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miércoles, 7 de noviembre de 2007

Objetos persistentes


José Miguel Oviedo.
Escritor Peruano.

El hombre recuerda que, cuando era niño y estaba en el colegio, hizo una simple operación aritmética en una hoja de papel cuadriculado y que, de alguna manera, esa hoja desapareció y no pudo encontrarla jamás, lo que debió haberle creado algún problema entonces, porque siempre la imagen del papel volvía en sus recuerdos.
Que agregue ahora que ese hombre soy yo (quienquiera que él sea) y que, estando en otra ciudad, un día muy ventoso, en el que veía cómo se formaban alrededor de mí remolinos que levantaban polvo y hojas secas, mi pie derecho pisó un papel que resultó ser el mismo papel de cuando era niño, con el mismo grueso cuadriculado y la misma operación matemática escrita con rala tinta azul, ya un poco corrida y con manchones de lluvia, y con las esquinas dobladas y amarillentas por el sol, pero perfectamente reconocible, inconfundible, el mismo objeto por tantos años deseado; todo esto va a resultar absolutamente increíble, desechado como físicamente imposible, aceptado sólo como una absurda invención.

Eso no me sorprendería; lo que me sorprende es que pueda mirar otra vez mi letra de niño y saber que es mía, tan trabajosamente dibujada y como colgada de los cuadrados, con mi firma debajo (yo firmaba todo entonces, con una rúbrica imitada de mi padre), y que el resultado de la operación aritmética sea correcto y que me ayude a resolver un inesperado problema financiero que me acaba de surgir, inesperadamente, esta semana.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Día de muertos




LA FAMILIA

Soy inocente, yo no maté a mi padre -exclamó mi hermano, desesperado, apenas escuchó la sentencia. Me acerqué a él, intenté infundirle ánimo, le dije que yo le creía (y era verdad: tenía la certeza de que no mentía), pero mis palabras eran vanas: su nuevo destino estaba sellado. Apoyó su cabeza en mi pecho, lloró.

Fui a visitarlo todos los sábados, durante veintisiete años, hasta que falleció. En el velorio, al mirar su precario ataúd desprovisto de coronas y recordatorios, sentí por primera vez el peso amargo del remordimiento.

Edmundo Paz Soldán
Boliviano

martes, 30 de octubre de 2007

Nena querida

Primer capítulo de la novela autobiográfica inédita 
“Nena querida”, de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi



Tomado de:

:: Malabia :: arte, cultura y sociedad Barcelona, Montevideo, La Platahttp://www.revistamalabia.com.ar/web_06/web_30/notas/nota_4.htm
Año 3. Febrero 2007.



NENA QUERIDA


(Un cuento de William Saroyan)

La primera vez que vi el libro fue en la biblioteca de mi tío. Tenía las tapas duras y una sobrecubierta muy coloreada, donde se veía a un hombre bebiendo una copa en un bar. Los colores eran alegres (había mucho amarillo, mucho colorado) pero estaban diluidos como si se tratara de pintura a la acuarela. Y el dibujo, de líneas delicadas, muy finas. La editorial era Plaza y Janés, y el libro se titulaba Nena querida. El autor –desconocido para mí– se llamaba William Saroyan. Yo tenía unos catorce años, y devoraba todo lo que caía en mis manos. No sólo leía los libros de la nutrida biblioteca de mi tío. También leía los cuatro periódicos diarios que se compraban en la casa de mi abuela, las revistas semanales o quincenales de moda y del corazón (las femeninas Para ti y Maribel, llenas de relatos sentimentales), los prospectos de los medicamentos, los recibos de las compañías de la luz, la guía telefónica (que incluía divertidos anuncios publicitarios), los almanaques de pared llenos de historias de santos y de mártires (de santas y de mártiras) y cualquier trozo de papel que tuviera alguna clase de inscripción, a mano o a máquina. Recuerdo, fascinada, cómo un día descubrí un trozo de papel escrito con tinta azul que había caído en un charco de agua; vi cómo las letras, las redondas y las altas, las abultadas y las delgadas iban desapareciendo y de un manotazo rescaté el papel: colgó, como una hoja caída del árbol, y ante mi desesperación, las letras fueron chorreando, escurriéndose entre mis dedos. Sólo se salvó una R inicial, y una d, varios espacios después. Con el papel mojado (por tanto débil, frágil) en la mano, intenté saber qué diría. Pensé palabras. Deduje que posiblemente empezaba así: “Recuerdo…” recuerdo tenía una r inicial y una d que correspondía, más o menos, al blanco que había hasta la d. Acepté que era recuerdo. Pero ¿qué recordaba? ¿quién le escribía a otra persona contándole lo que recordaba? Y de pronto, fui consciente de la tragedia, de la muerte: alguien había fijado en letras sus recuerdos, para que alguien lo supiera, como se tira un hilo al agua, como se establece un puente, pero el hilo se había roto, el puente, descolgado. El destinatario de la evocación ya no sabría, nunca más, que alguien le había dirigido sus recuerdos, que alguien había intentado posiblemente compartirlos, despertar recuerdos comunes. Puse a secar el papel. Sin embargo, las letras –los recuerdos– habían desaparecido para siempre. Y yo era la testigo de ese crimen, de ese acto fallido, de ese puente roto, de esa falsa comunicación. Comprendí, súbitamente, la esencia de los malentendidos que constituyen la trama de la vida y de las novelas.


La biblioteca de mi tío estaba en su habitación, una modesta habitación de piso de tablas de madera y una ventanita que daba al fondo de la casa, donde crecía una bugambilia rosada, se erguía el delgadísimo tallo de un jazmín del país que sin embargo, sobre los tirantes de alambre se enredaba en miles de ranas enroscadas, daban frutos un par de higueras, tres naranjos y dos limoneros. En la habitación había una vieja cama de bronce, un escritorio, un ropero y varias estanterías llenas de libros.

En cuanto llegaba del colegio me encerraba en la habitación de mi tío a leer. Aquella me parecía la biblioteca de Alejandría, con miles de libros, desde La Ilíada y La Odisea hasta Orlando, de Virginia Wolf, en traducción de Jorge Luis Borges.

Yo leía con la delectación indiscriminada de una adicta y de una conversa. Mi religión era la literatura –más precisamente: el conocimiento, pero el conocimiento que proporcionaba la literatura– y los libros eran los monjes y las monjas, que celebraban el culto desde las páginas, desde los lomos de los libros, con letras doradas y marcadores de tela. No tenía ningún interés en seleccionar, porque no pensaba dejar de leer ninguno: no había ninguna razón como para preferir a uno antes que a otro, dada mi ignorancia –que estaba dispuesta a superar rápidamente–.

