar a partir de la angustia y la mentira, porque eso había sido su punto de partida. Esa noche fue una bisagra en su vida. Su cuerpo respondió mejor a los tratamientos, tomaba conciencia de sus relaciones con la familia y con los amigos. Y comenzó a tomar decisiones. Una de ellas fue divorciarse, otra fue estudiar una nueva carrera y hacerse más cargo de su hijo.
Asumir sus derechos sobre su propia vida fue su salvación, su curación.
Por eso no hay que olvidar ciertas palabras, no hay que olvidar pronunciarlas aunque den miedo, invadirlas y habitarlas. Ella se metió dentro de la palabra cáncer y la palabra tuvo que salir de su cuerpo.

(...)

Hay silencios de todo tipo, y también hay lenguajes, sonrisas, gritos, murmullos de todo tipo. En el cuerpo. Entonces, como decía, hay que saber leer, pero también hay que saber escribir. Con el cuerpo. Por eso la danza, el baile, el sueño, el sexo. Por eso moverse y sentir cada pedacito de cuerpo, pero no en la piel, sino dentro de ella, cada paso de la sangre, cada actitud del músculo, cada órgano que encuentra su lugar, cada principio, trayecto y fin del enredo nervioso. Saber que uno es uno y es todo. "El ritmo es su norma, el solo paso, la sola marcha en círculo, sin ojos... irresponsable, eterno". Así, así, exactamente así, en la danza, en el baile, en el sexo, con otros cuerpos también únicos y unidos todos en el mismo ritmo irresponsable, eterno. No estoy tergiversando a Gorostiza: sus palabras sirven para Dios y para el sueño de la creación y también para los cuerpos en conjución con el ritmo. Si Gorostiza no hubiera intuido los cuerpos y su amor por la música y el ritmo, nunca podría haber escrito versos como éstos: "Después, en un crescendo insostenible, mirad cómo dispara cielo arriba, desde el mar, el tiro prodigioso de la carne que aún a la alta nube menoscaba con el vuelo del pájaro, estalla en él como un cohete herido y en sonoras estrellas precipita su desbandada pólvora de plumas". Y es que así son los cuerpos y por eso necesitan la danza, el ritmo, la música.

martes, 28 de octubre de 2008

Discurso del oso


© Bettmann


Julio Cortázar
Tomado de "Material plástico" del libro 
Historias de cronopios y de famas.

Soy el oso de los caños de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por los caños.

Creo que me estiman porque mi pelo mantiene limpios los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños. A veces saco una pata por la canilla y la muchacha del tercero grita que se ha quemado, o gruño a la altura del horno del segundo y la cocinera Guillermina se queja de que el aire tira mal. De noche ando callado, y es cuando más ligero ando, me asomo al techo por la chimenea para ver si la luna baila arriba, y me dejo resbalar como el viento hasta las calderas del sótano. Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano, después con la otra, después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría.

Entonces resbalo por todos los caños de la casa, gruñendo contento, y los matrimonios se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías. Algunos encienden la luz y escriben un papelito para acordarse de protestar cuando vean al portero. Yo busco la canilla que siempre queda abierta en algún piso; por allí saco la nariz y miro la oscuridad de las habitaciones donde viven esos seres que no pueden andar por los caños, y les tengo algo de lástima al verlos tan torpes y grandes, al oír como roncan y sueñan en voz alta, y están tan solos. Cuando de mañana se lavan la cara, les acaricio las mejillas, les lamo la nariz y me voy, vagamente seguro de haber hecho bien.

lunes, 27 de octubre de 2008

Renato Leduc


Foto: © Roberto Escobar

INVOCACIÓN A LA VIRGEN DE GUADALUPE
Y A UNA SEÑORITA DEL MISMO NOMBRE:
GUADALUPE...



Renato Leduc (1897-1986).
Poeta mexicano.

Hay gente mala en el país,
hay gente
que no teme al señor omnipotente,
ni a la beata, ni al ínclito palurdo
que da en diezmos la hermana y el maíz.

Adorable candor el de la joven
que un pintor holandés puso en el burdo
ayate de Juan Diego.
El sex-appeal hará que se la roben
en plena misa y a la voz de fuego.

Tórrido amor,
amor no franciscano el que le brinda
año por año turbulenta plebe
mientras pulque y fervor,
en frescos jarros de Oaxaca, bebe.

Una reminiscencia: Guadalupe
era tibia y redonda, suave y linda.
Otra reminiscencia:
a ella fui como el toro a la querencia
por ella supe todo cuanto supe.

Negra su cabellera, negra, negra,
negros sus ojos,
negros como la fama de una suegra,
tan lúcidos provocan y tan propios
el guiño adusto de los telescopios.

Vestida de verde toda
iba —excepto los labios rojos
y los dientes— vestida de verde-oruga,
verde-esperanza o lechuga,
verde-moda.

El indio grave que a brazadas llega,
mar cruzando, picada de aspereza,
a su santuario;
y la mujer infame que navega
con virtuosa bandera de corsario...

Ojos dieran, los ojos de la cara
sólo porque a la vuelta de una esquina
la pequeña sonrisa que ilumina
de luz ultraterrestre su cabeza,
les bañara...

La flapper y el atleta
piernas dieran —milagros de oro y plata—
si la clara
ternura de esta Virgen les bañara
al llegar a la cama o a la meta.

Manos de oro colgara
manos, el acreedor hipotecario
colgara, y el ladrón y el funcionario
si sus ojos veteados de escarlata
esta risa una vez iluminara.

Amapolas
que en suspiro se deshojan solas;
testimonios fehacientes de mi fe;
rosas inmarcesibles... por un día
opio de teponaxtle y chirimía.

Anhelantes de sed y de impotencia
en turbias fuentes beberemos ciencia...
¿para qué...?
Si el caramelo que mi boca chupe
será siempre tu nombre: Guadalupe...

Tomado del libro "Breve glosa al Libro de Buen Amor".

viernes, 24 de octubre de 2008

Mónica Mansour


© Brooke Fasani


Fragmento.
Tomado de la novela En cuerpo y alma (Editorial Planeta, 1991).


