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martes, 30 de diciembre de 2008

La caricatura del día


martes, 9 de diciembre de 2008

Orlando Van Bredam



El gato "Hairy Truman" camina por la mesa del estudio
de Ernest Hemingway en Key West. Fotografía de Rob O´Neal.


Fábula de artistas

Lo cierto es que el gato, con mucha paciencia, aprendió a ladrar. Ladraba con fuerza, con eficacia de perro adulto. Tanto ladró que se olvidó de sus maullidos. Entonces, las opiniones se dividieron entre quienes sostenían que se trataba de un gato falso y quienes, por el contrario, aseguraban que era un perro apócrifo. Nadie tenía en cuenta su virtuosismo, el estudiado empeño que exhibía cada vez que quería soltar un ladrido. Lo peor sobrevino cuando los demás gatos lo tildaron de traidor, cobarde, obsecuente, cipayo, etc. El mismo rechazo obtuvo de los perros, para quienes era un vulgar imitador, un alcahuete, un arribista, un desarraigado, etc.

Con pesadumbre de artista postergado y vagando sin sentido, el gato llegó un día hasta mi casa. Poco nos bastó para comprendernos. Y decidimos vivir juntos, aunque ustedes no lo crean. Le conté mi drama: nadie quiere saber nada con un perro fino, delicado, que sólo emite maullidos de gato.



Orlando Van Bredam (1952) es argentino.


miércoles, 3 de diciembre de 2008

Una canción para dormir

«En el viejo bosque hay una casita, si vas allá te has de asomar...»


Por Addy Góngora Basterra.

Mi abuela no sabía hablar sin gritar. Su voz era pequeña únicamente cuando rezaba o al cantarnos a mis hermanas y a mí por las noches, cuando íbamos de vacaciones a Veracruz o cuando ella venía a Yucatán. Dormíamos en su cama mientras ella, desde la hamaca, nos arrullaba con una canción de perritos que iban a la escuela, la canción que siempre le pedíamos, la canción que acompasaba con pataditas que le daba a la cama para tomar impulso y arrullarse ella también, meciéndose. Parece que estoy oyendo el ruidito de la ese de la hamaca en la pared...

Hace un mes mi abuela tuvo un infarto cerebral. Según me explicó Eddie, mi primo, como consecuencia se le paralizaron ocho nervios del cuerpo, cuatro de un lado y cuatro del otro. Entre las cosas que no podía hacer era comer. ¡Mi abuela cocinera, mi abuela comelona! Su dolor era mío y me partía el alma, no podía soportar que esa mujer en rol de abuela que nos cantaba en la infancia y que siempre nos consentía, sufriera… ni que tampoco volviese a probar bocado de las delicias que le han llenado la vida de placer.


Era una cocinera de concurso. Una vez en Puebla consiguió unos chiles chipotles enormes y los hizo rellenos. Llegué un día a su casa, la mesa era un banquete mítico y todos nos sentíamos dioses en cada bocado, ¡qué sazón! Había de todo. En una de esas, con la voz megáfono, en paso rápido Mosín se fue a la cocina diciendo ¡los chiiiiiiiles!... y ahí venía de vuelta con la bandeja de chiles chipotles… capeados… cuando ¡ya todos habíamos comido!... milagrosamente a mi tía Leticia y a mí no sé de donde nos brotó otro estómago y nos los comimos t-o-d-o-s.


Creo que de todas las personas que conozco, es a la única que recuerdo diciéndome “Adita”. Mi nombre en diminutivo era una ternura en su voz.


El último día de octubre soñé con ella. El escenario del sueño fue el colegio Teresiano al que asistimos mis hermanas y yo, el lugar al que mi abuela iba a vernos bailar en festivales, disfrazadas de lo que pidiera la ocasión. Llevé en sueños a mi abuela a un lugar que ahora es eso, un sueño, una nostalgia. Llovía. Lichi, mi hermana, también estaba. Caminábamos. De pronto Mosín se detenía. Yo le miraba los pies y los tenía lastimados, en carne viva, ya los zapatos le habían provocado llagas, lo que pudiésemos hacer por ella tendría que ser —más que un reemplazo de zapatos— un proceso de curación. Llovía más fuerte. Estaba cansada de caminar, no podía dar un paso más. Yo no comprendía muy bien por qué habíamos ido ahí si no encontraríamos otros zapatos ni nada que pudiese ayudarla. Mi hermana le decía a Mosín que podíamos llevarla a buscar zapatos nuevos. Yo la miraba con interrogación (a mi hermana) y le decía que de nada serviría, porque lo que Mosín necesitaba era un alivio inmediato. Yo notaba en mi abuela un rictus de dolor que no he podido sacudirme y que me duele concebir como verdadero, es decir, pensar que en vida real sentía lo que su rostro en mi sueño reflejaba. Mi abuela ya no podía caminar, ya no podía seguir acompañándonos.


Mi familia ha empezado diciembre sin ella. Y yo estoy lejos de todos ellos, en otro país, a muchas horas de distancia incluso en avión.


Cuando la muerte nos toca cerca, se engrandece. Se nos forma un abismo. Cuando la muerte se lleva pedazos de infancia, cuando nos deja el humo de las velitas del pastel, la piñata rota… Cuando la muerte nos arrebata la idea siempre segura de ver a ese alguien que amamos… La muerte puntiaguda, ese navajazo al alma que sólo se siente cuando se ama…


Ayer por la noche le envié por celular un mensaje a mi papá diciéndole que lo abrazaba con todo mi amor, que lo acompañaba. Me contestó diciendo que estaba esperando las cenizas.




Cenizas.


Mi abuela. Mi abuela megáfono, mi abuela troglodita.


Cenizas.


Ahora ésta mujer que amé, ésta mujer que era mi abuela, es cenizas. ¿Y su tamaño? ¿Y sus formas? ¿Cenizas? Cenizas las del bolero en la voz de Eugenia León. Cenizas las del Marlboro. Cenizas las del Popocatépetl, ¿pero mi abuela, Mosín, cenizas? ¿Cómo?… si me están bailando en la memoria cha cha chá sus caderas, frondosas y veracruzano-yucatecas, la estoy viendo bailar con sus hermanas al ritmo de la marimba que acompañaba algunas fiestas, estoy viendo a Óscar, mi primo, un niño entonces, aprendiendo a bailar ricachá ricachá ricachá… ahí junto a ellas. Estoy viendo el tamaño de mi abuela en el sofá de la sala en mi casa, en Mérida, mientras yo toco el piano y ella escucha con los ojos cerrados. Estoy viendo el tamaño de mi abuela en la hondonada de la hamaca mientras nos canta En el viejo bosque hay una casita… la estoy viendo caminando en una calle de arena junto a mí en Chelem, yendo a la feria del pueblo, una noche llena de estrellas y de moscos que se nos iban encima como perros. ¿Qué hizo ella? Se alzó el vestido, se sacó el medio fondo, estos moscos van a saber quien es tu abuela, y como quien abre un camino a machetazos, ella con el medio fondo enviaba al más allá a los insectitos del demonio.


Esta mañana le pregunté por el messenger a Tere, mi hermana menor, si recordaba la canción de los perritos que iban a la escuela. Me la cantó toda y me hizo llorar, fue como en esas películas donde empieza alguien relatando un episodio y de pronto se encadena la escena con un flashback… Don Pipirulando les está enseñando, los perritos quieren aprender, paran las orejas y menean los rabos, y se apuran juntos a leer… y mientras leía a mi hermana en la ventana del msn, estaba en una dimensión alterna mi abuela cantándonos, meciéndose en la hamaca.


Ayer por la tarde me encontré a un amigo. Me miró por un momento con atisbo.


—Te veo diferente, como que te veo más chica.