Retenía todos los nombres de los libros, todas las biografías de los autores, todas las solapas. La literatura me parecía un vasto océano, lleno de islas, de pelícanos, de cetáceos, de criaturas fantásticas y otras reales, y me parecía que cada libro tenía su valor, su sentido; como en los planisferios y en los mapas, había rutas que llevaban de un libro a otro; había caminos que conducían a autores diferentes, y cada vez que leía el nombre de un libro que no figuraba en la biblioteca de mi tío, lo registraba en la memoria, para leerlo más adelante, cuando tuviera dinero propio como para comprarlos. Mi mente se convirtió en un fabuloso ordenador (hice igual con el cine, a la misma edad). Tenía voluntad enciclopédica: si un libro llevaba a otro, estaba segura de poder leer algunos miles, durante mi vida, pero me decepcionaba saber que nunca viviría lo suficiente como para poder leerlos todos.

Y cuando terminaba un libro, leía la lista de autores de la colección, y subrayaba los títulos que me parecían más sugestivos: formaban parte de mi deseo, eran los eslabones de una cadena ininterrumpida. Así aprendí que la seducción de la lectura empieza por el nombre del libro. (La balada del café triste; El filo de la navaja; Las olas; Cantos de vida y esperanza; Poemas humanos; Crimen y castigo; La muchacha de los ojos color de oro; Adán Buenosayres; En busca del tiempo perdido; La muerte de un viajante; Los caminos de la libertad; El segundo sexo; Hojas de hierba; El guardián en el centeno; Sueño de una noche de verano; El poeta en Nueva York; El juguete rabioso; Las noches blancas.)

Nena querida me pareció un título tierno y sentimental. No era una frase vulgar; todavía no lo era. Decirle a alguien “Nena querida” estaba lleno de sentidos ocultos; la primera ambivalencia era llamar “nena” a una mujer, pero en castellano (por lo menos en el seductor castellano que se habla en Montevideo) era una manera sugestiva de llamar precisamente a quien ya no era una niña Acompañado del querida le agregaba una nota de sensualidad y afecto con ciertas reminiscencias pedófilas (palabra que yo ignoraba entonces).

Lo abrí con delectación. Las páginas estaban un poco amarillentas, como ciertos sellos antiguos y la humedad las había sembrado de manchas como pecas. Olía a libro viejo, pero no lo era: una inundación reciente había mojado el estante más bajo de la librería y aunque mi tío y yo pusimos al sol las páginas de los libros, igual habían amarilleado. La primera página indicaba el título original, Dear Baby, mucho más vulgar que Nena querida. El traductor era Ignacio Rodrigo. La sobrecubierta y las ilustraciones correspondían a Juan Palet y la portada a R. Giralt Miracle. La primera edición era bastante reciente: l946. Yo había nacido en l941. Era, pues, un autor contemporáneo. Hay algo que siempre le deberé a mi tío: que su biblioteca no fuera exclusivamente de clásicos. Que al lado de Shakespeare estuviera John Osborne, y al lado de Virgilio, Vicente Aleixandre. Una divertida turba de infames locos. La segunda página, era una dedicatoria. Decía: Este libro es para Carol Saroyan. Y más abajo: “Lo que en este librito se dice no es lo que yo te diría en definitiva; pero que él sea el primero entre muchos dones de amor: un presente hecho de todo cuanto yo era en años ya remotos, antes de que te viera”.

No he leído nunca una dedicatoria más conmovedora. La humildad del autor que frente a la inmensidad de la amada llama “librito” a su obra y confiesa que todo lo que se dice en él, no es lo que le diría en definitiva. Porque ¿qué puede decirle el enamorado a la mujer que ama? (El sexo de quienes se aman es irrelevante). El amor es indecible, por eso mismo, hay que rodearlo tantas veces, asediarlo por todos lados, sabiendo, en suma, que es inabordable. El amor no se puede decir, por eso mismo, todos escribimos poemas de amor cuando estamos enamorados, y leemos ensayos sobre el amor, y damos vuelta a la noria de la imposibilidad de decir qué amamos cuando amamos y a quien amamos cuando amamos. Desde la humildad de reconocer que ni siquiera un buen escritor puede decir algo acerca del amor que siente, Saroyan le dedicaba el libro con la advertencia de que no era eso lo que quería decirle en definitiva, pero la definitiva quizás nunca sería. Sin embargo, de este fracaso, rescataba el libro por ser un don de amor. Uno de los muchos dones del amor. Maravillo reconocimiento: el amor se reconoce por la voluntad de dar. Por el deseo de dar. El amor debe ser recibido como un don para dar al otro. ¿Y qué se da? “Todo cuanto yo era en años ya remotos, antes de que te viera”. Al otro, a la otra, uno, una, le da lo que es y lo que fue. Porque el enamorado no sólo quiere poseer el presente, está especialmente celoso del pasado, allí donde biográficamente no pudo estar. El “si te hubiera conocido antes…” es la patraña con la cual intentamos llenar ese vacío, arrepentirnos de ese pasado donde el otro o la otra no estuvo, pero hubiera querido estar, hubiéramos querido que estuviera. Pavese escribió: “Síntoma inequívoco de amor es contarle al otro nuestra infancia”. Allí donde no pudo estar, lo que no pudieron compartir. Saroyan se lo entrega, le entrega quién era “antes de que te viera” en forma de libro. Comprendí en toda su intensidad la delicadeza y profundidad de haber usado el verbo ver en lugar de conocer. No le dice “antes de conocerte”: le dice antes de verte. Como Dante vio a Beatriz a la salida de la iglesia. No conocemos al otro, a la otra: “la vemos”. Antes de verte: los ojos aman. Los ojos acarician, investigan, atrapan, poseen… Dos enamorados no dejan de mirarse, como si la mirada fuera el falo. Te penetro me penetras con la mirada. Te miro me miras y en tus pupilas, me miro mirarte y tú en las mías me miras mirarte. Te miro justamente porque estás afuera, porque no estoy en ti y quiero estar, quiero fundirme. La mirada es el reconocimiento de que quien amamos está afuera, no adentro. Y de que quisiéramos poseer lo imposeíble: mientras nos miramos se experimenta una placentera inquietud, una complicidad que fluye, pero que parece romperse cuando uno de los enamorados baja la cabeza o se vuelve. Ahí se fuga. Ahí empieza la soledad.
Saroyan había nacido en l908 en Fresno, California (la ciudad del cine), en una familia muy humilde de origen armenio. Aprendió a escribir con dificultad el inglés, y convirtió esa dificultad en un rasgo de estilo: escribe con la sencillez de los emigrantes obligados a aprender una lengua que no es la suya. En l915 se produce el exterminio de más de un millòn de armenios a manos de los turcos, y algunos consiguen huir a los Estados Unidos. William Saroyan será siempre fiel al recuerdo de sus orígenes, enamorándose, sin embargo, del país que los adoptó.