Los objetos son parte de uno, si uno se los permite. Por eso, cuando a uno se le rompe algo, una cuerda importante, o se interrumpe algún paso que debía ser fluido, los objetos lo resienten. Tal vez haya escépticos que crean que estoy fantaseando, pero ¿a quién no le ha sucedido que justo cuando recibe una mala noticia, de esas que hunden el corazón en una sustancia espesa o aplastan las espaldas hasta que uno ya no puede ni moverse, o sobreviene una desilusión que puede aplicarse a infinitas circunstancias como explicación totalizadora, simultáneamente sucede que se funde el foco, se quiebra un espejo, se desarman las hojas de un libro mal pegado, o se esconden las cosas que uno más necesita y por más que se buscan no se dejan encontrar, y cuando uno va a escribir que todo sale mal, en ese momento, como en la d o la o, se acaba la tinta de la pluma y el lápiz no tiene punta? Éstas no son coincidencias ni casualidades ni azares de la vida, como solemos llamarlas en otros momentos cuando todo sale bien. No es cierto. Lo que pasa es que las cosas sienten, nos sienten, y se enojan o se aterran o se entristecen ante la vida de su dueño. Sí, sienten, pero también a veces presienten, y comienzan a manifestar sus emociones, confusiones, miedos y congojas antes que nosotros. Es una cortesía, en realidad. No digo que lo hagan de manera inconsciente y nos ganen en el tiempo, sino más bien que es una advertencia para que estemos preparados para lo que nos espera. Yo lo sé porque ya me ha sucedido más de una vez.

El foco se fundió, el socket se zafó y se desprendió de la lámpara que le daba su razón de ser, quise sacar un papel y toda la montaña de carpetas se derrumbó y cayó al suelo en un desorden enloquecido, las hojas en el florero se secaron, las flores se marchitaron, el libro cayó como techo de dos aguas y retorció a todos sus personajes, la aguja del tocadiscos portátil saltaba todos los surcos sin marcar paso a paso el recorrido, las tachuelas que sostenían el cartel en la pared se despegaron y se escondieron. Me puse a llorar. Ante tantos avisos urgentes, no era difícil prever la tormenta que se acercaba. Saqué una foto de los objetos para que recordaran sus propios gestos. Me puse a llorar durante tres días y tres noches hasta que se me acabó el agua y el aliento. Entraba algo de luz por la ventana, como de amanecer o de atardecer, levanté la cabeza y allí, sentada en la escueta silla de madera gris, estaba Susan. Mi cuello no tenía fuerza, mi garganta no tenía voz, me dormí. Cuando desperté horas, días después, Susan se puso de pie en silencio y salió de mi habitación. Las paredes, los muebles, la lámpara rota me dijeron dónde estaba, me dijeron que la tormenta ya había pasado, me pidieron que cambiara todo de lugar y formara un cuarto nuevo y un mundo nuevo, me aseguraron que no importaba si la memoria había cerrado sus puertas.

Me miré en el espejo y era yo. El espejo estaba intacto.

Mónica Mansour (1946) es argentina.

jueves, 23 de octubre de 2008

Eugenio Montejo


© Bob Mitchell

MANOA

No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.

Seguí el cortejo de sombras ilusorias

que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.

Anduve absorto detrás del arco iris

que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
–siempre más lejos.

Ya fatigado de buscarla me detengo,

¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.

A veces en un rostro, un paisaje, una calle

su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.

Eugenio Montejo nació en Caracas en 1938 y murió el 5 de junio del 2007. 
Hace unos años fue maravilloso encontrar sus versos en una escena de la película de González Iñárritu 21 Gramos, donde Sean Penn le dice a Naomi Watts: "La tierra giró para acercarnos, giró sobre sí misma y en nosotros, hasta juntarnos por fin en este sueño".
El poema Manoa pertenece al libro Trópico Absoluto (Fundarte, 1982).

martes, 21 de octubre de 2008

Vicente Huidobro



ALTAZOR. CANTO II

Mujer el mundo está amueblado por tus ojos
Se hace más alto el cielo en tu presencia
La tierra se prolonga de rosa en rosa
Y el aire se prolonga de paloma en paloma
Al irte dejas una estrella en tu sitio

Dejas caer tus luces como el barco que pasa
Mientras te sigue mi canto embrujado
Como una serpiente fiel y melancólica
Y tú vuelves la cabeza detrás de algún astro
¿Qué combate se libra en el espacio?

Esas lanzas de luz entre planetas
Reflejo de armaduras despiadadas
¿Qué estrella sanguinaria no quiere ceder el paso?
En dónde estás triste noctámbula
Dadora de infinito
Que pasea en el bosque de los sueños

Heme aquí perdido entre mares desiertos
Solo como la pluma que se cae de un pájaro en la noche
Heme aquí en una torre de frío
Abrigado del recuerdo de tus labios marítimos
Del recuerdo de tus complacencias y de tu cabellera
Luminosa y desatada como los ríos de montaña
¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos?
Te pregunto otra vez

El arco de tus cejas tendido para las armas de los ojos
En la ofensiva alada vencedora segura con orgullos de flor
Te hablan por mí las piedras aporreadas
Te hablan por mí las olas de pájaros sin cielo
Te habla por mí el color de los paisajes sin viento
Te habla por mí el rebaño de ovejas taciturnas 30
Dormido en tu memoria
Te habla por mí el arroyo descubierto
La yerba sobreviviente atada a la aventura
Aventura de luz y sangre de horizonte
Sin más abrigo que una flor que se apaga
Si hay un poco de viento

Las llanuras se pierden bajo tu gracia frágil
Se pierde el mundo bajo tu andar visible
Pues todo es artificio cuando tú te presentas
Con tu luz peligrosa
Inocente armonía sin fatiga ni olvido
Elemento de lágrima que rueda hacia adentro
Construido de miedo altivo y de silencio

Haces dudar al tiempo
Y al cielo con instintos de infinito
Lejos de ti todo es mortal
Lanzas la agonía por la tierra humillada de noches
Sólo lo que piensa en ti tiene sabor a eternidad

He aquí tu estrella que pasa
Con tu respiración de fatigas lejanas
Con tus gestos y tu modo de andar
Con el espacio magnetizado que te saluda
Que nos separa con leguas de noche

Sin embargo te advierto que estamos cosidos
A la misma estrella
Estamos cosidos por la misma música tendida
De uno a otro
Por la misma sombra gigante agitada como árbol
Seamos ese pedazo de cielo
Ese trozo en que pasa la aventura misteriosa
La aventura del planeta que estalla en pétalos de sueño

En vano tratarías de evadirte de mi voz
Y de saltar los muros de mis alabanzas
Estamos cosidos por la misma estrella
Estás atada al ruiseñor de las lunas
Que tiene un ritual sagrado en la garganta

Qué me importan los signos de la noche
Y la raíz y el eco funerario que tengan en mi pecho
Qué me importa el enigma luminoso
Los emblemas que alumbran el azar
Y esas islas que viajan por el caos sin destino a mis ojos
Qué me importa ese miedo de flor en el vacío
Qué me importa el nombre de la nada
El nombre del desierto infinito
O de la voluntad o del azar que representan
Y si en ese desierto cada estrella es un deseo de oasis
O banderas de presagio y de muerte

Tengo una atmósfera propia en tu aliento
La fabulosa seguridad de tu mirada con sus constelaciones íntimas
Con su propio lenguaje de semilla

Tu frente luminosa como un anillo de Dios
Más firme que todo en la flora del cielo
Sin torbellinos de universo que se encabrita
Como un caballo a causa de su sombra en el aire

Te pregunto otra vez
¿Irías a ser muda que Dios te dio esos ojos?

