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sábado, 19 de abril de 2008

Carolina Repetto


En respuesta a "Buenos Aires: ¿libre de humo?


DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE


Escena de la película Blade Runner


Lo que más se escucha por la calle es la tos. A veces, unos estornudos y algún sensible de oído probablemente escuche el restregar de las manos en los ojos, las respiraciones afanosas, los barbijos tocados levemente por el aire exhalado.

Lo que menos se ve, claro, es la ciudad. Muchos me dicen que es peor que una película de Dr. Jekill y Mr. Hyde, o que una ambientación de espectáculo de tango canyengue con mina de pollera con tajo hasta ahí. No sé; sí percibo la niebla marrón como salida de una película de culto. Vuelve y vuelve a mi memoria difusa, Blade Runner. Tal vez sea por un aspecto de la decadencia que empieza por el olor de fuego inútil.

Hace muchos años, en los setenta, me preparaba obcecada para el “después de la catástrofe”, leyendo The complete book of self sufficiency de John Seymour y me imaginaba en un valle del sur. Me acuerdo que con los compañeros de entonces, compartíamos la urgencia de preparar el futuro propio con una sobrevida saludable. Las catástrofes, ahora lo veo, llegan por los mismos caminos del Señor, que son inescrutables e infinitos.

En estos días me parece ver realizarse la pesadilla/espada de Damocles de aquel tiempo, y por las noches la respiración insuficiente me aviva un todavía leve temor con las formas de esa profecía.

Debe ser como dice mi amiga mexicana, el aire enrarecido confunde las ideas, las mezcla en una sola imagen gris topo o en frases que llegan como imágenes.

Por un lado me imagino que podríamos empezar a proponer una “canción ciudadana” muy ad hoc: Hay humo en tus ojos/ Smoke gets in your eyes cantada por Los Plateros para los que manyan algo de inglés.

Por otro lado me acuerdo continuamente de otra película que fui a ver con mi vieja a un cine enorme en una serie de presentaciones del recuerdo: Llegaron las lluvias, 1927.

Y en tercer lugar pienso con insistencia en las cortinas de humo metafóricas . Nada original. Sin embargo esas tres frases responden a una realidad, a un deseo y a una hipótesis, que me insisten en este borde de la conciencia y me lleva a enumerarlos y describirlos.

La realidad es que hay humo en vos lector de Buenos Aires: en vos, en él , en ellos… Hay humo en los ojos, en los pulmones. En las esquinas nocturnas y en las diurnas.

El deseo es que lleguen las lluvias, torrenciales, como en la India de los monzones, o en la Posadas subtropical de mis amores. Y que lleguen como quieran, con las pasiones de la película, con Greta Garbo o sin ella; así como en mi recuerdo, en blanco y negro, o en tecnicolor. Que lleguen para que apaguen las llamas, porque no hay bombero que apague los 300 focos, sobre el agua del bañado o el barro de las islas.

La hipótesis que resta ni siquiera es osada, y ya la habrá formulado más de un desocupado de café, de esos que fuman en medio del humo como Addy o Mariela mientras bajan ansiosas las escaleras de Puan. Mientras arde el campo, detrás de la cortina de humo que ocupa todos los canales, se van firmando acuerdos con los productores, buenos, malos, según la mirada, pero a los porteños la nube, con la magnífica técnica del mago: humo por aquí, humo por allá, no nos deja ver demasiado bien, ocupados como estamos por respirar mejor.

Me voy a escuchar de nuevo a los Plateros. They said someday you'll find/ All who love are blind/ Oh, when your heart's on fire/ You must realize/ Smoke gets in your eyeees… cof, cof. disculpen pero me falta un poco del Buen Ayre.

Buenos Aires... ¿libre de humo?





Por Addy Góngora Basterra.


En el país del tango, de Borges y el buen vino, también se ha impuesto no fumar en lugares públicos. Quienes somos afectos a hacer humo nos ceñimos a la imperativa ley gubernamental y nos reunimos solidariamente en balcones, bajamos cinco pisos con tal de llegar a fumar a la calle, acudimos a bares manteniendo la cajetilla en la bolsa, los encendores quietos y apretando los labios para no sacar esa lenguita de fuego, tan difícil de domar, siempre contagiosa, inquieta.

Desde hace un par de días se me ha instalado en el recuerdo un haikú: ¿Cómo cabías, oh incendio, en el pequeño vientre de la chispa? Perdonen que no le dé crédito al autor, pero en este momento el humo me nubla la memoria. Y esto es porque bajo el slogan de la campaña antitabaco que reza “Buenos Aires: libre de humo” se ha visto algo paradójico puesto que la ciudad y sus alrededores se han cobijado por una espesa nube... o cortina. O pared. O muro. Ya no sé cómo llamarle. Incendios que iniciaron hace unos días en la delta del río Paraná nos han traído sin tregua a quienes caminamos las calles de la capital… y también a quienes deciden quedarse en sus casas: el humo, con espíritu fantasmal, pareciera que atraviesa las paredes. Busca siempre una entrada por el filito que no sella siempre en las ventanas y se cuela en librerías, iglesias, cafés, teatros, guarderías. Ha cortado en calles y avenidas de tal manera la visibilidad que en varios momentos del día sólo puede verse a 300 metros de distancia, no más.

Si el fuego, aparentemente provocado, se debiera a cuestiones políticas (aunque las autoridades lo descartan) debido a lo que ha ocurrido en el campo por las declaraciones que la presidenta Cristina Kichner hizo semanas atrás, indicaría que el trasfondo es económico: la gente demuestra su inconformidad mediante las quemas con tal de que el gobierno no obtenga beneficio. Quizá me equivoco y el fuego, ahora descontrolado, es (o era) simplemente para hacer limpieza en los pastizales. Sea como sea, lo grave es que esto repercute en toda la humanidad porque, según el encabezado en los periódicos, este humo es en la historia de la historia el mayor dañó que la capa atmosférica ha tenido. Basta ver las imágenes satelitales o fotografías de la ciudad y sus alrededores para asentir a lo anterior con la cabeza.

