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viernes, 26 de octubre de 2007

Julia Prilutzky Farny

MUERTE EN EL ESTANQUE

Dolce Far Niente
John William Godward
2

Bajo mis pasos, como si quemaran,
de pronto, la ciudad se va encendiendo.
Era gris. Hoy, está como marcada
por banderas de fuego.
Ya no nos queda esquina sin fantasmas
ni calle sin recuerdos.
Ya no puedo escapar. Estás en cualquier parte;
el camino de ida es el regreso,
me detengo indecisa,
voy hendiendo las calles al acecho:
puedes brotar detrás de cada sombra,
en toda voz puede llegar tu eco.
El estanque me mira
como si se burlara en el silencio
y los árboles callan sus rumores
cuando me les acerco.
No sé si estoy cansada.
Y tal vez, tengo miedo,
pero tengo que andar borrando huellas,
desterrando la sangre,
grisando las paredes y los cercos.

Cómo quiero reír, y lo he olvidado;
cómo quiero correr, y no recuerdo;
cómo quiero gritar, pero ya es tarde.
Cómo quiero vivir, y me detengo.

3

Me gustaría tanto ser alegre.
Yo no quiero estar triste:
yo no quiero
ser triste y melancólica y ausente.
Contemplo con envidia a las muchachas
sonriendo a las nubes y al almendro,
siento a mi alrededor toda la vida
crujiendo en cada brote,
reventando en las yemas,
brillando en los matices,
vibrando en las antenas,
ardiendo en la hojarasca turbia y pura,
estallando en la huella redimida
de cualquier paso previo.
Siento la vida así, desesperada
hurgando contra mí, sin penetrarme,
y ya no puedo más.
Me dueles tanto.
Yo no sabía, amor, yo no sabía
el terror silencioso
de ignorar las paredes de tu cuarto,
el color de tu mesa
y el desorden
de tus libros. Tus cuadros
y el rincón que mirabas vagamente
cuando algo -tu sangre, mi exigencia-
te obligaba de pronto a recordarme.


Julia Prilutzky Farny
Argentina

jueves, 25 de octubre de 2007

¿Música gratis?


Queremos música gratisPor Jaume Sisa*


Ante la evidencia de que nadie quiere pagar por la música, habrá que aceptar que ésta llegue a ser de uso y consumo gratuito, nos guste o no. Ahora bien, veamos el alcance y las consecuencias que semejante situación puede provocar.

Los músicos y cantantes daremos el primer paso renunciando a cobrar por tocar y cantar. Será un gustazo hacerlo y será mejor aún si otros nos acompañan. Los estudios de grabación tampoco cobrarán por registrar los discos. Ni el personal que en ellos se ocupa, ni los proveedores que les suministran el material necesario ni, siendo justos, el personal de la limpieza, los mensajeros y el servicio de correos, los encargados de mantenimiento, ni las compañías de la luz, agua, gas y teléfono. Los propietarios de los locales cederán gentilmente sin reclamar el alquiler, ni el Gobierno cobrará impuestos, porque todo será gratuito y no existirá transacción económica alguna sobre la cual aplicarlos. Los productores, arreglistas y la industria discográfica en pleno secundarán la iniciativa renunciando a mezclar el dinero con la música. Y así, desde los accionistas hasta el mozo de almacén trabajarán por amor al arte.

Claro que entonces, por coherencia, deberemos ampliar la lista hasta las imprentas, las fábricas de discos, los distribuidores y mayoristas. Naturalmente tampoco verán un céntimo los que trabajan en las tiendas de discos, de donde los melómanos podrán libremente llevarse cuantos deseen. La Sociedad de Autores por fin desaparecerá. Ergo, las discotecas y bares musicales abrirán alegremente sus puertas a un público que podrá escuchar y bailar sin necesidad de consumir bebidas, que se servirán de balde, ya que resultaría discriminatorio lucrar vendiendo alcohol con el señuelo de la música, si sus artífices abdicaron de todo privilegio. Los meseros tampoco percibirán sueldo por despachar cervezas allá donde la música suene como tampoco lo harán los fabricantes y repartidores de líquidos cordiales, que aportarán de esta manera la dosis de alegría al ambiente festivo del gratis total. Ambiente que alcanzará a severas editoriales de partituras, librerías especializadas y luminosas tiendas de música, sin dejar fuera a los artesanos y constructores de instrumentos y todo lo que con ellos tenga relación.