Me enamoré del relato que da título al libro y en los meses siguientes, devoré todas las obras que pude conseguir: La comedia humana, Mi nombre es Aram, El tigre de Tracy; la mayoría de sus libros estaban editados por Plaza y Janés, pero otros, los obtuve después, en otras editoriales.

Yo, como Saroyan, también me enamoré. Y cuando me enamoré, no encontré mejor “don” para la mujer a la que amaba que regalarle mi ejemplar de “Nena querida” (entonces, todavía no había publicado mi primer libro, pero creo que aún así, se lo habría regalado igual).

También leí sus novelas. Los retazos de su vida los iba encontrando en las solapas y en ciertos pasajes de sus relatos, como los cuentos –tiernos y escépticos– que escribió en la etapa de guionista en Hollywood. O esa novela desgarradora: “Es cosa de risa”.
__________

Cuando te encontré, en l969, estabas casada, por segunda vez, y vivías en otra ciudad, en otro país. Estabas de paso por Montevideo, te ibas en una semana. Tuvimos una noche larga y lenta, calurosa, para conocernos. Para hablar de gustos: “¿A quién lees?” “¿Qué escuchas?” “¿Qué películas ves?” “¿Maoísta o trostkysta?” Se escuchaba batir el mar. Siempre se escucha batir el mar en Montevideo. Comimos –a las cuatro de la mañana– milanesas con pan. Yo no pude comer: el bolo del amor me cerraba el estómago. No dormimos. A la mañana, te dije que me esperaras, que quería traerte un regalo, después de dar mis clases matutinas de literatura y revolución. Me esperaste en una esquina, la esquina de todos los vientos. Lejos, aullaba el mar. El mar es como un lagarto, cuando está en calma; cuando está airado, es un felino que se desliza sigiloso hasta que salta, trepador, aullando lascivamente. Nos fuimos a un hotel. Qué raro, un hotel, en la ciudad donde se vive, dijiste (desde entonces, todas mis primeras citas de amor han sido en hoteles; en hoteles en Cádiz, en Boston, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en París, en Washington). Dos mujeres solas, sin equipaje, en una habitación de un hotel mediocre, cerca del puerto. Cuando me incliné sobre vos, en la cama, te murmuré al oído: “Nena querida” y vos dijiste, queda, lentamente: “Del libro homónimo de William Saroyan”.


El regalo que te había traído era la edición de Plaza y Janés de Nena querida. Celestino fue el libro, Celestino fue el mar, Celestino fue el autor. ¿Cómo no iba a enamorarme de una mujer cuyo libro favorito era Nena querida?

Quince años después, en otra ciudad, ésta europea, la primera vez que besé a otra mujer me murmuró al oído: “Nena querida”. Y yo le respondí: “Del libro homónimo de William Saroyan”. Cuando nos levantamos de la cama (no era un hotel, era su casa) me condujo a la biblioteca. En la biblioteca había un libro: era Nena querida de William Saroyan, en la edición de Plaza y Janés. Con admiración, abrí la primera página. Allí, debajo de la dedicatoria que el autor le había hecho a su esposa, había otra: la que yo le había hecho a la mujer de Montevideo. Ahora era suyo. Ella se lo había regalado. Celestino fue el libro, Celestino fue el mar, Celestino fue el autor.

La última vez no hubo libro. Cuando me incliné para besarte iniciáticamente (no fue en un hotel, fue en mi casa) me dijiste: “Nena querida”. Y yo te contesté: “Del libro homónimo de William Saroyan”. Pero tú no lo habías leído, y yo no te lo regalé. Quería vivir sin él durante un tiempo. Dos años después, me regalaste la autobiografía de William Saroyan que compraste en una librería de saldos, las librerías que amábamos.

Saroyan ha muerto hace pocos años.
Hoy, alguien, me ha regalado un libro que viene de lejos, que viene de Montevideo. Cuando he abierto el sobre, apareció otra vez: Nena querida. En la portada, encuadernada de un verde profundo, en letras doradas, se puede leer: Para Cristina. Es la primera vez que alguien me ha dedicado el libro a mí.

Cristina Peri Rossi




NO QUISIERA QUE LLOVIERA
No quisiera que lloviera
te lo juro
que lloviera en esta ciudad
sin ti
y escuchar los ruidos del agua
al bajar
y pensar que allí donde estás viviendo
sin mí
llueve sobre la misma ciudad
Quizá tengas el cabello mojado
el teléfono a mano
que no usas
para llamarme
para decirme
esta noche te amo
me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató
pero te le parecías tanto.

Del libro "Diáspora". 1976


__________


DESPUÉS

Y ahora se inicia
la pequeña vida
del sobreviviente de la catástrofe del amor:

Hola, perros pequeños,
hola, vagabundos,
hola, autobuses y transeúntes.

Soy una niña de pecho
acabo de nacer
del terrible parto del amor.

Ya no amo.

Ahora puedo ejercer en el mundo
inscribirme en él
soy una pieza más del engranaje.

Ya no estoy loca.

Del libro: "Otra vez eros". 1994


__________


BITÁCORA


No conoce el arte de la navegación
quien no ha bogado en el vientre
de una mujer, remado en ella,
naufragado
y sobrevivido en una de sus playas.