Se han agotado en las farmacias los tapabocas y las agendas de oftalmólogos se nutren considerablemente. Los hospitales baten récord en atención a gente con problemas respiratorios. Las gargantas resienten, los ojos se enrojecen, es inevitable por momentos no toser a mitad de una conversación. Y no sólo es la visibilidad, también es el olor a quemado, ese olor que se impregna en sábanas, ropa, cortinas, muebles, toallas… pues ¿qué se hace con el humo, además de respirarlo? ¿cómo frenarlo, como detenerlo por las rendijas, como enjaular su vuelo fácil, inasible, impredecible? Es como ir a un asado y pasársela ahí, junto a la parrilla, vigilando un trozo de bife, de arrachera, ahumándose como un salmón. La ropa absorbe ese olor. La piel, el cuerpo mismo.

No sé cuanto tiempo más vaya a durar esta humareda pero sí sé que Sarita Montiel no andaría tan felizmente cantando, tendida en la chaisse longuefumar es un placer, genial sensual (…) sintiendo ese calor del humo embriagador.




Buenos Aires, 19 de abril de 2008.

viernes, 18 de abril de 2008

Capítulo 7


Tomado de "Rayuela".
Julio Cortázar.

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.

jueves, 17 de abril de 2008

Fragmento y Canción


Transcripción del diario de Frida Kahlo

Diego principio
Diego constructor
Diego mi niño
Diego mi novio
Diego pintor
Diego mi amante
Diego mi esposo
Diego mi amigo
Diego mi madre
Diego mi padre
Diego mi hijo
Diego = YO
Diego UNIVERSO
Diversidad en la Unidad
___________________________

EL ELEFANTE Y LA PALOMA
Letra y música: Pedro Guerra


A Frida le duelen los huesos
y mirándose al espejo
pinta todo su dolor,
a Frida le duele la vida
y aprendiendo de su herida
llena todo de color.

Diego mi Diego,
Diego mi amor,
¿por qué pienso que eres mío
si eres sólo tuyo, Diego,
si eres sólo tuyo?

Frida miró al elefante
y empezó a desdibujarse
pero nada le importó.
Diego miró a la paloma
y la amó, entre tantas cosas,
entre el lienzo y la pasión.

Diego mi niño,
Diego pintor,
¿por qué pienso que eres mío
si eres sólo tuyo, Diego,
si eres sólo tuyo?

Frida descansa en el lecho
y se pinta hasta en el pecho
con tal de sobrevivir,
Diego mi amigo,
Diego = yo,
¿por qué pienso que eres mío
si eres sólo tuyo, Diego,
si eres sólo tuyo?

Diego mi Diego,
Diego mi amor,
¿por qué pienso que eres mío
si eres sólo tuyo, Diego,
si eres sólo tuyo, Diego?


La canción forma parte del álbum "Raíz".
Pedro Guerra (1966) es español, magnífico compositor.

miércoles, 16 de abril de 2008

Irene Sánchez Carrón



TIENDA EN CASA

Reciba, sin gastos de envío,
su sonrisa restaurada y blanqueada,
fácil de montar,
sin baterías,
biodegradable,
autoadhesiva,
inodora,
a prueba de bombas,
retransmisiones bélicas en directo,
genocidios,
intervenciones aliadas y ataques a objetivos no civiles
que al final resultan ser un puente, una fábrica,
quién sabe si algún parque,
eso sí, no civil.

Pruebe sin compromisos
nuestra sonrisa
sometida a los mejores controles de calidad
y vuelva a brillar con luz propia
en todo tipo de acontecimientos.

Si no queda conforme,
le devolvemos su tristeza.

lunes, 14 de abril de 2008

Clarice Lispector



POR NO ESTAR DISTRAÍDOS


Era la levísima embriaguez de andar juntos, la alegría como cuando se tiene la garganta un poco seca y se ve que por admiración se estaba con la boca entreabierta: ellos respiraban de antemano el aire que estaba por delante, y tener esa sed era el agua misma para ellos. Andaban por calles y calles hablando y riendo, hablaban y reían para dar materia y peso a la levísima embriaguez que era la alegría de su sed. A causa de los coches y personas, a veces se tocaban, y con ese toque -la sed es la gracia, pero, las aguas son una belleza oscura-, con el toque brillaba el brillo de su agua, y la boca quedaba un poco más seca de admiración. ¡Cuando admiraban estar juntos!

Hasta que todo se convirtió en no. Todo se convirtió en no cuando quisieron esa misma alegría. Entonces la gran danza de los errores. La ceremonia de las palabras desacertadas. Él buscaba y no veía, ella no veía lo que él no había visto, ella que estaba allí, sin embargo. Y él que estaba allí. Todo salía mal, y estaba la gran polvareda de las calles, y cuanto más se equivocaban, con más espereza querían, sin una sonrisa. Todo porque habían prestado atención, sólo porque no estaban ya distraídos. Sólo porque, súbitamente exigentes y duros, quisieron tener lo que ya tenían. Todo porque quisieron dar un nombre; porque quisieron ser ellos, ellos que ya eran. Y entonces aprendieron que, al no estar distraídos, el teléfono no suena, y es necesario salir de casa para que la carta llegue, y cuando el teléfono finalmente suena, el desierto de la espera ya cortó los hilos.

Todo, todo por no estar ya distraídos.


Clarice Lispector es brasileña (1925-1977)
Del libro: Revelación de un mundo.