Tengo esa voz tuya para toda defensa
Esa voz que sale de ti en latidos de corazón
Esa voz en que cae la eternidad
Y se rompe en pedazos de esferas fosforescentes
¿Qué sería la vida si no hubieras nacido?
Un cometa sin manto muriéndose de frío

Te hallé como una lágrima en un libro olvidado
Con tu nombre sensible desde antes en mi pecho
Tu nombre hecho del ruido de palomas que se vuelan
Traes en ti el recuerdo de otras vidas más altas
De un Dios encontrado en alguna parte
Y al fondo de ti misma recuerdas que eras tú
El pájaro de antaño en la clave del poeta

Sueño en un sueño sumergido
La cabellera que se ata hace el día
La cabellera al desatarse hace la noche
La vida se contempla en el olvido
Sólo viven tus ojos en el mundo
El único sistema planetario sin fatiga
Serena piel anclada en las alturas
Ajena a toda red y estratagema
En su fuerza de luz ensimismada
Detrás de ti la vida siente miedo
Porque eres la profundidad de toda cosa
El mundo deviene majestuoso cuando pasas
Se oyen caer lágrimas del cielo
Y borras en el alma adormecida
La amargura de ser vivo
Se hace liviano el orbe en las espaldas

Mí alegría es oír el ruido del viento en tus cabellos
(Reconozco ese ruido desde lejos)
Cuando las barcas zozobran y el río arrastra troncos de árbol
Eres una lámpara de carne en la tormenta
Con los cabellos a todo viento
Tus cabellos donde el sol va a buscar sus mejores sueños
Mi alegría es mirarte solitaria en el diván del mundo
Como la mano de una princesa soñolienta
Con tus ojos que evocan un piano de olores
Una bebida de paroxismos
Una flor que está dejando de perfumar
Tus ojos hipnotizan la soledad
Como la rueda que sigue girando después de la catástrofe

Mi alegría es mirarte cuando escuchas
Ese rayo de luz que camina hacia el fondo del agua
Y te quedas suspensa largo rato
Tantas estrellas pasadas por el harnero del mar
Nada tiene entonces semejante emoción
Ni un mástil pidiendo viento
Ni un aeroplano ciego palpando el infinito
Ni la paloma demacrada dormida sobre un lamento
Ni el arcoiris con las alas selladas
Más bello que la parábola de un verso
La parábola tendida en puente nocturno de alma a alma

Nacida en todos los sitios donde pongo los ojos
Con la cabeza levantada
Y todo el cabello al viento
Eres más hermosa que el relincho de un potro en la montaña
Que la sirena de un barco que deja escapar toda su alma
Que un faro en la neblina buscando a quien salvar
Eres más hermosa que la golondrina atravesada por el viento
Eres el ruido del mar en verano
Eres el ruido de una calle populosa llena de admiración

Mi gloria está en tus ojos
Vestida del lujo de tus ojos y de su brillo interno
Estoy sentado en el rincón más sensible de tu mirada
Bajo el silencio estático de inmóviles pestañas
Viene saliendo un augurio del fondo de tus ojos
Y un viento de océano ondula tus pupilas

Nada se compara a esa leyenda de semillas que deja tu presencia
A esa voz que busca un astro muerto que volver a la vida
Tu voz hace un imperio en el espacio
Y esa mano que se levanta en ti como si fuera a colgar soles en el aire
Y ese mirar que escribe mundos en el infinito
Y esa cabeza que se dobla para escuchar un murmullo en la eternidad
Y ese pie que es la fiesta de los caminos encadenados
Y esos párpados donde vienen a vararse las centellas del éter
Y ese beso que hincha la proa de tus labios
Y esa sonrisa como un estandarte al frente de tu vida
Y ese secreto que dirige las mareas de tu pecho
Dormido a la sombra de tus senos

Si tú murieras
Las estrellas a pesar de su lámpara encendida
Perderían el camino
¿Qué sería del universo?

Vicente Huidobro (1893-1948) es chileno, poeta y narrador.
Su obra es exquisita. Es uno de los poetas vanguardistas más importantes de la primera mitad del siglo veinte. Al inicio de la entrada está un fragmento de la película El lado oscuro del corazón II, donde los versos anteriores de Huidobro se vuelven cine y declaración de amor por parte de Oliverio [Girondo] a Alejandra [Pizarnik], la trapecista de la que Oli se enamora. Claro, todo esto como ficción, los personajes están conformados por textos de uno y otro, los nombres son mera representación simbólica. Las películas de Subiela, El lado oscuro del corazón I y II son poesía pura que además cuentan con buena música y excelente fotografía, una alternativa al cine comercial. De esas películas que son para sentir y que hay que ver de vez en cuando.

Fragmento de la película 
El lado oscuro del corazón II 
de Eliseo Subiela.


lunes, 20 de octubre de 2008

El amor

"Adán y Eva" (1932). Tamara de Lempicka.
Eduardo Galeano* 

En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.

—¿Te han cortado? —preguntó el hombre.

—No —dijo ella—. Siempre he sido así.

Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:

—No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Echate en la hamaca y descansa.

Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía:

—No te preocupes.

El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.

Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:

—¡Lo encontré! ¡lo encontré!.

Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.

—Es así —dijo el hombre, aproximándose a la mujer.

Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.

Eduardo Galeano (1940) es uruguayo. 
El relato anterior está tomado del libro "Memorias del fuego", (vol. 1). Con respecto a Tamara de Lempicka, es polaca, nació en 1898. Los últimos años de su vida los pasó en Cuernavaca, donde murió el 18 de marzo de 1980... y desde un helicóptero, sus cenizas fueron arrojadas al volcán Popocatépetl. 

viernes, 17 de octubre de 2008

El cubo que se fue al pozo


Fotografía tomada del banco de imágenes del INDEMAYA


Ermilo Abreu Gómez. 
Tomado del libro Canek.

12


Junto al brocal del pozo se trenzó la algazara de los peones. Se había roto la soga con que se sacaba agua. El cubo se fue al fondo del pozo. No era posible perderlo; una y otra vez echaron el garabato. Sus ganchos removían el limo, se trababan en los yerbajos, y el cubo no salía. Era un cubo labrado, de madera negra. Lo notaría el amo. Los peones arriaron hasta el fondo a Canek. Su voz se oía velada, como si saliera de las entrañas de la tierra.

Cuando Canek salió dijo:

—Desde el fondo se ven las estrellas.


13


Guy dijo a Canek:

—Oye, Jacinto, se fue el cubo al fondo del pozo.
—¿Otra vez?
—Yo bajo por ti.
—¿Tú?
—También yo quiero ver las estrellas.

jueves, 16 de octubre de 2008

Nubes, Jacinto, nubes.