—¿Ah sí? —dije yo. Quien sabe por qué será.

Seguimos platicando de otras cosas, pero el comentario me quedó dando vueltas. Hoy volví a verlo para tomar un café.


—Pienso que ya sé el motivo por el que me dijiste que me veías más chica: tengo la tristeza de una nieta que perdió a su abuela —le dije seria y él se quedó callado un momento; creo que de todas las cosas que pensó, ninguna sería esa.


La muerte de mi abuela me ha vuelto frágil y me ha empequeñecido un poco, en el sentido de que una parte de mí se pierde para siempre al irse ella y a cambio se me ha encendido de pronto esa parte niña por todos los recuerdos que se me han desbocado. Y él se dio cuenta al mirarme. Intuyó mi fragilidad —me había enterado de la muerte de mi abuela la noche anterior— y algo en mí denotaba esa fractura irreparable.


Yo no quería —ni nadie, como es lógico— que mi abuela viviera con sufrimiento. Entre otras cosas, para ella no volver a comer sería terrible. Su muerte es lo mejor que podía pasarle porque la vida que le esperaba ya no sería lo que ella conocía. Pero aún sabiendo que era lo mejor, no deja de ser doloroso. Cuando alguien que amamos muere, es cierto que lloramos esa ausencia, pero más que nada lloramos por nosotros mismos, por lo que perdemos de esa persona, por ese destierro, por ese sin retorno, por eso nuestro que se nos va, lloramos por eso que nos muere.


Sin embargo también lloro por los otros y no solamente por mí. Lloro por mi abuelo que perdió a su amor, a la mujer con la que convivió, durmió, viajó y rió los últimos sesenta años de su vida; lloro por mi padre, que perdió a su madre, consentidora hasta el delirio; lloro por mis tías que ahora sienten media orfandad y un dolor sin antecedente; lloro por mis primos que vivían en Veracruz y que la tenían cerca siempre; lloro por mi madre que compartió con ella los últimos días, cuidándola con más amor de hija que de nuera; lloro por mis hermanas que quisieran estar en Veracruz y que no pueden, lloro por todo lo que recuerdan. Lloro por mí y por el mundo que ahora acaba con mi abuela.


Se llamaba Sara. Nunca conocí a nadie que la nombrara así. Para todos era Mosa o Mosín. Y a pesar de tener megáfono incluido, con su canción de los perritos nos hacía dormir como benditas.


Y así deseo su sueño ahora.


Abue: hoy yo canto para ti.


@letranias

martes, 2 de diciembre de 2008

Pedro Lemebel



LOS DIAMANTES SON ETERNOS
(Frívolas, cadavéricas y ambulantes)


(Fragmento)


En uno de estos lugares, al calor delirante de la farra marucha, es fácil encontrar una loca positiva que acceda a contestar algunas preguntas sobre el tema, sin la mascarada cristiana de la entrevista televisiva, sin ese tono masculino que adoptan los enfermos frente a las cámaras, para no ser segregados doblemente. Más bien jugando un poco con el aura star de la epidemia, así, revertir el testimonio, el indigno interrogatorio que siempre coloca en el banquillo de los acusados al homosexual portador.
-¿Por qué portador?
-Tiene que ver con puerta.
-¿Cómo es eso?
-La mía es una reja, pero no de cárcel ni de encierro. Es una reja de jardín llena de florcitas y pájaros.
-¿Barroca?
-No sé lo que es eso, puede ser, una verja llena de cardenales.
-¿Y adónde conduce?
-Al jardín del amor.
-¿Se abre?
-Siempre está abierta de par en par.
-¿Y qué hay en el jardín?
-Un asiento también de fierro, igual que la reja llena de...
-Pájaros y florcitas.
-Y también corazones.
-¿Partidos?
-Bueno un poquito, alguna trizadura por aquí, otra por acá, pero sin flechas. Eso del angelito cupido es cuento hétero, en vez de flechas, jeringas.
-¡Uy qué heavy!
-¿Qué tanto? Si los pinchazos ahora me excitan.
-Bueno, estábamos en el amor. El jardín portador del amor. ¿No crees que te corres del tema?
-Siempre, nunca tienen que saber lo que estás pensando.
-¿En qué estás pensando?
-Yo no pienso, soy una muñeca parlante. Como esas Barbys que dicen I love you.
-¿Hablas inglés?
-El sida habla inglés.
-¿Cómo es eso?
-Tú dices Darling, I must die, y no lo sientes, no sientes lo que dices, no te duele, repites la propaganda gringa. A ellos les duele.
-¿Y a ti?
-Casi nada, hay muchas cosas por las que vivir. El mismo sida es una razón para vivir. Yo tengo sida y eso es una razón para amar la vida. La gente sana no tiene por qué amar la vida, y cada minuto se les escapa como una cañería rota.
-¿Es un privilegio?
-Completamente, me hace especial, seductoramente especial. Además tengo todas las garantías.
-¿Cómo así?
-Mira, como portador, tengo médico, sicólogo, dentista, gratis. Estudio gratis. A quien le cuento el drama se compadece y me dice al tiro que sí a lo que pido.
-Menos al amor.
-Bueno, a la gente le gusta que tú te mueras, se sienten más vivos, más seguros. Pero los portadores estamos más allá del amor. Sabemos más de la vida, pero por descuentos. Este mismo minuto yo soy más feliz porque no habrá otro.
-Nunca hay otro para nadie.
-Pero no es lo mismo; tú verás nevar alguna vez si vas a Farellones o a otra parte donde van los ricos. Pero yo nunca, porque puede que ya no esté. Y esa nieve se derrite siempre antes que yo llegue. Es un sueño que siempre tengo. Pongo la mano para recibir un copo y me cae agua. ¿Te fijas? Algo siempre está partiendo.
-¿Cómo una carrera contra el tiempo?
-Se me evapora el alma antes de llegar.
-¿Cómo la canción?
-Claro, pero sin música. Los deseos, las ganas. Ahí estamos tratando de agarrarlos.
-¿Y ser viejo?
-Bueno, ahí tienes otra garantía. Nunca seré vieja, como las estrellas. Me recordarán siempre joven.
-¿Y si encuentran el remedio?
-Me muero igual, porque de aquí a que llegue a Latinoamérica, y a qué precio. ¿Te imaginas lo que va a costar? Como siempre, se salvan las ricas primero.

(…)

-¿Te fijas que algo se va cuando dejas de mirarme? Algo se rompe. Mírame
-Te estoy mirando.
-No, no me estás mirando a mí, estás mirando mi muerte. La muerte tomó vacaciones en mis ojos.
-¿Por qué tanta poesía? ¿Te ablanda el drama? ¿Es más soportable?
-Mira, yo no hablo de poesía, más bien de poseída.
-¿Y escribes?
-A veces, en esos días abochornados cuando está a punto de llover. Me gustaría que estuviera lloviendo cuando... Cuando me llegue la hora pues, las flores duran más tiempo con el agua.






John Leguizamo, Wesley Snipes y Patrick Swayze
en la película To Wong Foo, Thanks for Everything, Julie Newmar! (1995)
MANIFIESTO
(Hablo por mi diferencia)


NOTA:
Este texto fue leído como intervención en un acto político de la izquierda en septiembre de 1986, en Santiago de Chile.


(Fragmento)

No soy Pasolini pidiendo explicaciones
No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro

(…)

Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice:
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Súper-buena-onda
Yo no soy buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda

(…)

No sabe que la hombría
Nunca la aprendí en los cuarteles
Mi hombría me la enseñó la noche
Detrás de un poste
Esa hombría de la que usted se jacta
Se la metieron en el regimiento
Un milico asesino
De esos que aún están en el poder
Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro

(…)

En Nueva York los maricas se besan en la calle
Pero esa parte se la dejo a usted
Que tanto le interesa
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alíta rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.

