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jueves, 4 de octubre de 2007

Relatos breves


URDIMBRE

—¿Tu marido es celoso? —preguntó él.
—Sí. Mi marido es el oso que viene ahí —respondió ella.

Orlando Van Bredam



ENAMORADO

Le propuso matrimonio.
Ella no aceptó.
Y fueron muy felices.

Anónimo



LA PELEA

Estábamos en la cocina. Discutimos. Le grité. Él se puso como un energúmeno. Cuando se me cayó el diente al suelo nos dimos cuenta de que la discusión se nos había ido de las manos. 
Lo siento me dijo. Debí controlar los nervios concedí yo. Se agachó y cogí un cuchillo. Me dio el diente y lo piqué. Siempre nos ha gustado el pollo con un poco de ajo picado por encima.

Cristina Araújo García



... la de acariciar algo que duerme...



Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano por el lomo, y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme.

Oliverio Girondo




Por Addy Góngora Basterra. 

Fui a la Biblioteca Nacional. En los cristales y con pintura blanca está escrito un texto de Oliverio Girondo. Líneas arriba hay un fragmento del texto escrito y en la imagen puede leerse... la de acariciar... y... que duerme... flotando sobre las aguas del río de la plata.


... pero tú no querías más amor que el del río de la plata... canta Sabina.


La primera vez que fui a la Biblioteca Nacional no pude evitar sentir un vuelco en el corazón cuando desde el quinto piso la ventana me ofrecía el río de la plata desplegándose en el horizonte: pensé que era mi mar de infancia, pensé por un momento que era Veracruz.

Pero no era, claro, no era. Y me dolió la patria en la que no estoy desde hace meses y sentí nostalgia por mi raíz... e inevitablemente siempre que voy vuelvo a sentir esa punzada al sur de mi garganta diría Carilda Oliver Labra es decir, justo ahí, blanco de cúpido y huracán sin ojo, en el corazón.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Federico García Lorca


Leonardo y Novia escapan juntos... huyen...
la gente los busca... los siguen de cerca...
Novio enfurecido anda a caballo... quiere matar...
Es noche... luna llena... cuchillos y escopetas...

El cortijo del fraile.
Aquí ocurrió en 1928 el trágico crimen amoroso que
inspiro a Federico García Lorca para escribir Bodas de sangre, 
obra teatral de la cual compartimos el siguiente fragmento. 

_____________________________


Leonardo:
¡Calla!

Novia:
Desde aquí yo me iré sola.
¡Vete! ¡Quiero que te vuelvas!

Leonardo:
¡Calla, digo!

Novia:
Con los dientes,
con las manos, como puedas.
Quita de mi cuello honrado
el metal de esta cadena,
dejándome arrinconada
allá en mi casa de tierra.
Y si no quieres matarme
como a víbora pequeña,
pon en mis manos de novia
el cañón de la escopeta.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!

Leonardo:
Ya dimos el paso; ¡calla!
porque nos persiguen cerca
y te he de llevar conmigo.

Novia:
¡Pero ha de ser a la fuerza!

Leonardo:
¿A la fuerza? ¿Quién bajó
primero las escaleras?

Novia:
Yo las bajé.

Leonardo:
¿Quién le puso
al caballo bridas nuevas?

Novia:
Yo misma. Verdad.

Leonardo:
¿Y qué manos
me calzaron las espuelas?

Novia:
Estas manos que son tuyas,
pero que al verte quisieran
quebrar las ramas azules
y el murmullo de tus venas.
¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!
Que si matarte pudiera,
te pondría una mortaja
con los filos de violetas.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!

Leonardo:
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.

Novia:
¡Ay que sinrazón! No quiero
contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
He dejado a un hombre duro
y a toda su descendencia
en la mitad de la boda
y con la corona puesta.
Para ti será el castigo
y no quiero que lo sea.
¡Déjame sola! ¡Huye tú!
No hay nadie que te defienda.

Leonardo:
Pájaros de la mañana
por los árboles se quiebran.
La noche se está muriendo
en el filo de la piedra.
Vamos al rincón oscuro,
donde yo siempre te quiera,
que no me importa la gente,
ni el veneno que nos echa.

Novia:
Y yo dormiré a tus pies
para guardar lo que sueñas.
Desnuda, mirando al campo,
como si fuera una perra,
¡porque eso soy! Que te miro
y tu hermosura me quema.