© Thunderdog Studios, Inc.


Ermilo Abreu Gómez. 
Tomado del libro Canek

10


El sol se deslíe en viento de brasa.

—Niño Guy —dijo Canek—, ni una nube.
Si no llueve pronto, se perderán las cosechas.

Al día siguiente Guy encendió una hoguera y con ímpetu se puso a soplar con su boca y a aventar con las manos las columnas de humo que subían.

Canek le preguntó:

—¿Qué haces?
—Nubes, Jacinto, nubes.



miércoles, 15 de octubre de 2008

Guy y los conejitos


8

Canek y Guy salieron de caza. Canek llevaba el arco y Guy las flechas. Se dirigieron a las madrigueras de los conejos. Caminaron por el monte y avanzaron hacia un descampado pedregoso. Las madrigueras estaban ahí. Canek pidió las flechas, y Guy, tímido, con sus ojos dulces, como de conejo, mostró el morral vacío. Canek no dijo nada y los dos regresaron silbando.

Ermilo Abreu Gómez.
Tomado del libro «Canek».

martes, 14 de octubre de 2008

Los ratones de San Bonifacio


© Snapstock

Ermilo Abreu Gómez.
Fragmento del libro "Canek".

7

En la hacienda aconteció una casi tragedia que participó de lo doméstico y de lo celeste. La tía Charo quedó medio difunta por la ira que se le metió dentro del cuerpo. Se le encendieron los pellejos de la cara y se le engarabitaron las manos. Le dio un soponcio. La cosa fue así: Guy, fiel intérprete de la fe religiosa de su tía, dio lugar al estropicio. En mala hora se le ocurrió llevar, al granero, la estampa de San Bonifacio con la intención de que ejerciera su poder en la plaga de los ratones. Pero sucedió que los ratones o estaban en rebeldía o pasaban por un período de ateísmo; el caso fue que acabaron hasta con las migajas inocentes de San Bonifacio. Lo royeron de la calva a los pies. De ahí la sagrada ira de la tía Charo.

En un momento de calma, Canek, mirando de reojo a Guy, se atrevió a explicar el suceso:

—Cálmese, niña Charo, cálmese, porque bien pudiera darse el caso de que la estampa no estuviera bendecida y entonces no sólo no ejerció su poder, sino que dio ocasión para que los roedores, advertidos de la impunidad de que podían gozar, tomaran entonces venganza, por los males recibidos.

viernes, 10 de octubre de 2008

José Emilio Pacheco



© Trinette Reed


EDADES

Lllega un triste momento de la edad
en que somos tan viejos como los padres.
Y entonces se descubre en un cajón olvidado
la foto de la abuela a los catorce años.

¿En dónde queda el tiempo, en dónde estamos?
Esa niña
que habita en el recuerdo como una anciana,
muerta hace medio siglo,
es en la foto nieta de su nieto,
la vida no vivida, el futuro total,
la juventud que siempre se renueva en los otros.
La historia no ha pasado por ese instante.
Aún no existen las guerras ni las catástrofes
y la palabra muerte es impensable.

Nada se vive antes ni después.
No hay conjugación en la existencia
más que el tiempo presente.
En él yo soy el viejo
y mi abuela es la niña.


José Emilio Pacheco (1939) es mexicano. Lo anterior está tomado de "La arena errante".

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José Emilio Pacheco
En cabeza ajena


El nombre literario de José Emilio Pacheco es multitud: narrador, ensayista, antólogo, crítico. Sin embargo, su vocación más profunda y verdadera es la poesía. Pura López Colomé explora atenta, puntual y generosamente la obra poética del autor de No me preguntes cómo pasa el tiempo.


Ouroboros
El ouroboros simboliza el tiempo –el gran tema de José Emilio Pacheco– y la continuidad de la vida por medio de un animal –cosa también muy cara a su imaginario–, una serpiente que se muerde la cola. Presenta las duplicidades tan evidentes en el autor, a la vez oscuro y claro, oscilante entre los principios ético y estético, entre la culpa y la absolución, y encarna la idea primitiva de la naturaleza autosuficiente, nietzscheana también, que retorna a sí misma, a su principio, en un patrón cíclico.

Antes que nada, José Emilio representa al gran romántico del siglo XXI, en el sentido más wordsworthiano y más yeatsiano de la palabra, es decir, según lo que ambos poetas describieron como sus ideales. Estamos ante un hombre que les habla a los hombres en un lenguaje carente de artificios o de excesiva filigrana y verdaderamente empleado por ellos, comunicándoles un propósito que espontáneamente rebosa sentimientos poderosos; y que se concibe, con toda modestia, como un simple traductor de lo que le es dado percibir. Dice William Wordsworth en su famoso prefacio a Lyrical Ballads: “... como es imposible para el Poeta producir en toda ocasión un lenguaje exquisitamente hecho a la medida de las pasiones y que equivalga al que la verdadera pasión sugiere, resulta apropiado que se considere en la situación de un traductor, autorizado para sustituir con excelencias de otro tipo aquellas que le son inalcanzables; y a quien, ocasionalmente, se le concede superar a su original, en un intento por enmendar su propia inferioridad general, que debe siempre admitir...”

Por otro lado, W.B. Yeats, casi un siglo y medio después, en su poema “Coole Park and Ballylee, 1931”, define su propio carácter –y el de todo aquel que vea en la poesía una acción visionaria– de manera semejante, presentándolo como un modo de ser artístico, ajeno a las cronologías: “Los últimos románticos elegimos por tema/ La sacralidad tradicional y la belleza...” Concluye que cualquiera que aspire al nombre de poeta deberá haber escrito en “el libro de la gente” para bendecir el pensamiento. Cualquier lector que haya pasado por las partes más significativas de la obra de Pacheco coincidirá en que pertenece a esta estirpe.

Y esto por mencionar la savia que nutre su literatura, la cual no implica necesariamente una enorme popularidad; de hecho, es raro que autores así cuenten con un buen número de lectores capaces de reconocerlos en vida. Quizá José Emilio sea la excepción. En este mismo espacio se realizó, a fines de 2004, un sondeo de opinión sobre los mejores poetas vivos de nuestro país. Después de una agitada contienda cibernética, adornada con las gracias de un ánimo efervescente, salió ganador nada menos que Pacheco, quien, además de saberse habitante de una tierra de escasos letrados, ha tenido la energía para cometer “alta traición”:

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques, desiertos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
–y tres o cuatro ríos.



Acaso esta revista haya logrado alebrestar susceptibilidades y vanidades, aguijonear egos chapeados, espolear a los más circunspectos. Lo cierto es que el mundo votante coincidió en darle a Pacheco los laureles del primer sitio (mientras él –inapetente para considerar emitir un voto, me imagino– se moría de risa).