Textos tomados del libro Loco Afán. Crónicas de sidario. Editorial Anagrama, 2000.

Pedro Lemebel nació en Santiago de Chile en los cincuentas.

Va el inicio de la comedia To Wong Foo, Thanks for Everything, Julie Newmar!, las actuaciones son excepcionales y la película recomendable:





lunes, 1 de diciembre de 2008

El prodigio de cantar y bailar...

La música une y da felicidad.

Va hoy un despligue de alegría, gente que siente y vive la vida entre baile y canciones. Comparto dos videos maravillosos, el primero pertenece a la serie Playing for change: Peace trough Music, donde músicos callejeros de distintas partes del mundo se unen en una suerte de in crescendo conforme la famosa canción de Ben E. King "Stand by me"(When the night has come...) transcurre.






Y el segundo... quizá hayan escuchado algo sobre Matth Harding, o hayan visto ya alguno de los videos donde sale bailando por todo el mundo. Es mágico el contagio de alegría que Matt provoca con ese pasito de baile, basta ver el derroche de felicidad y vitalidad cuando la gente se le une...






¡Feliz diciembre!

domingo, 30 de noviembre de 2008

Roberto Saviano, elegido "estrella" del año por la revista "Rolling Stone"


El escritor y periodista italiano Roberto Saviano,
durante la conferencia sobre libertad de expresión
que pronunció en Estocolmo, Suecia. (FOTO: EFE)


EFE 2008-11-27 La Opinión


ROMA, Italia

(EFE).- El escritor italiano Roberto Saviano, amenazado de muerte por la mafia napolitana, ha sido elegido ahora la "estrella" del 2008 por la edición de la revista musical "Rolling Stone" de Italia, una nueva muestra de cómo la repercusión de su libro "Gomorra" ha ido más allá de la literatura.

Autor de una obra que desentraña las actividades de la Camorra, que ha proporcionado información importante para la lucha contra la mafia napolitana, Saviano protagoniza la portada del último número de la edición italiana de la revista musical, que saldrá a la venta mañana.

La revista apunta los méritos del escritor de 29 años. "Su 'Gomorra' (en la que se ha basado el filme del mismo título), es indiscutiblemente el texto italiano más leído en el mundo de los últimos años", asegura el director de la "Rolling Stone", Carlo Antonelli, en el editorial del próximo número de la publicación.

"Las detenciones de los protagonistas del libro, las amenazas de muerte y el increíble deceso de la pobre (cantante surafricana) Miriam Makeba después de un concierto en su honor han creado en torno a Saviano un cortocircuito entre realidad y ficción hasta hoy inédito y vertiginoso", añade.

La revista musical lo compara con una estrella del rock por su capacidad de congregar a admiradoras que se pelean por conseguir un autógrafo suyo "como si fuera Barack Obama".

Antonelli destaca también todas las firmas de apoyo que ha recibido tras anunciar su decisión de dejar Italia ante las amenazas de muerte de la mafia que ha recibido.

El propio Saviano agradece el título en la propia publicación musical, en cuya portada el joven escritor aparece mirando de perfil con un gesto desafiante.

El autor, quien agradece los apoyos recibidos, destaca que "aunque muchos miles de jóvenes lean en las calles espontáneamente mis palabras", su vida se ha convertido en un "infierno".

No obstante, destaca que, más allá de que para su vida personal escribir el libro haya podido ser "un error...ha comenzado algo en el país que no se detendrá".

Añade que, además de ser: "odiado por los camorristas y difamado para restarme autoridad. Siento también un gran afecto en torno a mí y a mis palabras".

Además de autor del libro "Gomorra", Saviano ha participado en el guión del filme, dirigido por Matteo Garrone y elegido por la Asociación Nacional de Industrias Cinematográficas Audiovisuales y Multimedia (ANICA) para representar a Italia en los Oscar de Hollywood en la categoría de mejor película de habla no inglesa. EFE


Fuente:
http://www.impre.com/laopinion/entretenimiento/2008/11/27/roberto-saviano-elegido-estrel-95164-1.html#
http://www.impre.com/laopinion/entretenimiento/2008/11/27/roberto-saviano-elegido-estrel-95164-2.html

Más de Saviano

Periodismo | Entrevista
El periodista Roberto Saviano, autor de
LANACION.com | ADN Cultura | Sábado 29 de noviembre de 2008




El periodista Roberto Saviano, autor de Gomorra, vive bajo custodia permanente luego de haber sido amenazado por su investigación sobre la Camorra

Por Borja Hermoso
El País

Roberto Saviano tiene 29 años y casi toda la tristeza del mundo en los ojos. Da la mano con un gesto entre mecánico y desconfiado, sonríe leve, muy levemente, y toma asiento en el patio de un hotel sevillano. Se refugia en los parapetos de lo incierto y lo temeroso y lo furtivo. No lleva chaleco antibalas, sólo le faltaría eso, pero los cuatro escoltas rodean su campo de acción, miran debajo de las mesas, miran al periodista, miran los balcones. Son cuatro agentes del Ministerio del Interior que han relevado, desde que Saviano llegó a Sevilla el jueves de la pasada semana, a los cuatro carabinieri habitualmente encargados de velar por su seguridad.

La Camorra ha condenado a muerte a Saviano no por lo que ha escrito, sino más bien por el impacto de lo que ha escrito, un impacto cifrado en casi dos millones de libros vendidos. "Lo que más molesta a la Camorra no es exactamente la palabra, sino la palabra cuando genera tensión... La palabra como tal, así a secas, los tiene sin cuidado; lo que no soportan es que esa denuncia tenga tantos lectores, y ésa es la diferencia entre Rushdie y yo. A Rushdie lo condenaron con una fatwa por el mero hecho de haber escrito Los versos satánicos; a mí me han condenado porque el libro se ha leído mucho; es el éxito lo que me ha condenado a muerte", explica.

El caso es que la condena existe. Lo demuestran los policías, los perros y la mirada de Saviano, que se proyecta en el suelo con demasiada frecuencia. El caso es, también, que según el diario La Repubblica, la policía de Nápoles detectó la llegada a la ciudad de una partida de 50 kilos de trinitrotolueno que obra ya en poder del clan de los Casalesi, cuyo jefe absoluto, Francesco Schiavone, alias Sandokán, ha jurado matar al escritor por atreverse a desvelar los sucios negocios de la Camorra.

Es normal. Saviano recibe centenares de cartas y de correos electrónicos; también bombachas y corpiños, porque no faltan en Italia quienes piensan que por fin hay un hombre como Dios y San Genaro (patrono de Nápoles) mandan, un hombre que planta cara a la Camorra. "Volvería a escribir el libro; no me arrepiento de haberlo hecho, pero al mismo tiempo no puedo decir que lo ame. Soy un prisionero de mi libro. Vivo una situación que me agota; es un gasto de energía brutal, una energía gastada no en escribir, sino en estar alerta, en estar encerrado en lugares horribles, en perder tiempo inútilmente... Y todo eso me vuelve loco".

Para Saviano, periodista y novelista, la diferencia entre géneros estriba en la capacidad del autor a la hora de entresacar lo esencial, y hacerlo de una forma tan subjetiva como eficaz: "A Orhan Pamuk lo amenazaron por relatar el genocidio armenio... ¡Pero eso lo sabía todo el mundo! Lo que pasa es que él lo escribió de una forma que comprometió al Estado turco, y entonces se convirtió en un símbolo. Conmigo pasó igual: ¡todo el mundo sabía que existía la Camorra napolitana! ¿Y Anna Politkóvskaya? Cantidad de cronistas habían escrito antes sobre Chechenia, pero ella lo hizo de tal modo que la cuestión chechena llegó a todo el mundo; se convirtió en un problema mundial, no local".