Leonardo:
Se abrasa lumbre con lumbre.
La misma llama pequeña
mata dos espigas juntas.
¡Vamos!

Novia:
¿Adónde me llevas?

Leonardo:
A donde no puedan ir
estos hombres que nos cercan.
¡Donde yo pueda mirarte!

Novia:
Llévame de feria en feria,
dolor de mujer honrada,
a que las gentes me vean
con las sábanas de boda
al aire como banderas.

Leonardo:
También yo quiero dejarte
si pienso como se piensa.
Pero voy donde tú vas.
Tú también. Da un paso. Prueba.
Clavos de luna nos funden
mi cintura y tus caderas.

Novia:
¿Oyes?

Leonardo:
Viene gente.

Novia:
¡Huye!
Es justo que yo aquí muera
con los pies dentro del agua,
espinas en la cabeza.
Y que me lloren las hojas.
mujer perdida y doncella.


Leonardo:
Cállate. Ya suben.

Novia:

¡Vete!

Leonardo:
Silencio. Que no nos sientan.
Tú delante. ¡Vamos, digo!

Novia:
¡Los dos juntos!

Leonardo:
¡Como quieras!
Si nos separan, será
porque esté muerto.

Novia:
Y yo muerta.

Alejandra Pizarnik

"El cuerpo se acuerda de un amor como encender la lámpara".
Alejandra Pizarnik.

Alejandra Pizarnik (1936-1972).
Poeta argentina.

Poesía

El cuerpo se acuerda de un amor como encender la lámpara.

*

«La Carencia»
Yo no sé de pájaros.
No conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.


Fragmento de Diario

¿Quién muere de sed y no bebe
porque no se le ocurrió nunca unir el acto de beber al de tener sed?


Fragmento de Teatro

SEGISMUNDA (con mucho cansancio): No me dejan dormir: Cállense o hablen más bajo. Si pudiera dormir un minuto, un año. Si durmiera, detrás de mis ojos de dormida yo vería los mares y los laberintos y los arco iris y las melodías y los deseos y el vuelo y la caída y los espacios de los sueños de los demás vivientes. Yo podría ver y oír sus sueños.
MACHO (bajo): Oír y ver los sueños de los vecinos. (Ríe bajito.)
FUTERINA: Tiene sueños de espía.

martes, 2 de octubre de 2007

Epitafio de Amor

Puta en el trapecio

de Pedro Uhart


Eliseo Alberto. Escritor cubano. 
Fragmento de la novela "La eternidad por fin comienza un lunes".

Servio y Tulio Capriles recibieron en Puerto Luis de los Pasajeros la invitación para asistir a la boda civil del señor Pompeyo de Malbasia y madame Marie Forey, alias La Perversa. El banquete tendría lugar ese domingo, entre las siete de la noche y las siete de la mañana del lunes, en el Salón Azul de Las Golondrinas Viajeras, un prostíbulo de espigones que Servio y Tulio habían visitado alguna vez. La convocatoria, firmada por los novios, decía que Madame Forey deseaba compartir la noche más feliz de su vida con los mejores clientes de su carrera de puta costosa, y anunciarles, de paso, que nunca más podrían tocarla ni con la punta de un billete.

(...)


Los Capriles se bañaron con flores de heliotropo, para oler a sementales de padrote, y se demoraron tanto poniéndose bonitos que llegaron a la fiesta poco antes de la medianoche. Al primero que vieron bebiendo como un cosaco y escoltado de cerca por cuatro rudos grumetes, fue a Pompeyo de Malbasia, capitán y propietario de El Golfo de Laconia, el buque estaba anclado en la dársena vecina al prostíbulo. El marinero había perdido la compostura.


(...)


Marie Forey se subió a la pequeña tarima para músicos del Salón Azul y pidió a sus amigos que se acercasen, pues había llegado la hora de despedirse. Una treintena de varones, de muchas edades y distintos niveles de deterioro, rodearon a la francesita, los malabaristas entre ellos, no sin cierta reserva. El decano de la orden de templantes pidió la palabra, con una autoritaria sacudida de bastón. Era un viejo tan viejo que ya debía ser muy viejo cuando alquilaba a La Perversa, allá en la mina andina, donde había trabajado durante décadas. Bañado en lágrimas, dijo que todo el oro que ganó lo había derretido en el cubilote de Marie, y de lo único que se arrepentía esa noche era de no haber encontrado un pozo de petróleo para seguir contratándole sus trucos de mujer. "Mi pobreza es hoy mi mayor tesoro, porque sin dinero ni para comprar un ataúd, aún me queda el recuerdo de esta francesa madre de mis pecados". La Forey descendió de la tarima y, en un gesto que nada tenía que ver con la piedad, besó en la boca al viejo, sonoro y tendido. "Antonio, mi cruel Antonio, buscador de tesoros, fuiste un fogoso galán. Te disfruté mucho, de veras te disfruté mucho. Lástima que llevaras tan largas y duras las uñas de los pies". A partir de esta confesión, los otros quisieron también que La Perversa dijera un epitafio de amor.