Del libro: "Linguística general". 1979

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Cristina Peri Rossi
Es Uruguaya. Está exiliada en Barcelona desde hace muchos años.
Dice que no regresa a Uruguay, porque entonces sería padecer un doble exilio y su corazón no lo soportaría. Contrario a sus deseos, tuvo que dejar de fumar, cosa que lamenta terriblemente porque si algo la hacía feliz era hacer humo. Cuando fue el ataque del 11 de septiembre en Nueva York, estaba haciendo el amor. Sonó su 

móvil, atendió la llamada, le dijeron algo de las torres, dada las condiciones en las que fue recibida la llamada no pudo entender mucho. Colgó. Su pareja le preguntó qué pasaba y ella dijo, algo pasó en Nueva York, y no se enteraron hasta muchas horas después de lo que realmente había ocurrido, cuando volvieron a incorporarse al mundo. Tiempo después, el 11 de marzo cuando España padeció los atentados y Atocha ardía, Cristina no estaba haciendo el amor, no, miraba con horror lo que ocurría.

lunes, 29 de octubre de 2007

Rafael Alberti



1) La Paloma - Rafael Alberti
2) La Mar - Eduardo Galeano


LA PALOMA

Se equivocó la paloma,
se equivocaba.
Por ir al norte fue al sur,
creyó que el trigo era el agua.
Creyó que el mar era el cielo
que la noche la mañana.
Que las estrellas rocío,
que la calor la nevada.
Que tu falda era tu blusa,
que tu corazón su casa.
(Ella se durmió en la orilla,
tú en la cumbre de una rama.)

Rafael Alberti
(Español)



__________

LA MAR

Rafael Alberti ya llevaba casi un siglo en el mundo, pero estaba contemplando la bahía de Cádiz como si fuera la primera vez.
Desde una terraza, echado al sol, perseguía el vuelo sin apuro de las gaviotas y de los veleros, la brisa azul, el ir y venir de la espuma en el agua y en el aire.

Y se volvió hacia Marcos Ana, que callaba a su lado, y apretándole el brazo dijo, como si nunca lo hubiera sabido, como si recién se enterera:

-Qué corta es la vida.

Eduardo Galeano (Uruguayo)

viernes, 26 de octubre de 2007

Julia Prilutzky Farny

MUERTE EN EL ESTANQUE

Dolce Far Niente
John William Godward
2

Bajo mis pasos, como si quemaran,
de pronto, la ciudad se va encendiendo.
Era gris. Hoy, está como marcada
por banderas de fuego.
Ya no nos queda esquina sin fantasmas
ni calle sin recuerdos.
Ya no puedo escapar. Estás en cualquier parte;
el camino de ida es el regreso,
me detengo indecisa,
voy hendiendo las calles al acecho:
puedes brotar detrás de cada sombra,
en toda voz puede llegar tu eco.
El estanque me mira
como si se burlara en el silencio
y los árboles callan sus rumores
cuando me les acerco.
No sé si estoy cansada.
Y tal vez, tengo miedo,
pero tengo que andar borrando huellas,
desterrando la sangre,
grisando las paredes y los cercos.

Cómo quiero reír, y lo he olvidado;
cómo quiero correr, y no recuerdo;
cómo quiero gritar, pero ya es tarde.
Cómo quiero vivir, y me detengo.

3

Me gustaría tanto ser alegre.
Yo no quiero estar triste:
yo no quiero
ser triste y melancólica y ausente.
Contemplo con envidia a las muchachas
sonriendo a las nubes y al almendro,
siento a mi alrededor toda la vida
crujiendo en cada brote,
reventando en las yemas,
brillando en los matices,
vibrando en las antenas,
ardiendo en la hojarasca turbia y pura,
estallando en la huella redimida
de cualquier paso previo.
Siento la vida así, desesperada
hurgando contra mí, sin penetrarme,
y ya no puedo más.
Me dueles tanto.
Yo no sabía, amor, yo no sabía
el terror silencioso
de ignorar las paredes de tu cuarto,
el color de tu mesa
y el desorden
de tus libros. Tus cuadros
y el rincón que mirabas vagamente
cuando algo -tu sangre, mi exigencia-
te obligaba de pronto a recordarme.


Julia Prilutzky Farny
Argentina

jueves, 25 de octubre de 2007

¿Música gratis?


Queremos música gratisPor Jaume Sisa*


Ante la evidencia de que nadie quiere pagar por la música, habrá que aceptar que ésta llegue a ser de uso y consumo gratuito, nos guste o no. Ahora bien, veamos el alcance y las consecuencias que semejante situación puede provocar.

Los músicos y cantantes daremos el primer paso renunciando a cobrar por tocar y cantar. Será un gustazo hacerlo y será mejor aún si otros nos acompañan. Los estudios de grabación tampoco cobrarán por registrar los discos. Ni el personal que en ellos se ocupa, ni los proveedores que les suministran el material necesario ni, siendo justos, el personal de la limpieza, los mensajeros y el servicio de correos, los encargados de mantenimiento, ni las compañías de la luz, agua, gas y teléfono. Los propietarios de los locales cederán gentilmente sin reclamar el alquiler, ni el Gobierno cobrará impuestos, porque todo será gratuito y no existirá transacción económica alguna sobre la cual aplicarlos. Los productores, arreglistas y la industria discográfica en pleno secundarán la iniciativa renunciando a mezclar el dinero con la música. Y así, desde los accionistas hasta el mozo de almacén trabajarán por amor al arte.

Claro que entonces, por coherencia, deberemos ampliar la lista hasta las imprentas, las fábricas de discos, los distribuidores y mayoristas. Naturalmente tampoco verán un céntimo los que trabajan en las tiendas de discos, de donde los melómanos podrán libremente llevarse cuantos deseen. La Sociedad de Autores por fin desaparecerá. Ergo, las discotecas y bares musicales abrirán alegremente sus puertas a un público que podrá escuchar y bailar sin necesidad de consumir bebidas, que se servirán de balde, ya que resultaría discriminatorio lucrar vendiendo alcohol con el señuelo de la música, si sus artífices abdicaron de todo privilegio. Los meseros tampoco percibirán sueldo por despachar cervezas allá donde la música suene como tampoco lo harán los fabricantes y repartidores de líquidos cordiales, que aportarán de esta manera la dosis de alegría al ambiente festivo del gratis total. Ambiente que alcanzará a severas editoriales de partituras, librerías especializadas y luminosas tiendas de música, sin dejar fuera a los artesanos y constructores de instrumentos y todo lo que con ellos tenga relación.