¿Qué relevancia podrá tener la mexicanidad del mejor poeta vivo de México? ¿Será algo tan difuso como el fulgor que distingue a sus latitudes? ¿Se podrá a estas alturas hablar de “lo mexicano” en la poesía? Yo coincido con Salvador Elizondo en que la poesía mexicana es una abstracción y en que lo único que posee una existencia evidente es la Poesía con mayúscula. Y, con Octavio Paz, cuando niega que la poesía mexicana tenga un carácter específico, otorgándole este sólo a algunos admirables poetas de México, entre los que incluye a José Emilio, haciéndolo compartir el espíritu de nuestros tiempos, siempre polémico, en lucha constante con la tradición española y consigo mismo; cosmopolita en oposición al casticismo español, pero dueño de una paradójica voluntad de ser americano: nuestro poeta encarna la modernidad, entonces, al inscribirse en la “tradición de la ruptura”.

En efecto, Pacheco ha roto con López Velarde –quien cantaba “en épica sordina” a su Patria “impecable y diamantina”–, valiéndose –a diferencia del zacatecano– de una forma corta, un grito decepcionado muy lejano a la epopeya, ideal para aproximarse a lo abstracto de México, no a su falta de mácula sino a su grisura, a su fragmentada condición de adefesio: pero, tal como Shakespeare hablaba de una amada abominable, carente de belleza y, por si fuera poco, hasta con mal aliento, admitiendo que con todo y todo la amaba, ambos poetas, el que construye y el que destruye para construir de nuevo, en el fondo reconocen su amor por una inasible, inexplicable sustancia que los alimenta y los hace ver lo que ven.

Parte del impacto de la obra de Pacheco estriba en que le ha dado continuidad al hecho mismo de romper para conformar –de acuerdo con los lineamientos de Pound– algo nuevo. Su capacidad para incluirlo todo y aprender de todo nos sugiere que hay que reconocer y también dudar de la constante del gran río heracliteano de la literatura; y nunca perder de vista que las fracturas y fisuras transforman, empujan a nuestras almas al siguiente peldaño, aunque parezca que le hacen lo que el viento a Juárez.

Robert Frost ha distinguido un eslabón siempre presente que, cuando creemos haber despedazado el poema de nuestros predecesores, brilla por su presencia. Habla de un asombro “ante lo inesperadamente almacenado” que sigue creciéndonos dentro cuando leemos... Digamos que algo en “La Suave Patria” –quizá lo chillón, la vulgaridad de los pechos equiparables de la emperatriz y la codorniz, o las pechugas al vapor de la tierra nativa– se revela como la chispa de un fuego en realidad inextinto, apto para encender nuestro presente y manifestarse como otra cosa... En este sorpresivo advenimiento distinguimos la contribución de José Emilio: estar alertas a la lectura supuestamente no recordada, a la experiencia en apariencia olvidada que secretea sus detalles, al viaje espiritual que lleva a la exaltación y también al agotamiento, y todo en el vehículo de un deliberado oficio versificador, pues sólo él posee la llave del cofre de palabras donde reside una voz de extraña seguridad que irá deslizándose sola hasta las raíces más profundas de la memoria, en busca de una materia que dé a luz imágenes fresquísimas.

Este ouroboros nos proporciona un singular modo de viajar a través del túnel del tiempo, esa fábula suya –según la ha llamado Jorge Fernández Granados–, ese vertiginoso e imparable carrusel cosmopolita y globalizado que alguna vez fue castizo tiovivo, con destino a:

1) El futuro: los verdaderos jóvenes del siglo que, como lectura obligatoria, abordan la obra de Pacheco en secundaria y preparatoria. Los pasajeros de estas dos etapas escolares lo disfrutan y lo asimilan de manera progresiva, hasta volverlo libro de cabecera. Parten de su prosa, concretamente de Las batallas en el desierto, El principio del placer y El viento distante (preguntándole al incauto adulto –maestro, tutor o lo que sea– no qué es el “derrame”, sino si en realidad existió un Paco Malgesto de carne y hueso, si se sabe la letra de “Amorcito corazón” o si el Palacio Chino es inventado) y, a punto de entrar a la universidad, llegan deleitosa y ávidamente a su poesía, resistiéndose a aplicarle un esquema analítico, sintiéndose perfectos iguales de ese “yo” que sí es yo, y no el escritor, que se enamora de una mujer-mujer, o comprende el corazón del enano-enano o del niño que entiende, sin aceptar, el engaño adulto.

2) El presente: la generación a que yo pertenezco en términos de quehacer y visión del mundo; los que venimos leyendo a José Emilio desde temprano, aprendiendo de él, justificándonos a través suyo o en virtud de su persona, rompiendo con él o francamente siguiendo sus pasos (para borrarlos después...). Cuando veo a los muchachos en sus quince, dieciocho o plenos veinte, a los que encarnan el futuro, nos veo a los del presente como al Philip Larkin de “Ventanales en lo alto”, escrito en 1967:

... Cuando veo una pareja de muchachos
Y pienso seguro él ya se la coge y ella
Toma píldoras o usa algún dispositivo,
Sé que es éste el paraíso
Que los viejos han soñado,
Echando por la borda poses y ataduras
Como si fueran una máquina anacrónica,
Y veo a los jóvenes corriendo sin parar
Por la vía franca, rumbo a la felicidad...


El proceso de anagnórisis es cabal. Con José Emilio nos une un destino a todas luces plural, tanto así que conservamos los mismos capitanes y nos guía el mismo triste y lúgubre albatros; compartimos un muy peculiar arte de la corrección por excesivo respeto al lector; hemos traducido, con similares antenas, autores a los que permanecemos fieles y casi rendimos culto sin importar el de por sí quimérico “dominar” la lengua de origen, simplemente queriendo ofrecer, Pacheco dixit, un texto análogo y distinto, un buen poema en español.

3) El pasado: sus antecesores en línea directa, con los que ha roto sólo hasta cierto punto; antes bien, como diría uno de ellos, Alfonso Reyes, respecto de su padre, “en mí te llevo, en mí te salvo”. La obra de Pacheco lleva dentro los fragmentos de su diferenciación de y sus acuerdos con López Velarde y Reyes, por sólo mencionar a dos de sus espíritus tutelares. El sentido que aquí quiero dar al viaje hacia un pasado siempre presente es que, indirectamente, José Emilio, haciéndome a mí y a otros poetas de mi generación descender de él, nos ha dado también ciertas piezas del rompecabezas de López Velarde y Reyes, por ejemplo. En mi propia poesía y en mi actitud general respecto del compromiso literario no reconozco a primera vista la herencia de Paz y sí la de Pacheco. Ahora veo con claridad que da lo mismo si don Alfonso me llevó hasta él, o él a don Alfonso. Lo cierto es que el ojo y el oído críticos que ambos (me) nos ofrecen al menos (me) nos imponen una norma rigurosísima: evitar la autocomplacencia, incluso a riesgo de la desafinación. Dice Octavio Paz que la poesía de Jorge Cuesta está “en la obra de aquellos que tuvimos la suerte de escucharlo”. De José Emilio yo pensaría algo semejante, agregando, al final, “y de leerlo”.