Como no podía ser de otra forma, Saviano admite que las historias reales de la mafia en general y de la Camorra en particular constituyen un material literario de primer orden: "La Camorra es un material narrativo excelente, porque está la épica de por medio. Son historias de poder, de vida y de muerte, es decir, los temas a los que todo escritor debe confrontarse, sobre personajes que deciden –sin justificación ni máscaras– sobre la vida y la muerte, sobre la riqueza y la pobreza, sobre la construcción y la destrucción".

En cuanto al resultado de la película de Matteo Garrone sobre su libro (Saviano participó del guión), confiesa: "Me gusta. Creo que Garrone no ha traicionado el espíritu del libro, aunque obviamente son diferentes: a mí me obsesionaba la parte de los negocios, y a él, la de la antropología". Y hablando de cine, se muestra escéptico ante los excesos mitificadores que las películas han llevado a cabo del mundo mafioso: "el modelo de las organizaciones criminales mafiosas no es El Padrino de Coppola, sino el Scarface de Brian de Palma, porque su personaje, Tony Montana, es alguien que se hace a sí mismo, sin hacer caso a las reglas, aunque con sus propias reglas". Mientras apretamos el botón off de la grabadora, todavía tiene tiempo para exponer la que para él es una de las mayores anomalías del mundo mafioso: "Para ellos, ni existe una sacralización de la vida, ni la muerte es un concepto negativo. Para la Camorra, la muerte no es un riesgo, sino una parte del oficio". Del oficio de asesino, se entiende. No del de escritor. Aunque, por desgracia, a Roberto Saviano le han aplicado la regla. Pero él seguirá escribiendo. Porque "escribir es resistir".

Fragmento de "Gomorra"

Publicado el Sábado 29 de noviembre de 2008 en adncultura.com

Lazos de sangre, poder y silencio
Gomorra (Debate), libro del que aquí se reproduce un fragmento, muestra el modo en que funciona el millonario negocio del narcotráfico en Italia y las redes clandestinas que estructuran una organización delictiva perfectamente engranada


Por Roberto Saviano

McKay y Angioletto habían tomado una decisión. Querían oficializar la formación de un grupo propio, todos los dirigentes más antiguos estaban de acuerdo, habían dicho claramente que no querían enfrentarse a la organización sino convertirse en competidores suyos. Competidores leales en el vasto mercado. Codo con codo, pero de forma autónoma. Así pues –según las declaraciones del arrepentido Pietro Esposito–, enviaron el mensaje a Cosimo Di Lauro, el regente del cártel. Querían reunirse con Paolo, el padre, el máximo dirigente, el vértice, el principal referente de la sociedad. Hablar con él en persona, decirle que no compartían las medidas de reestructuración que habían tomado sus hijos. Puesto que no se podían utilizar los móviles para evitar que lo localizaran, querían mirarlo a los ojos y no dejar que sus palabras pasaran una a una de boca en boca, envolviendo los mensajes en la saliva de muchas lenguas. Genny McKay quería ver a Paolo Di Lauro, el boss que había permitido su ascenso empresarial.

Cosimo acepta formalmente la petición del encuentro; se trata, por lo demás, de reunir a toda la cúpula de la organización: capos, dirigentes, jefes de zona. No se puede negar. Pero Cosimo ya lo tiene todo pensado, o eso parece. Parece realmente que sepa hacia dónde está orientando su gestión de los negocios y cómo debe organizar su defensa. Así pues, según las investigaciones y las declaraciones de colaboradores de la justicia, Cosimo no manda a subordinados a la cita. No manda al "emisario", Giovanni Cortese, el portavoz oficial, el que siempre se ha ocupado de las relaciones de la familia Di Lauro con el exterior. Cosimo manda a sus hermanos Marco y Ciro a inspeccionar el lugar del encuentro. Ellos van a ver, comprueban qué ambiente se respira, no advierten a nadie de que van a pasar por allí. Pasan sin escolta, quizá en coche. Deprisa, pero no demasiado. Observan las vías de huida preparadas, a los centinelas apostados, sin llamar la atención. Refieren a Cosimo lo que han visto, le cuentan los detalles. Cosimo comprende. Lo habían preparado todo para una trampa. Para matar a Paolo y a cualquiera que lo acompañase. El encuentro era una encerrona, era un medio de matar y sancionar una nueva era en la gestión del cártel. Por lo demás, un imperio no se escinde dando un apretón de manos, sino cortándolas con una cuchilla. Esto es lo que se cuenta, lo que dicen las investigaciones y los arrepentidos.

Cosimo, el hijo en cuyas manos Paolo puso el control del narcotráfico con un papel de máxima responsabilidad, debe tomar una decisión. Habrá guerra, pero no la declara, lo conserva todo en la mente, espera a comprender los movimientos, no quiere alarmar a los rivales. Sabe que en breve se le echarán encima, que intentarán clavarle las garras en la carne, pero tiene que ganar tiempo, decidir una estrategia precisa, infalible, ganadora. Averiguar con quién puede contar, qué fuerzas puede manejar. Quién está con él y quién contra él. No hay otro espacio en el tablero.

Los Di Lauro justifican la ausencia de su padre por la dificultad que tiene para desplazarse a causa de las investigaciones policiales. Prófugo, buscado desde hace más de diez años. Faltar a una reunión no es un hecho grave para alguien que figura entre los treinta prófugos más peligrosos de Italia. El mayor holding empresarial del narcotráfico, uno de los más fuertes en el plano nacional e internacional, está atravesando la más terrible de las crisis después de décadas de funcionamiento perfecto.

El clan Di Lauro ha sido siempre una empresa perfectamente organizada. El boss lo estructuró con un diseño de empresa multinivel. La organización está compuesta por un nivel de promotores y financiadores, constituido por los dirigentes del clan que se encargan de controlar las actividades de tráfico y venta a través de sus afiliados directos y formados, según la Fiscalía Antimafia de Nápoles, por Rosario Pariante, Raffaele Abbinante, Enrico D’Avanzo y Arcangelo Valentino. El segundo nivel comprende a los que manejan materialmente la droga, la compran y la preparan, y se ocupan de las relaciones con los camellos, a los que garantizan defensa legal en caso de arresto. Los elementos más relevantes son Gennaro Marino, Lucio De Lucia y Pasquale Gargiulo. El tercer nivel está representado por los jefes de plaza, es decir, miembros del clan que están en contacto directo con los camellos, coordinan a los pali y las vías de huida, y se ocupan también de la seguridad de los almacenes donde se guarda la mercancía y de los lugares donde se corta. El cuarto nivel, el más peligroso, está constituido por los camellos. Cada nivel se divide en subniveles, que se relacionan exclusivamente con su dirigente y no con toda la estructura. Esta organización permite obtener un beneficio igual al 500 por ciento de la inversión inicial.

El modelo de la empresa de los Di Lauro siempre me ha recordado el concepto matemático de fractal tal como lo explican en los manuales, o sea, un racimo de plátanos cada uno de cuyos plátanos es a su vez un racimo de plátanos, cuyos plátanos son racimos de plátanos, y así hasta el infinito. El clan Di Lauro factura sólo con el narcotráfico quinientos mil euros al día. Los camellos, los gestores de los almacenes y los enlaces no suelen formar parte de la organización, sino que son simples asalariados. El negocio de la venta de droga es enorme, miles de personas trabajan en él, pero no saben quién las dirige. Intuyen más o menos para qué familia camorrista trabajan, pero nada más. Por si algún detenido decide arrepentirse, se limita el conocimiento de la estructura a un perímetro específico, mínimo, que no permita comprender y conocer el organigrama entero, el enorme periplo del poder económico y militar de la organización.

