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viernes, 5 de septiembre de 2008

Jardín de fuego


Alberto Ruy Sánchez. Escritor mexicano.

Tomado del libro "Los jardines secretos de Mogador".

Huele a humo y su alegría no tiene límites, como si fuera el perfume de una flor extraña, nueva en su jardín, obtenida con infinita paciencia. Este jardinero descubrió hace muchos años, durante un incendio en el bosque, que las raíces siguen ardiendo bajo tierra cuando se supone que el fuego ya ha sido apagado. Decidió entonces sembrar un jardín de raíces altamente inflamables y controlar con canales de humedad en la tierra los cauces subterráneos del fuego. De tal manera que, como un ramillete de flores de fuego, las llamas brotan a la superficie quemando los matorrales o los árboles que él designa.

Camina en su jardín de incendios subterráneos percibiendo con su piel el calor que fluye lentamente bajo el suelo. Planea rutas, las controla. Riega aquí o allá los contornos de sus canales. Y cuando la flor de flamas finalmente se abre donde él lo deseaba, reconoce en la planta que se quema el olor de la flor fugaz de su capricho ardiente.

La red de raíces que él no ve añade una dosis grande de fuegos imprevistos a su cosecha. El calor corre por cauces insospechados y lo sorprende al brotar donde él menos se lo espera. Entonces la belleza de sus flores se vuelve convulsiva, brutal. Una súbita embriaguez se apodera entonces del jardinero y el reflejo de las llamas en sus ojos se multiplica por el incendio de su mente.

Cuando el sol besa el horizonte, el jardinero piensa a veces que él sembró ese incendio del cielo. Que una imprevista e invisible raíz aérea conduce hasta las nubes su fuego y termina volviéndolas llamas quietas, brasas, y finalmente carbón. Descubrió que la noche es eso, un inmenso carbón. Y que las estrellas son recuerdos diminutos del fuego incrustados en la gran bóveda de carbón. Flores fosilizadas. Piensa entonces que se requieren millones de años y millones de jardineros que cuiden su jardín para que sus propias flores de fuego brillen cada noche por sí solas. Mientras tanto, cuando la obscuridad lo cubre todo, el jardinero dibuja en su jardín con sus flores de incendio un mapa celestial, una geometría de estrellas fugaces. Primero quería reflejar tal cual al cielo. Luego se fue animando a trazar sus propias constelaciones.

Hay quienes de noche vienen a leer su destino o el de sus seres queridos en el dibujo estelar de esta tierra sembrada. Y el guardián de la Gran Biblioteca de Mogador sostiene que no pocas revoluciones, que él llama "fuego en la mente de los hombres", comenzaron como una de las flores brillantes en este jardín. Que lo mismo alzamientos en China, en Irán o en Patagonia tienen raíces que se extienden hasta aquí. Cada vez que el jardinero siembra, riega y alumbra, sabe que siembra en el mundo una chispa inesperada; que la belleza de su jardín convulsiona imperios, tal vez hasta enciende estrellas en el firmamento, seca ríos en otro continente, derrumba rascacielos en flamas, decapita reyes.

También hay quien sostiene que a cada llamarada en este jardín corresponde una pasión tremenda. Que ni Romeo y Julieta, ni Abelardo y Eloísa escaparon al efecto de estas raíces que de forma misteriosa pero segura llegan hasta el corazón de ciertas personas. El otro día el jardinero iba por la calle y se dio cuenta de que un hombre y una mujer desconocidos se miraron con ojos de deseo. Hubo una chispa simultánea en sus pupilas y por la intensidad que tuvo esa chispa el jardinero supo en que parte de su jardín se había originado (no todas las plantas arden igual) y corrió hacia el huerto sur de las palmas secas, para mirar desde su terraza el esplendor de ese repentino florecimiento.

Pienso en este jardín cuando siento en la piel el calor veloz de tus venas, cuando te acercas lentamente los nueve metros que nos separaban pero lo haces como si vinieras de muy lejos y muy decidida, cuando todo tu cuerpo me conduce hacia el calor más profundo que tienes y que muy poco a poco me devora entre las dos grandes flamas que son tus piernas que como incendio incontrolable, ayudadas por el viento, me apresan, me atan a ti. Pienso en la felicidad de este jardinero cuando una y otra vez se enciende en tus ojos la alegría de poseernos, cuando tu boca dice tan sólo un crepitar, un sonido de llamarada. Cuando me abrazas y eres brasa, cuando me besas y eres esa que se dejó llenar todo el cuerpo de raíces de fuego y mantiene viva siempre la promesa de una flor brillante que nos queme.

