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martes, 14 de octubre de 2008

Ermilo Abreu Gómez


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En la hacienda aconteció una casi tragedia que participó de lo doméstico y de lo celeste. La tía Charo quedó medio difunta por la ira que se le metió dentro del cuerpo. Se le encendieron los pellejos de la cara y se le engarabitaron las manos. Le dio un soponcio. La cosa fue así: Guy, fiel intérprete de la fe religiosa de su tía, dio lugar al estropicio. En mala hora se le ocurrió llevar, al granero, la estampa de San Bonifacio con la intención de que ejerciera su poder en la plaga de los ratones. Pero sucedió que los ratones o estaban en rebeldía o pasaban por un período de ateísmo; el caso fue que acabaron hasta con las migajas inocentes de San Bonifacio. Lo royeron de la calva a los pies. De ahí la sagrada ira de la tía Charo.

En un momento de calma, Canek, mirando de reojo a Guy, se atrevió a explicar el suceso:

—Cálmese, niña Charo, cálmese, porque bien pudiera darse el caso de que la estampa no estuviera bendecida y entonces no sólo no ejerció su poder, sino que dio ocasión para que los roedores, advertidos de la impunidad de que podían gozar, tomaran entonces venganza, por los males recibidos.

Tomado del libro Canek.

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