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viernes, 17 de octubre de 2008

El cubo que se fue al pozo


Fotografía tomada del banco de imágenes del INDEMAYA


Ermilo Abreu Gómez. 
Tomado del libro Canek.

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Junto al brocal del pozo se trenzó la algazara de los peones. Se había roto la soga con que se sacaba agua. El cubo se fue al fondo del pozo. No era posible perderlo; una y otra vez echaron el garabato. Sus ganchos removían el limo, se trababan en los yerbajos, y el cubo no salía. Era un cubo labrado, de madera negra. Lo notaría el amo. Los peones arriaron hasta el fondo a Canek. Su voz se oía velada, como si saliera de las entrañas de la tierra.

Cuando Canek salió dijo:

—Desde el fondo se ven las estrellas.


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Guy dijo a Canek:

—Oye, Jacinto, se fue el cubo al fondo del pozo.
—¿Otra vez?
—Yo bajo por ti.
—¿Tú?
—También yo quiero ver las estrellas.

jueves, 16 de octubre de 2008

Nubes, Jacinto, nubes.


© Thunderdog Studios, Inc.


Ermilo Abreu Gómez. 
Tomado del libro Canek

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El sol se deslíe en viento de brasa.

—Niño Guy —dijo Canek—, ni una nube.
Si no llueve pronto, se perderán las cosechas.

Al día siguiente Guy encendió una hoguera y con ímpetu se puso a soplar con su boca y a aventar con las manos las columnas de humo que subían.

Canek le preguntó:

—¿Qué haces?
—Nubes, Jacinto, nubes.



miércoles, 15 de octubre de 2008

Guy y los conejitos


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Canek y Guy salieron de caza. Canek llevaba el arco y Guy las flechas. Se dirigieron a las madrigueras de los conejos. Caminaron por el monte y avanzaron hacia un descampado pedregoso. Las madrigueras estaban ahí. Canek pidió las flechas, y Guy, tímido, con sus ojos dulces, como de conejo, mostró el morral vacío. Canek no dijo nada y los dos regresaron silbando.

Ermilo Abreu Gómez.
Tomado del libro «Canek».

martes, 14 de octubre de 2008

Los ratones de San Bonifacio


© Snapstock

Ermilo Abreu Gómez.
Fragmento del libro "Canek".

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En la hacienda aconteció una casi tragedia que participó de lo doméstico y de lo celeste. La tía Charo quedó medio difunta por la ira que se le metió dentro del cuerpo. Se le encendieron los pellejos de la cara y se le engarabitaron las manos. Le dio un soponcio. La cosa fue así: Guy, fiel intérprete de la fe religiosa de su tía, dio lugar al estropicio. En mala hora se le ocurrió llevar, al granero, la estampa de San Bonifacio con la intención de que ejerciera su poder en la plaga de los ratones. Pero sucedió que los ratones o estaban en rebeldía o pasaban por un período de ateísmo; el caso fue que acabaron hasta con las migajas inocentes de San Bonifacio. Lo royeron de la calva a los pies. De ahí la sagrada ira de la tía Charo.

En un momento de calma, Canek, mirando de reojo a Guy, se atrevió a explicar el suceso:

—Cálmese, niña Charo, cálmese, porque bien pudiera darse el caso de que la estampa no estuviera bendecida y entonces no sólo no ejerció su poder, sino que dio ocasión para que los roedores, advertidos de la impunidad de que podían gozar, tomaran entonces venganza, por los males recibidos.