Mandala

Elijo ahora el mandala pues, además de significar círculo, se emplea como medio conducente a la contemplación y concentración; es un emblema que induce ciertos estados mentales y favorece el avance espiritual. Existen múltiples mandalas y, según Jung, todos son distintos. En este caso pretendo analogarlo a la palabra, centro mismo del mundo y de las exploraciones de Pacheco, tal como para otros autores pueden serlo la imaginación, la musicalidad, la fantasía, las emociones, ciertos temas específicos, etc., a cuyo servicio ponen la voz. Con José Emilio, sucede a la inversa. Si la poesía no es estado del alma sino efecto de palabras, toca al poeta lograr su transmutación en cuerpos gloriosos. Poema quiere decir cosa consumada –insistiría Elizondo–, cosa cumplida que existe en sí y por sí, cosa hecha de lenguaje, no de anécdotas ni de material autobiográfico o biográfico. Véase cómo Pacheco muestra su acuerdo en uno de sus mejores poemas, “Jardín de niños”: “La poesía se halla en la lengua,/ en su naturaleza misma está inscrita”.


Diversos personajes llevan el timón invisible

Desde que comencé a leerlo, Pacheco siempre me pareció una especie de coleccionista de giros, expresiones, usos de la lengua mexicana con la que convive de manera intensa, sin someterla a rasero alguno, ya sea moral, estético, intelectualizante. Este coleccionista ultraliberal, que dista de ser un purista (qué buena rima), lleva de la mano al elaborador de un lenguaje, al descubridor de significados y sentidos que viven en estas “voces” y, en honor a la verdad, trascienden incluso la prestidigitación deliberadamente poética: es más, le dan lecciones. “Toda palabra es una metáfora muerta”, resuenan en la gruta del cráneo Borges y Lugones. Sin embargo, también las hay vivas, escondidas en los diccionarios etimológicos. Las metáforas de José Emilio son de ambos tipos. Uno se lo puede imaginar abismándose en el Corominas y la filología, absorto en sus caminos anteriores a cualquier magia poética; y también paseando, pastoreándose por el otro sendero, el del poema que descubre de otro modo, con una luz distinta, lo que coincidiría con algún sesgo de María Moliner. Trátese de una interjección, un anglicismo o una frase perteneciente a los usos de su primera juventud o actual, su significado mismo nos pondrá ante el espejo, en pedazos de distintos tamaños, de la sustancia expresiva:

Púmbale, dice el niño de cuatro años al caer en la hierba. Púmbale, y el que se levanta del suelo es un hombre altivo, cruel, implacable. No reconozco al niño a quien veía jugar hace un instante mientras hablaba con sus padres. Púmbale, y ahora es el derrotado. Hasta sus más abyectos aduladores le han vuelto la espalda. Púmbale, y otro segundo acaba de pasar y todos nos caemos de viejos y a la siguiente exclamación seremos polvo.
(“Otro segundo”)

Ejemplos hay por doquier entre las seiscientas y tantas páginas de su poesía reunida (Tarde o temprano): cuánto oro en polvo, bestias inmundas, indeseables; cuánto darle tiempo al tiempo o comerse el mundo; cuántas minas personales... Y desde cada palabra o frase que desencadena una reflexión, una meditación, una catarata simbólica, se ven los gérmenes de las preocupaciones del poeta y de los demás, esos lectores que, en opinión de Paz, no sólo participan sino que intervienen, siendo de alguna manera los autores: todo lo dicho nos concierne al grado de que llegamos a creer poder haberlo dicho nosotros mismos (con todo y los guiños y giros de ingenio y profundización):

Tal por cual era un insulto atroz en mi infancia.
Jamás he vuelto a escucharlo.
Pero suena muy bien, llena de espuma la boca.

En el fondo percibo oblicua
una alusión a la ilegitimidad, una manera
de decirle bastardo al enemigo.
“No te llamas así.
Te haces pasar por otra persona.
No eres el hijo de quien supones tu padre”.
(Como en tanta injuria,
se les echa la culpa a las mujeres.)
Y, con todo, bastardo jamás se emplea en español como [insulto.

Me parece un misterio
saber por qué la gente se golpeaba si alguien
llamaba tal por cual a su adversario.


Esta vertiente da para mucho más, tiene tela de dónde cortar y nos empuja hacia diversos puntos de análisis. Pero a lo que voy, sobre todo, es al golpe de sentido inmediato que nos lleva a comprender el centro de estas imágenes: el corazón que late, su sístole y su diástole; no lo que dice sino lo que es: la palabra física, tangible en sí y por sí, en la frase “tal por cual”.

Al coleccionista-descubridor se añade ahora el lector, el profundo convencido de que la lectura ilustra la escritura; que no sólo enriquece la expresión, sino que la inspira; que puede ser la chispa motivadora, la incendiaria sin la cual Keats no habría escrito su tributo a la labor de Chapman en el mundo de Homero, ni él mismo sus homenajes a Rulfo, a Flaubert, a D.H. Lawrence, a López Velarde, a los cronistas, a T.S. Eliot... En el poema “Chapultepec: la Calzada de los Poetas” se pregunta “¿qué leemos cuando leemos?”; y en su “Don de Heráclito”, gracias precisamente a una acuciosa lectura de Eliot, se enfrenta al imperativo de reconocer:

Y no es esto
lo que intento decir.
Es otra cosa...


Mucho tiempo después, intentaría plantear de otro modo el enigma del binomio lectura-escritura, escritura-lectura (en su “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato”), recordándonos el abismo ante todo personal que este implica:

... (Tarde o temprano a todos nos espera el naufragio.)
Escribo y eso es todo. Escribo: doy la mitad del poema.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena. El lector, la lectora
harán o no el poema que tan sólo he esbozado.
No leemos a otros: nos leemos en ellos...



Dos que se cuecen aparte

Quizás en virtud de su conciencia moral y su tan característica capacidad para no creer en nada como artículo de fe, y sí para dudar de absolutamente todo o, en el mejor de los casos, para dar un voto de confianza al arrepentimiento o a la resignación, José Emilio Pacheco coincide con el último Milosz, que confesaba no entender nada y sólo sentirse capaz de reconocer el humano éxtasis, inmerso en la gran totalidad:

Nacen y mueren, la danza no termina.
Me cubro los ojos, como para protegerlos de las imágenes
que se precipitan sobre mí.

Tal vez sólo me apropio los gestos, las palabras,
los actos inherentes a la pequeña fracción de tiempo
asignada a mi persona.