Toda la estructura económico-financiera tiene su equipo militar: un salvaje grupo de choque y una vasta red de colaboradores. Entre los killers figuraban Emanuele D’Ambra, Ugo de Lucia, llamado "Ugariello", Nando Emolo, llamado "o Schizzato", Antonio Ferrara, llamado "’¿o Tavano", Salvatore Tamburino, Salvatore Petriccione, Humberto La Monica y Antonio Mennetta. Por debajo, los colaboradores, es decir, los jefes de zona: Gennaro Aruta, Ciro Saggese, Fulvio Montanino, Antonio Galeota, Giuseppe Prezioso, guardaespaldas personal de Cosimo, y Constantino Sorrentino. Una organización que contaba como mínimo con trescientas personas, todas a sueldo. Una estructura compleja donde todo estaba colocado en un orden preciso. Estaba el parque de coches y motos, enorme, siempre disponible, como una estructura de emergencia. Estaba la armería, escondida y conectada con una red de herreros preparados para destruir las armas inmediatamente después de ser usadas para los homicidios. Había una red logística que permitía a los killers ir, justo después de la encerrona, a entrenarse en un polígono regular de tiro donde se registraban las entradas, a fin de mezclar los rastros de pólvora de bala y tener una coartada para eventuales pruebas de stub. El stub es lo que más temen los killers; la pólvora de bala que no se va nunca y que constituye la prueba más aplastante. Había, asimismo, una red que proporcionaba la ropa a los grupos de choque: chándal anodino y casco integral de motorista, que se destruía inmediatamente después. Una empresa invulnerable, de mecanismos perfectos o casi perfectos. No se intenta ocultar una acción, un homicidio, una inversión, sino simplemente hacer que sea indemostrable ante un tribunal.

Yo frecuentaba Secondigliano desde hacía tiempo. Desde que Pasquale había dejado de trabajar como sastre, me informaba del ambiente que se respiraba en la zona, un ambiente que cambiaba deprisa, a la misma velocidad con la que se transforman los capitales y las direcciones financieras.

Me movía por la zona norte de Nápoles en Vespa. Lo que más me gusta cuando recorro Secondigliano y Scampia es la luz. Calles enormes, anchas, oxigenadas en comparación con la maraña del centro histórico de Nápoles, como si bajo el asfalto, junto a los bloques de pisos, todavía estuviera vivo el campo abierto. Por otro lado, Scampia tiene su propio espacio en el nombre. Scampia, palabra de dialecto napolitano desaparecido, designaba la tierra abierta, la zona de maleza, donde a mediados de la década de 1960 levantaron el barrio y las famosas Velas. El símbolo podrido del delirio arquitectónico o quizá simplemente una utopía de cemento, que no ha podido oponer resistencia contra la construcción de la máquina del narcotráfico que ha penetrado en el tejido social de esta parte del mundo. El desempleo crónico y la ausencia total de proyectos de desarrollo social han hecho que se haya convertido en un lugar capaz de almacenar toneladas de droga, así como en un taller para transformar el dinero facturado con la venta de droga en economía viva y legal. Secondigliano es el escalón de bajada que, desde el peldaño del mercado ilegal, lleva renovadas fuerzas a la actividad empresarial legítima. En 1989, el Observatorio de la Camorra escribía en una de sus publicaciones que en la zona norte de Nápoles se registraba una de las relaciones camellos-número de habitantes más alta de Italia. Quince años después, esa relación se ha convertido en la más alta de Europa y figura entre las primeras cinco del mundo.

Con el tiempo, mi cara había llegado a ser conocida, un conocimiento que para los vigilantes del clan, los pali, tenía un valor neutro. En un territorio controlado visualmente segundo a segundo, hay un valor negativo –policías, carabineros, infiltrados de familias rivales– y un valor positivo: los compradores. Todo lo que no es molesto, todo lo que no es un estorbo, es neutro, inútil. Entrar en esa categoría significa no existir. En las plazas de la venta de droga siempre me han fascinado la perfecta organización y el contraste de la degradación. El mecanismo de venta es como el de un reloj. Es como si los individuos se movieran exactamente igual que los engranajes que ponen en marcha el tiempo. No hay movimiento de nadie que no desencadene el de otro. Cada vez que lo observaba me quedaba fascinado. Los sueldos se distribuyen semanalmente: cien euros para los vigilantes, quinientos para el coordinador y cajero de los camellos de una plaza, ochocientos para el camello y mil para el que se ocupa de los almacenes y esconde la droga en casa. Los turnos van de las tres de la tarde a las doce de la noche y de las doce de la noche a las cuatro de la madrugada; por la mañana es muy raro que se venda porque hay demasiada policía rondando. Todos tienen un día de descanso, y si se presentan tarde a la plaza de venta de droga, por cada hora se les descuentan cincuenta euros de la paga semanal.

[Traducción: Teresa Clavel y Francisco J. Ramos]

Roberto Saviano

SUSANA FORTES
Todavía estoy vivo

Publicado en El País el 28/11/2008


Las noches en blanco, el sudor frío, el vértigo en la boca del estómago... Les aseguro que he sentido miedo unas cuantas veces a lo largo de mi vida, pero lo de este chaval es otra cosa. Peor. Bastante peor.

Era un periodista más de los que cubrían las crónicas de sucesos, un tipo ágil, con buenas fuentes, valiente, criado desde niño en los barrios de la camorra. Sabía manejarse a pie de calle. Durante un tiempo sobrevivió como todos, mal pagado, a base de reportajes a tanto la pieza. Pero tenía olfato y muy pronto los entresijos de Nápoles dejaron de encerrar secretos para él. Aprendió a atar cabos. Ése fue su problema. Cuando decides seguirle el rastro a una caravana de camiones con contenedores hasta un estercolero, entonces no te queda otro remedio que hablar de basura. Lo hizo. Habló de los residuos tóxicos que envenenan toda la Campania, de la refinadísima industria italiana de la moda gobernada por los clanes criminales en talleres clandestinos donde una legión de esclavos chinos trabajan sin descanso a varios metros bajo tierra. Habló de los diez mil asesinados a manos de la Mafia, una media de dos muertos por día, igual que en la franja de Gaza. No se dejó nada en el tintero. Si la última morralla de la Mafia funciona así, da pavor imaginar lo que uno puede encontrarse en la cúspide de la pirámide. En mayo de 2006 publicó Gomorra, un libro que en pocos meses se convirtió en uno de los mayores éxitos editoriales de Italia y fue traducido a más de 30 idiomas. Desde entonces tuvo que habituarse a vivir escoltado. Pero hace unas semanas el mismo día que cumplía 29 años, se despertó con la noticia de que el clan de los Casalesi le tenía preparado un atentado para hacerlo saltar por los aires antes de Navidad. Y la cosa cambió.


Lo peor no es el miedo, dijo. Uno puede acostumbrarse a no viajar en tren, a no volver a leer el periódico sentado en una terraza, a no ir al cine, a subirse sólo en coches blindados, a dormir cada día en una casa distinta. Son gajes del oficio. Lo peor es sentir que estás solo: "Que tus amigos no te devuelvan una llamada, que tu propia gente te dé la espalda para no complicarse la vida, que tu chica prefiera dejarlo porque no puede soportar la presión de esa amenaza de muerte y lo entiendes, claro, cómo no vas a entenderlo..." Ahora su única familia son los seis carabineros de la escolta que se han convertido en sus ángeles de la guarda, y que lo llaman con orgullo "mi capitán", como en los versos de Walt Whitman.


Duro. Muy duro. Y sin embargo ahí está, tranquilo, la barba cerrada, la mirada solitaria y orgullosa a un tiempo. No es más que un peón luchando desde su frágil casilla. Pero de repente ese minúsculo cuadrado se convierte en la última trinchera, un lugar donde un hombre valiente ha decidido clavar su bandera y resistir contra una de las mafias más peligrosas del mundo con su única arma: un libro. Esta es mi causa. Aquí estoy. Aquí peleo. Todavía estoy vivo.