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jueves, 4 de septiembre de 2008

Esos aplausos

Timbre postal conmemorativo
al centenario del nacimiento del poeta granadino
Federico García Lorca. Italia, 1998. 


De Eduardo Galeano.
Escritor uruguayo. 

Desde que García Lorca había caído, acribillado a balazos, en los albores de la guerra española, La zapatera prodigiosa no aparecía en los escenarios de su país. Muchos años habían pasado cuando los teatreros del Uruguay llevaron esa obra a Madrid.

Actuaron con alma y vida.

Al final, no recibieron aplausos. El público se puso a patear el suelo, a toda furia; y los actores no entendían nada.

China Zorrilla lo contó:
—Nos quedamos pasmados, un desastre. Era para ponerse a llorar.

Pero después, estalló la ovación. Larga, agradecida. Y los actores seguían sin entender.

Quizás aquel primer aplauso con los pies, aquel trueno sobre la tierra, había sido para el autor. Para el autor, fusilado por rojo, por marica, por raro. Quizás había sido una manera de decirle: para que sepas, Federico, lo vivo que estás.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Pere Calders

"Judith". Gustav Klimt (1862-1918).


CONFESIÓN

Mi novia me dijo que un pecho sí, pero que el otro no, porque lo tenía apalabrado. Colérico y egoísta, perdí el único que quedaba disponible.

Pere Calders es español y es un irónico arquitecto del relato breve.

martes, 2 de septiembre de 2008

Fatalidad de Romeo y Julieta

"Romeo y Julieta" de Sir Frank Dicksee


Por Marco Denevi, escritor y dramaturgo argentino.

La poderosa imaginación de un hombre (permítanme la jactancia: ese hombre soy yo) convocó a Romeo y Julieta sobre un escenario, so pretexto de ensayar una nueva obra, una enésima versión de la antigua historia que borronearon Masuccio, Da Porto y el Bandello y a la que Shakespeare dio forma definitiva. El teatro estaba vacío y en esa lúgubre penumbra de los teatros por la mañana. Cuando, evocados por mí, se presentaron los famosos amantes de Verona (les diré: temblaron no sé si de frío o de miedo, parecían sonámbulos, me escrutaron con somnolienta suspicacia) les dije, como si de pronto se me hubiese ocurrido una idea (pero yo había sobado esa idea durante algún tiempo):

—Aprovechen esta oportunidad. Es la primera y quizá la única vez que se reúnen en un escenario sin que así lo haya querido Shakespeare, quien siempre los condena a amarse y en seguida a suicidarse. Libres de él, líbrense también de ese aciago destino. Basta de fantasías macabras con ustedes dos. Huyan. ¿A dónde? A cualquier parte que no sea un teatro. A un hotel, por ejemplo. Ámense lejos de aquí, donde inevitablemente padecerán el mismo funesto desenlace. O no se amen, si no quieren. Pero vivan. Vivir vale la pena. Escápense. Una ocasión como ésta no se les volverá a presentar. Los autores, por lo general, no se atreven a desmentir a Shakespeare. Yo soy la excepción. Los tengo a mano y, ya ven, los dejo ir.

Los convencí. Me dieron las gracias por mis buenos consejos y del bracete, como una pareja de novios cualquiera, salieron del teatro. Yo me quedé solo, saboreando mi victoria sobre la fatalidad de los destinos artísticos. Me senté en una butaca, en la oscuridad, y me puse a imaginar las escenas que sucederían afuera. Los transeúntes reconocerían a Romeo y Julieta, los felicitarían, los seguirían en procesión. Y cuando diesen sus nombres en el hotel, qué conmoción, qué fiesta. Me reproché no haberles sugerido que usasen seudónimo. Temí que los periodistas no los dejasen vivir en paz, que la gente los tuviese locos con pedidos de autógrafos. De cualquier manera, a dos jóvenes tan maltratados por la suerte no les disgustaría ser el centro de la simpatía general, recibir demostraciones de solidaridad, de complicidad, verse rodeados, en cambio de parientes hostiles, de desconocidos alcahuetes. Y ya encontrarían, después que la efervescencia se aquietase, ya encontrarían un lugar apartado donde vivir tranquilamente su idilio. Yo me sentía feliz por haberle dado el esquinazo a Shakespeare.