La primera personalidad que se cuece aparte es la del experimentador, el aventurero de varias modulaciones temáticas, autor de la poesía que sí se entiende. Cuando se publicaron sus primeros libros, de inmediato fueron comentados por Gabriel Zaid, quien apuntó con su característica claridad que, aunque parezca fácil, resulta mucho más difícil escribir este tipo de poesía, decantar las imágenes, al tiempo que se abandona un camino seguro en pro de otro lleno de riesgos. Por esta vía, Pacheco ha abordado la poesía narrativa –influyendo a más autores de los que lo reconocen–, la cual acaso lo ha hecho volver al fundacional quehacer de los hacedores, los makers de la antigüedad, y así contar una historia y cantarla también, según lo deseaba el mismo Borges. Un ejemplo perfecto de este sesgo es su “Homenaje a la Compañía Teatral Española de Enrique Rambal, Padre e Hijo”, perteneciente, sin gratuidad alguna, a la sección titulada ‘A largo plazo’ de El silencio de la luna, poema en el cual la historia relatada es una realidad tan real que parece ficticia, y quienes representan papeles somos los lectores, al lado de actores de carne y hueso.
En este campo se ubican también algunos poemas dedicados concretamente a México. Entre ellos, más que los que remiten a la historia del país y sus bondades o tribulaciones, el poema “Vecindades del Centro” (de Islas a la deriva), de tono más lírico, combina escenas intraducibles en su profundidad local, mexicanísima, que ofrecen, en sí, novelas enteras:

En el XVIII fue un palacio esta casa.
Hoy aposenta
a unas quince familias pobres,
una tienda de ropa, una imprentita,
un taller que restaura santos.

Flota un olor a sopa de pasta.
Las ruinas no son ruinas, el deterioro
es sólo de la piedra inconsolable.
La gente llega, vive, sufre, se muere.
Vienen los otros a ocupar su sitio
y la casa arruinada sigue viviendo.


La humedad, la construcción y destrucción permanentes, el olor de lo que todos, sin distinción alguna, comemos aquí, el contraste de riqueza y pobreza, el tierno diminutivo usado para la imprenta: nos encontramos no ante la suave o dura madre patria, sino ante la, pese a todo, renaciente, siempreviva esencia, erigida sobre un material que llora (como, de hecho, se dice de los muros de cal), “inconsolable”. Aquí sólo faltan las carcajadas...

Para dar señas de identidad, José Emilio debe demostrar que sabe soltar la carcajada, morirse de risa. Y no describiendo a quienes ríen –los Garriques de petate, los Pepe el Toro clásicos de nuestra trasnochada mecánica nacional–, sino riéndose él en lo que escribe, siendo sopa de su propio chocolate, su propio José Guadalupe Posada. Curiosamente, la poesía del Anáhuac no es humorística a cabalidad, como la inglesa. En los últimos tiempos, sin embargo y por fortuna, dos plumas han dado pruebas suficientes no sólo de grandísima ironía y fina burla, sino de franco humor: Juan Carvajal y José Emilio Pacheco, hijos de la misma generación. El humor negro, capaz de ir a la verdadera entraña haciendo de la descripción una revelación a fondo, por vía de lo que no-es-sí-es, se muestra a sus anchas y con virtuosismo, paradigmáticamente, en “Circo de noche”, mosaico o caleidoscopio de dolores del alma producidos por el cuerpo, desde lo más general y de cajón, digno de diván freudiano, hasta lo más doméstico, detalladamente casero, en breve, lo nuestro: la Bruja Azteca, el espécimen hembra más horrible del mundo, si bien aborigen del inframundo, el Hades...

Muchos de los poemas que componen el Álbum de zoología de José Emilio comparten esta vena, aunque su intención moral nos haga sonreír más que carcajearnos. Y, si de trascendencia se trata, el autor sigue influyendo; para muestra, baste el botón de Zooliloquios, de Silvia Eugenia Castillero, franco homenaje, en términos casi posmodernos, tanto a la poesía narrativa de José Emilio y de Borges como a su lente de aumento en cuanto a las semejanzas entre animales y seres humanos, habitantes, en realidad, de uno y el mismo reino.

La zona del humor en que el autor me parece más original es precisamente la que tiene que ver con esa importancia otorgada a la palabra misma, que antes mencioné como su centro. Poemas como “Pitanza”, “Culebrón”, “El fornicador” o “Impureza” nos lo ponen delante en calidad de demonio chocarrero, de gracioso y simpático inquisidor que pone a su propia cultura –su formación, sus recuerdos y su visión del mundo “carente”, por haber sido bendecido con el don de la expresión poética, de toda vulgaridad– en tela de juicio:

No sé por qué detesto la palabra pitanza.
Suena a restos sangrantes
aventados a la jauría.

Me gano la pitanza hablando y hablando.
Te ganas la pitanza con tu silencio
–o viceversa.


La pitanza está en lucha con la esperanza.
La pitanza es la realidad real desnuda.
A la hora de sentarnos en torno a ella
no pienses
en que a la larga tú, yo, todos,
somos, seremos y hemos sido pitanza
de alguien o algo.

Y bolo alimenticio,
estiércol flagrante
para fertilizar
la próxima cosecha de pitanza.



Traducción

Poco antes de morir, Milosz publicó una antología bastante fuera de lo común en cuanto a la organización de sus contenidos, A Book of Luminous Things, cuyo ensayo introductorio argumenta “en contra de la poesía incomprensible”. Ahí el autor explica el porqué del interés contemporáneo en la poesía oriental. En la antigüedad china y japonesa, el sujeto y el objeto se entendían no como categorías de oposición sino de identificación. Ya que a nosotros nos resulta ardua tarea, al menos debemos de aprender de Oriente a rendir honor al objeto. Sólo practicando esta observación-descripción se nos concederá la epifanía de una realidad más profunda, según la cual no tendríamos por qué escapar del sufrimiento sino hacerlo coincidir con la maravilla.

José Emilio Pacheco, haciendo de su voz algo comprensible que rinde alabanza a todo por el hecho de ser, naturalmente sintió la necesidad de traducir a Basho, Busson, Issa y muchos más. Lo que Milosz llamó cosas luminosas, él lo contemplará Bajo la luz del haikú, ofreciendo una óptica distinta, una entrada a un territorio en que la poesía contemporánea occidental hasta entonces se sentía perdida, rodeada de interrogantes sin respuesta acerca del significado de la vida. Tal vez para captar el misterio de esa convivencia de negro y blanco haya que evitar cualquier simulación propia del sujeto, venerando la pureza del verso, la sencillez y la concisión necesarias para lograr, en este mundo, “caminar sobre el techo del infierno/ contemplando las flores”; para mirar sin distracciones:

La tristeza del mundo:
los pétalos floridos
caerán como nosotros.


Sin olvidar el pivote del humor:

Mientras le rezo a Buda
mato
mosquitos.