Una vez llegados a este punto, el contagio será inevitable y cabe imaginar que la música en directo no podrá permanecer al margen de tamaña revolución. Puestos a hacerlo, hagámoslo bien. Managers, empresarios, promotores, personal de montaje, luz y sonido, locales de ensayo, pegadores de carteles, vendedores de entradas, todos vivirán del aire porque nadie les pedirá dinero cuando acudan a comprar lo que necesiten para vivir. La música se habrá liberado, por fin, de la cárcel de la vil materia y será como el oxígeno que respiramos. No tendrá precio. Nadie comerciará con ring tones de celular, ni será negocio vender biografías de cantantes o fascículos en los quioscos. El videoclip promocional será elevado a la categoría de arte puro. Y los compositores de música para cine, teatro, televisión y publicidad así como las estrellas de la ópera, sin olvidar a los DJ, las orquestas de baile y las compañías de danza, derramarán su talento desprendidos de todo afán de beneficio económico. Los músicos callejeros ni siquiera pasarán el platillo. Y no tendrá sentido mantener a tanto cargo político y tanto gestor cultural que viven de administrar graciosamente las subvenciones para algo que será gratuito.

Después, cual fichas de dominó, irán cayendo el cine, la literatura, el teatro, la pintura y toda clase de manifestaciones culturales y artísticas, como la enseñanza a todos los niveles, la vida intelectual, los alfareros, el periodismo y la fotografía, los bailes regionales, los ateneos y la Biblioteca Nacional… Si no queremos crear agravios comparativos, convendrá llegar hasta el último rincón de la sociedad, incluida la crítica musical.

Las figuras del pop y la cantautoría llenarán los estadios y ahí no habrá taquilla que valga. Las plantillas de los teatros y auditorios los mantendrán en perfecto estado de conservación, motivados tan sólo por la pasión de la música en libertad, como un servicio al pueblo. Los músicos y todo aquel que de una u otra manera dependa laboralmente de esta actividad podrán frecuentar los bares, restaurantes y hoteles sin tener que abonar la cuenta. Y Bill Gates regalará las computadoras y accesorios pertinentes para copiar y bajarse música, y sus empleados obtendrán gratuitamente la comida, la ropa y la vivienda, con lo que ello significa y la repercusión que tendrá en la economía.

Y así, sucesivamente, se irá destejiendo la red hasta llegar a poner el mundo patas arriba. El momento ha llegado. Gracias a la tecnología digital será posible lo que ni la Revolución Francesa, ni la República Española, ni el Soviet Supremo, ni el Mayo del `68 hicieron realidad. Nosotros tenemos una nueva oportunidad para materializar la Arcadia soñada.

¿Vamos a ir por todo o sólo queremos música gratis?

* Jaume Sisa es un legendario cantante catalán venerado por buena parte de la música española, de Serrat, Sabina y Aute hasta Mecano y Alaska.

___________

Publicado en el sumplemento Radar del periódico argentino Página 12.
Año 19. No. 6076. Domingo 9 de octubre del 2005.

Sore las sirenas

Sobre las sirenas

Ni redes de oro ni arpones de plata. Así no cazarán ninguna sirena. Nada de músicas; el rumor del mar las vuelve sordas a las débiles musiquitas terrestres. Tampoco alhajas: prefieren las madréporas y los corales. ¿Visiones? ¿Dinero? ¡Qué candor! Las Sirenas viven desnudas y, en cuanto al dinero, ¿qué harían con papeles mojados? Monedas, quizá, pero sospecho que las confundirían con joyas y ya les advertí que desprecian las joyas de metal. Para cazar una sirena hay que hundir el barco. Hasta el fondo del mar, si es preciso. Hasta que la quilla repose sobre la negra arena del fondo, en medio de la oscuridad y del silencio. Es riesgoso, lo sé. Se corre el peligro de que el barco no vuelva más a la superficie. Pero si vuelve, en su arboladura, enredada en las jarcias, habrá una sirena.


Marco Denevi
(Argentina)

miércoles, 24 de octubre de 2007

El silencio de las sirenas


"Ulises y las sirenas"
de Herbert James Draper

Escrito por Franz Kafka.

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:


Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.



Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.



En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.



Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.



Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.



Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

Franz Kafka (1883-1924).
Escritor Checo.

martes, 23 de octubre de 2007

Rosa Montero


LEER PARA NO MORIR

Hay personas que recuerdan cuál fue el primer libro que leyeron. Yo no tengo ni idea. Mi madre me enseñó las letras siendo muy chica, antes de ir al colegio, y con tres años y pico ya leía. Guardo en mi memoria una vívida escena de aquella época (tan vívida que seguramente es una reconstrucción realizada sobre el relato que posteriormente me hicieron) sucedida en un compartimiento de un tren. Yo debía de tener unos cuatro años y siempre fui menuda, una birria de niña; iba con mis tías de Madrid a Alicante, y me entretenía con un libro infantil. Los vecinos de asiento dijeron que era imposible que yo supiera leer, y mis tías me pidieron que les leyera en voz alta. Imposible, repitieron: lo que pasa es que se sabe el cuento de memoria. Entonces mis tías me dieron un periódico y me hicieron leer los titulares. O sea que yo era una especie de bicho amaestrado circense. Tuvimos mucho éxito con nuestro número.

Cuento todo esto para intentar explicar el lugar que tiene la lectura en mi vida. Que es un lugar semejante al del esqueleto. Y luego viene la escritura, que es como la carne. Al igual que muchos otros novelistas, empecé a escribir de niña, y desde luego es una actividad para mí fundamental. Creo que muchos narradores sentimos que escribir nos salva de enloquecer, y que sin esa actividad nos haríamos pedazos. Pero siendo esto enorme y esencial, no tiene comparación con la lectura. Porque si dejara de escribir puede que me volviera majareta, pero si dejara de leer creo que me moriría.

Hace cuatro o cinco años, en la Semana Iberoamericana de Gijón (España), escuché una charla desternillante de la escritora argentina Graciela Cabal en la que explicaba de manera deliciosa esa íntima relación, o más bien oposición, de la lectura y la muerte. Ella decía que los lectores viven más, porque no se pueden morir hasta que acaban el libro que están leyendo; y como prueba citaba a su padre, a quien todos los días desahuciaba el médico, que movía tristemente la cabeza y decía: de esta noche no pasa. Pero el padre contestaba que estaba equivocado, porque antes tenía que acabarse El otoño del patriarca; y luego pedía a sus hijas que le trajeran libros más gordos.

La propia Graciela falleció hace un par de años, después de aferrarse a todos los libros que pudo, me supongo. Leer no la hizo eterna, pero sin duda enriqueció su vida enormemente. Por eso yo siempre he sentido tanta pena por la gente que no lee. Y no es porque la lectura te haga más culto y más libre (que también), sino sobre todo porque quienes leen viven mucho más. Los libros te ponen en contacto con los demás, te enseñan lo que otros saben, te permiten compartir el destino humano. Lectores y escritores formamos una sólida cadena a lo largo de los siglos, una trenza de palabras salvadoras. Porque leer nos rescata del encierro de la individualidad, de nuestra vida chiquita y nuestra muerte larga. Es curioso, porque el primer libro que recuerdo haber leído fue El gigante egoísta, uno de los cuentos para niños de Oscar Wilde. Yo debía de tener unos seis años, y al terminar el cuento advertí que la persona que había inventado la historia estaba muerta. Y comprendí por vez primera que estar muerto no era estar en otra habitación o en otra casa, sino simplemente no estar, una negrura enorme o inexplicable. Pero, pese a ello, ese hombre seguía contándome su cuento y desplegando sus palabras ante mis ojos. Puede que esa fuera la razón por la que me hice novelista.


Rosa Montero (Española).
Publicado en la Revista Ñ, no. 27.
Suplemento de Cultura del periódico Clarín (Buenos Aires).

lunes, 22 de octubre de 2007

Más cronopios




CONSERVACIÓN DE LOS RECUERDOS


Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: "Excursión a Quilmes", o: "Frank Sinatra".

Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: "No vayas a lastimarte". Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.


EL CANTO DE LOS CRONOPIOS





Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.


Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden a escucharlo aunque no comprenden mucho su arrebato y en general se muestran algo escandalizados. En medio del corro el cronopio levanta sus bracitos como si sostuviera el sol, como si el cielo fuera una bandeja y el sol la cabeza del Bautista, de modo que la canción del cronopio es Salomé desnuda danzando para los famas y las esperanzas que están ahí boquiabiertos y preguntándose si el señor cura, si las conveniencias. Pero como en el fondo son buenos (los famas son buenos y las esperanzas bobas), acaban aplaudiendo al cronopio, que se recobra sobresaltado en torno y se pone también a aplaudir, pobrecito.




HISTORIA





Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de la calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.



Julio Cortázar. Escritor argentino.
Tomado del libro "Historias de cronopios y de famas".