Una vez llegados a este punto, el contagio será inevitable y cabe imaginar que la música en directo no podrá permanecer al margen de tamaña revolución. Puestos a hacerlo, hagámoslo bien. Managers, empresarios, promotores, personal de montaje, luz y sonido, locales de ensayo, pegadores de carteles, vendedores de entradas, todos vivirán del aire porque nadie les pedirá dinero cuando acudan a comprar lo que necesiten para vivir. La música se habrá liberado, por fin, de la cárcel de la vil materia y será como el oxígeno que respiramos. No tendrá precio. Nadie comerciará con ring tones de celular, ni será negocio vender biografías de cantantes o fascículos en los quioscos. El videoclip promocional será elevado a la categoría de arte puro. Y los compositores de música para cine, teatro, televisión y publicidad así como las estrellas de la ópera, sin olvidar a los DJ, las orquestas de baile y las compañías de danza, derramarán su talento desprendidos de todo afán de beneficio económico. Los músicos callejeros ni siquiera pasarán el platillo. Y no tendrá sentido mantener a tanto cargo político y tanto gestor cultural que viven de administrar graciosamente las subvenciones para algo que será gratuito.

Después, cual fichas de dominó, irán cayendo el cine, la literatura, el teatro, la pintura y toda clase de manifestaciones culturales y artísticas, como la enseñanza a todos los niveles, la vida intelectual, los alfareros, el periodismo y la fotografía, los bailes regionales, los ateneos y la Biblioteca Nacional… Si no queremos crear agravios comparativos, convendrá llegar hasta el último rincón de la sociedad, incluida la crítica musical.

Las figuras del pop y la cantautoría llenarán los estadios y ahí no habrá taquilla que valga. Las plantillas de los teatros y auditorios los mantendrán en perfecto estado de conservación, motivados tan sólo por la pasión de la música en libertad, como un servicio al pueblo. Los músicos y todo aquel que de una u otra manera dependa laboralmente de esta actividad podrán frecuentar los bares, restaurantes y hoteles sin tener que abonar la cuenta. Y Bill Gates regalará las computadoras y accesorios pertinentes para copiar y bajarse música, y sus empleados obtendrán gratuitamente la comida, la ropa y la vivienda, con lo que ello significa y la repercusión que tendrá en la economía.

Y así, sucesivamente, se irá destejiendo la red hasta llegar a poner el mundo patas arriba. El momento ha llegado. Gracias a la tecnología digital será posible lo que ni la Revolución Francesa, ni la República Española, ni el Soviet Supremo, ni el Mayo del `68 hicieron realidad. Nosotros tenemos una nueva oportunidad para materializar la Arcadia soñada.

¿Vamos a ir por todo o sólo queremos música gratis?

* Jaume Sisa es un legendario cantante catalán venerado por buena parte de la música española, de Serrat, Sabina y Aute hasta Mecano y Alaska.

___________

Publicado en el sumplemento Radar del periódico argentino Página 12.
Año 19. No. 6076. Domingo 9 de octubre del 2005.

Sore las sirenas

Sobre las sirenas

Ni redes de oro ni arpones de plata. Así no cazarán ninguna sirena. Nada de músicas; el rumor del mar las vuelve sordas a las débiles musiquitas terrestres. Tampoco alhajas: prefieren las madréporas y los corales. ¿Visiones? ¿Dinero? ¡Qué candor! Las Sirenas viven desnudas y, en cuanto al dinero, ¿qué harían con papeles mojados? Monedas, quizá, pero sospecho que las confundirían con joyas y ya les advertí que desprecian las joyas de metal. Para cazar una sirena hay que hundir el barco. Hasta el fondo del mar, si es preciso. Hasta que la quilla repose sobre la negra arena del fondo, en medio de la oscuridad y del silencio. Es riesgoso, lo sé. Se corre el peligro de que el barco no vuelva más a la superficie. Pero si vuelve, en su arboladura, enredada en las jarcias, habrá una sirena.


Marco Denevi
(Argentina)

miércoles, 24 de octubre de 2007

El silencio de las sirenas


"Ulises y las sirenas"
de Herbert James Draper

Escrito por Franz Kafka.

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:


Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.



Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.



En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.



Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.



Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.



Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

Franz Kafka (1883-1924).
Escritor Checo.

martes, 23 de octubre de 2007

Rosa Montero


LEER PARA NO MORIR

Hay personas que recuerdan cuál fue el primer libro que leyeron. Yo no tengo ni idea. Mi madre me enseñó las letras siendo muy chica, antes de ir al colegio, y con tres años y pico ya leía. Guardo en mi memoria una vívida escena de aquella época (tan vívida que seguramente es una reconstrucción realizada sobre el relato que posteriormente me hicieron) sucedida en un compartimiento de un tren. Yo debía de tener unos cuatro años y siempre fui menuda, una birria de niña; iba con mis tías de Madrid a Alicante, y me entretenía con un libro infantil. Los vecinos de asiento dijeron que era imposible que yo supiera leer, y mis tías me pidieron que les leyera en voz alta. Imposible, repitieron: lo que pasa es que se sabe el cuento de memoria. Entonces mis tías me dieron un periódico y me hicieron leer los titulares. O sea que yo era una especie de bicho amaestrado circense. Tuvimos mucho éxito con nuestro número.

Cuento todo esto para intentar explicar el lugar que tiene la lectura en mi vida. Que es un lugar semejante al del esqueleto. Y luego viene la escritura, que es como la carne. Al igual que muchos otros novelistas, empecé a escribir de niña, y desde luego es una actividad para mí fundamental. Creo que muchos narradores sentimos que escribir nos salva de enloquecer, y que sin esa actividad nos haríamos pedazos. Pero siendo esto enorme y esencial, no tiene comparación con la lectura. Porque si dejara de escribir puede que me volviera majareta, pero si dejara de leer creo que me moriría.

Hace cuatro o cinco años, en la Semana Iberoamericana de Gijón (España), escuché una charla desternillante de la escritora argentina Graciela Cabal en la que explicaba de manera deliciosa esa íntima relación, o más bien oposición, de la lectura y la muerte. Ella decía que los lectores viven más, porque no se pueden morir hasta que acaban el libro que están leyendo; y como prueba citaba a su padre, a quien todos los días desahuciaba el médico, que movía tristemente la cabeza y decía: de esta noche no pasa. Pero el padre contestaba que estaba equivocado, porque antes tenía que acabarse El otoño del patriarca; y luego pedía a sus hijas que le trajeran libros más gordos.