Pacheco no sólo ha estado cerca de estas tradiciones orientales, también se ha concentrado en los clásicos griegos, de quienes antes ofreció una “Lectura” y ahora, muy recientemente, nuevas “Aproximaciones” a la antología griega. Tal como lo hizo Dudley Fitts en 1956 (Poems from the Greek Anthology in English Paraphrase), Pacheco se coloca en calidad de diestrísimo reflejo, aprovechando que se mueve como pez en el agua entre formas clásicas y conoce muy bien las entrañas del dulce burlarse; tanto así que uno lo siente divertirse a sus anchas:

–Cuando hago el amor con Pedro
me imagino que estoy con Carlos.
Cuando me toma Carlos pienso en Alberto
y si me tiene Alberto vuelve el deseo
de acostarme otra vez con Pedro.

Reniego siempre del que está en mis brazos.
Por tanto ellos
me aman con más ardor que a ninguna otra.

Mujer, si tú me juzgas una gran puta,
un mal ejemplo, un monstruo
(aunque muy hermosa),
desde luego lo acepto y estoy de acuerdo.

Pero entonces, amiga, por favor quédate
con la horrible miseria de que te ame
tan sólo un hombre en vez de tres o cuatro.


(Pablo Silenciario, “Habla Melisa”)

Oculto entre sus traducciones, nos sigue guiñando el ojo sabio (del Buda) y juguetón (del Reyes de “Salambó, Salambona, ya probé de tu persona”). ¿Nos estará recomendando ser menos serios y solemnes, dedicarnos un poco más al género de la “poesía apócrifa”, imbricando identidades, qué más da, creando más y más Fernandos Tejada que nos pongan delante poesía digna de leerse y releerse y celebrarse? Recuerdo haber disfrutado y comentado por escrito Aproximaciones (México, Editorial Penélope, 1984, “Libros del Salmón”), edición agotada hace ya mucho, en la que el autor, con la misma actitud con que se acercó al Oriente y a Grecia, abordó a Goethe, a Rilke, a Marianne Moore, a Elizabeth Bishop, a Ted Hughes, a poetas indígenas de Norteamérica.

“Cartilla moral”

Quercia es Pacheco, Gordon Woolf es Pacheco, Montale es Pacheco, Apollinaire, Larbaud y Saba son Pacheco, uno y el mismo poeta poseedor, en realidad, de un don de lenguas, no apostólico ciertamente, pero sí bárdico, asumido, huelga decirlo, con esa soberbia humildad que todos sabemos que lo caracteriza cuando habla de respetar sus textos, no a su persona; de que escribir es reescribir para lograr el mejor texto posible; de que vale más leer bien que demasiado. ~


Tomado de la revista Letras Libres: http://www.letraslibres.com/index.php?art=12903



lunes, 6 de octubre de 2008

Carlos Castillo Quintero

Dusty Crosley © 2007 Xenomorph Designs



INEPTITUD

Se sabía amada a plenitud. Su hombre la había colmado de obsequios y halagos dignos de una diosa y era así como se sentía en el momento de hacer su petición:

—Quiero que me des la vida —le dijo sin siquiera mirarlo a los ojos.

—Mi vida la tendrás por siempre —le respondió el enamorado.

—Quiero que me ofrendes tu vida —volvió a decir la mujer.

—Mi vida está a tus pies... —pero no pudo continuar, pues ella con disgusto le explicó que deseaba que se matara en su presencia.

—Si de verdad me amas, harás eso por mí —y al pronunciar estas palabras ya estaba cercana al llanto.

Él se quedó en silencio. La miró y comprobó que era la mujer más hermosa que jamás sus ojos hubiesen contemplado. Su corazón se quebrantó pues aquello que pedía él no podía dárselo. Apenado, dio media vuelta y con paso taciturno penetró en las calles llenas de sombra en donde tomó su forma de vampiro y se dirigió a su castillo, que en lo alto de la montaña le aguardaba más desolado y frío que nunca.


Carlos Castillo Quintero (1966) es Colombiano.
El cuento anterior está tomado de la Revista de Cultura Ñ .259, pág. 28, del sábado 13 de septiembre del 2008. Buenos Aires, Argentina.

viernes, 3 de octubre de 2008

Noé Jitrik

A propósito del October Fest...

DICHTERLIEBES

Una vez, tuve una actriz entre mis brazos:
aleteaba como un gorrión o se arqueaba como una gata,
al conmoverse engendraba oleadas de encanto
mientras con su cuerpo hacía preguntas
que me parecieron inteligentes
o, por lo menos, oportunamente ubicadas.

El verano estaba adelantado y los bares ardían;
presumo que fue eso lo que nos empujó a las calles;
nos arrastrábamos por la noche
y mucha cerveza corrió por nuestros labios
tanta como el río de amor que nació en mí.

Supongo que mentía por razones profesionales
o tal vez por alguna otra cosa que no entiendo;
el hecho es que pienso todavía en esas certidumbres
y en nuestras sombras fanáticas por ellas,
y las noches, buenas amigas,
me devuelven la escalinata de dolor que descendí.

Es cierto que hubo el deleite que llaman físico
aunque simplemente sea por el descubrimiento:
naves desarboladas que a los tumbos
aprisionan los continentes, negros, blanquecinos o pardos
según corresponda al momento y al lugar.

Pero hubo más,
hubo tortura mutua, un insospechable sadismo
que redujo a cero el ámbito heroico y la conquista:
también temblábamos, pero ahora de maldad,
desechábamos el verano, huíamos pertinaces de la noche,
los nervios nos brillaban como estrellas.

En realidad, estallamos al modo de las bombas
y nos alteramos, con lo cual tanto paseo tuvo su remate.
Pero sabíamos que no era cuestión de derechos,
que ninguna dignidad estaba herida;
era la ficción, era el arte que nos sedujo y nos rodeó,
era la noche y la estación tan avanzada.
Eso después lo entendimos y supimos, con melancólicas razones,
que una cosa es la cerveza y otra, el amor.

Noé Jitrik es Argentino.
Lo anterior pertenece al libro Addio a la Mamma, 1967.

jueves, 2 de octubre de 2008

Los tiempos cambian



Cuando tenía quince años y estaba locamente enamorada, consiguió un hechizo garantizado -un ligue, como dicen- para que su hombre no la abandonara nunca. Sí, era el hombre de su vida, no había ningún otro hombre como él.

Hoy, treinta años después, está buscando en vano, con desesperación, alguien que deshaga el embrujo.


Carmen Cecilia Suárez es Colombiana.
En: Cuento de Amor en Cinco Actos. Bogotá: Arango Editores, 1997.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Luis Vidales

Colección Bettman © 1950


SUPER-CIENCIA

Por medio de los microscopios
los microbios
observan a los sabios.

Luis Vidales (1900-1990) es colombiano.