Para cada amante, ella encontró uno hermoso: "José, nadie cogía como tú en ayunas". A un chino llamado Gerardo le dijo, sobándole la mano: "Cuando ame bajo un puente, con los trenes pasándome a pulgadas de la cabeza, y yo tiemble como un riel con la locomotora sin frenos del Capitán Malbasia, voy a pensar en ti, Gerardo, mi queridísimo fogonero". Al negro Moisés, el limpia pisos del local, le agarró el miembro por encima de la tela del pantalón, y mirándolo a los ojos, dijo: "Tú me enseñaste el goce del dolor, y la ley de que cada vaina trae la medida de una espada: cuida tu garrancha, mandinga, y que otras locas afilen este acero que yo templé hasta donde pude". Tocaba el turno a los Capriles, cuando un joven afeminado, con el pelo teñido de amarillo girasol y un par de lunares de tinta china estampados en la cara, se adelantó y, puesto de rodillas, rogó a Marie Forey que le regalara un piropo. La ramera ofreció la mano. Dijo: "De pie, Totó, nunca de rodillas". El muchacho se levantó y se mordió los labios hasta hacerlos sangrar. "¿Qué puedo decir de ti, mi ardoroso maricón?... Hubo días, Totó, cuando te veía probarte mis vestidos ante el espejo, que me dieron ganas de ser hombre". Totó le acarició el cabello, y antes de abrazarla, dijo sin afectaciones: "Yo también, Marie, yo también hubiera querido ser hombre para ti".

Eliseo Alberto

Boletos para el circo


Fragmento del libro "La eternidad por fin comienza un lunes".


No se había equivocado el corazón. Asdrúbal y Anabelle se amaron en un solo e inagotable beso. La trapecista se fue deslizando hasta acostarse en el piso del carromato, sin dejar de besarlo; y sin dejar de besarla el mago la cubrió bajo el ala rojinegra de la capa. A lo lejos se escucharon los acordes de la música que llamaba a la segunda parte del programa, y por los altavoces se anunciaron como buenos los chistes del payaso, pero ellos siguieron besándose y desvistiéndose sin importarles otra cosa que no fuese desnudar por completo el amor. Ese domingo tremendo, de experiencias contrapuestas, de verificaciones conmovedoras, ese domingo extraño que había comenzado con la tristísima muerte y el solitario entierro de un león y que estaba terminando con el hallazgo o la invención de la felicidad, Asdrúbal descubrió que, en la recta final de la vida, la vida le había concedido el privilegio de saber que gracias al amor y solamente al amor encontraría salida del laberinto que era, a fin de cuentas, la encrucijada de vivir como él había vivido, a contracorriente, porque a fin de cuentas la cuenta que cuenta es la suma de los momentos en que el ser humano vence el miedo magistral de entregarse entero a otro ser humano. Y fue ese domingo, tendido en el suelo del carricoche, ardiendo junto a su bailarina, que el mago acabó de acabar el nunca acabado conjuro de la magia, porque supo que todo el rumbo de su existencia, aquella trocha hasta entonces vencida a ciegas, era la ruta necesaria que lo conducía hasta una muchacha de ojos almendrados, como de ciervo atrapado en las redes cazadoras de una inmerecida tristeza, y supo que sus ojos, los de él, que tanto habían mirado a lo largo de la marcha, no habían perdido la inocencia sólo para poder mirar al amor sin avergonzarse, y para verla a ella, a ti, desnuda, isla nunca descubierta, y que sus manos, las de él, que habían golpeado a las puertas pidiendo amparo, que habían escrito mensajes en la arena de una playa, allá en el país perdido de su infancia, manos que se habían agarrotado de tanto decir adiós a sus contadas alegrías, aquellas manos deshechas por la laca del tiempo, sus pobres manos, Anabelle, habían estado esperando día tras día y noche tras noche, sin quejarse, la oportunidad de tocarla a ella, de tocarte a ti, ciervo escapado de la trampa, patria nueva, y entendió que para que el conjuro se acabara de acabar urgía añadirle sólo una palabra, una palabra que encarnase en sí misma las carnes de las palabras mismas y significase todos los significados posibles e imposibles, una palabra única como el sabor de la sal, precisa como la sombra de una palma, redonda como un aro de fuego, una palabra que se pudiese sufrir, que se pudiera poseer al pronunciarla, y ninguna le pareció mejor que la palabra mujer, claro, mujer, la simple palabra mujer, una palabra recién estrenada, inventada, amada, dicha al final cósmico del conjuro, luminosa luna en el fondo sin fondo de la felicidad. Te quiero, pensaron en silencio, y rindieron la conciencia a los sentidos. Se miraron por dentro, se olieron los sudores, se escucharon los deseos, se palparon los cuerpos, se probaron los sexos, porque aquella noche huracanada de diciembre podía no repetirse y su recuerdo debía alcanzar para toda la vida.