La propia Graciela falleció hace un par de años, después de aferrarse a todos los libros que pudo, me supongo. Leer no la hizo eterna, pero sin duda enriqueció su vida enormemente. Por eso yo siempre he sentido tanta pena por la gente que no lee. Y no es porque la lectura te haga más culto y más libre (que también), sino sobre todo porque quienes leen viven mucho más. Los libros te ponen en contacto con los demás, te enseñan lo que otros saben, te permiten compartir el destino humano. Lectores y escritores formamos una sólida cadena a lo largo de los siglos, una trenza de palabras salvadoras. Porque leer nos rescata del encierro de la individualidad, de nuestra vida chiquita y nuestra muerte larga. Es curioso, porque el primer libro que recuerdo haber leído fue El gigante egoísta, uno de los cuentos para niños de Oscar Wilde. Yo debía de tener unos seis años, y al terminar el cuento advertí que la persona que había inventado la historia estaba muerta. Y comprendí por vez primera que estar muerto no era estar en otra habitación o en otra casa, sino simplemente no estar, una negrura enorme o inexplicable. Pero, pese a ello, ese hombre seguía contándome su cuento y desplegando sus palabras ante mis ojos. Puede que esa fuera la razón por la que me hice novelista.


Rosa Montero (Española).
Publicado en la Revista Ñ, no. 27.
Suplemento de Cultura del periódico Clarín (Buenos Aires).

lunes, 22 de octubre de 2007

Más cronopios




CONSERVACIÓN DE LOS RECUERDOS


Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: "Excursión a Quilmes", o: "Frank Sinatra".

Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: "No vayas a lastimarte". Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.


EL CANTO DE LOS CRONOPIOS





Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.


Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden a escucharlo aunque no comprenden mucho su arrebato y en general se muestran algo escandalizados. En medio del corro el cronopio levanta sus bracitos como si sostuviera el sol, como si el cielo fuera una bandeja y el sol la cabeza del Bautista, de modo que la canción del cronopio es Salomé desnuda danzando para los famas y las esperanzas que están ahí boquiabiertos y preguntándose si el señor cura, si las conveniencias. Pero como en el fondo son buenos (los famas son buenos y las esperanzas bobas), acaban aplaudiendo al cronopio, que se recobra sobresaltado en torno y se pone también a aplaudir, pobrecito.




HISTORIA





Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de la calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.



Julio Cortázar. Escritor argentino.
Tomado del libro "Historias de cronopios y de famas".

jueves, 18 de octubre de 2007

Marguerite Yourcenar



Las dos de la madrugada.
Las ratas roen en los cubos de basura los restos de un día muerto: la ciudad pertenece a los fantasmas, a los asesinos, a los sonámbulos. ¿Dónde estás tú, en qué cama, en qué sueño? Si tropezara contigo, pasarías sin verme, pues no somos percibidos por nuestros sueños. No tengo hambre: no consigo digerir mi vida esta noche. Estoy cansada: anduve toda la noche para escapar de tu recuerdo. No tengo sueño: ni siquiera siento apetito de la muerte. Sentada en un banco, embrutecida a pesar mío por la llegada de la mañana, dejo de recordar que trato de olvidarte.

Cierro los ojos… los ladrones sólo desean nuestras sortijas; los amantes, la carne; los predicadores, nuestras almas; los asesinos, la vida. Pueden quitarme la mía: los desafío a que cambien algo en ella. Echo hacia atrás la cabeza para sentir por encima de mí el murmullo de las hojas… Estoy en el bosque, en un campo… Es la hora en que el tiempo se disfraza de barrendero y Dios tal vez de trapero. Él, el avaro, el testarudo; él, que no consiente ver perderse una perla entre el montón de conchas de ostras a las puertas de las tabernas. Padre nuestro que estás en los cielos… ¿Veré yo venir alguna vez a un hombre viejo, con un abrigo pardo, con los pies llenos de barro por haber atravesado Dios sabe qué río para reunirse conmigo? Se dejaría caer en el banco, apretando en un puño cerrado un valioso regalo que bastaría para cambiarlo todo. Separaría los dedos lentamente, uno tras otro, con prudencia, pues el regalo podría echarse a volar… ¿Qué llevaría en su mano? ¿Un pájaro, una semilla, un cuchillo, una llave para abrir la lata de conserva del corazón?


Marguerite Yourcenar. Escritora francesa. 
Lo anterior lo tomé del libro "Fuegos", que está conformado por relatos breves que, como su nombre lo dice, son pedacitos de incendio. Además, tiene frases como esta: "En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo".

miércoles, 17 de octubre de 2007

José María Zonta



Te amo de un modo oscuro
te amo parlante
te amo mudo

te amo como la parte más dulce del paisaje
te amo seco
te amo hidrante

Con lo que me queda de vos cada noche
construyo un lago
con lo que pierdo de vos cada día
construyo un pájaro

te juro a veces
el pájaro es mas grande que el lago

a veces según llueva
el lago vuela
el pájaro hace mareas

Cuando duermes asisto a una escuela
que me enseña
a hablar con los nidos
y las orillas

todos estos disturbios serían más amigables
si decidieras por fin
ser el pájaro
el lago
ser lo que amo.


José María Zonta

Poeta Costarricense.

martes, 16 de octubre de 2007

Oración por Marilyn Monroe

© Beau Lark Fotografía

Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra con el nombre de Marilyn Monroe,
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y que ahora se presenta ante ti sin ningún maquillaje
sin su agente de prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia (según cuenta el Times)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también algo más que eso...

Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz).
Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox.
El templo —de mármol y oro— es el templo de su cuerpo
en el que está el hijo de hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox
que hicieron de tu casa de oración una cueva de ladrones.


Señor
en este mundo contaminado de pecados y de radioactividad,
tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda
que como toda empleadita de tienda soñó con ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos,
el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo.
Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esa colosal super-producción en la que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
Para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.

Como toda empleadita de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.

Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y se apagan los reflectores!
Y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
porque la escena ya fue tomada.
O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
vistos en la salita del apartamento miserable.
La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue
como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan solo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.

Señor:
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era alguien cuyo número no está en el directorio de los Ángeles)
¡contesta tú al teléfono!

Ernesto Cardenal, 1925.
Poeta, sacerdote y político nicaragüense.

lunes, 15 de octubre de 2007

Teresa de Ávila

Santa Teresa murió el 4 de octubre de 1582 y la enterraron al día siguiente que era el 15 de octubre. Sí, pareciera que entre el 4 y el 15 hay días de diferencia, pero lo que ocurrió por esas fechas es que ese día entró en vigencia el cambio del calendario. El Papa Gregoriano XIII decretó el calendario gregoriano en sustitución al calendario juliano, añadiendo así diez días para reparar un error que había empezado tiempo atrás.