Y cuando algún periodista descerebrado, que los hay, le pregunta si se cree un héroe o si contaba con el precio de la fama, Roberto Saviano se limita a levantar una ceja, guardándose los puños en el bolsillo, como John Wayne en El hombre tranquilo y se da media vuelta sin esperar que el otro pueda comprender nunca sus argumentos. Los tiene. De peso, y muy bien puestos, por cierto.

viernes, 28 de noviembre de 2008

"Piernas" de Mario Benedetti



A ritmo de bolero, Tania Libertad canta el poema "Piernas"
de Mario Benedetti, musicalizado por Víctor Merino.


Las piernas de la amada son fraternas
cuando se abren buscando el infinito
y apelan al futuro como un rito
que las hace más dulces y más tiernas.

Pero también las piernas son cavernas
donde el eco se funde con el grito
y cumplen con el viejo requisito
de buscar el amparo de otras piernas.

Si se separan, como bienvenida,
las piernas de la amada hacen historia,
mantienen sus ofrendas y enseguida
enlazan algún cuerpo en su memoria...
cuando trazan los signos de la vida
las piernas de la amada son la gloria.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Gioconda Belli



© Chuck Savage


TE BUSCO

Sola yo, amor,
y vos quién sabe dónde;
tu recuerdo me mece como al maíz el viento
y te traigo en el tiempo,
recorro los caminos,
me río a carcajadas
y somos los dos juntos
otra vez,
junto al agua.
Y somos los dos juntos
otra vez,
bajo el cielo estrellado
en el monte,
de noche.
Yo, amor, he aprendido a coser con tu nombre,
voy juntando mis días, mis minutos, mis horas
con tu hilo de letras.
Me he vuelto alfarera
y he creado vasijas para guardar momentos.
Me he soltado en tormenta
y trueno y lloro de rabia por no tenerte cerca,
en viento me he cambiado,
en brisa, en agua fresca
y azoto, mojo, salto
buscándote en el tiempo
de un futuro que tiene
la fuerza de tu fuerza.


Gioconda Belli (1948) es Nicaragüense.

martes, 25 de noviembre de 2008

La dama culta


Ilustración de Augusto Monterroso




Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado “El dinosaurio”.
—Ah, es una delicia —me respondió— ya estoy leyéndolo.








José de la Colina (1934) es de Santander, España.

lunes, 24 de noviembre de 2008

La tela de Penélope o quién engaña a quién


© Carrot Productions



Augusto Monterroso (1921-2003). 

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.


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Monterroso es especialmente reconocido por haber escrito uno de los microrrelatos más célebres de la literatura universal, que es el siguiente: 

«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». 

Cierta ocasión le preguntaron a Monterroso algo sobre su cuento El Dinosaurio. Y él, irónico, respondió: No, no es un cuento. Es una novela.

Roberto Juarroz

– ... en el fruto del jacarandá –canta  Joaquín Sabina.
A mi derecha, la calle Libertad. A mis espaldas, la Av. Córdoba.
El sábado por la tarde, yendo al concierto que dio al aire libre
la Orquesta Sinfónica de Berlín. Buenos Aires, Argentina.
Aunque pierda mi nombre y yo no responda ya a su llamado, volveré siempre al lugar donde tú lo pronunciabas.

Roberto Juarroz (1925-1995).

Poeta argentino.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Encontros e Despedidas

Maria Rita interpreta este prodigio de Milton Nascimento y Fernando Brant.




Mande notícias do mundo de lá
Diz quem fica
Me dê um abraço, venha me apertar
Tô chegando
Coisa que gosto é poder partir
Sem ter planos
Melhor ainda é poder voltar
Quando quero

Todos os dias é um vai-e-vem
A vida se repete na estação
Tem gente que chega pra ficar
Tem gente que vai pra nunca mais
Tem gente que vem e quer voltar
Tem gente que vai e quer ficar
Tem gente que veio só olhar
Tem gente a sorrir e a chorar
E assim, chegar e partir

São só dois lados
Da mesma viagem
O trem que chega
É o mesmo trem da partida
A hora do encontro
É também despedida
A plataforma dessa estação
É a vida desse meu lugar
É a vida desse meu lugar
É a vida

Paraguas (Amagasa)



© Horace Bristol

Yasunari Kawabata (Osaka, Japón, 1899). 

La lluvia primaveral no llegaba a mojar las cosas. Era ligera como neblina, apenas suficiente para humedecer ligeramente la piel. La jovencita salió corriendo y se dio cuenta de eso al ver al muchacho con un paraguas.

—¿Llueve?

El muchacho había abierto el paraguas más para ocultar su vergüenza al pasar por la tienda donde estaba la jovencita que para protegerse de la lluvia.

Sin decir palabra, se lo ofreció a la jovencita. Ella sólo se dejó cubrir un hombro. El muchacho se estaba mojando, pero no se atrevía a pedirle que se colocara bajo el paraguas con él. Y ella, aunque deseaba colocar su mano en el mango junto con la del muchacho, parecía a punto de escapar corriendo.

Llegaron a un estudio fotográfico. El padre del joven iba a ser transferido en su empleo a un lugar lejano. Ésa sería la fotografía de despedida.

—¿Podrían sentarse juntos?

El fotógrafo señaló el canapé, pero el muchacho no podía sentarse al lado de la jovencita. Se quedó de pie detrás de ella, rozando ligeramente su abrigo con la mano que descansaba en el respaldo del sofá, deseoso de que sus cuerpos estuvieran de alguna manera conectados. Era la primera vez que la tocaba. El calor del cuerpo que podía sentir a través de las yemas de sus dedos le hizo intuir la calidez que podría experimentar de tenerla desnuda entre sus brazos.

A lo largo de su vida recordaría el calor de su cuerpo cada vez que mirara esa fotografía.

—¿Me permitirían tomarles otra? Podría ser una más de cerca y con ustedes uno al lado del otro.

El joven asintió.

—¿Y tu cabello? —le susurró a la jovencita.

Ella levantó la vista, lo miró y enrojeció. Sus ojos brillaron con alegría. Dócilmente se escabulló al tocador. Al ver pasar al muchacho por el negocio, había salido disparada, sin tomarse el tiempo de arreglar su cabello. Ahora le preocupaba tenerlo así despeinado, como después de quitarse un gorro de baño. La muchacha estaba tan intimidada que no se había atrevido a acomodar su cabellera delante de él, y el muchacho, por su parte, temió que se turbase aun más si le pedía que se lo arreglara.

La alegría de la jovencita al correr al tocador también aligeró el ánimo del muchacho. Cuando ella volvió, se sentaron en el canapé como si eso fuera lo más natural del mundo.
Al abandonar el estudio, el muchacho miró por todas partes buscando su paraguas. Y vio que la jovencita se le había adelantado, y que estaba afuera y lo tenía en la mano. Cuando ella se dio cuenta de que el muchacho la miraba, de repente cayó en la cuenta de que había tomado su paraguas. Ese pensamiento la sobresaltó. ¿Su acción involuntaria le habría probado al muchacho que ella sentía que también le pertenecía?

El muchacho no podía ofrecerse para sostener el paraguas, y la jovencita no se atrevía a tendérselo. De algún modo ya no eran los mismos que al marchar por esa misma calle rumbo al fotógrafo. Se habían vuelto adultos. Regresan a sus casas con la sensación de que eran una pareja formal, y todo por este incidente con el paraguas.


Tomado del libro Historias en la palma de la mano. Emecé: 2007.
Traducción de Amalia Sato.