Eliseo Alberto. Escritor Cubano.



lunes, 1 de octubre de 2007

Carilda Oliver Labra



Reloj de arena de Briggid Collins




GUÁRDAME EL TIEMPO

Vuelves a renovarme el don perpetuo.
Otra vez eres ése
que me enseñó las señales del alba,
el que salvó una hormiga en el borde del vaso.

Vuelves para pedirme que reúna
la corte de los gatos,
que te ampare de aquel golpe en la nuca,
que te dé mi tristeza como un sorbo,
que te recorte alguna uña,
que me moje de ti,
que te alcance el café,
que no oscurezca,
que me case contigo esta noche otra vez.

Se nos quedaron muchas cosas sin hablar.
Necesitamos una cita,
porque
¿a quién le doy tantas caricias
que sobraron,
aquellas que olvidé ponerte sobre el pecho?
¿A quién le cuento
que he planchado, creyendo que era tela,
tu perfil de muchacho?

¿A quién convido ahora con mis piernas
y le enseño el jazmín que nació anoche,
y le pongo una abeja a que lo pique,
y le saludo la inocencia?

¿A quién le miento y juro,
a quién le tiro un pan contra la oreja,
a quién le digo que lo odio,
y luego, que lo amo?

¿A quién le digo hijo,
y me lo paso por dentro como un trapo?
Sé bien que estás metido en nuestros átomos,
que te mueves en ese aire que espantó estas páginas
que observas desde los retratos,
que te has caído hoy contra mi pecho
y para que seamos uno solo
hasta este propio corazón
me lo has parado;
sé que estoy muerta
soñando que te busco por el cuarto.

Guárdame el tiempo.
Guárdamelo.

Estoy segura de que puedes.
Así no ha de caer la luna
ni tendrás que morirte en la mañana
y el jueves será eterno
y te besaré siempre como el veinticuatro
de septiembre
de mil novecientos ochenta y uno.

Guárdame el tiempo,
guárdamelo.

¡Qué no pase ni un minuto,
que nada ciego nazca,
que no se invente un aparato de tortura
ni estalle otra contienda contra el hombre;
que no cacen más pájaros,
que no se malogre la pureza,
que vuelvas
a ser
y aquel esplendor tuyo se mezcle, poderoso,
a mis harapos!

Guárdame el tiempo,
guárdamelo.

Te lo pido con rabia,

con ternura,
con todo lo que no es palabra.
Para que siempre seamos lo estupendo:
hombre y mujer
girando,
nueva especie del mundo;
ya casi un milagro.
Pues me han salido en la cara tus ojos
y a ti en el rostro mi boca,
y no sé cuando te miro si eres tú quien me mira
ni cuando tú me besas
si soy yo quien te ha besado.


Carilda Oliver Labra.

Poeta cubana. Vive en Matanzas y es un personaje que a sus 83 años vive amores, locuras, pasiones y arrebatos como si tuviera 30. Desde la primera vez que la leí quedé atrapada. Nunca he podido conseguir un libro suyo... pero internet ha sido generoso entre sus páginas y correo electrónico.

Empieza octubre, así que deseo que cuando haya luna tengan cielo despejado para poder mirar las que se presumen como las más hermosas del año.