Teresa, ideal que Enrique de Ossó tomó para fundar los colegios teresianos, además de ser una de las religiosas más importantes y reconocidas mundialmente, es también una de las mujeres cuya producción literaria es referencia obligada en la historia de la literatura española.

Estudié en un colegio Teresiano y por eso es que Teresa es para mí una tradición. Y este soneto suyo una reliquia que llevo en la memoria:


Si para recobrar lo recobrado
tuve que haber perdido lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado.

Si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprendido
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido

porque después de todo he comprobado
que lo que tiene el árbol de florido
vive de lo que tiene sepultado.

viernes, 12 de octubre de 2007

Antonio Porchia


Antonio Porchia. Argentino.
Aforismos tomados del libro "Voces".

. No creo en nada de lo que tú crees. ¡Y te creo a ti!
. Las cadenas que hemos roto son las que más nos encadenan.
. Quien me tiene de un hilo no es fuerte; lo fuerte es el hilo.
. Han dejado de engañarte, no de quererte. Y te parece que han dejado de quererte.
. Hay dolores que han perdido la memoria y no recuerdan por qué son dolores.
. Dirán que andas por un camino equivocado, si andas por tu camino.
. El hombre, cuando sabe que es una cosa cómica, no ríe.
. Quien busca herirte busca tu herida, para herirte en tu herida.
. Algunas cosas se hacen tan nuestras que las olvidamos.
. Cerca de mí no hay más que lejanías.
. Sí, me apartaré. Prefiero lamentarme de tu ausencia que de ti.
. Te asusta el vacío, ¡y abres más los ojos!
. El temor de separación es todo lo que une.
. Cuántos, cansados de mentir, se suicidan en cualquier verdad.
. El misterio te hizo grande: te hizo misterio.
. Mi corazón me duele a mí. Y no debiera dolerme a mí, porque no vive de mí, ni vive para mí.
. Nadie es luz de sí mismo. Ni el sol.
. Los niños que nadie lleva de la mano son los niños que saben que son niños.
. El amor, cuando cabe en una sola flor, es infinito.
. Los que dieron sus alas están tristes, de no verlas volar.
. Vemos por algo que nos ilumina, por algo que no vemos.
. Saber morir cuesta la vida.
. El recuerdo es un poco de eternidad.
. Creías que destruir lo que separa era unir. Y has destruido lo que separa. Y has destruido todo. Porque no hay nada sin lo que separa.
. Porque saben el nombre de lo que busco ¡creen que saben lo que busco!
. Creen que moverse es vivir. Y se mueven, no para vivir. Se mueven para creer que viven.
. Mi alma tiene todas las edades, menos una: la de mi cuerpo.

jueves, 11 de octubre de 2007

Jorge Luis Borges


1964

I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa te desgarra
y te puede matar una guitarra.



II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Jorge Luis Borges. Argentino.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Delmira Agustini

Fusión de hombre y mujer. © Vicky Emptage



MIS AMORES


Delmira Agustini (1886 - 1914). 

Poeta Uruguaya.

Hoy han vuelto.
Por todos los senderos de la noche han venido
a llorar en mi lecho.
¡Fueron tantos, son tantos!
Yo no sé cuáles viven, yo no sé cuál ha muerto.
Me lloraré yo misma para llorarlos todos.
La noche bebe el llanto como un pañuelo negro.
Hay cabezas doradas a sol, como maduras.
Hay cabezas tocadas de sombra y de misterio,
cabezas coronadas de una espina invisible,
cabezas que son rosa, la rosa del ensueño,
cabezas que se doblan en cojines de abismo,
cabezas que quisieran descansar en el cielo,
algunas que no alcanzan a oler a primavera,
y muchas que trascienden a las flores de invierno.
Todas esas cabezas me duelen como llagas,
me duelen como muertos.

¡Ah! Y los ojos... los ojos me duelen más: ¡son dobles!
Indefinidos, verdes, grises, azules, negros,
abrasan si fulguran,
son caricias, dolor, constelación, infierno.
Sobre toda su luz, sobre todas sus llamas,
se iluminó mi alma y se templó mi cuerpo.
Ellos me dieron sed de todas esas bocas,
de todas esas bocas que florecen mi lecho:
vasos rojos o pálidos de miel o de amargura
con lises de armonía o rosas de silencio,
de todos esos vasos donde bebí la vida,
de todas esos vasos donde la muerte bebo.
El jardín de sus bocas, venenoso, embriagante,
en donde respiraban "sus almas" y "sus cuerpos".
Humedecido en lágrimas
han rodeado mi lecho...

Y las manos, las manos colmadas de destinos,
secretas y alhajadas de anillos de misterio...
Hay manos que nacieron con guantes de caricia,
manos que están colmadas de la flor del deseo,
manos en que se siente un puñal nunca visto,
manos en que se ve un intangible cetro;
pálidas o morenas, voluptuosas o fuertes,
en todas, todas ellas, puede engarzar un sueño.
Con tristeza de almas se doblegan los cuerpos,
sin velos, santamente vestidos de deseo.
Imanes de mis brazos, panales de mi entraña
como invisible abismo se inclinan en mi lecho...
¡Ah, entre todas las manos, yo he buscado tus manos!
Tu boca entre las bocas, tu cuerpo entre los cuerpos,
de todas las cabezas yo quiero tu cabeza,
de todos esos ojos, ¡tus ojos sólo quiero!
Tú eres el más triste, por ser el más querido,
tú has llegado el primero por venir de más lejos...
¡Ah, la cabeza oscura que no he tocado nunca
y las pupilas claras que miré tanto tiempo!
Las ojeras que ahondamos la tarde y yo inconscientes,
la palidez extraña que doblé sin saberlo,
ven a mí: mente a mente;
ven a mí: cuerpo a cuerpo.
Tú me dirás que has hecho de mi primer suspiro.
Tú me dirás que has hecho del sueño de aquel beso.
Me dirás si lloraste cuando te dejé solo
¡y me dirás si has muerto!

Si has muerto,
mi pena enlutará la alcoba lentamente,
y estrecharé tu sombra hasta apagar mi cuerpo.
Y en el silencio ahondado de tinieblas,
y en la tiniebla ahondada de silencio,
nos velará llorando, llorando hasta morirse
nuestro hijo: el recuerdo.


martes, 9 de octubre de 2007

Vinicius de Moraes



PARA UNA NIÑA CON UNA FLOR

Porque eres una niña con una flor y tienes una voz que no conozco, te prometo amor eterno...