Yasunari Kawabata, Premio Nóbel de Literatura en 1968. De él dice la solapa del libro: “Huérfano a los tres años, insomne perpetuo, cineasta en su juventud, lector voraz… Escribió mas de doce mil páginas (¡¡ñó!!) de novelas, cuentos y artículos, y se convirtió en uno de los escritores japoneses más populares dentro y fuera de su país. Se suicidó a los 72 años.

Pablo Neruda


© Bill Ross


Ritual de mis piernas
(Fragmento)

Las gentes cruzan el mundo en la actualidad
sin apenas recordar que poseen un cuerpo y en él la vida,
y hay miedo, hay miedo en el mundo de las palabras que designan el cuerpo,
y se habla favorablemente de la ropa,
de pantalones es posible hablar, de trajes,
y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de "señora"),
como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos por completo
y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el mundo.

Pablo Neruda (1904-1973). Poeta chileno.
Fragmento del poema "Ritual de mis piernas" del libro Residencia en la tierra.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Irene Sánchez Carrón



Después del baño, mujer secándose
Edgar Degas, fechado entre 1883 y 1890.


Después del baño, mujer secándose

Se consumen de fiebre mis pinceles
dando forma a tu roja cabellera,
y tu nuca desnuda hecha de cera
no acierta a mirar mis ojos fieles.

Resbalo por tu espalda y por tus hombros
que no envuelve la túnica de sueño
y en tus curvas despéñase mi empeño
de levantar belleza con escombros.

Te miro desde cerca y tú te escapas
cual diosa retirándose a su templo
ajena a la mirada que en ti atrapas.

Me angustia no poder entrar más dentro,
y retirar la tela con que tapas
el misterio del cuerpo que contemplo.


Del poemario: Porque no somos dioses
Irene Sánchez Carrón (1967) es española.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Fernando Pessoa



© Scott T. Smith

ODA

Para ser grande, sé entero: nada
Tuyo exageres o excluyas.
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres
En lo mínimo que hagas,
Por eso la luna brilla toda
En cada lago, porque alta vive.


En portugués:


Para ser grande, sê inteiro: nada
Teu exagera ou exclui.
Sê todo em cada coisa. Põe quanto és
No mínimo que fazes.
Assim em cada lago a Lua toda
Brilha, porque alta vive.




Fernando Pessoa, nació y murió en Lisboa (1888-1935).
El poema anterior lo publicó bajo el nombre Ricardo Reis... y escudándose bajo el seudónimo escribió críticas sobre sus propios poemas jeje.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Rosario Castellanos



Nostalgia
Ahora estoy de regreso.
Llevé lo que la ola, para romperse, lleva
—sal, espuma y estruendo—,
y toqué con mis manos una criatura viva;
el silencio.

Heme aquí suspirando
como el que ama y se acuerda y está lejos.



Rosario Castellanos (1925-1974) es mexicana. Gran mexicana y gran mujer de letras. Desde 1971 estuvo en Tel Aviv, Israel, como Embajadora de México. Un 7 de agosto, al salir de bañarse, por acudir a contestar el teléfono murió de una descarga eléctrica provocada por una lámpara. Jaime Sabines le escribió un poema triste, enojado, nostálgico, hermoso. Mmmmm... lo transcribiré, mejor compartirlo que a dejarlo durmiendo en mi libro. Va:


Recado a Rosario Castellanos

Sólo una tonta podía dedicar su vida a la soledad y al amor.
Sólo una tonta podía morirse al tocar una lámpara,
si lámpara encendida,
desperdiciada lámpara de día eras tú.
Retonta por desvalida, por inerme,
por estar ofreciendo tu canasta de frutas a los árboles,
tu agua al manantial,
tu calor al desierto,
tus alas a los pájaros.
Retonta, rechayito, remadre de tu hijo y de ti misma.
Huérfana y sola como en las novelas,
presumiendo de tigre, ratoncito,
no dejándote ver por tu sonrisa,
poniéndote corazas transparentes,
colchas de terciopelo y de palabras
sobre tu desnudez estremecida.

¡Cómo te quiero, Chayo, cómo duele
pensar que traen tu cuerpo! —así se dice—
(¿Dónde dejaron tu alma? ¿No es posible
rasparla de la lámpara,
recogerla del piso con una escoba?
¿Qué, no tiene escobas la Embajada?)
¡Cómo duele, te digo, que te traigan,
te pongan, te coloquen, te manejen,
te lleven de honra en honra funerarias!
(¡No me vayan a hacer a mí esa cosa
de los Hombres Ilustres, con una chingada!)
¡Cómo duele, Chayito! ¿Y esto es todo?
¡Claro que es todo, es todo!

Lo bueno es que hablan bien en el Excélsior
y estoy seguro de que algunos lloran,
te van a dedicar tus suplementos,
poemas mejores que éste, estudios, glosas,
¡qué gran publicidad tienes ahora!
La próxima vez que platiquemos
te diré todo el resto.

Ya no estoy enojado.
Hace mucho calor en Sinaloa.
Voy a irme a la alberca a echarme un trago.

martes, 11 de noviembre de 2008

El móvil de Hansel y Gretel



© George B. Diebold


Hernán Casciari (1971). Escritor argentino. 

Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: “No importa. Que lo llamen al papá por el móvil”.

Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura —toda ella, en general— si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.

¿Ya está?

Muy bien. Ahora ponga un teléfono móvil en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.

¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo?

La Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las nuevas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.

Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate.

Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.

Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.

Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.

Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.

Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.

Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.

Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler.)

Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:


M HGO LA MUERTA,
PERO NO STOY MUERTA.
NO T PRCUPES NI
HGAS IDIOTCES. BSO.

Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción “Banda ancha móvil” de Movistar.

Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados. La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría "Cien años sin conexión": narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el messenger.

La famosa novela de James M. Cain —"El cartero llama dos veces"— escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría ’El gmail me duplica los correos entrantes’ y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, "Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura", la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.

En la obra "El jotapegé de Dorian Grey", Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico "Blancanieves" no consultaría todas las noches al espejo sobre “quién es la mujer más bella del mundo”, porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90€ la conexión y 0,60€ el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.

También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi.

Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.

Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa.

La telefonía inalámbrica —vino a decirme anoche la Nina, sin querer— nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?

No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador. ¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.

Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo —las escritas, las vividas, incluso las imaginadas— porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

lunes, 10 de noviembre de 2008

La Ciudad



Atardecer del sábado 8 de noviembre, frente al Teatro Colón.
Buenos Aires. Casi eran las 8 de la noche.



De Konstantino Kavafis.
Poeta Griego.

Dices «Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí».

No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques
—no hay—,
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

Kavafis nació y murió el 29 de abril en Alejandría, Egipto. Vivió 70 años. 
En vida nunca publicó un libro. Sus poemas los editaba él mismo en hojas sueltas, pequeños tirajes, que le entregaba a amigos o que enviaba por correo a quien lo solicitara. Dos años después de su muerte la Sociedad de Escritores de Alejandría publicó un tomo con 154 de sus "poemas canónicos". Y ahora es de los poetas más estudiados, traducidos y editados. Esta traducción de "La ciudad", que a mi parecer es de las mejores que he leído, corresponde a José María Álvarez y está en el libro "Poesías completas", ediciones Hiperión. Madrid, 1982.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Alfonso Reyes



© M. Thomsen

LOS VERDES

No soy yo el único que colecciona sus mitos. Eran una vez dos mujeres geniales: una tenía la cabeza poética, otra tenía la cabeza científica. Aquélla era grande y vasta como diosa antigua. Ésta, pequeñita y justa como la humanidad de mañana. Aquélla avanzaba como un río; ésta, sacudía como un toque eléctrico.