Dios mío, a la media hora ya estaban otra vez allí, sobre el escenario. No me vieron. Pero desde mi butaca presencie una escena que me heló la sangre. Entraron separados, como perdidos. Y de pronto corrieron el uno hacia el otro y se abrazaron estrechamente como para defenderse de un grave peligro.

—Es una ciudad como mil Veronas juntas —oí que murmuraba Julieta.
—Y está llena de Montescos y Capuletos —dijo él.

Julieta alzó el rostro y lo miró:

—Allí no podríamos ser felices.

Romeo, dulcemente, le preguntó:

—¿Quieres ser feliz?
—Quiero amarte —contestó rápidamente Julieta.

Hubo un silencio, y en seguida Romeo susurró:

—¿Has comprendido?
—He comprendido —dijo Julieta.

Entonces se besaron y en seguida, como obedeciendo las órdenes de un invisible director de escena, Julieta se dirigió hacia el fondo y se tendió en el suelo, como muerta. Romeo salió y volvió a entrar.

Escuché las palabras que tantas otras veces había escuchado.

—Aquí —recitó Romeo con una voz un poco engolada— aquí quiero quedarme con los gusanos, doncellas de tu servidumbre. Aquí fijaré mi última morada para librar a esta carne, hastiada ya del mundo, del yugo del mal influjo de los astros. Ojos míos, lanzad vuestra última mirada. Brazos, dad vuestro último abrazo. Y vosotros, oh labios, sellad con un legítimo beso el pacto sin fin con la acaparadora muerte.

Se inclinó sobre Julieta y la besó. Luego fingió empuñar un frasco o una copa.

—Brindo por ti, amada mía. Buen boticario, tus drogas son rápidas y eficaces. Así muero, con un beso.

Y se desplomó.

Inmediatamente Julieta se puso de pie y repitió el monólogo que todos conocemos.

—¿Qué veo? ¿Una copa apretada en la mano de mi fiel amor? ¡Oh ingrato! ¡Todo lo apuraste sin dejar una gota amiga que me ayude a seguirte! Besaré tus labios. Quizás quede en ellos un resto de ponzoña para hacerme morir con un reconfortante.

Besó a Romeo.

—Tus labios están calientes todavía.

Le quitó el puñal que él tenía en el cinto.

—Daga bienhechora —dijo con un acento terrible— ésta es tu vaina. Enmohécete aquí dentro y dame la muerte.

Y cayó sobre el cuerpo de Romeo.

Entonces, manejado por no sé qué misterioso tramoyista, descendió el telón. Y yo, automáticamente, aplaudí.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Esquinas de la vida




Por Addy Góngora Basterra.

Ocurrió a finales de mayo del 2008. Abril me propuso vernos para tomar algo y conversar. El punto de encuentro sería en el Alto Palermo, un centro comercial de Buenos Aires. Estuve de acuerdo y le pregunté específicamente en donde nos veríamos, pues hay varias entradas.

—En la puerta de Mac a las cuatro —me dijo.

Fui. Era miércoles, recuerdo, y llegué un poco antes de las cuatro. Entré un rato a la tienda y me entretuvo la última MacBook del mercado, la potencia sorprendente de un par de bocinas que parecen todo menos bocinas, el iPod en el que cabría la más completa y variada colección de música. Heme ahí en la esquina del Alto Palermo en la entrada de Mac pendiente de que Abril llegara. La gente y las manecillas pasaban. Las 4:10. Me senté en unas escaleritas mirando hacia los distintos puntos por donde Abril podría aparecer: el pasillo que nace en la otra esquina, las escaleras eléctricas, la puerta. Las 4:20. Le pregunté a un policía si esa era la única Mac o si había otra tienda en el centro comercial. Me dijo que no, que era la única. Las 4:30… y nada. Entonces me acordé que estaba por acabárseme el maquillaje, me hacían falta unas sombras. En alguna de mis idas al Alto Palermo vi que había un local pequeño donde vendían lo que necesitaba. Pensé en ir aprovechando el tiempo… pero se me ocurrió que cabría la posibilidad de que en ese momento Abril llegara, y que al no encontrarme se iría pensando que yo nunca llegué, o que ya me había ido. Así que no fui por el maquillaje, que estaba en la otra esquina del centro comercial. Para entonces yo no tenía teléfono celular ni el número de Abril conmigo, así que no podía llamarle. Eran casi las cinco de la tarde y yo no había comido, estaba a punto del desmayo. Llevada por el hambre emprendí el regreso a mi departamento y a media travesía me acordé del maquillaje que no compré. 

