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miércoles, 7 de noviembre de 2007

Objetos persistentes


José Miguel Oviedo.
Escritor Peruano.

El hombre recuerda que, cuando era niño y estaba en el colegio, hizo una simple operación aritmética en una hoja de papel cuadriculado y que, de alguna manera, esa hoja desapareció y no pudo encontrarla jamás, lo que debió haberle creado algún problema entonces, porque siempre la imagen del papel volvía en sus recuerdos.
Que agregue ahora que ese hombre soy yo (quienquiera que él sea) y que, estando en otra ciudad, un día muy ventoso, en el que veía cómo se formaban alrededor de mí remolinos que levantaban polvo y hojas secas, mi pie derecho pisó un papel que resultó ser el mismo papel de cuando era niño, con el mismo grueso cuadriculado y la misma operación matemática escrita con rala tinta azul, ya un poco corrida y con manchones de lluvia, y con las esquinas dobladas y amarillentas por el sol, pero perfectamente reconocible, inconfundible, el mismo objeto por tantos años deseado; todo esto va a resultar absolutamente increíble, desechado como físicamente imposible, aceptado sólo como una absurda invención.

Eso no me sorprendería; lo que me sorprende es que pueda mirar otra vez mi letra de niño y saber que es mía, tan trabajosamente dibujada y como colgada de los cuadrados, con mi firma debajo (yo firmaba todo entonces, con una rúbrica imitada de mi padre), y que el resultado de la operación aritmética sea correcto y que me ayude a resolver un inesperado problema financiero que me acaba de surgir, inesperadamente, esta semana.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Día de muertos




LA FAMILIA

Soy inocente, yo no maté a mi padre -exclamó mi hermano, desesperado, apenas escuchó la sentencia. Me acerqué a él, intenté infundirle ánimo, le dije que yo le creía (y era verdad: tenía la certeza de que no mentía), pero mis palabras eran vanas: su nuevo destino estaba sellado. Apoyó su cabeza en mi pecho, lloró.

Fui a visitarlo todos los sábados, durante veintisiete años, hasta que falleció. En el velorio, al mirar su precario ataúd desprovisto de coronas y recordatorios, sentí por primera vez el peso amargo del remordimiento.

Edmundo Paz Soldán
Boliviano