Hispanoamericanas medio desterradas en Francia, anidaban en Fontainebleau, en un hotelito frío con vistas al verde mojado y al gris de lluvia. Dios llovía y ellas estaban solas. De su matrimonio espiritual nació una cría de fantasmas. Como eran mujeres, fueron madres. Pronto se acompañaron, por compensación subconsciente, de unos niños extraños: eran dos hombrecitos y dos mujercitas.

Estos niños se llamaron los Verdes, porque ellas los imaginaban siempre vestidos de verde. Los varones eran Pepito y Enriquito. Las niñas, Trinita y Suzana. Tenían un ayo y preceptor, lo bastante candoroso, honesto y hasta inteligente para poder educarlos, instruirlos y divertirlos. Ya se entiende, pues, que el ayo era un norteamericano de raza alemana. Se llamaba mister Hartmann.

Los Verdes van y vienen en el reino de la fantasía, en el claustro místico de sus madres, y se han hecho allí palacios invisibles. Se quedan en Fontainebleau una temporada, y luego viajan por toda Europa. Sus madres hablan entre sí de las travesuras de los Verdes, se cuentan sus dichos y hechos con una perfecta seriedad. Se sonrojan si se las sorprende en este devaneo delicado.

Como los verdes no saben escribir, pintan cartas. Así, cuando andan en la Côte d'Azur, pintan un sol y unos barcos elementales, y esto quiere decir buen tiempo y paseos de playa. Aún no se ha podido descifrar una carta de Enriquito que parece representar unas tenacillas de azúcar y una mano abierta con una M en las palmas.

Lo más curioso es que estos niños no crecen nunca. No tienen edad: son. Ellos representan los ojos. Ellas: Trinita, la boca; Suzana, la frente. Esto da lugar a toda una psicología en desarrollo. El ojo izquierdo no ve las cosas como el derecho, pero se completan los dos. Entre la frente y la boca hay siempre como un mal entendido. El constante esfuerzo para enseñar a la boca a escoger entre lo que ven los ojos, el candor de la frente, la acometividad de la boca. Y por aquí todo un sistema: una creación entera, una malla que las madres bordan y tejen en su olvido de Fontainebleau, graves Penélopes sin Odiseo que les siembre el hijo corporal.

Publicado en la Revista Sur, Otoño de 1932. Año 11. N.6. Pág. 199-200. Buenos Aires.


__________

Alfonso Reyes (1989-1959)... podría decir mucho de él. Sin embargo me limitaré a decir que su escritura es verdaderamente un prodigio de las letras mexicanas. Amigo de todos... admirado por personalidades de distintas latitudes como Borges, quien cuenta de él lo siguiente:

"Los recuerdos que tengo de Alfonso Reyes son espléndidos (…) Siempre lo recuerdo en su capacidad de encontrar una cita que servía ante cualquier conflicto personal de uno. Siempre me viene a la memoria cuando hablamos acerca de Othón, el poeta mexicano, que había ido a la casa del general Reyes [padre de Alfonso] —que se hizo matar por lo de Porfirio Díaz— y del cual yo sabía muchos versos de memoria. Cuando Reyes me contó que lo había conocido personalmente, yo no pude dejar de exclamar un: ¡Cómo!, ¿usted conoció a Othón?, a lo que Reyes respondió con un verso de Browning que decía: Ah, did you see Shelley plain?. Era un hombre privilegiado en el arte de encontrar citas de inmediato..."

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Isaac Felipe Azofeifa


© Solus-Veer

Itinerario simple de su ausencia
Fragmento
b

Hoy no has venido al parque.

Podría ponerme a recoger del suelo
la luz desorientada y sin objeto
que ha caído en tu banco.

Para qué voy a hablar
si no está tu silencio.
Para qué he de mirar sin tu mirada.

Y este reloj del corazón que espera
golpeando
y doliendo.


c

Esta noche de luna y tú lejana.

Necesito a mi lado tus preguntas.
Y encontrarte en el aire vuelta brasa,
vuelta una llama dulce,
vuelta silencio y regazo,
vuelta noche y reposo, como cuando
guiábamos la luna hasta la casa.




ch

Qué manojo de rosas olvidadas.
Qué tibia pluma y mansa luz
tu cuerpo como un árbol,
como un árbol gritando,
con tanto poro abierto, con tanta sangre
en olas dulces elevándose.
Oh, sagrada torrente del naufragio.
Como amaría perderme
y encontrarte.


Isaac Felipe Azofeifa (1909) nació en Santo Domingo de Heredia, Costa Rica. Además de poeta, tuvo un importante desempeño en la política y apostaba por la educación como el mejor progreso para su país. Murió en 1997.

viernes, 31 de octubre de 2008

Danzón


Danzón de Manuel Zardain, pintor veracruzano.



De Roberto López Moreno.
Poeta chiapaneco.

La amarga mar del Caribe
cruzó con el cuerpo ardiendo.
Su corazón de timbales
alumbró Puerto Progreso
y a Mérida caminó,
lumbre que iba tierra adentro.
Ya le llamaban Danzón
y Danzón nos fue creciendo.

Ay Danzón del corazón,
del salón al arrabal
maestros de la tonada
cúanto regusto me dan,
tumba, tumba
y tumba y son,
bom y bom...
y riacatán.

Pero aún iba a bordear
los litorales del tiempo
y por las costas del Golfo
fue bajando, hondo, lento;
en Campeche, trovador;
en Tabasco, marimbero,
en Veracruz, todo junto
a no caber en el viento.

Y México, capital,
supo de su advenimiento:
fandango de Santa Anita,
Canal de la Viga y, luego
de Ixtacalco al California
fue inventando pasos nuevos
y se subió a los volcanes
para ver bailar al pueblo.

Juarez no debió de morir,
¡Ay! de morir...

¿Qué cómo llegó hasta Chiapas?
Secretos de tiempo y viento,
alas que arden los sonidos,
golondrina en pleno vuelo
que va describiendo su arco
al pentagrama del cielo
para que Esteban Alfonzo
lo haga el eco de su ensueño.

Nos trajo la mar amarga
este modo de sabernos,
zumo endulzado con caña
de amargos blancos y negros
y aquí con amor le hicimos
su más alto monumento.

De la clave a Caridad
en Cuba, con otro texto,
surgió la clave a Martí,
en charangas y troveros.

Un verso de dicha clave
fue sumado al nuevo ingenio
y así adornó sus compases
nuestro danzón más completo
prendiendo desde la espuma
dos historias y un encuentro.

Juarista en verde plumaje,
quetzal de luz chiapaneco,
Danzón que va retumbando
por las veredas del pecho.
Va don Esteban Alfonzo
inventándose en lo eterno.

Ay Danzón del corazón
del salón al arrabal
maestros de la tonada
cúanto regusto me dan...
tumba, tumba
y tumba y son,
bom y bom...
y riacatán.

Y así ha llegado rodando,
desde el mar hasta tu cuerpo,
a tu piel de buganvilias
donde la selva se ha hecho
tecla de piano y marimba,
suspirito comiteco.

Un fragor de flamboyanes
anida lumbre en tus senos,
río nocturno que te lame
con su música de verbos
y el “no debió de morir”,
suave, tibio, hondo, lento,
prende volcán repentino
reventando en lava ardiendo.
“No debió de morir”, cantan
la mar amarga y el cerro.

Retumbar de paila y paila,
timbal y machete arrecho,
golpe de Danzón quemando
los pistilos del deseo,
que sube hasta tu cintura
desde el mar hasta el mareo,
y de esa la mar amarga
muele la sal de los cuerpos.

Arde, Sur de don Esteban,
Danzón que en este momento
nace libertad que danza
con la libertad del fuego.

Juárez no debió de morir,
ay de morir...

Nace libertad del alma
a la libertad del viento.



Roberto López Moreno (1942) es chiapaneco.