Y porque eres una niña con una flor y has llorado en la estación de Roma porque nuestras maletas siguieron viaje solas hacia París y te apenaste tanto por ellas, que partían así en mitad de todas aquellas maletas extranjeras. Y porque cuando sueñas que te abandono transfieres tu d.d.c. a mi vida cotidiana y te enfadas conmigo durante todo el día como si yo tuviera la culpa de que seas tan subliminal.

Y porque cuando te empecé a gustar procurabas saber a toda costa con qué camisa iba a salir para hacer mimetismo de amor, vistiéndote con ropa parecida. Y porque tienes un rostro que está siempre en una hornacina, incluso cuando te echas el cabello hacia delante como una santa moderna, y andas despacio, y hablas a treinta revoluciones por minuto pero sin resultar pesada. Y porque eres una niña con una flor, te vaticino muchos años de felicidad, por lo menos hasta que yo sea viejo: pero sólo cuando haga aquella paradita maliciosa para mirar hacia atrás podrás irte, lo comprenderé.

Y porque eres una niña con una flor y tienes andar de paje medieval; y porque cuando cantas ni siquiera un mosquito oye tu voz, y desafinas tan bien y después entonas, y a veces te despiertas en mitad de la noche y empiezas a cantar como una loca. Y porque tienes un osito llamado Nounouse y le hablas mal de mí, y él escucha pero no está de acuerdo porque es de mi cuerda, y cuando te sientes perdida y sola en el mundo te acuestas agarrada a él y lloras como una tonta poniendo la boca así de grandes.

Y porque eres una niña que no parpadea nunca y tus ojos fueron hechos el primer día de la Creación, y eres capaz de mirarme durante horas. Y porque eres una niña que tiene miedo de verse en el espejo, y cuando te miro durante mucho tiempo te vas poniendo nerviosa hasta que digo que estoy jugando. Y porque eres una niña con una flor y has cautivado mi corazón y te encanta el puré de papas, te pido que me consagres como tu Constante y Fiel Caballero.

Y siendo una niña con una flor, te pido también que nunca más me dejes solo, como durante aquel último mes en París; todo se convierte en una calle silenciosa y oscura que no va a dar a ninguna parte; los muebles se detienen mirándome con pena; es un vacío tan grande que las otras mujeres ni siquiera se atreven a amarme porque lo darían todo por tener un poeta lamentándose por ellas, la mano en la barbilla, las piernas cruzadas tristemente y aquella mirada que no ve.

Y porque eres la única niña con una flor que conozco, te escribí una bonita canción, "Mi enamorada", para que, cuando yo muera, tú, si no has muerto también, te acuestes abrazada a Nounouse cantando sin voz aquel fragmento en el que digo que tú "tienes que ser la última estrella, mi amiga y compañera, en el infinito de nosotros dos".

Y ya que eres una niña con una flor y te estoy viendo subir ahora tan pura entre las margaritas- por la ladera que conduce a nuestra casa, aquí en estas montañas recortadas por la mano profética de Guignard; y mi corazón, como cuando me dijiste que me querías, se ha puesto a latir cada vez más deprisa.

Y porque me levanto para abrazarte, y el bosque a nuestro alrededor empieza a murmullar y se llena de luciérnagas mientras la noche cae con sus secretos, sus muertes, sus sorpresas, sé, ah, sé que mi amor por ti está hecho de todos los amores que he tenido, y tú eres la hija predilecta de todas las mujeres que he amado; y que todas las mujeres que he amado, como tristes estatuas a lo largo de una alameda en un jardín nocturno, te han ido pasando de mano en mano, de mano en mano hasta mí, lavándote el rostro y adornando tu frente con guirnaldas, te han ido pasando hasta mí entre cantos, súplicas y gritos... porque eres hermosa, porque eres cariñosa y sobre todo porque eres una niña con una flor.

Vinicius de Moraes es Brasileño.
*

lunes, 8 de octubre de 2007

Lewis Carroll




Fragmento del capítulo 6 de “Alicia en el país de las maravillas”.

Al verla, el Gato se limitó a sonreír. "Parece simpático", aunque con esas uñas tan largas y tantos dientes mejor sería tratarlo con respeto.
—Gato Cheshire —comenzó con cierto temor, sin saber si le agradaría ese nombre.
Él sólo sonrío un poco más.
"Parece que eso le gusta". Prosiguió: —¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí?
—Eso depende de a dónde quieras ir —respondió el Gato.
—A decir verdad no me importa mucho...
—Entonces no importa qué camino tomes...
—... siempre y cuando llegue a alguna parte —continuó Alicia a modo de explicación.
—¡Oh, llegarás, puedes estar segura, si caminas lo suficiente!
Eso era innegable, por lo que trató con otra pregunta:
—¿Qué clase de personas viven por aquí?
—Hacia allá —respondió el Gato, señalando con su pata derecha— vive un Sombrerero y hacia allá vive una Liebre de Marzo. Visita a cualquiera de ellos: ambos están locos.
—Pero yo no quiero estar entre locos —protestó Alicia.
—¡Oh, eso no puedes evitarlo! Todos estamos locos por aquí. Yo estoy loco y tú estás loca —respondió el Gato.
—¿Cómo sé si estoy loca? —preguntó Alicia.
—Debes estarlo —contestó el Gato— o no hubieras venido aquí.

(...)

—Muy bien —contestó el Gato— y se esfumó muy despacio, comenzando por la punta de la cola y terminando con la sonrisa, que permaneció un rato después de haber desaparecido el resto del cuerpo.
"¡Uf! He visto a menudo gatos sin sonrisa —pensó Alicia—. ¡Pero una sonrisa sin gato es lo más extraño que vi en mi vida!".

jueves, 4 de octubre de 2007

Relatos breves


URDIMBRE

—¿Tu marido es celoso? —preguntó él.
—Sí. Mi marido es el oso que viene ahí —respondió ella.

Orlando Van Bredam



ENAMORADO

Le propuso matrimonio.
Ella no aceptó.
Y fueron muy felices.

Anónimo



LA PELEA

Estábamos en la cocina. Discutimos. Le grité. Él se puso como un energúmeno. Cuando se me cayó el diente al suelo nos dimos cuenta de que la discusión se nos había ido de las manos. 
Lo siento me dijo. Debí controlar los nervios concedí yo. Se agachó y cogí un cuchillo. Me dio el diente y lo piqué. Siempre nos ha gustado el pollo con un poco de ajo picado por encima.

Cristina Araújo García