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jueves, 13 de marzo de 2008

Rosa Montero y Cristina Peri Rossi




Quisiera aprovechar esta ocasión, sin embargo, para intentar hacerles comprender que la homosexualidad no es la mariconería que ustedes condenan y suponen torpemente. Homosexuales eran, en el mundo clásico, todos los héroes, los genios y los santos. Homosexual era Platón y Sócrates, y Arquímedes, y Pericles. La homosexualidad es un resultado natural de la extrema sensibilidad y delicadeza. Se puede ser homosexual y heroico, homosexual y porfiado luchador. Como Alcibíades, el gran general cuya biografía narra Plutarco. Como los trescientos legendarios héroes que formaban la Cohorte Sagrada de Tebas, una cohorte imbatible que basaba su fuerza en estar compuesta por amados y amadores, por enamoradas parejas de guerreros que luchaban espalda contra espalda y que redoblaban sus esfuerzos en combate para defender a su adorado compañero.

Rosa Montero. 
Escritora española, magnífica ensayista. 
Lo anterior es un fragmento del relato Paulo Pumilio y lo tomé del libro "Amantes y enemigos". Recomiendo de ella dos libros "Pasiones" (el prólogo es maravilloso) e "Historias de mujeres". Son fáciles de conseguir en la editorial Punto de Lectura y no son caros.
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REMINISCENCIA

No podía dejar de amarla porque el olvido no existe
y la memoria es modificación, de manera que sin querer
amaba las distintas formas bajo las cuales ella aparecía
en sucesivas transformaciones y tenía nostalgia de todos los lugares
en los cuales jamás habíamos estado, y la deseaba en los parques
donde nunca la deseé y moría de reminiscencias por las cosas
que ya no conoceríamos y eran tan violentas e inolvidables
como las pocas cosas que habíamos conocido.

Cristina Peri Rossi. 
Poeta Uruguaya.
Tomado del libro "Diáspora".

martes, 11 de marzo de 2008

Julia Menéndez

Malecón de la Habana. © Bob Krist

En el amor
lo difícil es curarse,
lo fácil, padecerlo.
Lo común no sentirlo,
lo extraño, llevarlo dentro.
Lo sencillo mencionarlo,
lo complicado, reconocerlo.
Lo perdonable sufrirlo,
lo imperdonable, el exceso.
Lo terrible es el olvido,
lo maravilloso, el tiempo.

*

Padezco de romanticismo,
un mal congénito que desafortunadamente
no es contagioso y del que mejoro
sólo a ratos.

*

Estréname amor,
me hice nueva para ti.

*

Un beso fue mucho,
todos no bastaron.

*

No me resigno
a no querer mirar la luna y las estrellas
y a no subrayar una frase bella en un poema.
No me resigno
a no bajar la mirada infantilmente
cuando otros ojos me miran indiscretamente.
No me resigno
a no sonrojarme ante un halago
y a no avergonzarme de lo que hago.
No me resigno
a no excitarme al contacto de una mano
y a no perder el sentido con el roce de unos labios.
No me resigno
a no temblar de deseos
y no quedarme sin aliento después de un beso.
No me resigno
a estar viva sin saberlo
y mucho menos a morir día a día sabiéndolo.
No me resigno
a no recordar el rostro del amor
y a resignarme a todo esto.

*

No te he aprendido,
nací sabiéndote.
No te he reconocido,
te sé de memoria,
amor.
Julia Menéndez es actriz y nació en La Habana.
Es una maravillosa narradora. Cuba se llena de luz, de vida y se muere de nostalgia en su escritura. Ojalá la vida le haga justicia para que podamos leerla como se lo merece.

lunes, 10 de marzo de 2008

Cuento



Carilda Oliver Labra. 
Poeta cubana.

Yo era débil,
rubia, poetisa, bien casada.
Tenía deudas
y una salud de panetela blanca.
Hicimos una casa pobremente,
muchas ventanas:
para enseñar nuestros besos a las nubes,
para que el sol entrara.

La casa era tan bella
que tú nunca dormías.
Ya no eras abogado ni poliomielítico
ni nada.
Nunca dije:
¿cuándo vas a poner esa demanda?
porque yo tampoco
cocinaba.

Fueron días
como no quedan otros en las ramas.
Yo me empeñaba en sembrar algo en el patio:
tus gatos lo orinaban,
pero era tan feliz que no podía
decir malas palabras.
Ay, una tarde...
(Septiembre tomó parte en la desgracia),
Ay, una tarde
(Dios estaría sacando crucigramas);
ay, una tarde
pusiste tantas piedras en mi saya
que desde entonces
ando inventándome la cara.
El cuchillo
tenía la forma de tu alma;
yo quería ser otra, hablar de las estrellas...
(sobraron noche y cama).
Yo me empeñaba en sembrar algo en tu pecho:
tus gatos lo orinaban,
y era tan infeliz que no podía
decir buenas palabras.

Tarde en otoño.
Miré las sábanas amargas,
el jarro de la leche,
las cortinas,
y el crepúsculo me convirtió en su mancha.
(Yo era un clavel podrido de repente,
un canario botado).
Con empujones que lo gris me daba,
entre temblores,
volví a la falda
de mi madre.

Pasaron tantas cosas
mientras yo me bebía la soledad a cucharadas...

Un viernes
-un viernes en que tu olvido me enterraba-
llegué a la esquina
de la casa.
Estaba allí como una tumba diferente,
se veía otra luz por las ventanas.
Tuve miedo de odiar...
(Ya era hasta mala).

Pasaron tantas cosas;
el tiempo fue cosiendo mi mirada.

Ahora no pueden asustarme con los truenos
porque la luz me alza.
Ahora no pueden confundirme con un libro.
Soy la palabra recobrada.
¡Ríanse,
agujas que en mi carne se desmandan;
ríanse,
arañas que me tejen la mortaja;
ríanse,
que a mí, también, carajo, me da gracia!