—Mañana regreso —pensé.

Llegué a mi casa y le dejé un mensaje a Abril, va textual la conversación que tuvimos por Messenger:

Addy: Abriiiiiiiiiiiiiiiiiiil, qué ondaaaaaaa? te pasó algo???? Te estuve esperando casi hasta las cinco... ¡qué plantón! Espero que estés bien, que sólo se te haya olvidado, y no que te haya pasado algo. Quedamos pendientes para la próxima, ok?

Abril: Nena estuve yo igual alla hasta las 5.30. a donde fuiste??? alto palermo en mac di vueltas por ahi como 10 veces, por q no me marcaste al cel! dejame un tel al q te pueda localizar please

Addy: Alto Palermo en Mac, exactamente. Estuve desde diez para las 4 hasta casi las 5. No te vi para nada

Abril: loca no puede ser te juro por mi madre q fui, es mas estaban maquillando a una niña

Addy: pues no te vi estaba ahí sentada junto al modulo de la Universidad de Palermo en las escaleras

Abril: en mac, y cerca estaban unas promotoras de no se q encuesta y a fuera estaba una promo de seven up

Addy: Mmm yo estaba adentro...

Abril: yo igual

Addy: Mmm entrada de Mac?

Abril: me senté un rato en havanna

Addy: las computadoras?

Abril: q esta a lado de mac

Addy: qué havanna?

Abril: el cafe

Addy: cuantas entradas de mac hay??

Abril: hay varias?

Addy: pues no sé, solo una, la que está por coroNel Díaz y berruti

Abril: mmm por lacostte

Addy: Mmmm...

Abril: a lado de las escaleras electricas

Addy: si

Abril: no puede ser

Addy: pero no recuerdo ningún Havanna hay un módulo de la Universidad de Palermo hay una tienda Kodak ahi estaba yo

Abril: es mas a una niña le grite pensando q eras tu

Addy: jajajaj yo pensé que todas eras tú!


Todo fue un misterio. 
Las dos decíamos que fuimos pero no nos vimos. Pensé que habríamos tenido destiempos y que en una jugarreta del destino no nos habíamos encontrado. Quizá mientras yo estaba dentro de Mac ella estaba en las escaleras en un ángulo desde el cual no podía verla. Pensé en el café Havanna, ¿dónde estaría que no lo vi? Jamás vi a la chica que se estaba maquillando dentro de Mac, habrá sido un retoque virtual en photoshop y Abril en un acto de curiosidad que yo no tuve metió los ojos a la compu para ver cómo y qué le hacían. Las únicas promotoras que ví son las que estaban en el stand de la Universidad de Palermo. Y las escaleras eléctricas, ¿cómo fue posible que yo no la viera si yo también estaba junto a ellas? ¿sería que Abril estaba de un lado y yo del otro?

Todo era posible.

Un par de días después volví al Alto Palermo a comprar las sombras. Entré por la puerta principal, es decir, no por aquella de la esquina de Mac. Cuando estuve frente a la tienda me dí cuenta que de lado derecho había un Havanna… y que al izquierdo estaba Lacoste y las escaleras eléctricas… y cual sería mi sorpresa al ver que el nombre de la tienda —del cual yo jamás me había fijado— donde vendían el maquillaje era Mac.

Empecé a reírme yo sola ahí parada, claro está.

Abril sí estuvo en el lugar donde me dijo que estaría y yo estaba también en el que dije. En el que entendí. En el que interpreté. Ella tenía razón como yo también la tenía. Ninguna de las dos tuvo la culpa del desencuentro. Ambas cumplimos. Ambas estuvimos puntuales para encontrarnos. Ambas estuvimos esperándonos. Simplemente ella estaba en una esquina y yo en otra.

Y entendí que así también la vida tiene sus esquinas.

Cuántas veces no ponemos nuestra mejor voluntad, todo nuestro corazón, todas nuestras ganas en algo y sentimos que la otra persona no nos corresponde, sin darnos cuenta que esa otra persona —que también ha puesto su mejor voluntad, todo su corazón y todas sus ganas— actúa en justa correspondencia. Simplemente está en otra esquina de la vida, una que nosotras no conocemos o no entendemos porque estamos en un ángulo distinto, en el ángulo opuesto, aún cuando estamos en el que para nosotros es el correcto.

Hoy, después de esa tarde de mayo, ahora que han pasado tres meses, así lo entiendo. O al menos así lo interpreto.

