MAS RECIENTE

jueves, 28 de febrero de 2008

Discurso de Eva





Carilda Oliver Labra. 

Poeta cubana. 

Hoy te saludo brutalmente:
con un golpe de tos
o una patada.
¿Dónde te metes,
a dónde huyes con tu caja loca
de corazones,
con el reguero de pólvora que tienes?
¿Dónde vives:
en la fosa en que caen todos los sueños
o en esa telaraña donde cuelgan
los huérfanos de padre?

Te extraño,
¿sabes?
como a mí misma
o a los milagros que no pasan.
Te extraño,
¿sabes?
Quisiera persuadirte no sé de qué alegría,
de qué cosa imprudente.

¿Cuándo vas a venir?
Tengo una prisa por jugar a nada,
por decirte: "mi vida"
y que los truenos nos humillen
y las naranjas palidezcan en tu mano.
Tengo unas ganas locas de mirarte al fondo
y hallar velos
y humo,
que, al fin, parece en llama.

De verdad que te quiero,
pero inocentemente,
como la bruja clara donde pienso.
De verdad que no te quiero,
pero inocentemente,
como el ángel embaucado que soy.
Te quiero,
no te quiero.
Sortearemos estas palabras
y una que triunfe será la mentirosa.
Amor...
(¿Qué digo? estoy equivocada,
aquí quise decir que ya te odio)
¿Por qué no vienes?
¿Cómo es posible
que me dejes pasar sin compromiso con el fuego?
¿Cómo es posible que seas austral
y paranoico
y renuncies a mí?

Estarás leyendo los periódicos
o cruzando
por la muerte
y la vida.
Estarás con tus problemas de acústica y de ingle,
inerte,
desgraciado,
entreteniéndote en una aspiración del luto.
Y yo que te deshielo,
que te insulto,
que te traigo un jacinto desplomado;
yo que te apruebo la melancolía;
yo que te convoco
a las sales del cielo,
yo que te zurzo:
¿qué?
¿Cuándo vas a matarme a salivazos,
héroe?
¿Cuándo vas a molerme otra vez bajo la lluvia?
¿Cuándo?
¿Cuándo vas a llamarme pajarito
y puta?
¿Cuándo vas a maldecirme?
¿Cuándo?
Mira que pasa el tiempo,
el tiempo,
el tiempo,
y ya no se me aparecen ni los duendes,
y ya no entiendo los paraguas,
y cada vez soy más sincera,
augusta...

Si te demoras,
si se te hace un nudo y no me encuentras,
vas a quedarte ciego;
si no vuelves ahora: infame, imbécil, torpe, idiota,
voy a llamarme nunca.

Ayer soñé que mientras nos besábamos
había sonado un tiro
y que ninguno de los dos soltamos la esperanza.
Este es un amor
de nadie;
lo encontramos perdido,
náufrago,
en la calle.
Entre tú y yo lo recogimos para ampararlo.
Por eso, cuando nos mordemos,
de noche,
tengo como un miedo de madre a quien dejaste sola.
Pero no importa,
bésame,
otra vez y otra vez
para encontrarme.
Ajústate a mi cintura,
vuelve;
sé mi animal,
muéveme.
Destilaré la vida que me sobra,
los niños condenados.
Dormiremos como homicidas que se salvan
atados por una flor incomparable.
Ya la mañana siguiente cuando cante el gallo
seremos la naturaleza
y me pareceré a tus hijos en la cama.

Vuelve, vuelve.
Atraviésame a rayos.
Hazme otra vez una llave turca.
Pondremos el tocadiscos para sIempre.
Ven con tu nuca de infiel,
con tu pedrada.
Júrame que no estoy muerta.
Te prometo, amor mío, la manzana.

lunes, 25 de febrero de 2008

No sabía que fuera necesario



Escrito por José Saramago.
Tomado del libro "El equipaje del viajero".


(...) Pero vayamos a la historia.

Ahí, en el sanatorio, me decía aquel amigo, había un enfermo, un hombre de unos cincuenta años, que tenía una gran dificultad para caminar. La enfermedad pulmonar que padecía nada tenía que ver con el sufrimiento que le crispaba toda la cara, ni con los suspiros de dolor, ni con los estremecimientos de su cuerpo. un día hasta apareció con dos bastones toscos con los que se detenía como un inválido. Pero siempre con los lamentos en la boca, con gemidos, quejándose siempre de los pies, de que aquello era un martirio, que ya no aguantaba.

Mi amigo le dio un consejo obvio: muéstrale los pies al médico, tal vez sea reumatismo. El otro sacudía la cabeza, casi quería llorar, lleno de compasión por sí mismo, como si pidiese misericordia. Entonces mi amigo, que mantenía en silencio sus propias amarguras y vivía con ellas, se impacientó y fue duro. Su actitud dio resultado. Dos días después el enfermo de los pies lo llamó y le dijo que iría a ver al médico para enseñárselos. Pero antes quería que su buen consejero los viese.


Y se los mostró. Las uñas, amarillas, se encorvaban hacia abajo, contorneaban la punta de los dedos y se prolongaban hacia adentro, como punteras o dedales en forma de cuerno. El espectáculo daba repugnancia, revolvía el estómago. Y cuando le preguntaron a este hombre adulto por qué no se cortaba las uñas, que eso era lo único que tenía, respondió: "No sabía que fuera necesario".

Le cortaron las uñas. Se las cortaron con alicates. Entre ellas y los caparazones de los animales la diferencia no era grande. A fin de cuentas (¿no es verdad?), es necesario mucho trabajo para mantener todas las diferencias, para comunicarlas a los pocos, a ver si la gente finalmente logra la plenitud humana.

Pero de repente sucede algo así, y nos vemos ante un semejante que no sabe que es necesario defendernos todos los días de la degradación. Y en este momento no es en uñas en lo que estoy pensando.

domingo, 24 de febrero de 2008

Poesía en segundos

Los magueyes hacen gimnasia sueca
de quinientos en fondo
Salvador Novo

·


Soy el sitio
al que llegas diario a visitarte
Rubén Bonifaz Nuño

·

Háblenle de tragedias a un pescado
Jaime Sabines

·


Horas interminables,
esperas lo que ya no esperas.
Manuel Ulacia

·

No hay modo de escribir un buen poema
si tú no eres mejor que ese poema.
Luis Miguel Aguilar

·

¿Y sabes a lo que sabes?
Alfonso Reyes

·

Te mando 10 minutos de esta tarde
para tu colección de acuarelas
Carlos Pellicer