Si hubiera ido ese miércoles último de mayo a comprar las sombras, seguramente me hubiera encontrado a Abril. Si Abril hubiera avanzado un poco más allá del Havanna, seguramente me hubiera encontrado. Pero a ninguna de las dos se nos ocurrió salir a buscarnos puesto que ambas pensábamos que estábamos en el lugar adecuado.

Y así era.

Cada quien estaba en su verdad.

Su postura ante la vida la llevó a Mac, a la tienda de maquillaje.

Mi postura ante la vida me llevó a Mac, donde venden iPods y computadoras.

No hay culpables.

Como tampoco hubo culpables, un par de años atrás, cuando mi tío José Luis me pidió que lo llevara a la revisión médica que anualmente tiene que hacerse. Es piloto de Mexicana de Aviación y aprovecharía su estancia de unos días en Mérida para hacer en un par de horas lo que en el DF sería un proceso infernal. Me explicó que el lugar al que debía llevarlo estaba junto al aeropuerto. Fui con él, lo esperé y tan pronto salió nos fuimos a desayunar a San Fernando… sabiendo que ahora sí podía entrarle con devoción y regocijo a los tacos de cochinita y a la torta de lechón.

Volvió al año siguiente. Me contó que le tocaba nuevamente la revisión médica, le dije que si quería lo llevaba, y quedé en pasar por él temprano en la mañana. Estábamos en el norte de la ciudad y cuando se subió al coche le dije: Conozco un atajo, así que llegaremos rápido.


Mi vía rápida, en realidad, no era un atajo, sino el anillo periférico. Tomé camino por ahí rumbo al aeropuerto, íbamos cantando y platicando cuando en una de esas miró el reloj y seriecito me dijo:

—Oye Addy María, este tu pinche atajo no tiene nada de atajo.

—Ya casi llegamos al aeropuerto —dije yo muy segura—. Y era verdad, ya casi estábamos en el aeropuerto.

Y entonces vino el grito…

—Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooo… no es en el aeropuertoooooooooo… es en un laboratorio que está por Chichí Suáreeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeez…

Lo solucioné fácil pues nada más había que tomar el mismo camino por el que veníamos pero a la inversa (y con un poco más de velocidad), así que en el primer retorno que se nos apareció en el camino di vuelta.

—¡No me dijiste nada! —le reclamé.

Cuando el Capitán Basterra me dijo que le harían la revisión médica y preguntó si podía volver a llevarlo, a mi me pareció lógico que fuera en el mismo lugar… mientras que él dio por hecho que yo sabría que le habían dado la alternativa de un lugar más cercano. Qué se me iba a ocurrir que a un costado de la Secretaría de Comunicaciones y Transporte, sobre la carretera a Chichí Suárez, había un lugar donde le harían el chequeo. Por un rato dejamos de platicar y de cantar, me imagino que él se habrá puesto a pensar, como yo, en lo que había pasado. Entonces le dije:

—Por eso se divorcian las parejas.

Nos reímos y nos seguimos riendo cada vez que nos acordamos.

Y sí, estoy convencida de que por eso son casi todos (por no decir “todos”) los problemas entre las personas, los pleitos, los distanciamientos, los divorcios, todo por un mal entendido, por algo que quedó cojeando en la conversación, por algo que no se dijo con claridad y a tiempo.

Al igual que lo que ocurrió con Abril, el Capitán tenía su verdad y yo la mía.

Cada uno tenía su razón, su certeza. Eso me ha enseñado que cada quien tiene su esquina y que desde ahí nos movemos por la vida. Cuando alguien dice Mac una persona puede pensar en maquillaje y otra en un iPod… cuando alguien piensa en revisión médica uno se puede remitir al aeropuerto y otro a Chichí Suárez… cuando alguien dice Platón uno puede pensar en filosofía y otro en la ensaladera… y así la lista puede ser infinita.

Esto es: cuando dos personas piensan que están hablando de lo mismo o que entienden lo mismo en torno a algo, no necesariamente es lo mismo (valga la redundancia).

Uno interpreta la vida según como la ve, como la vive y como la entiende.

Uno interpreta la vida desde su esquina.

*

Han pasado unos minutos desde que puse el punto final después de “esquina”.

Fui a la cocina. Volví frente a la compu y sujetando con ambas manos el café que acabo de hacerme, leí entre sopliditos el último párrafo por encima de la taza… y me quedé pensando en por qué escribí todo esto si yo lo único que quería decir es que, tras unos meses de ausencia vuelve Letranías aprovechando que es lunes, septiembre, justo y necesario.